La vida de sociedad, lánguida en otoño, estación de parada, renace
con los rigores del invierno. Los turnos de moda en el Real, en la
Princesa, en la Comedia, resplandecen de lujo y de elegancia. Para
los que van y vuelven en coche, de los teatros y reuniones, Madrid es
alegre. Para los noctámbulos callejeros hay algo más entre cielo y
tierra de lo que suelen decirnos los revisteros de salones.
La Escalerilla, los soportales de la Plaza Mayor, las puertas cocheras
de calles poco frecuentadas, tienen también un público de abonados á
diario: el público de todos los inviernos. Evocan horrores de campo de
batalla los cuerpos tendidos, amontonados; y ¿qué son, sino bajas en la
batalla de la vida? Unas por inutilidad física, otras por inutilidad
moral; irredimibles muchos; algunos, tal vez, capaces de redención. Una
noche y otra pasamos indiferentes ante ellos, porque las preocupaciones
propias no dejan lugar á preocuparnos por los demás. Alguna vez,
una clara espiritual nos predispone á la compasión, y dejamos unas
monedas que alivian el frío y el hambre de una noche; pero ¡son tantas
y tan largas las noches del invierno! Procuramos tranquilizar nuestra
conciencia ó nuestro miedo, considerando la ineficacia de nuestra
compasión individual. Las autoridades no debieran consentir esto,
decimos, y todos asienten. ¡Es un horror!
Las autoridades, en efecto, empiezan á preocuparse al principio de
todos los inviernos, y siguen preocupándose hasta la primavera.
Unos cuantos beneficios, unas cuantas raciones de sopa distribuídas,
nos permiten creer que hemos hecho todo lo humanamente posible.
¡Siempre ha de haber pobres y ricos! ¡Ese es el mundo!
Hay asilos de noche; pero esa gente, sin duda temerosa de dar la cara á
luz alguna, prefiere dormir á la intemperie. Ama la libertad con todos
sus rigores. Tal vez sí; pero téngase también en cuenta que los asilos
están todos en barrios extremos, y mucha de esa gente, que vive de las
sobras del lujo, tiene sus negocios en el centro, y no le conviene
alejarse tanto si ha de acudir, desde muy temprano, á sus empleos y
negocios.
Un asilo en cada distrito sería algo más práctico y más á vista de los
ricos, que con mayor solicitud podrían acudir con mucho de lo que sobra
en sus casas.
Hay, lo sabemos, entre esa gente miserable, muchos indignos de
compasión; si alguien puede ser indigno de compasión, y si el llegar
á ese extremo, no fuera mayor motivo de ser compadecido. Pero ¿y los
niños? ¿Qué culpa puede haber en los niños? Y mientras haya uno, uno
solo que duerma al aire frío en estas noches crueles de invierno, ¿no
es verdad que no tenemos derecho á vivir tranquilos, ni á llamarnos
cristianos, ni á creernos civilizados?
* * * * *
Eduardo Marquina, el admirable poeta, no debe dejarse seducir por
los que vuelvan á decirle, con el mejor deseo: Hay que hacer teatro,
usted es un gran poeta, pero le falta á usted picardía teatral. ¡Hay
que tener picardía! Y cuenta que el consejo es de quien, alguna vez,
también se dejó seducir por complacencias y cayó en el mismo pecado.
Á su hermoso romancero histórico «Doña María la Brava» nada le falta,
y si algo le sobra es, justamente, lo que más habrán celebrado en él
gentes expertas en teatros; las picardías teatrales. Para triunfar le
hubiera bastado el ambiente histórico, de romancero popular, la noble
figura de Don Álvaro de Luna, ambicioso de guerrear contra los moros
por su rey y por su Castilla, y obligado á contiendas civiles, sin
provecho y sin gloria. ¡Qué hermoso y claro símbolo de España!
¿Por qué prefirió el poeta interesarnos con amores y asesinatos
misteriosos? Yo, menos que nadie, le culpo; sé lo que influye en el
artista más seguro y consciente esa preocupación de que el teatro es
una cosa aparte.
Créame el admirable poeta Eduardo Marquina: no se deje influir nunca
por los que dicen conocer al público. El público es como las mujeres,
sólo ama á quien le domina, aunque por el pronto parezca inclinarse á
quien le halaga. Pero un poeta como Marquina no debe contentarse con
ser el amante de una noche, sino el esposo de toda una vida.
* * * * *
Cuando empresas y autores y público padecemos á tantas señoritas de
mejor ó de peor familia, que sin figura, sin condición alguna, y hasta
sin vocación, se dedican al teatro, bien merece un aplauso excepcional
la que, sin necesitar del teatro para nada, le ofrece por verdadera
vocación todos los prestigios de su figura, de su talento y de su
nombre ilustre. El éxito de Anita Martos, en su presentación, es de los
que permiten toda sinceridad sin ampararse de la galantería. Tenemos
una excelente actriz, y cuantos se interesan por el Arte dramático
deben alentarla y sostenerla, no con el público y con la crítica, que
en esto, como César, llegó... la vieron y venció, sino con ella misma,
para que no desmaye en el camino emprendido, que no es todo de flores,
y quien tantas venturas puede lograr en la vida, no es difícil que á la
primera contrariedad renuncie á las del Arte. Hagamos votos por que los
suyos sean de verdadera profesión. El Arte es un divino señor que bien
merece todo sacrificio.
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_¿Quién disparó?_--Novela de Joaquín Belda--bien pudiera ser el
_Quijote_ de las novelas policíacas, de las que Sherlock Holmes es algo
así como el Amadís de Gaula.
Decir que en la novela de Belda hay risa para todo el año, es decir
muy poco; porque estamos á fines del de gracia de 1909. No conviene
tampoco tal avidez de placeres desordenados; según están el mundo y
la literatura, con unas horas de regocijo sano bien puede darse por
contento el más asiduo lector de libros modernos. Sobre la risa,
hallaréis por adehala, y, burla burlando, primores de estilo y hasta
un poco de verdor; con que nada echaréis de menos de lo que cualquier
novelista del día puede ofreceros por el mismo precio y sin la risa,
que vale más que todo; que no es lo mismo reírse de un libro que reírse
con un libro.
[Ilustración]