XXI

¡Cuántos habrá que al leer las escenas que acabo de referir, las

hallarán excesivamente trágicas, tal vez hiperbólica la terrible pugna

que en ellas aparece entre los lazos de la naturaleza y las especiales

condiciones en que los sucesos históricos y las ideas políticas ponen

a los hombres! Yo aseguro a los que tal piensen, que cuanto he contado

es ciertísimo, y que en el lamentable fin de don Fernando Garrote no

he quitado ni puesto cosa alguna que se aparte de la rigurosa verdad

de los acontecimientos. Vivió el citado Garrote en los mismos años que

le presento, y fueron su carácter, sus costumbres y sus ideas tales

como he tenido el honor de pintarlas, salva la diferencia que entre el

artificio de la narración y la verdad misma existe y existirá siempre

mientras haya letras en el mundo. Cierta fue también su malograda

expedición con el cura Respaldiza, y evidente su desastroso cautiverio

y fin horrendo, aunque no le cupo peor suerte que a otros muchos,

quier españoles, quier franceses, víctimas entonces del furor de las

desenfrenadas pasiones.

En cuanto a las circunstancias verdaderamente terribles que acompañaron

al último aliento de aquel desgraciado varón, no son tales que deban

causar espanto a la gente de estos días, la cual, viviendo como

vive en el fragor de la guerra civil, ha presenciado en los tiempos

presentes todos los desvaríos del odio humano entre seres de una misma

sangre y de una misma familia; ha visto rotos todos los vínculos en

que principalmente apoya su conjunto admirable la sociedad cristiana.

¡Oh!, si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de

tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores

políticos, quedase un resto de vida, ¡cuántas íntimas reconciliaciones,

cuántos tiernos reconocimientos, cuántos perdones no calentarían el

seno helado de la fosa, donde el insensato cuerpo nacional ha arrojado

parte de sus miembros, como si le estorbasen para vivir! Y si la eterna

vida disipa las nieblas que oscurecen aquí el pensar de los hombres,

¡cuántos seres habrá que, en la desolación de la impenitencia y en su

solitario vagar por la desconocida esfera, maldecirán la mano corporal

con que hirieron el uno al hijo, el otro al hermano! La actual guerra

civil, por sus cruentos horrores, por los terribles casos de lucha

entre hermanos, y aun por el fanatismo de las mujeres, que en algunos

lugares han afilado sonriendo el puñal de los hombres, presenta cuadros

ante cuyas encendidas y cercanas tintas palidecerán, tal vez, los que

reproduce el narrador de cosas de antaño. El primer lance de este gran

drama español, que todavía se está representando a tiros, es lo que

me ha tocado referir en este, que, más que libro, es el prefacio de un

libro. Sí: al mismo tiempo que expiraba la gran lucha internacional,

daba sus primeros vagidos la guerra civil; del majestuoso seno

ensangrentado y destrozado de la una salió la otra, cual si de él

naciera. Como Hércules, empezó a hacer atrocidades desde la cuna.

* * * * *

Púsose en marcha el largo convoy bastante después de media noche. Todo

el camino real, desde las últimas casas de Aríñez hasta Gomecha, estaba

ocupado. ¡Con cuánta ansiedad veían que España se iba quedando atrás

las infortunadas familias que buscaban un refugio en Francia!

—Si podemos llegar a Vitoria —decía Jean-Jean, que iba a caballo junto

a Monsalud en la retaguardia—, estamos en salvo. Allá se las entiendan

el rey y el mariscal Jourdan con Wellington y Hill. ¡Gran batalla

tendremos hoy!... Pero créeme: daría una de mis manos por no verla.

—Han dado orden de marchar más a prisa, señor Jean-Jean —dijo

Salvador—. La cosa apremia. Usted da una mano por no ver esta batalla,

y yo daría las dos por verla.

—¡Oh, joven Bayardo, caballero sin mancilla! ¿Sabes lo que es una

batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los

pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie,

les hacen morir, y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar

la batalla desde una altura lejana, a donde las balas no llegan, y

echando el anteojo a un lado y otro, hacen creer a los tontos que

están observando distancias y calculando movimientos. Así como los

nigromantes hablan de estrellas, ciclos, conjuros para engañar a los

necios, los generales hablan de paralelas, ángulos, cuñas, etc...,

y hacen garabatos en un papel... ¡Oh, yo he medido la Europa con el

compás de mis piernas; yo he escupido mi saliva en el Austria y en la

Rusia, y sé lo que es una acción de guerra! Después que los unos han

destrozado a los otros a fuerza de brazo, porque aquí todo se hace a

fuerza de puños, el general recorre a caballo el campo de batalla, y

con sonrisa hipócrita da gracias a los soldados; manda que se asista a

los heridos, y los cirujanos empiezan a trabajar en la carne como los

ebanistas en la madera. Enterramos a los muertos, damos una muleta a

los cojos y una venda a los ciegos. Nuestros nombres no se escriben en

ningún monumento, ni nadie los sabe, ni los pronuncia más boca que la

de nuestros compañeros. No así el general, que se pone un calvario en

el pecho, y se echa a cuestas un título como una casa, de tal modo,

que si hoy derrotásemos a ingleses y españoles en cualquiera de estos

sitios que atrás dejamos, no faltaría un general que se llamase mañana

_Duque de Subijana de Álava_, o _Príncipe del Zadorra_. Luego viene la

historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta farsa caen unos

reyes para subir otros, sin que el pueblo sepa por qué, y los políticos

hacen su agosto chupándose la sangre de la nación, que es lo que a la

postre resulta de todo.

Iba a contestarle Salvador, cuando una sonora y fresca voz de mujer

gritó:

—Señor Monsalud, señor Monsalud, ¡gracias a Dios que se le ve a usted!

¡Qué prisa tiene el caballerito para dar cuenta de los encargos que

recibe!... ¡Oh, qué prisa, sí!

Monsalud, a pesar de la oscuridad, distinguió perfectamente un rostro

femenino que por la portezuela de un coche asomaba, acompañado de una

mano con quiroteca, cuyos dedos pajizos se movían saludando de una

manera apremiante y afectuosa.

—Perdone usted, señora doña Pepita —dijo el militar acercando su

caballo al vehículo—. Hace dos días que no la veo a usted por ninguna

parte. ¿Y el señor oidor cómo sigue?

Un rostro acartonado y marchito, en cuya superficie brillaban con

chispa mortecina dos tristes y ya muy viejos ojuelos, apareció un

momento en la portezuela, y una voz fatigada pronunció estas palabras,

que parecían una especie de limosna oral:

—Buenos días tenga el señor sargento Monsalud.

Y desapareció luego dentro del coche.

—¿Apostamos —dijo la dama sonriendo— a que no me compró usted en la

Puebla los polvos _a la marechala_ que le encargué, ni las pastillas de

malvavisco?

—Señora, ya sospechaba yo —repuso el joven— que en la Puebla no habría

cosas tan finas.

—¡Ah, tunante! —exclamó ella, amenazando festivamente al joven con su

descomunal abanico cerrado, que esgrimía como si fuese una espada—.

Disculpas... Y hablando de otra cosa, ¿cuándo llegaremos a Francia?

—Pronto, señora. Si hay batalla al romper el día, como dicen, nosotros

habremos ganado de aquí a esa hora mucho terreno, y nadie nos estorbará

el paso.

El oidor dejose ver de nuevo. Era un varón de años, flaco o indolente,

enfermo tal vez, y parecía muy aburrido del largo viaje.

—¡Batalla al romper el día! —dijo frunciendo el ceño—. Me parece que

principia a despuntar la aurora. ¿Y hacia dónde es esa batalla?

—Hacia ninguna parte, hombre —repuso con desdén y superioridad doña

Pepita—. Tu gran miedo te hace ver batallas en las puntas de los dedos.

¡Qué aburrimiento! No se puede ir contigo a ninguna parte... Recuéstate

en el coche y calla, o me enojaré.

—¡Todo sea por Dios! —murmuró el oidor sepultándose en el coche.

—No se descuide usted en avisarme todo lo que ocurra —dijo la dama

alzando la voz, cuando por uno de los movimientos tan propios de una

marcha, el coche se alejó bastante de los jinetes.

Monsalud la saludó con galante sonrisa, mientras Jean-Jean le decía:

—Si esa señora doña Pepita, tan garbosa, con su grueso lunar velludo

en la barba, sus buenas carnes, sus ojos negros, su cara un tanto

arrebolada y sus quirotecas amarillas, me hubiese mirado a mí desde la

portezuela, apuntándome con su abanico y haciéndome preguntas diversas

desde que salimos de Valladolid, a estas horas, joven guerrero, ya

nos trataríamos de tú, y todos mis compañeros envidiarían al sargento

Jean-Jean. Verdad que yo soy hombre muy circunspecto y no he querido

decirle una sola palabra, además de que no es de caballeros quitarle

su conquista a un camarada; que si llego a hablar con ella, y echo mis

visuales, y disparo los tiros de mi galantería, y trazo mis paralelas,

y lanzo los escuadrones, y enfilo las piezas, y pongo el sitio en

regla, Monsalud, en dos horas es mía la plaza; en dos horas hago yo lo

que a ti te costará dos meses... ¿Pero en qué piensas? ¿Estás mirando

las estrellas que desaparecen?... Salvador, Salvador, despierta, que

estoy hablando; está hablándote todo un Jean-Jean.

Profundamente abstraído y meditabundo, Monsalud había olvidado a

doña Pepita, al oidor y a Jean-Jean. Poco después de este ligero

incidente, la claridad del día empezó a derramarse por tierra y cielo,

bañándolo todo con las dulces y frescas tintas de la mañana. El sereno

firmamento parecía suspendido sobre la frente del mortal para presidir

y proteger su alegre vida, sublimada por el trabajo, por la virtud,

por inocentes y castos amores. El campo estaba impregnado de la

placentera atmósfera que por el aliento penetra hasta nuestro corazón,

inundándolo de felicidad, o, si así puede decirse, aromatizándolo,

pues parece que balsámicas esencias penetran hasta lo más hondo de

nuestro ser, sacudiendo los sentidos y despertando el alma con el

estímulo de vagas emociones. Las altas montañas y los verdes prados

se aclaraban, disipada la niebla que los cubría, mostrando su lozano

verdor, compuesto de mil y mil hojuelas húmedas, que tiritaban al roce

del viento. Poco después los rayos del sol se introducían por todas

partes: en el seno de las nubes, entre el follaje de los árboles,

en los infinitos huequecillos de los arbustos y las piedras, en la

profunda masa cristalina de las aguas del río. Todo tomó color, y con

el color la grandiosa existencia del día. ¡Ah!, si queréis conservar la

dulce paz en vuestra alma, cerrad los oídos... Estrepitosos cañonazos

resonaron a lo lejos, y el convoy entero, como si obedeciera una orden,

se detuvo.

Por algún tiempo no se oyó en todo el espacio ocupado por tantos carros

y hombres el más ligero rumor; pero no tardó en producirse de un

extremo a otro discordante algarabía.

—Dicen que no se puede pasar de Gamarra... Los ingleses están atacando

a la Puebla... También hay batalla por Subijana... y en Avechuco... y

en Crispijana.

Estas frases se repetían, pasando de boca en boca, y dando ocasión a

multitud de preguntas que no eran nunca bien contestadas. La respuesta

aumentaba la confusión.

—¡Patarata! —exclamaba un jurado de los más vehementes, el cual había

aprendido pronto la fanfarronería francesa—. El general Clausel, que

está en la Puebla, les enseñará lo que pueden tres ingleses contra un

solo francés. ¿Y qué nos puede importar la Puebla si queda atrás?

Adelante.

Pero los carros y coches no obedecieron la enfática orden del bravo

dragón, permaneciendo tan quietos cual si los clavaran en el suelo.

El día había aclarado completamente, permitiendo ver la palidez y la

extrema ansiedad de todos los semblantes... De pronto una voz pavorosa

recorrió de un extremo a otro la línea del convoy, repitiendo:

—No se puede pasar. Crispijana ha sido atacada, y los ingleses y los

guerrilleros han aparecido por Gamarra...

La configuración del camino por donde intentaba marchar el convoy era

la más a propósito para infundir miedo a los viajeros. Altos cerros

a un lado y otro formaban un estrecho callejón tortuoso, por cuyo

fondo el camino y el Zadorra culebreaban, estorbándose a cada paso.

Frecuentemente pasaba el uno por encima del otro, cediéndole, ora la

derecha, ora la izquierda. Aunque en la noche anterior se habían tomado

todas las precauciones para el paso del convoy, ocupando las alturas,

aquel repetido cañoneo que se oía más arriba ponía en gran inquietud

a todos. Se temía que las fuerzas destacadas se hubieran visto en la

necesidad de acudir en socorro de los de Crispijana o Gomecha... Por

fin, después de una hora de ansiedad, moviose la larga procesión entre

gritos de alegría. Mulos, caballos, bueyes y hombres dieron algunos

pasos; después se volvieron o parar. Parecía una comitiva de entierro

cuando el carro fúnebre se atasca.

Pero transcurrido otro rato de ansiedades, de angustiosas preguntas y

de mal humoradas respuestas, el dragón de mil patas marchó de nuevo con

bastante prisa.

—¿Qué hay?... Señor Monsalud, una palabra por amor de Dios —dijo la

oidora echando fuera del coche su ostentoso lunar, su franca sonrisa,

su rostro todo, no pequeño ni falto de gracias por cierto, su abanico y

sus quirotecas—. Cuénteme usted lo que ocurre.

—Cuéntenoslo usted —añadió el oidor asomándose también tras de su

consorte.

—No hay nada que temer —dijo deteniéndose el jinete, que regresaba de

la vanguardia del convoy—. Camino franco hasta Vitoria.

—Nos hemos detenido, señora —indicó Jean-Jean, metiéndose donde no le

llamaban—, porque la vanguardia ha estado reconociendo el camino.

—La batalla está empeñada por aquí, a mano izquierda —dijo Monsalud

extendiendo el brazo en la dirección indicada—, y se ha roto el fuego

por tres puntos distintos.

—Por tres puntos distintos, señora —añadió el intruso Jean-Jean—.

Quizás pasemos por sitios peligrosos. Si gusta la señora oidora, la

acompañaré a la portezuela para preservarla de cualquier accidente.

—No, gracias, retírese usted —repuso la dama con desdén—. Señor

Monsalud, ¿se marcha usted tan pronto? ¿Perderán esa batalla? ¿La

perderemos? ¡Ay, no me diga usted que sí!... Engáñeme usted por favor.

—¡Qué se ha de perder! —vociferó el francés.

—Señor sargento —dijo el oidor—, no se separe usted de nosotros. Mi

mujer tiene un miedo espantoso.

—¡Oh, sí! —murmuró la dama.

—Si por desgracia nuestra nos viésemos en peligro...

—No, no se separe usted de nosotros, señor Monsalud —dijo doña Pepita—.

Mi marido cobra alientos viéndole a usted tan cerca... podría ocurrir

algún accidente funesto; que nos viésemos envueltos, comprometidos...

¡Cómo retumban los cañonazos en estas montañas!... Por Dios, señor

Monsalud, distráigame usted, cuénteme cosas agradables para que con la

conversación entretengamos y engañemos el miedo; hablemos de asuntos

placenteros, graciosos y dulces, de esos que regocijan el espíritu y

matan el hastío. Hágame usted olvidar que a dos pasos de nosotros se

está dando una batalla... quiero estar alegre y reír... quiero olvidar

y engañarme. Engáñeme usted... ¡Oh, sí! Dígame usted que no tema,

tranquilíceme. Pero no oigo lo que usted me dice... ¡Oh!, no tema usted

alzar la voz. Mi marido no oirá nada: es un poco sordo.

El equipaje del rey José · 第 23 / 31 题