El mentir de las estrellas
Es muy seguro mentir,
Porque ninguno ha de ir
A preguntárselo a ellas.
Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación
inmemorial, sus jaeces una jáquima bastante antigua y una manta de
muestra no muy moderna, y, a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace
mucho por una sierra del reino de Sevilla.
Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y
habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me
hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las
más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.
Cuanto la vista alcanza a descubrir, desde el punto más elevado de
aquel terreno, ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay
allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro; y hablando con
propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o
encañadas, la más ancha de cien toesas, si las tiene. Compónese, pues,
todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.
La naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía que, a pesar de la
indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la tierra
encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de la
Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que no
en la región meridional de la culta Europa.
En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas encinas,
de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura resplandeciente
de los cortijos, que vistos de lejos tienen alguna semejanza con los
caseríos ingleses, hace un efecto maravilloso.
A corta distancia unos de otros se descubren muchos pueblos, más o
menos considerables, cuya posición próxima siempre a los pasos precisos
de la sierra, y en puntos que los dominan, descubre que en su origen
fueron puestos militares, establecidos por los moros para defenderse
de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos
que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan
suficientemente esta conjetura.
Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas
veredas, que vistas y andadas parecen, y son más a propósito, para
cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra
las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero,
animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por
ellas. En este caso me hallaba yo.
Andando a la aventura mi rocín acertó a tomar una estrecha senda que
en la mitad de la altura de una cadena de colinas bastante pendientes
corre paralelamente a su base, al pie de la cual se desliza, con manso
ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe colorado, un arroyo cuyo
color verdoso y olor azufrado dan claros indicios de ser sus aguas
minerales. Crecen en su orilla el romero, la adelfa y otros muchos
arbustos en profusión, y la flor roja del segundo citado contribuye
a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un aspecto ameno y
pintoresco.
Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del paso
de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su
cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, era
preciso que permitiese descansar un momento a aquella _vera efigies_ de
Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por la frondosidad
del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un manantial de agua
potable, como la sed empezaba a aquejarme, quise buscarlo. Tuve para
esto que meterme por un angosto desfiladero en el que apenas cabían
dos personas de frente. La elevación de los dos peñascos laterales, y
las ramas de muchas higueras silvestres que de sus hendiduras salían,
formando una bóveda impenetrable a los rayos del sol, hacía también
muy a propósito aquel paraje para madriguera de bandidos, casta de
pájaros en que el país suele abundar. Esta circunstancia dio lugar a
que yo descolgase el retaco que llevaba pendiente del arzón trasero,
según costumbre de Andalucía, y con él terciado y montado entrase en el
desfiladero.
No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los
de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de
formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos
apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un
tiempo:
—¿Quién va?
Íbamos los dos vestidos a la jerezana, que es también el uniforme de
los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y el otro, apenas
nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando a un tiempo las
escopetas depusimos el airado ceño y nos saludamos cordialmente con el
nombre de compañeros.
Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. Los
años le habían como curtido, pero conservaba toda la elasticidad de sus
miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general de los
hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba ver unos
cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual color eran los
poblados bigotes que me le dieron a conocer por hombre honrado.
—¿Adónde bueno, mocito? —me dijo con cortesía, pero con aquel tono de
superioridad justa que los ancianos toman siempre con los jóvenes.
—Voy, señor mío —le contesté—, buscando la fuente.
—Por el acento y el camino que usted toma bien se conoce que no es del
país. Yo también voy a la fuente, y si usted quiere podremos ir juntos.
Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, que
aún distaba más de lo que yo me figuraba.
El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero,
me hicieron reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en
efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció
entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos
conociéramos de diez años antes.
El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don Sebastián
de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce años, esto
es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la de Portugal
con los franceses; la de América; y la del año 23 en el bizarro
ejército constitucional de Cataluña.
Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando y otras infinitas por
distintas acciones; y era comandante de escuadrón con grado de coronel;
gracias a la amnistía, pues desdeñando purificarse en la última época,
se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de guerra
que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería con harta
prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.
Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos que me convidó a ir
a pasar algunos días en un cortijo que habitaba a media legua de aquel
paraje.
—Vivo en el campo —me dijo—, con mi familia, que se reduce a una hija
de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y mi
asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con
cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero
en cambio será usted bien llegado siempre que quiera favorecernos, y
partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.
Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; y
monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después fui
al cortijo de Sierra-Carnero, que así se llama el de don Sebastián de
Vargas.
Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada con
más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como
este me lo había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es
una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la
cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos,
graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite.
Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas,
bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas
y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de
alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta en la que, entre otros
muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos,
limoneros y granados.
El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre don Pedro Alcántara
Hinojosa, me pareció un excelente sujeto; pero yo a la cuenta no tuve
igual fortuna con él, pues me trató con notable reserva.
Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima,
por manera que pasaba semanas enteras en Sierra-Carnero. En una de
estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una
señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi
huésped que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se
hubiese hecho pintar vestida de máscara.
Cabalmente cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el nombre
de la joven, se hallaba sola conmigo. Comuniquela mi pensamiento y
ella, riéndose, me contestó:
—No es usted solo el que ha tenido esa equivocación, no señor. Esa
no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en la figura
nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición en la familia,
que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que también en eso nos
pareceremos.
Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en
una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus
hermosos ojos.
Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un
tantico curioso, pregunté con bastante empeño, y supe de aquella joven
la causa de su disgusto. He aquí cómo sobre poco más o menos me la
refirió:
—Esa señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia muy
ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, pasó
trabajos indecibles. Su hijo único se llamó don Sebastián; y este dejó
muy encargado en su testamento a sus descendientes que a todos sus
primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es esta la cláusula
más singular del tal testamento. Parece que entre el marido de la
abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo llamado don
Pedro Hinojosa de Vargas, medió una estrecha amistad, por cuya razón
el nieto de aquel se casó con una doña Inés, nieta del último. En
virtud de esto, don Sebastián 1.º de Vargas encargó también que los
primogénitos de sus descendientes en línea recta se casasen con las
primogénitas de la de Hinojosa, siempre que estas llevasen el nombre de
Inés.
»Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin alteración
alguna la extraña regla de bautismos y matrimonios establecido en
el testamento de don Sebastián; siendo de notar que ninguno de sus
sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.
»Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí
este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de
cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que
hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado
que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el
de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había
dado a luz.
»No puedo quejarme de mi padre: ha llenado sus deberes
escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a la ternura
paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se le conoce que
me mira como un borrón para el árbol genealógico de la familia.
»Para colmo de mi desgracia, todas las hembras de la casa de Hinojosa
han muerto, y solo queda un varón, que es mi primo. Nos amamos; y
aunque mi padre lo aprecia no se resuelve a casarnos, porque se llama
Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivo de afligirme.
No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella comprendí
que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento celoso, y
me propuse castigar su desconfianza convenciendo a mi anciano amigo
de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de don
Sebastián 1.º de Vargas.
En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y el
viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.
—Usted llama debilidad —me dijo— a lo que no es más que respeto y
cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa
costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.
—Y está bien —le repliqué yo—, está bien que usted la respete; y yo
sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene
setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera
más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una
doña Inés Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted
consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha
para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han
estado hasta aquí.
—Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, miedo,
no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no alcanzo, y
que es lo que más me detiene.
—¿Y no podré yo saber cuál es?
—A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en
favor de usted. En el testamento de mi séptimo abuelo don Sebastián,
se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse con sus
disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos de lo que
ordena se contienen en un rollo de papeles que, cerrados en una caja de
plomo sellada, deja en su biblioteca. Todos hemos respetado esta caja;
pero en tiempo de la guerra de la Independencia, una partida de los
invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría algún
tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los papeles, que
el ama de llaves recogió y hoy están en mi poder.
—¿Y usted no los ha leído?
—Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos
infernales, de los cuales no he podido descifrar ni uno.
—Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo la
letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.
—Me hará usted un servicio impagable.
—Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles no resulta
expresamente una prohibición de casarse su hija con su sobrino, cesará
usted de oponerse a sus deseos.
—Veremos.
—No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.
—Hombre, eso es hacerme la forzosa.
—Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted también.
—¡Pero señor, qué empeño!
—Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.
—Pues vamos con un sí.
—Eso es hablar en razón. Vengan esos cinco, mi coronel.
—Tome usted, mala cabeza.
Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un rollo
de papeles muy voluminoso, que contenía la narración que, sin más
condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don
Sebastián dar al público.
Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte el
carácter moral, político y religioso de una época interesante de
nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y
sería indisculpable temeridad anticiparme a su fallo.
He tenido la satisfacción de asistir a la boda de Inesita con don
Pedro Hinojosa, y de ver a este tan trocado que me llama su mejor
amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este escrito; pero no qué
hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.
Solo falta que el editor de la colección no tenga por qué arrepentirse
de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré completamente
satisfecho.
[Ilustración]