Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de
la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al
confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si
se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!
La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no
ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro
por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una
necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas,
azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del
craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado.
¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está,
clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo crease y que
ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia
quién?
No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me
parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba
realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me
han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la
oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?
Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese
más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su
carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión
honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada
y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las
últimas funciones de la temporada--este año la Pascua cae muy
tarde--encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los
cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente--porque Farnesio,
cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando
la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados
párpados--me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de
antemano, la sinfonía de _Lohengrin_.
Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo
brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las
tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad
ó preñadas, en meses mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de
algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un
espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de
poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído
antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no,
atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...?
Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con
sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes
saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el
amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra
desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de
venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de
un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á
vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche,
pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como
Elsa de Brabante, habremos vivido.
El preludio acentúa su magnífico _crescendo_. Saboreo el escalofrío del
tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del
heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la
barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un
deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre
la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y
Telramondo estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me
ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.
Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales
riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni
gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un
innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un
Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase
Cristalli,--y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino
como el choque de dos copas muselina.--¿Su edad? Rasurado, con los
suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara
juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la
viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la
edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es
el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.
Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe
permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es
elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta
de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente,
clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás
mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi
vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién
sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación de
levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada
carne?
La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber,
qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al
prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en
el aire?
Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho
cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad,
amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro
los ojos; me basta escuchar, cuando el _raconto_ se alza, impregnado de
caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando
la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la
virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase
que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la
peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el _raconto_
se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras
frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre,
pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La
pasión íntima que late en el _raconto_, aquel ideal hecho vida, me corta
la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme;
tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado
por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y
me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un
infinito.
«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»
Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el
pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario
donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré
yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no
he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado
el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y
murmurarme las inefables palabras...
Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el
mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir
vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un
dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que
me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á
defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del
_foyer_, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me
esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en
la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli.
«Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de
entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!.
Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por
miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal
borrado el blanquete, corto el cabello en la fuerte nuca, algo saliente
la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche
triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón
tendí la tela de un devaneo psíquico...
Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y
viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora,
terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con
admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias,
encargados _ad hoc_ para que no raspen su garganta, absorbiendo
Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín
del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata,
pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado,
propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y
caracterizan el ágape de los apasionados del divo.
Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y,
despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos
sale un cuchicheo.
--¿Quién es?
--No la conozco.
--¡Buena mujer!