MADRID.--Imprenta Española, calle del Olivar, 8

[Ilustración]

De sobremesa.

I

EL señor ministro de la Gobernación ha propuesto el mejor remedio para

evitar conflictos en la Plaza de Toros; que el público se abstenga de

asistir á las corridas si tanto le disgustan. El remedio es excelente,

pero ya dijo el sabio que: Á trueque de quejarse, habían las desdichas

de buscarse. Y el gustazo de protestar nunca se paga bastante caro.

Tiene además, ese remedio, el peligro de caer el público en su

eficacia y en ese caso, bien pudiera dar en aplicarlo á otros muchos

espectáculos caros y malos, que él sostiene con su buen dinero. Pero ha

de comprenderse que lo de ver al público echarse al redondel, no puede

ser del gusto de ningún gobierno. Aunque bien pudieran pensar los

espectadores que siendo ellos los toreados, ningún sitio mejor que el

redondel les corresponde.

Y á propósito de plazas de toros; los sombreros de señora van

alcanzando sus dimensiones. En Londres acaba de presentarse una actriz

con uno que mide un metro ochenta de diámetro, y sobre él se levantan

todavía culminantes dos magníficas plumas de avestruz, de sesenta

centímetros. Semejante edificio, por más señas es de color malva y

de las plumas, una azul y la otra «assortié» al sombrero. No hay que

decir si habrá causado sensación. Supongo que la obra en que se ha

presentado, llevará esta acotación: La escena representa un sombrero.

La moda es graciosa y en una mujer alta y de esbelto talle, esos

sombreros circundan como una gran flor la linda cabecita que parece

nimbada. Pero las mujeres bajas y rechonchillas deben evitarnos el

espectáculo de una monstruosa seta que anda. Por fortuna, nuestras

señoras, han sido las más dóciles en atender el ruego, más que la orden

de presentarse en los teatros sin sombrero. En otros países, donde

las mujeres se la dan más de «superhembras», ni ruegos, ni censuras,

ni órdenes, han podido apear los sombreros de su cabeza... Siempre

se dijo que cuando á una mujer se le pone una cosa en la cabeza, es

difícil quitársela. En este caso particular, las nuestras merecen los

mayores elogios. Nuestras mujeres son muy gobernables; no suelen ser de

oposición más que cuando sus maridos están en el gobierno: dígalo la

ley de asociaciones.

* * * * *

Menos mal; en la manifestación conmemorativa de la revolución de

Septiembre hubo algunas levitas de buen corte y algunos pantalones de

airosa caída y bastante camisa limpia... Menos mal, que de otro modo ya

hubiera salido á relucir lo de ¡Cuatro desarrapados! ¡Populacherías!

No, justamente la blusa--tan apreciada cuando vota con los gobiernos,

tan despreciada cuando se manifiesta en contra,--es la prenda más

retraída de manifestaciones liberales. ¡Pobre gente! Ha oído la voz

del taimado cocodrilo ¡Bebe quieto! Dejaos de libertades y de derechos

políticos; al pobre lo que le conviene es tener trabajo, dinero, lo

material, lo positivo... ustedes á lo suyo... Y el pobre, bastante

desagradecido con los que trajeron las libertades, gracias á las que

ha podido y podrá conquistar poco á poco algo de lo suyo, se cree hoy

más listo y más avisado, porque, como él dice: Á mí ya no me la da

nadie. No, ¡pobrecito!, te la dan los otros; que te hacen instrumento

suyo cuando les conviene... ¡Ah, pueblo, pueblo! Has vendido tu

primogenitura por un plato de lentejas.

* * * * *

Contra los pronósticos metereológicos teatrales, «La Nube» pasó sin la

menor protesta de los aludidos. Lo suponía; es gente que sabe con quién

ha de gastarse los cuartos y de la que dice: «Dame pan y llámame...

lo que quieras». Que la obra á más de haber sido aplaudida, es muy

plausible, por la valentía que supone en un autor empresario, ponerse

enfrente del público más decorativo y más saneado metálicamente, no

hay para qué decirlo. En cuanto á su eficacia, ya es más discutible.

En esta ocasión, como en otras, por ser más aparente van dirigidos

los ataques á lo que parece causa y no es sino efecto. Las nubes, de

cualquier género que sean, solo se forman en determinadas condiciones

atmosféricas. La patología social debe distinguir las enfermedades

sintomáticas de las esenciales y la nube, esa nube negra que

entenebrece el aire de España y parece causa de muchos males, es solo

efecto de ellos. No es ella la que tiene culpa de nuestro atraso, es

nuestro atraso el culpable de que la nube exista. Poco se consigue con

atacar al parásito si no se robustece la naturaleza que hace posible su

vida. Esos espíritus, dominados por la nube, lo serían del mismo modo

por la «cocotte» ó por la echadora de cartas ó por cualquier inventor

de la fabricación de diamantes. Nadie abrió jamás tienda de género

que nadie solicita. ¿Qué culpa tiene el fabricante de naipes de que

se juegue? Excelente es la obra de Ceferino Palencia, pero, créame el

distinguido autor, tantas veces aplaudido, la nube es algo, pero no es

todo. ¡Á los cascos, á los cascos! ¡Dejad las arboladuras!

* * * * *

En cuanto deja uno Madrid por algún tiempo y vuelve á pasear por

sus calles, cada día encuentra un teatro y una iglesia ó capilla de

nueva planta. Así dice un señor: «Yo no sé cómo en Madrid pueden

sostenerse tantos espectáculos». Pero hay público para todo. Como antes

al estanco, ya cada vecino puede permitirse la comodidad de ir al

teatro de la esquina. De este modo se establece cierta cordialidad de

relaciones entre los actores y su público. Ya que Madrid no llenaba los

teatros, los teatros han decidido llenar á Madrid. Y no hay duda que en

este caso, como con el anuncio prodigado, la sugestión triunfa... No

entrará usted en el primer teatro que se encuentra, pero al noveno ó

décimo, cae usted. Y una vez que se entró usted en uno, ya cae usted en

la manía coleccionista y acaba usted por recorrerlos todos.

Es un error de los empresarios creer que tan formidable competencia

les perjudica. Cuanto mayor sea el número de teatros, más irán todos

ganando, aunque no sea más que en la comparación. Por malos que

parezcan algunos siempre hay otros peores.

* * * * *

Las reformas en la indumentaria de nuestro ejército, ha dado algo que

decir y más que murmurar. Hasta verlas realizadas no sabremos si en

ellas se ha atendido más á lo práctico que á lo estético ó viceversa.

Si fué á lo práctico, bien estará, si lo estético no padece. Si fué

á lo estético, quiera Marte y no pese á su amante Venus, diosa de la

belleza; que lo estético no sea tan alemán ó tan inglés ó tan japonés,

que al físico nacional le caiga malamente.

Un uniforme puede ser elegante en un arrogante mocetón de una guardia

imperial, y sentarle desgarbado al airoso soldado español. La gorra de

plato, por ejemplo, necesita elevada estatura, que no es lo general

en nuestra raza. El soldado español es el más naturalmente elegante

del mundo, sin afectación, sin empaque; sería lastimoso que en estas

reformas no se hubiera tenido en cuenta lo que mas importa, el elemento

natural, la figura. Un ejército para ser verdaderamente nacional, debe

vestir «nacionalmente». ¿Hubiera estorbado algún artista, algún pintor

ilustre, en la comisión reformadora? Napoleón fué un genio militar,

pero también fué un gran maestro en estética. ¿Se figuran ustedes á

Napoleón con un gran casco ó con un gran morrión sobre su cabeza? ¿No

basta su inmortal sombrero para evocar toda su figura y todo su genio?

* * * * *

Á lo mejor recibo cartas de personas desconocidas para mí, cartas que

yo agradezco, porque suponen más atención de la que ello merece, á

estos ligeros apuntes semanales. Lo mismo á los que me celebran, porque

dije lo que ellos pensaban--¡qué fácil es agradar á los lectores cuando

se piensa lo mismo que ellos!--como á los que se indignan tal vez por

alguna de mis apreciaciones, les diré que, yo no pretendo sustentar

aquí doctrina de ninguna clase; que todo cuanto aquí digo es...

semanal, y muy bien pudiera decir lo contrario á la semana siguiente;

aunque no soy hombre de grandes contradicciones, acaso por no serlo

tampoco de grandes afirmaciones ni negaciones.

Tengan unos y otros en cuenta, que todo esto no es más que charla

de sobremesa; que alguna vez estoy entre personas de confianza y

puedo decir lo que pienso, pero otras, me atengo á la opinión de los

comensales. Y ¿no eres tú siempre, lector amigo, el verdadero convidado

de piedra, con cubierto puesto siempre á la mesa de todo escritor?

¡Pues si tú no te aparecieras de cuando en cuando, aun habrías de

leer cosas que te agradaran ó te indignaran mucho más, según los

casos! Como Polonio aseguraba á Hamlet, de los cómicos, al temer si

no se atreverían á representar cierta comedia, también yo pudiera

decirte: Señor, como vos no os avergoncéis de oirla, ellos tampoco se

avergonzarán de representarla.

* * * * *

Este último viaje de nuestros reyes á Barcelona, tal vez haya sido

el más provechoso. La bella, la noble princesa inglesa, hoy reina de

España, sólo habrá podido juzgar desde aquí, que tal vez Cataluña

era una despoblada y lamentable Irlanda... ¡Tales eran sus quejas y

clamores! Al contemplar la riqueza y prosperidad de Barcelona, su

aspecto de gran ciudad europea, lo ameno de sus alrededores, que

no habla de tristezas ni abandonos, no podrá por menos de pensar,

que de Cataluña á Irlanda hay mucha distancia, y que, absolutista ó

parlamentario, monárquico ó republicano, no habrá padecido grandes

tiranías, ni grandes vejaciones, bajo ningún régimen de gobierno

nacional, región que entre todas las de España sobresale por adelantada

y por próspera.

Mucho, no obstante, se han suavizado asperezas de allá, en estos

últimos tiempos. Bien está así, que de nada nos asustamos como que

puestos á pedir todos estamos en el mismo caso, sin salirnos de las

aspiraciones legítimas. En cuanto á la ley de jurisdicciones, la más

pronunciada arruga en el ceño catalanista... ¡Es tan fácil derogarla!

El legislador espartano no consignó en sus leyes pena alguna contra

el parricida; juzgó que en Esparta no había nadie capaz de cometer

ese delito. Cierto que los delitos que dieron razón á esta ley--que

no debió existir nunca en España, por el mismo motivo que aquella

otra en Esparta,--por su falta de grandeza y lo mezquino de sus

manifestaciones, tal vez no merecía mayor sanción que la de un agravio

á la buena educación y al buen gusto; que no otra cosa eran aquellas

caricaturas y aquellos dicharachos ofensivos para la patria y para el

ejército, su más alta y noble representación.

Justamente, nuestro ejército tuvo siempre el más amplio espíritu

de tolerancia para admitir discusión sobre su organización, sobre

sus condiciones; no digamos sobre el pacifista antimilitarismo de

sociólogos y socialistas. Si dictadores hubo en España fueron civiles

ó clericales; al ejército se debe cuanta libertad gozamos, él fué

siempre freno de la reacción y acicate del progreso. Nada más injusto

que considerarle instrumento de tiranía. Y conste que no soy nada

militarista, que no soy de los que creen la guerra un mal necesario,

sino muy innecesario; de los que esperan y confían en que los ejércitos

serán en lo porvenir una decorativa policía internacional; pero esto

solo ha de conseguirse por el mismo ejército; por eso, en su bandera,

que aprendí á saludar desde niño, cuando aun no se acostumbraba en

España, no saludo sólo la bandera de la patria, sino la bandera futura

de ese ideal estado de paz, que sólo el ejército puede asegurarnos.

* * * * *

La distinguida escritora que firma con el risueño nombre de

«Colombine», propone en un artículo, publicado en «España Artística»,

la fundación de un teatro para los niños.

En España, ¡triste es decirlo!, no se sabe amar á los niños. Si no

hubiera otras pruebas, bastaría esta falta de una literatura y de un

arte dedicada á ellos. ¿Qué libros españoles pueden leer nuestros

niños? De la literatura clásica, ninguno. El «Quijote» es una obra de

desencanto, de desilusión, propia para la edad razonadora. Sería cruel

que los niños rieran con «Don Quijote», y más cruel que pensaran. De

los escritores modernos, tal vez Galdós, en la primera parte de sus

Episodios Nacionales, fué el único que escribió para los niños, sin

proponérselo; quizás, por lo mismo, con mayor acierto.

Digo por lo mismo, porque los escritores que deliberadamente intentan

escribir para niños, suelen padecer el error de considerarlos demasiado

pueriles y se creen en el caso de puerilizar su espíritu. Por esto

las mejores obras para la infancia, son las que no fueron escritas

con intención de conquistarla. «Robinsón Crusoé», algunas novelas de

Dickens... En cambio, ¡cuánta ñoñería, cuánta bobada en muchos cuentos

y narraciones pensados y escritos especialmente para los niños, que no

pueden por menos de aburrirles!

¡Un teatro para los niños! Sí, es preciso, tan preciso como un teatro

para el pueblo. ¡Ese otro niño grande, tan poco amado también y tan mal

entendido!

Y en ese teatro, nada de ironías; la ironía, tan á propósito para

endulzar verdades agrias ó amargas á los poderosos de la tierra, que

de otro modo no consentirían en escucharlas, es criminal con los niños

y con el pueblo. Para ello, entusiasmo y fe y cantos de esperanza

llenos de poesía...

Y nada de esa moral practicona, que á cada virtud ofrece su recompensa

y cada pecadillo su castigo; esa moral que convierte el mundo en una

distribución de premios y pudiera resumirse en un dístico por el estilo:

No comáis melocotones

porque dan indigestiones.

La verdadera moral del teatro consiste, en que, aun suponiendo que Yago

consumara su obra de perfidia, coronándose Dux de Venecia, sobre los

cadáveres de Otelo y Desdémona, no haya espectador que entre la suerte

de uno y otros no prefiera la de las víctimas sacrificadas á la del

triunfador glorioso.

La verdadera moral esta sobre los premios y sobre los castigos, está

en lo mas hondo, en lo más íntimo de nosotros mismos, allí, donde está

Dios, siempre que queremos verle y oirle... Consiste en una limpieza

espiritual de la que solo nosotros gozamos. Nadie piensa al lavarse

todo su cuerpo en que ha de ir desnudo por la calle, se lava uno por

propia satisfacción y limpieza... Y aunque la ropa sea mala, va más

tranquilo el que así se ha lavado, que los que, muy bien vestidos, solo

se lavaron la cara y las manos.

Esta moral es la que conviene al teatro y al arte dedicado á los niños

y al pueblo.

La amable escritora cita mi nombre entre los de otros escritores que,

seguramente, no dejarán de escribir obras para ese teatro. Por mi

parte, ¡nunca con mayor ilusión, nunca también con mayor respeto á mi

público!

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 11 / 51 题