Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes,
antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí
misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal,
trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de
docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la
celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica,
siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis
impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales
reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo
material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle
valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente.
El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los
Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los
paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni
parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su
conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho.
Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan
gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se
parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de
la Cruz?
Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que
lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo
por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí,
para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y
cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me
faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y
la secura me invade.
Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me
atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni
sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces
seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo
soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza,
no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión
transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos,
que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin
embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la
muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á
las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema!
Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es
cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo
que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no
entiende ni pregusta la hermosura inefable?
De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á
Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste
el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no
creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de
mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta
ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?
Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir,
llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el
desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte;
quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré.
Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de
miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y,
sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te
tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras
que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de
desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y,
por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente
pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!
Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse
el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el
inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma
misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse
las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en
el hombro.
--¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?
--Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.
--¿Cuándo?--pregunté maquinalmente.
--Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro,
negro tóo.
--¿Negro? ¿Por qué?
--Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy
mala!
Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin
comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido,
con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras
negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura
inexplicable de la visión fúnebre.
Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.
--Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita--murmura la ciega, estrujando
con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la
melaza y reducirlos á pasta derretible.
Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me
importa!
Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo
á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico,
medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás
vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada,
dispuesta á vendimiar.
Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve
convulsión.
A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El
médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él
y yo sabremos lo mismo.
En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con
esfuerzo, murmurando:
--Ñora...
Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.
--Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.
La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á
intervalos:
--¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía
Dios!
--No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...
--¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!
No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe,
en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!,
se hincaba en ellas...?
Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han
señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan
recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.
--Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de
advertir á usted que el mal es extraordinariamente contagioso, sobre
todo en el período que se aproxima...
--Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente...
Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre;
pero deseo que nada le falte á Torcuata.
La ciega, alzando las manos, insistía:
--Santa es, santa es.
La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un
monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan
fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía.
--Otra cieguecita como la agüela...--suspiró.--Ñora Lina ¿está ahí? Ñora
¿me moriré como el fraile?
Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más
cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana,
el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno
es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura
infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la
paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en
llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:
--No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!
Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra
floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina.
Alrededor, un murmurio musical se alza del suelo abrasado con el calor
diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de
mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego
que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me
quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte
tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin,
que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema,
divina, del anochecer!...
Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca,
entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el
enajenamiento del bien inesperado, fulminante.
--No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame
lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas,
redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me
envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor,
enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no
te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin
ti, sin ti...
Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin
pronunciarlo, sin rasgar el aire:
--Dulce Dueño...
V
En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie
verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda,
sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo
que nunca había sido: feliz.
Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que _no es_), el
aspecto de completa desventura.
En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona
vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos,
sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En
comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron
que ingresase, sería un paraíso.
Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me
acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi
premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha
nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y
comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y
por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este
mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin
frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente
que no sospecha lo que me sirve de consuelo, y se admira de la
expresión animada y risueña de mi cara, y me llama--lo he
averiguado--«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una
labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir,
mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y
su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por
el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia,
deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le
pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces,
un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa
espera.
Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia,
que da lástima.
--¿Lo ves?--repite.--¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía
yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr
evitar estas cosas!
--Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?
--¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya
trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la
casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!
--Me encuentro perfectamente en ella.
--¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á
consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí,
por toda la vida acaso?
--Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.
--¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro
Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para
transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna--porque no
te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan
sencillamente--, cuando se le ha ocurrido otra combinación más
sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes,
mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos
las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la
prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un
escandalazo.
--Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más
verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría
coro, diciendo que estoy...
Me toqué la frente con el dedo.
--¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se
puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de
emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie
hiciste daño!
--Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he
de sufrir por lo que dañé?
--Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados...
¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido
ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal...
Carranza es el peor. Ese te declara loca peligrosa, maligna. Te cree
capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te
odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha
mediado...
Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica
_dinero_.
--No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una
prevención... sobrado justa.
--¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay
detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración
de una mujer de mala vida y de un boticario...
--Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado
averiguar?...
--Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú
entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste
que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu
casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué
chiquillada!...
Bajando la voz:
--También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por
el lago... Dice...
--Cuanto diga, es cierto.
--¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta
que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de
mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si
tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si la tratabas
mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu
cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...
--Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que
maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para
él.
--¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra
«locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y
se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia
aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...
--De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son
personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su
concepto científico, no es error probablemente.
--Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron
últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el
pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas,
en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una
chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al
extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata...
En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la
desbarataré. No temas; la desbarato.
--Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay
que dejar nuestra suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...
--¡Ea, que no!--gritó impetuosamente, abrazándome--. No es Dios quien te
ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú
fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte
el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!
--Lo sé...--exclamo, con acento significativo--. Lo que no hace falta,
es compadecerme. Soy aquí dichosa.
Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.
--¿Y Torcuata?--pregunto.
--Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un
trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.
--No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo
encargo mucho.
--Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las
únicas que hablan de tí con entusiasmo.
--¿De veras?
--¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los
altares...
--Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual.
La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería
lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí,
Farnesio, no me santifique.
--Veo que no has perdido el buen humor...
Cuando se retiró, decidido á rescatar á la princesa del poder de
malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me
encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me
trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las
tentaciones?
¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu
voluntad...