Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un fenómeno
cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes
supersticiones son una calamidad por la que han pasado todos los
pueblos de la tierra.
(_Discurso inédito sobre duendes y brujas_).
Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años encerrado,
por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se ocupaba
incesantemente en los negocios políticos, sus devociones y la obra del
monasterio, que con razón se llama la octava maravilla. El sitio de
San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar de que
Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente despojada
de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones como las conservan
algunas mujeres que fueron buenas mozas mucho tiempo después de dejarlo
de ser.
La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los
tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y
sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el
aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos.
Aun hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto
vacío que aflige, y proviene indudablemente de que la población es
muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos
referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente
se hacía más notable y sensible para sus habitantes.
Por descontado, todos los extranjeros, que eran los que casi
exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al
gobierno, y fueron a establecerse a Madrid.
Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el
enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó,
quedando solo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano
retirado ya del mundo, y que solo aspiraba a vivir tranquilamente el
resto de sus días. En este número se contaba el marqués, hermano de
don Juan de Vargas, que ocupaba una casa de las mejores del pueblo en
cierta calle no muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es
fuerza por ahora trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre
ella y sus moradores.
El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente
tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como
monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que
los días serenos en que no había ni mucho calor ni mucho frío.
En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de su
propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una hora
en un salón herméticamente cerrado por todas partes.
Enseñáronle a leer, a escribir y a rezar; el blasón por adorno; pero en
cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre en que tomara en las
manos ni un alfiler.
Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente
débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud.
Perdió el marqués a su padre cuando solo tenía veinte años, y su madre
tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él otro
hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años.
Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la
pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y
empezó por la corte.
Rico y joven, no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir,
muchos hombres que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus
desórdenes de medios para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo
del novicio lo que en los suyos faltaba.
El humo del incienso de la adulación cegó al marqués; sus parásitos
le parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para
todos.
Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal, y
tropezó en efecto.
El amor, esta pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo
germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para
conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos.
El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué
mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad?
¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un contador
de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa figura, que
rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan compuesta, que
a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas tenía veintidós
años.
Fácil es de inferir, por lo que se ha dicho de la educación del
marqués, que solo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que
le había caído en las manos tal cual libro de caballería, en el cual
aprendió que una mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles
en compañía de un hombre, y que primero morirá que faltar a la fe
jurada a su amante.
Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó poco en
caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de casarse
con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma.
Otra menos diestra hubiera desde luego acogido con ansia aquella
proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba
la ninfa, conocía su posición y se negó abiertamente, diciendo que
prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante
a exponer a este a romper con su familia e iguales, como en efecto
sucedería a causa de tan desigual matrimonio.
La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció que
en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría en la
corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y que
aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a la
evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era
harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos.
Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no vio en
la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y noble,
y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía que,
prestándose a sus deseos, hacía Violante.
Pasáronse así algunos años, durante los cuales don Juan, a quien su
hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la
intención de este era que siguiese la carrera de las leyes; mas a pesar
de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado, y el marqués, débil
por carácter y por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes,
en donde, como se ha dicho, probó que en efecto la naturaleza le había
hecho más a propósito para las armas que para las letras, aun cuando su
ingenio y aplicación eran notables.
Mientras que don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa nuevos
timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba, vegetaba su
hermano al lado de Violante, amándola cada día más.
Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte sin el incidente que vamos
a referir.
Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro Hinojosa de Vargas,
comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él
pero de mucho más mundo, experiencia y penetración, fue a la corte a
establecerse, y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente.
Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a conocer
el mundo a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que aunque
dotados de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de
víctimas en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo la
memoria de los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros
de la firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es
preciso ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesaria
demasiada perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes
de su primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que
este era juguete de sus pretendidos amigos.
Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas,
sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de
confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de
tan vergonzosos lazos.
El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor insinuación
que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos le sacaban
realmente de sus casillas. Razones eran, pues, excusadas; hechos, y
hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al
engañado amante.
Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no
podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera
para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo
que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que
preguntárselas a sus criados, hizo sobornar una sirvienta de Violante
que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en
efecto.
Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo
presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer
el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal,
que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la
vida. Mas el tiempo, su índole apática, y los cuidados y reflexiones
del comendador, acabaron por suavizar, si no extinguir, enteramente su
pena.
Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario,
hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo y
su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica, y la
servidumbre, que no dejaba de ser numerosa.
Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber comido,
estaban reunidos, en el comedor de la casa del marqués, este, don Juan,
el comendador y el capellán.
Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento que
acompañan infaliblemente a la tal ocupación, tan impropiamente llamada
juego.
El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de clavos
dorados, y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la cabecera
de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no lo hacía,
o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por sus lívidas
mejillas tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el
rostro de un hombre.
Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado a
la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido, el
ademán pensativo, y los ojos fijos que daba temor mirarle.
Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa
del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el
tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo
aturdimiento, encantaban al marqués y daban más libertad a las
restantes personas de la casa para desembarazarse alguna vez de las
severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta.
Esto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto
general de tal manera que podía decirse que más amo era él en la casa
que su mismo dueño.
Como un mes antes de la tarde en que nos hallamos regresó don Juan
de Valladolid después de una ausencia de más de tres semanas; viósele
entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno
de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo,
callado y melancólico.
Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella
metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le
hacían contestaba:
—Nada tengo; no sean aprensivos, yo estoy bueno, estoy alegre.
Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo que
afirmaba; mas cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados también
de conjeturar, dedujeron sabiamente que pues don Juan estaba triste
y enfermo, y ellos no sabían la causa, o se había vuelto loco, o le
habían hechizado.
Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque no
faltaba quien adoptase las dos a un tiempo.
El comendador, cuya manía favorita era la de creerse el más profundo
de los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura;
y el capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo
sublunar al de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu
maligno, afirmaba que el mancebo estaba hechizado. El marqués era
el justo medio, pues no creía que estuviese loco ni poseído; creía
alternativamente lo uno y lo otro, y a veces lo creía todo a un tiempo.
Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción.
—Jaque al rey, padre capellán —dijo el comendador dando un salto en la
silla y frotándose las manos con visible satisfacción.
El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el
tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando, encendiéndosele el
rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando
el puño sobre la mesa, exclamó:
—Imposible. Jamás.
Y como desatinado se salió del aposento apresuradamente.
—¿Cómo imposible? —dijo el comendador creyendo que don Juan hablaba de
su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y viendo los
movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar—: Lo que yo digo;
pobre mozo, loco rematado. Para hacer esto sin haber yo averiguado la
causa, no puede menos de estar loco.
—Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la mano
de Astorot que le atormenta —replicó el capellán.
—Padre Teobaldo, ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco...
Pero en efecto..., pudiera..., no sé..., veremos... —interrumpió el
marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba.
—Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta
especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de
Babilonia, fue bruto muchos años, y...
—Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes personajes que
lo han sido toda su vida —repuso el comendador—: El rey Saúl estuvo
poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: _¿Quare
tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est_, que el señor don Juan
de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior al
pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta. _Ergo_, don
Juan puede muy bien estar endemoniado.
—No lo niego —dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos
argumentos.
—Yo no niego el _posse_ por mi parte; lo que niego, primo, es, que
vuestro hermano esté ahora endemoniado —contestó Hinojosa.
—_Probo_ —exclamó el capellán.
—Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, muy observador, y
me intereso demasiado en el bienestar de don Juan para que en más de un
mes que hace que le vemos así no haya estudiado su enfermedad. Estoy
seguro, segurísimo, de que los que padecen una demencia absoluta...
—_Veritas veritatum_.
—Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones, y no
citas ni insolencias, son las que aquí necesitamos.
—¡Paz, paz, por Dios santo! En mi casa no quiero riñas.
—Ni reñimos tampoco: marqués, ya sabéis que los doctores se tiran los
bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron.
Ministerio es de paz y...
—No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir
cuál es en efecto el mal de don Juan y ponerle remedio.
—Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio, como
vos decís.
—Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su tiempo,
pero por ahora no las necesitamos.
—¡Oh pertinacia, oh ceguedad!
—Dejad hablar al padre, primo: si le interrumpís siempre, ¿cómo ha de
explicarse?
Con esta insinuación del marqués calló el comendador y pudo el capellán
explayar su erudición, de la cual haremos gracia a los lectores,
contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso,
después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en
los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes
distracciones, y los repentinos accesos de cólera que se notaban en don
Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo de
posada a algún diablo, y no de los de menor importancia, en el infierno.
Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués, que,
acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo, y
persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido
de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el
capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no solo consintió, sino
que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de
echarle los demonios del cuerpo a su hermano.
Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el
discurso de su dilatada vida nunca se le había presentado una ocasión
de habérselas cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole
la palabra al marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el
comendador no le hiciese volverse atrás.
Iba en efecto Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la
retirada del capellán y la del marqués, que, temiendo la tormenta, se
marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron.
Parecerá a un lector del siglo XIX que el padre Teobaldo y su alumno
debían de ser muy necios para creer en el endiablamiento del pobre don
Juan, y sin embargo se desengañará medio a medio.
No solo en el siglo XVI, sino en mucho después, el último monarca
español de la casa de Austria, Carlos II, se hizo atormentar
voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos para que le
sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de tener en él.
Este ejemplo bastará para probar cuáles eran en la materia las ideas
de aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones,
fácil es de inferir que más abajo no faltarían.
Media hora después de terminada la discusión entre el marqués, el
comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan,
vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano
derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto.
Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza de
aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos con
el rosario en la mano.
Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había
arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto,
y, como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su
aposento, nada sintió.
Rodearon, pues, su cama y, quedándose el capellán a los pies, comenzó
a leer en voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los
circunstantes _amén_ cada vez que terminaba una de ellas.
Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar al
demonio con agua bendita, y mojando el hisopo en el caldero, le mojó
la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose
este en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño
grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó
completamente el rostro.
—Váyanse a todos los diablos —exclamó colérico—, o por vida...
—Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto —le
interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo.
Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su hermano,
mirándolo de hito en hito para asegurarse de que en efecto era él quien
le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo.
Entre tanto el capellán rezaba y rociaba intrépidamente, y el
mayordomo y las criadas respondían _amén_ siempre que les tocaba.
Viendo don Juan que de todo aquello no le resultaba más mal que el de
mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular empeño
en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo y, cruzándose de
brazos, permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente los
movimientos de cuantos le rodeaban.
A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se aproximó
al marqués, y este, tomándola en las manos, se la acercó a los labios a
su hermano:
—Bebed, don Juan —le dijo—, bebed, siquiera por amor de mí.
Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a beberla,
pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos de
incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente.
Entonces miró el brebaje de la taza, y volviéndose al marqués le
preguntó:
—¿Esto queréis que beba, hermano?
—Sí, hermano, bébela, y sanaréis de vuestra dolencia.
—Yo no estoy enfermo; estáis engañado, no estoy enfermo.
—Enfermo estáis —dijo el capellán—, y de enfermedad mortal.
—Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele.
—El alma, el alma, es la enferma.
—Tal vez.
—Bebed, don Juan —volvió a decir el marqués.
—No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar.
—Es preciso beberla —exclamó el capellán.
—Es preciso —repitió el marqués.
—Es preciso, es preciso —dijeron en coro los criados.
—Pues no la bebo, señores, no la bebo —replicó el interesado volviendo
a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la mano.
Este se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a andar
para salir del aposento, y en efecto salió. Entonces dos criados se
aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él, conociéndolo,
cogió de nuevo la taza, bautizó con ella al mayordomo, y saltando en
seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y
dio tras de todos a palos.
La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había en
el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron
huir, que al llegar a una escalera, por que precisamente tenían que
pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que
llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el
grito en el cielo; la caldera suelta soltó toda el agua que contenía, y
después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso bajo.
Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar, y uno
de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el peluquín
del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera.
El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel punto,
pero allí tropezaron en los dos que por bajar más de prisa llegaron
antes.
Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir
encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no
acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían.
Tan extraordinario rumor alarmó a toda la casa, de modo que
inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus
ayudantes, los pinches, etc.
Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y
perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada
en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella.
Era en efecto difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de entre
las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían parte
integrante del posterior de otro.
Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca en la
boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los pobres
caídos.
El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos, y
examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que
tal cual chichón, aunque no había uno que no se quejase como si se
hallara en la hora de la muerte.
Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola, que había perdido
en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en ella a don
Juan, como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo diciendo:
—Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios.
El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho
por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó
Hinojosa solo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto,
en lo que este consintió sin dificultad.
Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en
silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo
que acababa de suceder, y su primo en la manera más a propósito para
entablar la conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano
del marqués rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas, viendo
que no lo hacía, hubo de determinarse a romper el silencio.
—Estaréis asombrado, don Juan, con lo que acaba de pasaros.
—¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo?
—Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un
caballero esto de exorcizarle.
—No, en efecto, y a la verdad no concibo qué extraño capricho ha sido
el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva.
—Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El
marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo,
nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien
se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo.
—Pero ¿no me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a cabeza,
el rezarme, y sobre todo, el quererme hacer beber una taza de aceite?
—Creeros endemoniado.
—¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como
hasta aquí lo ha hecho.
—Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de semejante
suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que observan
sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni remotamente
motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués, que os ama
como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal, merezco yo, mozo
ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a todos nos tengáis
con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y hacer extrañas
locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo.
Mientras que Hinojosa declamaba así con bastante vehemencia, don Juan,
levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el aposento, con
visible agitación, y aun algunas lágrimas fugitivas se escaparon de sus
ojos.
Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más ni
perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a
su primo, y tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo:
—En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros temores.
—Decid el medio, comendador.
—Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro padecer.
Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por desgracia
no lo tiene, lloraremos con vos.
A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa, y dio
dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su
asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso.
No fue este muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos, sentándose
Vargas de nuevo empezó a hablar de esta manera:
—Si hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos merezcan
mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero escuchadme bien, y sea esta
la última vez que hablemos de semejante materia.
»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá hasta
el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la más
pequeña parte de nuestra existencia.
»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mis
disgustos. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y
razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de
lo dicho.
»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de mis
parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto os
he revelado ya más de la mitad de él.
»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo
deciros.
»Grabad en la memoria lo que voy a deciros: Si mi propio padre,
saliendo del sepulcro, solo para ello diera un paso para sorprender mi
secreto, pudiera ser que le arrancase la vida.
»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el
agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados, pero, lo repito,
jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia.
En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los ojos de su
semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba extraordinariamente
Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma alguno de demencia.
Convenciose, pues, de que en efecto la situación de aquel mancebo
dependía de causas naturales, aunque solo conocidas del mismo
interesado, y renunció a su primera idea.
—Os he escuchado —dijo— con la mayor atención, y no pretenderé saber
lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello.
Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme.
Ocultad lo que podáis al menos en presencia del marqués: don Juan,
conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna
gloria es mejor que la de vencerse a sí mismo.
—Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa.
—Cuento con ella.
—Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho fiel
y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el comendador
Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su vida es
vuestra.
—No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré
tan generosa oferta. Dadme los brazos.
—Y el alma con ellos.
Abrazáronse en efecto los dos primos con la mayor ternura, y el
comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del
marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo
sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado
exorcismo.
La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto.
Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de tener
una larga conversación con su primo, en la cual había acreditado
completamente que se hallaba en su sano juicio.
—Me ha confesado —anadió— que tiene penas que su honor le prohíbe
revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también.
Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será
algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entre
tanto, dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el
desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente.
Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre Teobaldo
la continuación de sus combates espirituales, y gracias a la tal
medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al despertarse le
ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito.