Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y fe

OBRAS COMPLETAS

DE

EMILIA PARDO BAZAN

CONDESA DE PARDO BAZÁN

TOMO 16

EMILIA PARDO BAZAN

CONDESA DE PARDO BAZAN

OBRAS COMPLETAS.--TOMO 16

CUENTOS DE AMOR

[Illustration: colofón]

ADMINISTRACION

_Calle de San Bernardo, 37, principal_

MADRID

Es propiedad.

Queda hecho el depósito

que marca la ley.

R. Velasco, impresor, Marqués de Santa Ana, 11

PREFACIO

Tranquilízate, lector: no se trata de un prólogo grave pegado á un libro

de entretenimiento, lastre de plomo de algo tan leve como el ala de la

mariposa: sólo encontrarás aquí unas cuantas advertencias, por otra

parte innecesarias si para mí no rigiesen distintas leyes que para los

demás autores, y si en mí no se calificase de delito lo que en ellos es

acción indiferente, cuando no gracia merecedora de aplauso.

No ignorarás que he escrito á estas fechas gran número de cuentos, pero

acaso te sorprenda si digo que pasan de cuatrocientos, y á todo correr

se acercan á quinientos ya. No pocos, antes de ser recogidos en volumen,

andan vertidos á varias lenguas en tierras muy lejanas, á pesar del

descuido de una autora que no por indiferencia ni por desdén, sino por

falta de tiempo, suele no contestar á las amables cartas de sus

bondadosos traductores.

De estos cuatrocientos y pico de cuentos hay tres ó cuatro de los

cuales se murmuró; para decir más verdad, de quien se murmuró no fué de

ellos, sino de mí, negándome la propiedad del asunto. Ninguno de los

incluídos en el presente volumen ha sido discutido, que yo sepa, en

concepto tal; pero me adelanto, lector, á advertirte que tres de los que

aquí te ofrezco no son míos por el asunto, y cinco ó seis tampoco son

patrimonio de mi inventiva, sino narraciones de casos auténticos y

reales--lo que Fernán Caballero llamaba _sucedidos_.--Yo los vestí y

arreglé á mi manera, unas veces por gusto y capricho, otras, sobre todo

cuando se trata de sucesos recientes, por respetos á la vida privada

ajena.

Al ver la luz en _El Imparcial_ el cuento titulado _La sirena_, consigné

en nota que su asunto estaba tomado de un lindo y breve apólogo de

Leopoldo Trenor, _La gata blanca_. Después hubo quien me aseguró que el

apólogo, á su vez, se funda en una poesía alemana. No he podido

comprobar la aserción, y queda rectificada de antemano, si fuese

inexacta y si el señor Trenor, en vez de hacer como yo hice, hubiese

concebido la idea primera del apólogo.

_La cabellera de Laura_ es libre glosa de un _ejemplo_ que refiere el

franciscano Padre Juan Laguna en sus _Casos raros de vicios y virtudes

para escarmiento de pecadores_.--_Mi suicidio_ y _Cuento soñado_, son

pensamientos que me sugirió platicando el ilustre y venerable Campoamor;

y aunque él, á fuer de opulento, no reclamaría nunca esas dos perlitas,

me complazco en agradecerle el donativo y en pedirle excusas por el

engarce.

Y pues se trata de perlas, vamos á _La perla rosa_. Verdaderamente me

asombra, lector entendido, que mis vigilantes aduaneros y agentes del

resguardo no hayan gritado _¡matute!_ cuando inserté ese cuento en _El

Liberal_. Me denuncio, ya que ellos se duermen. A los pocos meses de

aparecer en _El Liberal La perla rosa_, ví en el mismo diario un _cuento

ajeno_, firmado por _León de Tinseau_, y titulado _La perla negra_, que,

además de la semejanza del título, ofrecía coincidencias de asunto. En

ambos cuentos, la pérdida de una perla descubre la falta de una mujer.

Leído el cuento de Tinseau, tuve esperanzas de que fuese posterior en

fecha al mío, y escribí á Miguel Moya rogándole me dijese dónde lo había

encontrado. Al saber que en un libro que lleva por epígrafe _Mon oncle

Alcide_, lo encargué á Francia, y ví que estaba impreso hacía tres ó

cuatro años. Por lo tanto, á la letra, yo soy quien ha aprovechado una

idea de Tinseau. Los que no den crédito á mi afirmación de que ni

sospechaba la existencia de _La perla negra_ cuando escribí _La perla

rosa_, dueños son de afirmar á su vez que ésta es hija de aquélla. Sin

falsa modestia, debo añadir que _La perla rosa_ tiene mejor oriente.

Con igual sinceridad declaro que si el cuento de Tinseau resultase

escrito después que el mío, no por eso creería yo á ojos cerrados que

era imitación ó copia. Algún celebrado escritor español podría

atestiguar que no padezco la obsesión de tomar las coincidencias

fortuitas por atentados contra mi propiedad; algún francés podría dar fe

de lo mismo. Ideas análogas se les ocurren á escritores contemporáneos

sujetos á influencias similares, y no lo dudará nadie que conozca la

historia literaria. No insisto, porque he prometido no cansarte, lector,

al menos á sabiendas.

Supongo que no necesita apología el hecho de que varios cuentos míos se

funden en sucesos reales. Las corrientes vienen y van; hace veinte años,

tal vez incurriría en censura de los doctores de la iglesia crítica, no

por basar en la realidad ciertos cuentos, sino por inventar de pies á

cabeza la inmensa mayoría de los que escribo. Ambos procedimientos, á mi

entender, son igualmente lícitos, como lo es el refundir asuntos ya

tratados, ó el buscarlos en la tradición y la sabiduría popular ó

_folklore_. No hay género más amplio y libre que el cuento; no hay,

entre los más insignes, cuentista algo fecundo que no explote todas las

canteras y filones, empezando por el de su propia fantasía y siguiendo

por los variadísimos que le ofrecen las literaturas antiguas y modernas,

escritas y orales. De chascarrillos que corrían de boca en boca se hizo

recientemente un libro, redactado por ilustres escritores, y en el

Prólogo que lo encabeza, una pluma famosísima consignó el principio de

que al cuentista le basta la propiedad de la forma de que sabe revestir

el cuento más resobado, trillado y vulgar. El principio estaba ya

sancionado por la práctica, y no era necesario el nuevo ejemplo para

legitimar lo que de tiempo inmemorial venía practicándose.

Por otra parte, quizás nunca como ahora ha sobreabundado la invención en

los cuentistas. Antaño era usual apoderarse de una colección de apólogos

ó fábulas orientales--persas ó chinas, árabes ó indianas--y, sin más

ceremonias, traduciéndolas y adaptándolas en lenguaje castizo, se

graduaba un escritor de cuentista y de moralista. El cuento literario

original es relativamente novísimo en las literaturas occidentales:

procede de la transformación de la poesía épico-lírica, y tiene

precedentes, no sólo en los _fabliaux_ y en los ejemplos de los libros

devotos (aun hoy mina inagotable para el cuentista) sino en ciertas

composiciones poéticas con argumento; verbi-gracia, las _Cantigas_ de

Alfonso el Sabio y las baladas alemanas. Noto particular analogía entre

la concepción del cuento y la de la poesía lírica: una y otra son

rápidas como un chispazo, y muy intensas--porque á ello obliga la

brevedad, condición precisa del _cuento_.--Cuento original que no se

concibe de súbito, no cuaja nunca. Días hay--dispensa, lector, estas

confidencias íntimas y personales--en que no se me ocurre ni un mal

asunto de cuento, y horas en que á docenas se presentan á mi imaginación

asuntos posibles, y al par siento impaciencia de trasladarlos al papel.

Paseando ó leyendo; en el teatro ó en ferrocarril; al chisporroteo de la

llama en invierno y al blando rumor del mar en verano, saltan ideas de

cuentos con sus líneas y colores, como las estrofas en la mente del

poeta lírico, que suele concebir de una vez el pensamiento y su forma

métrica. De las ideas que en tropel me acuden, no aprovecho la mitad;

desecho infinitas, no sólo por creerlas desde el primer instante

indignas de vivir, sino porque algunas me parecen atrevidas, peligrosas

y capaces de horripilarte, ¡oh lector no siempre benévolo! Si esto pasa

con las ideas de cosecha propia, en mayor proporción quizás acontece con

las que me sugieren los libros viejos, y sobre todo, las que se fundan

en datos de la vida real. Por fuerte y viva que supongamos la fantasía

de un escritor, jamás llega al límite de la realidad posible. Cuanto

pudiésemos fingir, queda muy por bajo de lo verdadero. Llamamos

inverosímil á lo inusitado; pero no hay acaecimiento extraño,

monstruoso, espeluznante y peregrino que no conozcamos por la realidad.

Lo saben los de mi profesión: nunca se puede incorporar á la literatura

toda la verdad observada, so pena de ser tildado de extravagante, de

escritor descabellado y de bárbaro sin gusto ni delicadeza; y sin

embargo, las mayores osadías y crudezas de la pluma, aunque sea de

hierro y la mojemos en ácido sulfúrico, son blandenguerías para lo que

escribe en caracteres de fuego la realidad tremenda.

He observado el estremecimiento del público ante ciertos cuentos

verdaderos. Ahí están, para ejemplo en el presente tomo, _Los buenos

tiempos_ y _Sor Aparición_. De _Sor Aparición_ se espantó mucha gente.

Releo el cuento despacio y no puedo explicarme tal horror, sino por la

crueldad de lo real que palpita en él. La narración pienso que está

hecha en términos bien honestos, con el mayor recato y decoro posible;

además, he modificado la historia, y presentado á la infeliz enamorada

del burlador Camargo cuando ejercita la más rigurosa y ejemplar

penitencia. Tantos años de mortificación y de lágrimas la impuse, que

deben bastar para sosiego del más asombradizo. La verdad estricta es que

ignoro el paradero de la víctima de esa broma infame, dada por uno de

nuestros mayores poetas románticos. No sé si entró en un convento, si se

entregó á la disipación, ó si vegetó en la indiferencia; pero me ha

parecido que, dentro de la concepción ideal del cuento, tenía que expiar

su yerro para ennoblecer su desventura. Y cátate que, así y todo,

bastante gente se persignó, como se persignó al leer _Los buenos

tiempos_, historia trágica de la cual se conservan testimonios y

recuerdos todavía. Acaso el público sea hoy mas nervioso é impresionable

que en otras épocas; sólo así se comprende que de libros de devoción

clásicos y venerables no se pueda extraer un cuento sin que se alborote

el cotarro y se desquicie la bóveda celeste. De esto volveremos á

hablar, oh lector, cuando publique mis _Cuentos sacro-profanos_.

EMILIA PARDO BAZÁN.

El amor asesinado

Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de

zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarla punto

de reposo.

Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que

sujeta al alma á los lugares donde por primera vez se nos aparece el

Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió á

la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante

se deslizó en el saquillo de mano, y por último, en los bolsillos de la

viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita

maliciosa y la decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo

de ti. Vamos juntos».

Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien

resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por

guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y

claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana,

un anochecer que se asomó agobiada de tedio á mirar el campo y á gozar

la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en

la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con

agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente,--sólo consiguió Eva que

el Amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del

tejado ó por el agujero de la llave.

Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios,

creyéndose á salvo de atrevimientos y demasías: mas no contaba con lo

ducho que es en tretas y picardigüelas el Amor. El muy maldito se

disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca

y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca,

con una fiebre muy semejante á la que causa la atmósfera sobresaturada

de oxígeno.

Ya fuera de tino, desesperando de poder tener á raya al malvado Amor,

Eva comenzó á pensar en la manera de librarse de él definitivamente, á

toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el

Amor y Eva, la lucha era á muerte, y no importaba el cómo se vencía,

sino sólo obtener la victoria.

Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía

instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de

engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de

suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor,

y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.

Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de

miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y

dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y

mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las

del agua cuando se destrenza sobre guijas ó cae suspirando en morisca

fuente.

Y el Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado

como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como

varón vigoroso.

Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle

golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le

vió calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó á

extrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.

Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves

instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor

aquél! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía

una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de

su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones

mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus

azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa

de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas

proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva

notó ganas de llorar...

No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada,

libre... Y cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos

enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía,

del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.

Al fin Eva soltó á su víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni

se rebullía: estaba muerto,--tan muerto como mi abuela.

Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor

terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que

ascendía á su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente

su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...

El Amor, á quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo

corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.

El viajero

Fría, glacial era la noche. El viento silbaba medroso y airado, la

lluvia caía tenaz, ya en ráfagas, ya en fuertes chaparrones; y las dos ó

tres veces que Marta se había atrevido á acercarse á su ventana por ver

si aplacaba la tempestad, la deslumbró la cárdena luz de un relámpago y

la horrorizó el rimbombar del trueno, tan encima de su cabeza, que

parecía echar abajo la casa.

Al punto en que con más furia se desencadenaban los elementos, oyó Marta

distintamente que llamaban á su puerta, y percibió un acento plañidero y

apremiante que la instaba á abrir. Sin duda que la prudencia aconsejaba

á Marta desoirlo, pues en noche tan espantosa, cuando ningún vecino

honrado se atreve á echarse á la calle, sólo los malhechores y los

perdidos libertinos son capaces de arrostrar viento y lluvia en busca de

aventuras y presa. Marta debió haber reflexionado que el que posee un

hogar, fuego en él, y á su lado una madre, una hermana, una esposa que

le consuele, no sale en el mes de Enero y con una tormenta desatada, ni

llama á puertas ajenas, ni turba la tranquilidad de las doncellas

honestas y recogidas. Mas la reflexión, persona dignísima y muy señora

mía, tiene el maldito vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve

para amargar gustos y adobar remordimientos. La reflexión de Marta se

había quedado zaguera según costumbre, y el impulso de la piedad, el

primero que salta en el corazón de la mujer, hizo que la doncella, al

través del postigo, preguntase compadecida: «¿Quién llama?» Voz de tenor

dulce y vibrante respondió en tono persuasivo: «Un viajero.» Y la

bienaventurada de Marta, sin meterse en más averiguaciones, quitó la

tranca, descorrió el cerrojo y dió vuelta á la llave, movida por el

encanto de aquella voz tan vibrante y tan dulce.

Entró el viajero, saludando cortesmente; y quitándose con gentil

desembarazo el chambergo, cuyas plumas goteaban, y desembozándose la

capa, empapada por la lluvia, agradeció la hospitalidad y tomó asiento

cerca de la lumbre, bien encendida por Marta. Esta apenas se atrevía á

mirarle, porque en aquel punto la consabida tardía reflexión empezaba á

hacer de las suyas, y Marta comprendía que dar asilo al primero que

llama, es ligereza notoria. Con todo, aun sin decidirse á levantar los

ojos, vió de soslayo que su huésped era mozo y de buen talle,

descolorido, rubio, cara linda y triste, aire de señor acostumbrado al

mando y á ocupar alto puesto. Sintióse Marta encogida y llena de

confusión, aunque el viajero se mostraba reconocido y la decía cosas

halagüeñas, que por el hechizo de la voz lo parecían más; y á fin de

disimular su turbación, se dió prisa á servir la cena y ofrecer al

viajero el mejor cuarto de la casa, donde se recogiese á dormir.

Asustada de su propia indiscreta conducta, Marta no pudo conciliar el

sueño en toda la noche, esperando con impaciencia que rayase el alba

para que se ausentase el huésped. Y sucedió que éste, cuando bajó, ya

descansado y sonriente, á tomar el desayuno, nada habló de marcharse, ni

tampoco á la hora de comer, ni menos por la tarde; y Marta, entretenida

y embelesada con su labia y sus paliques, no tuvo valor para decirle que

ella no era mesonera de oficio.

Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa de Marta no había más dueño

ni más amo que aquel viajero á quien en una noche tempestuosa tuvo la

imprevisión de acoger. El mandaba, y Marta obedecía sumisa, muda, veloz

como el pensamiento.

No creáis por eso que Marta era propiamente feliz. Al contrario, vivía

en continua zozobra y pena. He calificado de amo al viajero, y tirano

debí llamarle, pues sus caprichos despóticos y su inconstante humor

traían á Marta medio loca. Al principio el viajero parecía obediente,

afectuoso, zalamero, humilde; pero fué creciéndose y tomando fueros,

hasta no haber quien le soportase. Lo peor de todo era que nunca podía

Marta adivinarle el deseo ni precaverle la desazón: sin motivo ni causa,

cuando menos debía temerse ó esperarse, estaba frenético ó contentísimo,

pasando, en menos que se dice, del enojo al halago y de la risa á la

rabia. Padecía arrebatos de furor y berrinches injustos é insensatos,

que á los dos minutos se convertían en transportes de cariño y en

placideces angelicales; ya se emperraba como un chico, ya se desesperaba

como un hombre; ya hartaba á Marta de improperios, ya la prodigaba los

nombres más dulces y las ternezas más rendidas.

Sus extravagancias eran á veces tan insufribles, que Marta, con los

nervios de punta, el alma de través y el corazón á dos dedos de la boca,

maldecía el fatal momento en que dió acogida á su terrible huésped. Lo

malo es que cuando justamente Marta, apurada la paciencia, iba á saltar

y á sacudir el yugo, no parece sino que él lo adivinaba, y pedía perdón

con una sinceridad y una gracia de chiquillo, por lo cual Marta no sólo

olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que, por el exquisito goce

de perdonar, sufriría tres veces las pasadas desazones.

¡Qué en olvido las tenía puestas,... cuando el huésped, á medias

palabras y con precauciones y rodeos, anunció que _ya_ había llegado la

ocasión de su partida! Marta se quedó de mármol, y las lágrimas lentas

que la arrancó la desesperación cayeron sobre las manos del viajero,

que sonreía tristemente y murmuraba en voz baja frasecitas consoladoras,

promesas de escribir, de volver, de recordar. Y como Marta, en su

amargura, balbucía reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce

y vibrante, alegó por vía de disculpa: «Bien te dije, niña, que soy un

viajero. Me detengo, pero no me estaciono; me poso, no me fijo.» Y

habéis de saber que sólo al oir esta declaración franca, sólo al sentir

que se desgarraban las fibras más íntimas de su ser, conoció la

inocentona de Marta que aquel fatal viajero era el Amor, y que había

abierto la puerta, sin pensarlo, al dictador cruelísimo del orbe.

Sin hacer caso del llanto de Marta (¡para atender á lagrimitas está

él!), sin cuidarse del rastro de pena inextinguible que dejaba en pos de

sí, el Amor se fué, embozado en su capa, ladeado el chambergo--cuyas

plumas, secas ya, se rizaban y flotaban al viento bizarramente--en busca

de nuevos horizontes, á llamar á otras puertas mejor trancadas y

defendidas. Y Marta quedó tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos,

de temores, de alarmas, y entregada á la compañía de la grave y

excelente reflexión, que tan bien aconseja, aunque un poquillo tarde. No

sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de que

las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la lluvia se

estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre su corazón,

que la duele á fuerza de latir apresurado, no cesa de prestar oído, por

si llama á la puerta el huésped.

El corazón perdido

Yendo una tardecita de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo

un objeto rojo: me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí

cuidadosamente. Debe de habérsele perdido á alguna mujer--pensé al

observar la blandura y delicadeza de la tierna víscera que, al contacto

de mis dedos, palpitaba como si estuviese todavía dentro del pecho de su

dueña.--Lo envolví con esmero en un blanco paño, lo abrigué, lo escondí

bajo mi ropa, y me dediqué á averiguar quien era la mujer que había

perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos

maravillosos anteojos, que permitían ver, al través del corpiño, de la

ropa interior, de la carne y de las costillas--como por esos relicarios

que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de

cristal--el lugar que ocupa el corazón.

Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente á la

primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro! la mujer no tenía corazón. Ella

debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fué que,

al decirla yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba á sus

órdenes por si gustaba recogerlo, la mujer indignada juró y perjuró que

no había perdido cosa alguna; que su corazón estaba donde solía y que lo

sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la

terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda,

seductora, alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad,

el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco ésta

tenía corazón! Y cuando la ofrecí respetuosamente el que yo llevaba

guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un

modo grave suponer que ó la faltaba el corazón, ó era tan descuidada que

había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.

Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas

y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y á todas las eché los

anteojos y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que

el órgano, ó no había existido nunca, ó se había perdido tiempos atrás.

Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón

de que carecían, negábanse á aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya

porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban

injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían á arrostrar el

peligro de poseer un corazón.--Iba desesperando de restituir á un pecho

de mujer el pobre corazón abandonado, cuando por casualidad, con ayuda

de mis prodigiosos lentes, acerté á ver que pasaba por la calle una niña

pálida, y en su pecho ¡por fin! distinguí un corazón, un verdadero

corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué--pues

reconozco que era un absurdo brindar corazón á quien lo tenía tan vivo y

tan despierto--se me ocurrió hacer la prueba de presentarla el que

habían desechado todas; y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como

las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba

á dejar otra vez caído sobre los guijarros.

Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida

aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta

la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la

amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo

era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse á

suprimir uno de sus dos corazones, ó los dos á un tiempo, diríase que se

complacía en vivir doble vida espiritual queriendo, gozando y sufriendo

por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la

vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se

consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su

lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un

pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que, lo que la arrebataba

de este mundo era la ruptura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!)

supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto

por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho á un corazón perdido

en la calle.

Mi suicidio

A Campoamor.

Muerta _ella_; tendida, inerte, en el horrible ataúd de barnizada caoba

que aun me parecía ver con sus doradas molduras de antipático brillo,

¿qué me restaba en el mundo ya? En ella cifraba yo mi luz, mi regocijo,

mi ilusión, mi delicia toda... y desaparecer así, de súbito, arrebatada

en la flor de su juventud y de su seductora belleza, era tanto como

decirme con melodiosa voz--la voz mágica, la voz que vibraba en mi

interior produciendo acordes divinos: «Pues me amas, sígueme.»

¡Seguirla! Sí; era la única resolución digna de mi cariño, á la altura

de mi dolor, y el remedio para el eterno abandono á que me condenaba la

adorada criatura huyendo á lejanas regiones. Seguirla, reunirme con

ella, sorprenderla en la otra orilla del río fúnebre... y estrecharla

delirante, exclamando: «Aquí estoy. ¿Creías que viviría sin tí? Mira

como he sabido buscarte y encontrarte y evitar que de hoy más nos separe

poder alguno de la tierra ni del cielo.»

* * * * *

Determinado á realizar mi propósito, quise verificarlo en aquel mismo

aposento donde se deslizaron insensiblemente tantas horas de ventura,

medidas por el suave ritmo de nuestros corazones... Al entrar olvidé la

desgracia, y pareciome que _ella_, viva y sonriente, acudía como otras

veces á mi encuentro, levantando la cortina para verme más pronto, y

dejando irradiar en sus pupilas la bienvenida, y en sus mejillas el

arrebol de la felicidad.--Allí estaba el amplio sofá donde nos

sentábamos tan juntos como si fuese estrechísimo; allí la chimenea hacia

cuya llama tendía los piececitos, y á la cual yo, envidioso, los

disputaba abrigándolos con mis manos, donde cabían holgadamente; allí la

butaca donde se aislaba, en los cortos instantes de enfado pueril que

duplicaban el precio de las reconciliaciones; allí la gorgona de irisado

vidrio de Salviati, con las últimas flores, ya secas y pálidas, que su

mano había dispuesto artísticamente para festejar mi presencia... Y

allí, por último, como maravillosa resurrección del pasado,

inmortalizando su adorable forma, ella, ella misma... es decir, su

retrato, su gran retrato de cuerpo entero, obra maestra de célebre

artista, que la representaba sentada, vistiendo uno de mis trajes

preferidos, la sencilla y cándida bata de blanca seda que la envolvía

en una nube de espuma. Y era su actitud familiar, y eran sus ojos verdes

y lumínicos que me fascinaban, y era su boca entreabierta, como para

exclamar, entre halago y reprensión, el «¡qué tarde vienes!» de la

impaciencia cariñosa; y eran sus brazos redondos, que se ceñían á mi

cuello como la ola al tronco del náufrago, y era, en suma, el fidelísimo

trasunto de los rasgos y colores, al través de los cuales me había

cautivado un alma; imagen encantadora que significaba para mí lo mejor

de la existencia... Allí, ante todo cuanto me hablaba de ella y me

recordaba nuestra unión; allí, al pie del querido retrato,

arrodillándome en el sofá, debía yo apretar el gatillo de la pistola

inglesa de dos cañones--que lleva en su seno el remedio de todos los

males y el pasaje para arribar al puerto donde _ella_ me

aguardaba...--Así no se borraría de mis ojos ni un segundo su efigie:

los cerraría mirándola, y volvería á abrirlos, viéndola no ya en

pintura, sino en espíritu...

La tarde caía; y como deseaba contemplar á mi sabor el retrato al apoyar

en la sien el cañón de la pistola, encendí la lámpara y todas las bujías

de los candelabros. Uno de tres brazos había sobre el _secreter_ de palo

de rosa con incrustaciones, y al acercar al pábilo el fósforo, se me

ocurrió que allí dentro estarían mis cartas, mi retrato, los recuerdos

de nuestra dilatada é íntima historia. Un vivaz deseo de releer aquellas

páginas me impulsó á abrir el mueble.

Es de advertir que yo no poseía cartas de ella: las que recibía

devolvíalas una vez leídas, por precaución, por respeto, por

caballerosidad. Pensé que acaso ella no había tenido valor para

destruirlas, y que de los cajoncitos del secreter volvería á alzarse su

voz insinuante y adorada, repitiendo las dulces frases que no habían

tenido tiempo de grabarse en mi memoria. No vacilé--¿vacila el que va á

morir?--en descerrajar con violencia el primoroso mueblecillo. Saltó en

astillas la cubierta, y metí la mano febrilmente en los cajoncitos,

revolviéndolos ansioso.

Sólo en uno había cartas.--Los demás los llenaban cintas, joyas,

dijecillos, abanicos y pañuelos perfumados.--El paquete, envuelto en un

trozo de rica seda brochada, lo tomé muy despacio, lo palpé como se

palpa la cabeza del ser querido antes de depositar en ella un beso, y

acercándome á la luz, me dispuse á leer. Era letra de ella: eran sus

queridas cartas. Y mi corazón agradecía á la muerta el delicado

refinamiento de haberlas guardado allí, como testimonio de su pasión,

como codicilo en que me legaba su ternura.

Desaté, desdoblé, empecé á deletrear... Al pronto creía recordar las

candentes frases, las apasionadas protestas y hasta las alusiones á

detalles íntimos, de esos que sólo pueden conocer des personas en el

mundo. Sin embargo, á la segunda carilla, un indefinible malestar, un

terror vago, cruzaron por mi imaginación, como cruza la bala por el aire

antes de herir. Rechacé la idea; la maldije; pero volvió, volvió... y

volvió apoyada en los párrafos de la carilla tercera, donde ya

hormigueaban rasgos y pormenores imposibles de referir á mi persona y á

la historia de mi amor... A la cuarta carilla, ni sombra de duda pudo

quedarme: la carta se había escrito á otro, y recordaba otros días,

otras horas, otros sucesos, para mí desconocidos...

Repasé el resto del paquete; recorrí las cartas una por una, pues

todavía la esperanza terca me convidaba á asirme de un clavo ardiendo...

Quizá las demás cartas eran las mías, y sólo aquella se había deslizado

en el grupo como aislado memento de una historia vieja y relegada al

olvido... Pero al examinar los papeles; al descifrar, frotándome los

ojos, un párrafo aquí y otro acullá, hube de convencerme: ninguna de las

epístolas que contenía el paquete había sido dirigida á mí... Las que yo

recibí y restituí con religiosidad, probablemente se encontraban

incorporadas á la ceniza de la chimenea; y las que, como un tesoro,

_ella_ había conservado siempre, en el oculto rincón del secreter, en el

aposento testigo de nuestra ventura... señalaban, tan exactamente como

la brújula señala el norte, la dirección verdadera del corazón que yo

juzgara orientado hacia el mío... ¡Más dolor, más infamia! De los

terribles párrafos, de las páginas surcadas por rengloncitos de una

letra que yo hubiese reconocido entre todas las del mundo saqué en

limpio que _tal vez_... al _mismo tiempo_ ó _muy poco antes_... Y una

voz irónica gritábame al oído: «Ahora sí... ahora sí que debes

suicidarte, desdichado!»

Lágrimas de rabia escaldaron mis pupilas; me coloqué, según había

resuelto, frente al retrato; empuñé la pistola, alcé el cañón... y

apuntando fríamente, sin prisa, sin que me temblase el pulso... con los

dos tiros... reventé los dos verdes y lumínicos ojos, que me

fascinaban.

La última ilusión de don Juan

Las gentes superficiales, que nunca se han tomado el trabajo de observar

al microscopio la complicada mecánica del corazón, suponen buenamente

que á don Juan, el precoz libertino, el burlador sempiterno, le bastan

para su satisfacción los sentidos y á lo sumo la fantasía, y que no

necesita ni gasta el inútil lujo del sentimiento, ni abre nunca el

dorado ajimez donde se asoma el espíritu para mirar al cielo cuando el

peso de la tierra le oprime. Y yo os digo en verdad que eses gentes

superficiales se equivocan de medio á medio y son injustas con el pobre

don Juan, á quien sólo hemos comprendido los poetas, los que tenemos el

alma inundada de caridad y somos perspicaces... cabalmente porque,

cándidos en apariencia, creemos en muchas cosas.

A fin de poner la verdad en su punto, os contaré la historia de cómo

alimentó y sostuvo don Juan su última ilusión... y cómo vino á

perderla.

Entre la numerosa parentela de don Juan--que dicho sea de paso, es

hidalgo como el Rey--se cuentan unas primitas provincianas muy

celebradas de hermosas. La más joven, Estrella, se distinguía de sus

hermanas por la dulzura del carácter, la exaltación de la virtud y el

fervor de la religiosidad, por lo cual en su casa la llamaban _la

beatita_. Su rostro angelical no desmentía las cualidades del alma:

parecíase á una Virgen de Murillo, de las que respiran honestidad y

pureza (porque algunas, como la morena _de la servilleta_, llamada

_Refitolera_, sólo respiran juventud y vigor). Siempre que el humor

vagabundo de don Juan le impulsaba á darse una vuelta por la región

donde vivían sus primas, iba á verlas, frecuentaba su trato, y pasaba

con Estrella pláticas interminables. Si me preguntáis qué imán atraía al

perdido hacia la santa, y más aún á la santa hacia el perdido, os diré

que era quizás el mismo contraste de sus temperamentos... y después de

esta explicación, nos quedaremos tan enterados como antes.

Lo cierto es que mientras don Juan galanteaba por sistema á todas las

mujeres, con Estrella hablaba en serio, sin permitirse la más mínima

insinuación atrevida; y que mientras Estrella rehuía el trato de todos

los hombres, veníase á la mano de don Juan como la mansa paloma,

confiada, segura de no mancharse el plumaje blanco. Las conversaciones

de los primos podía oirlas el mundo entero: después de horas de charla

inofensiva, reposada y dulce, levantábanse tan dueños de sí mismos, tan

tranquilos, tan venturosos, y Estrella volaba á la cocina ó á la

despensa á preparar con esmero algún plato de los que sabía que

agradaban á don Juan. Saboreaba éste, más que las golosinas, el mimo con

que se las presentaban, y la frescura de su sangre y la anestesia de sus

sentidos le hacían bien, como un refrigerante baño al que caminó largo

tiempo por abrasados arenales.

Cuando don Juan levantaba el vuelo, yéndose á las grandes ciudades en

que la vida es fiebre y locura, Estrella le escribía difusas cartas, y

él contestaba en pocos renglones,--pero siempre.--Al retirarse á su casa

al amanecer, tambaleándose, aturdido por la bacanal ó vibrantes aún sus

nervios de las violentas emociones de la profana cita; al encerrarse

para mascar, entre risa irónica, la hiel de un desengaño--porque también

don Juan los cosecha;--al prepararse al lance de honor templando la

voluntad para arrostrar impávido la muerte; al reir, al blasfemar, al

derrochar su mocedad y su salud cual pródigo insensato de los mejores

bienes que nos ofrece el cielo, don Juan reservaba y apartaba, como se

aparta el dinero para una ofrenda á Nuestra Señora, diez minutos que

dedicar á Estrella. En su ambición de cariño, aquella casta consagración

de un ser tan delicado y noble representaba el sorbo de agua que se bebe

en medio del combate y restituye al combatiente fuerzas para seguir

lidiando. Traiciones, falsías, perfidias y vilezas de otras mujeres

podían llevarse en paciencia, mientras en un rincón del mundo alentase

el leal afecto de Estrella la beatita. A cada carta ingenua y

encantadora que recibía don Juan, soñaba el mismo sueño; se veía

caminando difícilmente por entre tinieblas muy densas, muy frías, casi

palpables, que rasgaban por intervalos la luz sulfurosa del relámpago y

el culebreo del rayo; pero allá lejos, muy lejos, donde ya el cielo se

esclarecía un poco, divisaba don Juan blanca figura velada, una mujer

con los ojos bajos, sosteniendo en la diestra una lamparita encendida y

protegiéndola con la izquierda. Aquella luz no se apagaba jamás.

En efecto, corrían años; don Juan se precipitaba más, despeñado por la

pendiente de su delirio, y las cartas continuaban con regularidad

inalterable, impregnadas de igual ternura latente y serena. Eran tan

gratas á don Juan estas cartas, que había determinado no volver á ver á

su prima nunca, temeroso de encontrarla desmejorada y cambiada por el

tiempo, y no tener luego ilusión bastante para sostener la

correspondencia. A toda costa deseaba eternizar su ensueño, ver siempre

á Estrella con rostro murillesco, de santita virgen de veinte años. Las

epístolas de don Juan, á la verdad, expresaban vivo deseo de hacer á su

prima una visita, de renovar la charla sabrosa; pero como nadie le

impedía á don Juan realizar este propósito, hay que creer, pues no lo

realizaba, que no debía de apretarle mucho.

Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió don Juan, en vez del

ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y cruzado

después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en

que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del

espíritu guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el

papel. ¡Oh mujer, oh agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire!

Estrella pedía á don Juan que ni se sorprendiese ni se enojase, y le

confesaba que iba á casarse muy pronto... Se había presentado un novio á

pedir de boca, un caballero excelente, rico, honrado, á quien el padre

de Estrella debía atenciones sin cuento; y los consejos y exhortaciones

de _todos_ habían decidido á la santita,--que esperaba, con la ayuda de

Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.

Quedó don Juan absorto breves instantes; luego arrugó el papel y lo

lanzó con desprecio á la encendida chimenea. ¡Pensar que si alguien le

hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le

hubiese tratado de bellaca calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma,

sin rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!

Desde aquel día don Juan, el alegre libertino, ha perdido su última

ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás el

resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y

el que aún tenía algo de hombre, es solo fiera, con dientes para morder

y garras para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una

carcajada cínica, su amor un latigazo que quema y arranca la piel

haciendo brotar la sangre...

Me diréis que la santita tenía derecho á buscar felicidades reales y

goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su desenfrenado

ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la enana

razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de

los poetas, menos malo es ser galeote, del vicio que desertor del ideal.

La santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor

irrealizable.--Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los

dos, el verdadero soñador.

Desquite

Trifón Liliosa nació raquítico y contrahecho, y tuvo la malaventura de

no morirse en la niñez. Con los años creció más que su cuerpo su

fealdad, y se desarrolló su imaginación combustible, su exaltado amor

propio y su nervioso temperamento de artista y de ambicioso. A los

quince, Trifón, huérfano de madre desde la cuna, no había escuchado una

palabra cariñosa; en cambio había aguantado innumerables torniscones,

sufrido continuas burlas y desprecios, y recibido el apodo de

_Fenómeno_; á los diez y siete se escapaba de su casa, y, aprovechando

lo poco que sabía de música, se contrataba en una murga, en una orquesta

después. Sus rápidos adelantos le entreabrieron el paraíso: esperó

llegar á ser un compositor genial, un Weber, un Listz. Adivinaba en toda

su plenitud la magnificencia de la gloria, y ya se veía festejado,

aplaudido, olvidada su deformidad, disimulada y cubierta por un haz de

balsámicos laureles. La edad viril--¿pueden llamarse así los treinta

años de un escuerzo?--disipó estas quimeras de la juventud. Trifón

Liliosa hubo de convencerse de que era uno de los muchos llamados y no

escogidos; de los que ven cercana la tierra de promisión, pero no llegan

nunca á pisar sus floridos valles. La pérdida de ilusiones tales deja el

alma muy negra, muy ulcerada, muy venenosa. Cuando Trifón se resignó á

no pasar nunca de maestro de música á domicilio, tuvo un ataque de

ictericia tan cruel, que la bilis le rebosaba hasta por los amarillentos

ojos.

Lecciones le salían á docenas, no sólo porque era en realidad un

excelente profesor, sino porque tranquilizaba á los padres su ridícula

facha y su corcova. ¿Qué señorita, ni la más impresionable, iba á correr

peligro con aquel macaco, cuyo talle era un jarrón, cuyas manos

desproporcionadas parecían, al vagar sobre las teclas, arañas pálidas á

medio despachurrar? Y se lo espetó en su misma cara, sin reparo

alguno--al llamarle para enseñar á su hija canto y piano,--la madre de

la linda María Vega. Sólo á un sujeto «así como él», le permitiría

acercarse á niña tan candorosa y tan sentimental. ¡Mientras mayor

inocencia en las criaturas, más prudencia y precaución en las madres!

Con todo, no era prudente, y menos aún delicada y caritativa la

franqueza de la señora. Nadie debe ser la gota de agua que hace

desbordar el vaso de amargura, y por muy convencido que esté de su

miseria el miserable, recia cosa es arrojársela al rostro. Pensó sin

duda la inconsiderada señora que Trifón, habiéndose mirado al espejo,

sabría de sobra que era un monstruo; y ciertamente, Trifón se había

mirado y conocía su triste catadura; y así y todo le hirió, como hiere

el insulto cobarde, la frase que le excluía del número de los hombres; y

aquella noche misma, revolviéndose en su frío lecho, mordiendo de rabia

las sábanas, decidió entre sí: «Esta pagará por todas: ésta será mi

desquite. ¡La necia de la madre, que sólo ha mirado mi cuerpo, no sabe

que con el espíritu se puede seducir á las mujeres que tienen espíritu

también!»

Al día siguiente empezaron las lecciones de María, que era en efecto una

niña celestial, fina y lánguida como una rosa blanca, de esas que para

marchitarlas basta un soplo de aire. Acostumbrado Trifón á que sus

discípulas sofocasen la carcajada cuando le veían por primera vez, notó

que María, al contrario, le miraba con lástima infinita, y la piedad de

la niña, en vez de conmoverle, ahincó su resolución implacable. Bien

fácil le fué observar que la nueva discípula poseía un alma delicada,

una exquisita sensibilidad, y la música producía en ella impresión

profunda, humedeciéndose sus azules ojos en las páginas melancólicas,

mientras las melodías apasionadas apresuraban su aliento. La soledad y

retiro en que vivía hasta que se vistiese de largo y recogiese en

abultado moño su hermosa mata de pelo de un rubio de miel, la hacían

más propensa á exaltarse y á soñar. Por experiencia conocía Trifón esta

manera de ser, y cuanto predispone á la credulidad y á las aspiraciones

novelescas. Cautamente, á modo de criminal reflexivo que prepara el

atentado, observaba los hábitos de María, las horas á que bajaba al

jardín, los sitios donde prefería sentarse, los tiestos que cuidaba ella

sola; y prolongando la lección sin extrañeza ni recelo de los padres,

eligiendo la música mas perturbadora, cultivaba el ensueño enfermizo á

que María iba á entregarse.

Dos ó tres meses hacía que la niña estudiaba música, cuando una mañana,

al pie de cierta maceta que regaba todos los días, encontró un billetito

doblado. Sorprendida, abrió y leyó. Más que declaración amorosa, era un

suave preludio de ella: no tenía firma, y el autor anunciaba que no

quería ser conocido, ni pedía respuesta alguna: se contentaba con

expresar sus sentimientos, muy apacibles y de una pureza ideal. María,

pensativa, rompió el billete; pero al otro día, al regar la maceta, su

corazón quería salirse del pecho y temblaba su mano, salpicando de

menudas gotas de agua su traje. Corrida una semana, nuevo

billete,--tierno, dulce, poético, devoto;--pasada otra más, dos pliegos

rendidos, pero ya insinuantes y abrasadores. La niña no se apartaba del

jardín, y á cada ruido del viento en las hojas pensaba ver aparecerse al

desconocido, bizarro, galán, diciendo de perlas lo que de oro escribía.

Mas el autor de los billetes no se mostraba, y los billetes

continuaban, elocuentes, incendiarios, colocados allí por invisible

mano, solicitando respuestas y esperanzas. Después de no pocas

vacilaciones, y con harta vergüenza, acabó la niña por trazar unos

renglones, que depositó en la maceta, besándola;--eran la ingenua

confesión de su amor virginal.--Varió entonces el tono de las cartas: de

respetuosas se hicieron arrogantes y triunfales; parecían un himno; pero

el incógnito no quería presentarse; temía perder lo conquistado; ¿á qué

ver la envoltura física de un alma? ¿qué le importaba á María el barro

en que se agitaba un corazón? Y María, entregado ya completamente el

albedrío á su enamorado misterioso, ansiaba contemplarle, comerle con

los ojos, segura de que sería un dechado de perfecciones, el sér más

bello de cuantos pisan la tierra. Ni cabía menos en quien de tan

expresiva manera y con tal calor se explicaba, que María, sólo con

releer los billetes, se sentía morir de turbación y gozo. Por fin,

después de muchas y muy regaladas ternezas que se cruzaron entre el

invisible y la reclusa, María recibió una epístola, que decía en

substancia: «Quiero que vengas á mí»; y después de una noche de desvelo,

zozobra, llanto y remordimiento, la niña ponía en la maceta la

contestación terrible: «Iré cuando y como quieras.»

¡Oh! ¡Qué temblor de alegría maldita asaltó á Trifón, el monstruo, el

ridículo _Fenómeno_, al punto en que, dentro del carruaje sin faroles

donde la esperaba, recibió á María con los brazos! La completa

obscuridad de la noche--escogida, de boca de lobo--no permitía á la

pobre enamorada ni entrever siquiera las facciones del seductor... Pero,

balbuciente, desfallecida, con explosión de cariño sublime, entre

aquellas tinieblas, María pronunció bajo, al oído del ser deforme y

contrahecho, las palabras que éste no había escuchado nunca, las rotas

frases divinas que arranca á la mujer de lo más secreto de su pecho la

vencedora pasión... y una gota de humedad deliciosa, refrigerante como

el manantial que surte bajo las palmeras y refresca la arena del Sahara,

mojó la mejilla demacrada del corcovado... El efecto de aquellas

palabras, de aquella sagrada lágrima infantil, fué que Trifón, sacando

la cabeza por la ventanilla, dió en voz ronca una orden, y el coche

retrocedió, y pocos minutos después María, atónita, volvía á entrar en

su domicilio por la misma puerta del jardín que había favorecido la

fuga.

Gran sorpresa la de los padres de María cuando se enteraron de que

Trifón no quería dar más lecciones en aquella casa; pero mayor la

incredulidad de los contados amigos que Trifón posee, cuando le oyen

decir alguna vez, torvo, suspirando y agachando la cabeza:

--También á mí me ha querido, ¡y mucho! ¡y desinteresadamente!, una

mujer preciosa...

El dominó verde

Cuentos de amor · 第 1 / 15 段