I
_Escuchad._
Fuera, llueve:--lluvia blanda, primaveral. No es tristeza lo que fluye
del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas pulverizándose
con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de pueblo
tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo
sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la
mesa un redondel anaranjado.
La claridad da de lleno en un objeto maravilloso. Es una placa
cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea
destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á
la moda del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros
cincelados y también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de
pedrería refulgente y diminuta como puntas de alfiler. En la túnica,
traslucen con vítreo reflejo los carmesíes; en el manto, los verdes de
esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la
cabeza diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que
lanzan. La mano derecha de la figurita descansa en una rueda de oro
obscuro, erizada de puntas, como el lomo de un pez de aletas erectas.
Detrás, una arquitectura de finísimas columnas y capitelicos áureos.
En sillones forrados de yute desteñido, ocupan puesto alrededor de la
mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el crespón
inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho, seco como una
nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho reluz, tersa
sobre el esternón bombeado.
--¿Leo ó no la historia?--urge el eclesiástico, agitando un rollo de
papel.
--La patraña--critica el seglar.
--La leyenda--corrige la enlutada--. Cuanto antes, señor Magistral.
Deseando estoy saber algo de mi Patrona.
--Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya se te alcanza que las
noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay que emitir alguna
suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo someto mi
trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la
sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un
poco... En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando
prolijidades. Y á veces no leeré; conversaremos.
La pelinegra se recostó y entornó los ojos para escuchar recogida. El
vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo. El canónigo
rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez al
transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de
sentimiento ó de estética que el autor reprobaría.
«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de Egipto. No está
claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar que
después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por Diocleciano
_el Perseguidor_, que ordenó á sus soldados no cejar en la matanza hasta
que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas, vino un
período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y
hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se
atrevió á batir moneda con su efigie...»
Interrupción del vejezuelo.
--Para usted, Carranza, el caso es que el cuento revista aire de
autenticidad...
--Déjeme oir, amigo Polilla...--suplicó la de los fúnebres crespones--.
Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico.
--¡Bah! Este personaje no es...
--¡Silencio!
«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo
fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan
sólo martirizando y matando cristianos; hasta los espíritus cultos de
aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso
fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse
de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y
malicias filosóficas...»
Inciso.
--La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...
Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.
«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde
que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta
que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el
primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto
para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco
de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela
resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si
bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas,
tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en
otros países.
Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse
que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los
festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban
los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»
--Vamos, las primeras beatas...--picoteó Polilla.
»--Es el caso que griegos y judíos--hiló el Magistral--andaban, en
Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los
cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías
hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita,
llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el
emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor
Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y
luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana,
surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos
cristianos infelices...»
--¿Eeeh?--satirizó don Antón.
--¡Digo, felicísimos!
»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus
artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales.
Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal
época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta
la personalidad de Catalina.
Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo
era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto,
las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y
poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la
estatua de Memnon. No extrañemos que Catalina profundizase ciencias y
letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica
estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas
egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.
Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida
y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y
se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos
bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y
al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á
aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por
afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la
pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del
Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy,
calabazas...
Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las
magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no
era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los
dioses, consagraba culto.
Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los
_procos_ ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las
superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y
acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su
existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias
antiguas, cuando muy pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la
riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los
esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina
un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines
y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se
escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas
de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por
vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los
patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la
Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á
Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el
marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían
decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de
imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los
demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre
enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras
maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á
reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un
helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus
frondas...»
--¿No has notado una cosa, Lina?--se interrumpió á sí mismo el
Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.
--¿Qué es ello?
--Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la
presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la
vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de
exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído.
¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados
á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha
de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de
su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y
por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la
tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la
Santa...
--Me gusta Catalina Alejandrina--. Lacónica, la enlutada parpadeó,
alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas.
»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio,
entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían
pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en
vinagre por la hija de los Lagidas--lo cual parece fábula, pues el
vinagre no disuelve las perlas--, y la otra presea, una cruz con asas,
símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla
era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello--fíjate, el
artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle--hubo en la
ciudad una oleada de envidia y de malevolencia. ¿Se creía la hija de
Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran
Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que
contrastó el poder de Roma?
Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija
del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas
nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!
También los cristianos--aunque por razones diferentes--miraban á
Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la
princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no
ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó
más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía
la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las
estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni
perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le
aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías
supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del
desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los
solitarios...»
Polilla, que trepidaba, salta al fin.
--Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los padres del yermo, ¿no
se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa la peste
bubónica!
--¿La peste bubónica?--se sorprende Lina.
--La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y apareció en Egipto
después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no se
momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos
perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios
aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de
embalsamar, se arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y
cátate la peste, que aún sufrimos hoy.
--Bien...--Lina alzó los hombros.--Con usted, Polilla, se aprende
siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza.
«Estábamos en los padres del desierto, los solitarios... Había por
entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias aterradoras. Se
llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de una
columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como
sentado sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de
la mísera barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase
el asceta, éste se incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba
«ven, hermanito», y salía un alacrán, que, agitando sus tenazas, se
posaba en la palma seca del solitario.
Machucaba él con un canto la bestezuela, y añadiendo un poco de aceite
del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á las
llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...»
--¡Absurdo!...
--¿Polilla?...
«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo paliqueaban después
con el Santo, refiriéndole las crueldades del César Maximino, peor que
Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con garfios, azotados
con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hendirlo, hacen
verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del mártir... Y
rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los escorpiones,
rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua le
alabe y toda nación le confiese.
--Reza también--imploraban--por que toque en el corazón á la princesa
Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de Cristo, pero es
enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque es la más
hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad
mejor que muchas cristianas!
--Sólo Dios es belleza y sabiduría--contestaba el asceta--. Pero
despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al arrodillarse en
el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y encendía su
hirsuta barba negra--la idea de la princesa le acudía, le inquietaba--.
¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria...
Una madrugada--como á pesar suyo--Trifón descendió de la piedra,
requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo, hasta
llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía
canópica, y derecho, sin preguntar á nadie, se halló ante la puerta
exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se rieron á sabor
de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa
inmediatamente.
--Decidla--insistió el solitario--que no vengo á pedir limosna, ni á
cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá escucharme.
Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel galán hecho cecina por
el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones empolvados de
sayo de Cilicia.
--Llevad el recado--insistió el asceta--. Ella no se reirá. Yo sé de
amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica.
--¡Es un filósofo!...--secretearon respetuosamente los esclavos; y se
decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina gustaba de los
filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros.
Catalina estaba en su sala peristila; á la columnata servía de fondo un
grupo de arbustos floridos, constelados de rojas estrellas de sangre.
Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma leonina, de oro
y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados
prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos
de Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía
en un ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia
profunda, añoraba el amor que no sentía. El amor era el remate, el
broche divino de una existencia tan colmada como la suya; y el amor
faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos
países, en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de
su padre.
--¿De qué me sirve--pensaba--tanto libro en mi biblioteca, si no me
enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el entendimiento en
las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de moda, siento
que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor de
esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe
Plotino lo que se dice al negar que el amor es la razón de ser del
mundo! Plotino me parece un corto de vista, que no alcanza la identidad
de lo amante con lo perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es
en afirmar que el mundo es un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la
irriadiación del alma. Pero mi alma, para iluminar mi mundo, necesita
encandilarse en amor... ¿Por quién?...
Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus procos desfilaron ante el
pensamiento de Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á
solas.--Volvió la tristeza pronto.
--¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma, que según Plotino
transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame
conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis
huesos!
El pisar tácito de una esclava negra, descalza, bruñida de piel, se
acercó.
--Desea verte, princesa, cierto hombrecillo andrajoso, ruin, que dice
que sabe de amores.
--Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de vino y unas monedas.
Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe pulimentado con su báculo
de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la miró
atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de las peludas
cejas que le comían los párpados rugosos.
--Siéntate--obsequió Catalina--, habla, di de amor lo que sepas. Por
desgracia no será mucho.
--Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el desierto.
--¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel está recocida y
baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según dicen, no
sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de los
viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que
merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de
ideas madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar
al caldario antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán,
te ungirán y te compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le
fregamos.
--Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi cuerpo como los
cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. El
cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña
hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre?
--Como quieras... Háblame desde alguna distancia...
--Catalina--empezó preguntando--¿porqué no te has casado con ninguno de
tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos.
--Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes de amor. No basta que
mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean gallardos, dado
que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario que yo
encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir
que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún
no se han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes.
No sé dónde está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al
través del éter, tiendo los brazos á lo alto, donde creo ver una faz
adorable, cuyo encanto serpea por mis venas.
--Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo.
En vez de mofarse, Catalina se volvió grave.
--Dime tu nombre, Padre--exhaló, casi á su pesar.
--Trifón, el penitente.
--¿Cristiano?
--Sí.
--¿Santo, como dicen?
--No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en que vivo hay un nido
de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas y
aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar su
aguijón.
--Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de Serapis ó de la excelsa
Belleza, que es la única verdad...
--¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que no encuentra su
pareja, que gime por el amado!
--Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma encarnación humana
de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar.
--¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla?
--¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio, llena de mi sangre?
--La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo, sino tu amante, el
que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente mayor es su
hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es un
acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar.
Ama.
--Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de amar. ¿Será también un
príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es varón.
--Es un príncipe asaz más ilustre que tú.
--¡Eso, sólo Maximino César!--se ufanó Catalina.
--¡Maximino, ante él... hisopo al pie del cedro!--Mañana, á esta misma
hora, sola, purificada, vestida humildemente, saldrás de tu palacio sin
ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta donde veas una
construcción muy pobre, una especie de célula, que llamamos ermita. El
lugar estará solitario, la puerta franca. ¿Entrarás sin miedo?
--No sé lo que sea temor.
--Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has de amar en vida y más
allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el vino nuevo y en
cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con
recatados pasos, se acerca ya á tu corazón...
Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y palpitante columpiaba la
fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y ritmado.
Cuando abrió los párpados, había desaparecido el penitente.
* * * * *
La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió desfilar formas é
ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados por las
maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos.
Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga,
inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos,
con el fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas
tersas y recias; Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber
conocido ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de
vestirle la túnica), y el pío Eneas, el infiel á la mísera reina
africana... ¿Sería alguno como éstos quien la aguardase en la ermita?
Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á una celada, no lo
receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un hechicero: acusábase
á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para resistir así el
martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear con ella el
filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa
ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el
amor la devorase, cual un león irritado y regio!--Siguió las
instrucciones de Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfumó, como
en día de bodas; se vistió interiormente tunicela de lino delgadísimo,
ceñida por un cinturón recamado de perlas; y, encima, echó la vestimenta
de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las mujeres _fellahs_, el
pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, igual que las
esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había de apoyar la
planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su cabeza. Así
disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los jardines
que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el muelle,
torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida
especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente
opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros.
--Oiga usted--zumbó Polilla--. ¿Sabe usted que me va pareciendo un poco
ligerita de cascos la princesa? Si no la declarasen ustedes santa...
--Don Antón--amenazó Lina--, ó me deja usted oir en paz, ó le expulso
ignominiosamente.
«A un lado y á otro de la monumental avenida alineábanse, sobre
pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de dimensiones
semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento del
granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos
reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones
menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la
delicada corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo
de las Esfinges era femenino, pero sus brazos remataban en garras de
fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse en la lisura del pedestal.
Dijérase que se contraían para desperezarse y saltar rugiendo. Sintió
Catalina aprensión indefinible. Respiró mejor al acometer la subida
espiral que conducía al Panoeum, entre setos de mirto, el arbusto del
numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de Hathor Afrodita,
encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La brisa de la
tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de Catalina
temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido.
Pasó rozando con el templo y descendió la otra vertiente. Detrás del
santuario asomaba una colina inculta, y en un repliegue del terreno se
agazapaba la ermita humilde; una construcción análoga á las del barrio
de Racotis, de adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una cruz de
caña revelaba la idea del edificio. La reducida puerta se abría de par
en par. Catalina la cruzó; allí no había alma viviente. En el fondo, un
ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no menos tosca que la
del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se moría un haz de
nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara,
sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el
insomnio calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura
y el silencio, se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de
amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños:
Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero no al caer de la
tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado de gruesos
diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos
semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica.
Estirándose felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los
nervios el roce de sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus
caras humanas, perdiendo la semejanza, adquirían expresión individual,
se asemejaban á personas. Catalina, atónita, reconocía en las Esfinges
tan pronto á sus pretendientes desairados, como á los sofistas y
ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, Teopompo,
Caricles, Gnetes, sus contertulios, erizados de argucias, duchos en la
controversia, discípulos del Peripato algunos, los más de Platón. De sus
labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones, definiciones, un
murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea confusa en que
flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo
inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y
en conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se
destacaba era una sola palabra: _Amor_.
Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de los desairados procos,
murmuraban también con tenaz canturia: _Amor_; y sus ojos chispeaban, y
sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y gañían bajo y
lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de sus
bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente.
Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría,
galopaba, hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras.
La desatada carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa,
era como el desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su
huída la princesa: angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras,
en las cuales ya dos veces había hecho presa la zarpa de las
Esfinges.--Me desnudarán--calculaba--, y cuando caiga avergonzada y
rendida, se cebarán en mí...--El horror activaba su paso. Los pies,
rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se deshonraban con el
polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:--¡Mis pies de
rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me
estropean! ¡Ay pies míos!
Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse, cuando se le ofreció
un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía
dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla. Detrás no
había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la
blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de
luminares, á guisa de manto triunfal.
Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina. Su sangre circuló
rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes miembros. Una
luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La luz
crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego,
reflejando aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso,
abriéndose paso, surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella
parecía de más edad, pálida, marchitos y entumecidos los párpados por el
sufrimiento; él era garzón, y á su juventud radiante acompañaba belleza
portentosa. Catalina, juntando las manos, le miró con enajenamiento. Ni
había visto un sér semejante, ni creía que pudiese existir. Curiosa en
estética, solía ordenar que le presentasen esclavos hermosos, no con
fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma en las
diversas razas del mundo. Los comparaba á las creaciones de Fidias, á
los sacros bultos de las divinidades, y comprendía que por modelos así
se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien veces más
sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión
superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían
claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color
de dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo
misterioso, que se imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El
mozo debía de ser un alto personaje, como había dicho Trifón; más alto
que el César. Sus pies desnudos se curvaban, mejor delineados que los
del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y Catalina, postrada, sintió
que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora se quiebra,
inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos suplicante. El mozo se
volvió hacia la mujer que le acompañaba.
--¿Es esta la esposa, madre mía?
--Esta es--afirmó una voz musical, inefable.
--No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo...
Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se amortiguaba, se
extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra.
Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que recibe herida honda
de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó; al pronto no
recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de dolor, de
bochorno. ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la poderosa, la
ilustre, no era bella, no podía inspirar amor!
* * * * *
Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la verdadera luz de
Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles sobre sus
zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la
majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban
roncas coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las
esclavas acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil
solicitud. Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de
bruñida plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se
contempló prolijamente. ¿No era hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo
que no es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, ella no podía
vivir sin aquel príncipe desconocido que la desdeñaba. Pero los espejos
la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la imagen encantadora de una
beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su torso escultural
faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que el oro
calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de
Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes,
lumínicos, no los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No
ser hermosa? El príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de
la plebe encubría el brillo de la hermosura! Era preciso buscar al
aparecido, obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se
ocultaba, hablar á Trifón, el Solitario.
Con fuerte escolta, en su litera mullida de almohadones, al amanecer del
siguiente día, la hija de Costo emprendió la expedición al desierto. Su
cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje era de púrpura,
franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, corrían
temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos
de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían
cascadas de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con
amuletos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía
provisiones, bebidas frías y tapices para extender. En pocas horas
llegaron á la región árida y requemada, guarida de los cenobitas. Cuando
descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto por un tronco seco. Un
pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse la comitiva.
Catalina ordenó distanciarse á su séquito; descendió y se acercó,
implorante, al asceta.
--Vengo--impetró--á que me devuelvas lo que me has quitado. ¡Dame mi
serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arrancármelo! Dime
dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones. Si no le
parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo
parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...»
Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo:
--Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la madre Santa Teresa de
Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la dedica y donde
se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo».
--Pues yo recuerdo--asintió Lina--otra poesía de Lope de Vega, si no me
engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es nada lo que
pondera el Fénix á la hija de Costo!
«Una palma victoriosa
de tres coronas guarnece,
por sabia, mártir, y virgen,
cándida, purpúrea y verde...»
--Hay una glosa--advirtió Carranza--que la llama «segunda entre las
mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente de
inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio
que la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido
autor de esta prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas
célebres se cuentan por centenares.
--¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa y que disputaba con
filósofos!--criticó Polilla--. En fin, siga usted, amigo Carranza, que
ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita, los
sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo Luis XV,
portador de una guirnalda con un lazo azul...
--Polilla, es usted un espíritu acerado é implacable--aseveró Lina--.
Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando.
«Permanecía Catalina á los pies del solitario, arrastrando, entre el
polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia de la
esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un
instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del
asiento. Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando
movimiento familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina
rebullir, en espantable maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos
al cielo metálico de puro azul, el penitente pronunció la fórmula
consagrada:
--Ven, hermanito...
Un horrible bicharraco se destacó del grupo y avanzó. Catalina le miró
fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la
bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que su
picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto
replegar sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo
remate empezaba la eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía
sentir la mordedura, cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á
la mano raigambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, estrujándolo sin
ruido, lo mezcló y amasó con el óleo.
--Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta mixtura sobre tu corazón
enfermo--mandó imperiosamente.
Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había vuelto de espaldas. Al
percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente carnosidad, su
corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano. Bienestar
delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se desenfilase
su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor fueron
manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel
entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se
embotó y apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose,
funcionó activo.
--Soy cristiana--protestó sencillamente, comprendiendo.
Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los peregrinos que venían
á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba, y tomando agua
en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de la
virgen, profiriendo las palabras:
--En el nombre...
Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando el solitario
anunció:
--Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí estará El.
--¿Y le pareceré hermosa?...
--Tan hermosa, que se desposará contigo.
Una corriente de beatitud recorrió las venas de Catalina. El misterio
empezaba á revelarse. Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo
se lo mostraba resplandeciente.
--¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo, Trifón?--interrogó sumisa.
--Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo en él. Y si llega
el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. Cuando
vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti.
A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba su séquito.
Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y
golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de
uvas, sin sed.
--Refrescad vosotros... Todo es para vosotros...
Al balanceo de la litera se durmió con sueño de niña, sin pesadillas ni
calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de cedro incrustado de
preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan gustoso dormir,
su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver al Esposo?
¿La juzgaría hermosa _ahora_? ¿No proferiría, con igual desdén que la
vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no es
hermosa, no la amo?
Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la conocida ruta. Las Esfinges,
impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática quietud
no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las suponía
sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la
espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor se deshojaban, lánguidas del
calor del día, y en el centro de un círculo de mirtos, especie de
glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes obsceno, por el
cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tributadas
por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo. Catalina,
que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita
libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se
encontró llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta
superior á sus antiguos númenes.
Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse en la ermita. Estaba
desierta...
¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no venía!
Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de gemido, le llamó
tiernamente.--Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha visto y
no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale de
mí el alma para irse á tí...--Así se dolió Catalina, hasta que el sol se
puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el
cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los
cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un
momento los ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no
la acompañaba el garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la
mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la
princesa, acariciándola. El niño, eso sí, era un portento. En su cabeza
se ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas
ternezas que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de
Catalina, humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no
se atrevía á responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer
avanzó, se interpuso, y teniendo al niño en su regazo, cogió la mano
derecha de Catalina y la unió á la de él, en señal de desposorio. El
niño, que asía un anillo refulgente, miraba á su madre con inocente,
encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y el anillo pasó
al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió á
colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se
apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto
duró un segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez.
Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la ciudad. Palpitaban
miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos
cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en el
Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los
arbustos; ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de
monstruos, cuyas enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles,
cercanos á lupanares y tabernas vinarias, encontró Catalina persona
viviente. Caminaba como al través de una ciudad abandonada por sus
moradores.
En su lecho, la princesa concilió un sueño aun más reparador y total
que el de la noche anterior. Uno de esos sueños, después de los cuales
creemos haber nacido nuevamente. La vida pasada se borra, el porvenir
viene traído por la alegría mañanera. Un rayo solar, dando á Catalina en
los ojos, hizo centellear en su dedo el anillo de las místicas nupcias.
* * * * *
No había transcurrido mucho tiempo desde la expedición de Catalina al
desierto, cuando el César asociado Maximino el Dacio,--residente en
Alejandría porque en el reparto del Imperio entre Licinio, Constantino y
él, había correspondido Egipto á su jurisdicción--, celebró una fiesta
orgiástica. Asistieron á la cena altos personajes de la ciudad, tribunos
militares, poetas, sofistas, mozos alocados de la buena sociedad de
entonces, cortesanas y sacerdotisas de Hathor.
Después de las primeras libaciones, mientras servían en copas de ágata
el néctar de la Tenaida, ese vino de Coptos que produce una exaltación
entusiasta de los sentidos, preguntó el César qué se contaba de nuevo en
su capital; y el sofista Gnetes, cretense de nacimiento, exclamó que era
mala vergüenza que dejasen al divino Emperador tan atrasado de noticias,
sin saber que la princesa Catalina pertenecía ya á la inmunda secta de
los galileos.
--¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la orgullosa?--se sorprendió
Maximino.
--La misma. No conozco apostasía tan indigna, ¡oh, César! Porque, en su
culto á la belleza y á la ciencia, Catalina estaba consagrada á la
Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de ningún pequeño numen
campestre y familiar, sino de los grandes Dioses. Tú, divo--añadió
afectando rudeza--, que tanto entiendes de hermosura, pues nos enseñas
hasta á los estudiosos, estás obligado á informarte de lo que haya de
cierto en este rumor. Las divinidades altas te tienen encomendada su
defensa.
Intrigaba así Gnetes, porque más de una vez había envidiado
amarillamente la sabiduría de la princesa, y aunque feo y medio
corcovado, la suposición de lo que sería la posesión de Catalina le
había desvelado en su sórdido cubículo. Por otra parte, todos los
conmilitones de Maximino le pinchaban y excitaban contra los galileos,
pues habiendo llegado á ser uno de los placeres y deportes imperiales el
presenciar suplicios, si no se utilizaba á los nazarenos para este fin,
podría darle á César el antojo de ensayar con algún amigo y convidado.
Los martirios eran más divertidos que las luchas de la arena, y cuando
se trata de una altiva beldad, hay la contingencia de poder verla,
arrancadas sus ropas á girones por el verdugo...
Maximino quedaba silencioso, reflexionando. Pensaba en Catalina; no
tanto en su belleza, como en su fama de ciencia y de exquisitez en la
vida, y en su energía y resolución, dotes que la hacían curiosa y
deseable. Acordábase de la historia de la perla que fué de Cleopatra, y
de las probables aspiraciones de Catalina á encarnar el sentimiento
patriótico de los egipcios. Y acudían á su mente las noticias de los
tesoros de Costo, de sus simpatías entre los serapistas, de sus
continuos viajes á provincias lejanas, donde tal vez conspirase contra
los emperadores asociados. Todo esto lo confirió consigo mismo, sin
dignarse contestar al chismoso pinchazo del sofista. Habían hecho
irrupción en la sala del festín las bailarinas con sus crótalos y sus
túnicas sutiles de gasa, y se escanciaban ya otros vinos: el de
Mareotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con pez; los de Italia,
alegres y espumantes. Una hora después, el César, en voz incierta,
llamaba á su confidente Hipermio, y le daba una orden. Hipermio se
encogía de hombros. Tenía establecido el propio Maximino que no se
obedeciesen las disposiciones que pudiese adoptar en la mesa, mientras
el espíritu de la vid corría por sus venas y tupía con vapores su
cerebro.
A la mañana siguiente, el César repitió la orden. Tenía ya despejada la
cabeza, aunque dolorido el cuero cabelludo y revuelto el estómago. Un
tedio entumecedor le abrumaba, y, como sufría, no le era desagradable la
perspectiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el instinto cruel latía
un designio político, dictado por el continuo recelo que le infundía la
ambición firme y consciente del temible Constantino, su socio.
--Redacta--ordenó á su secretario--un edicto para que sean ofrecidos
sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan extinguiéndose
las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los adoradores del
Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que
Alejandría pertenece á Maximino.
--¡A quien Jove otorgue el imperio entero!--deseó Hipermio, que estaba
presente y conocía lo que soñaba César.
--¿No te di anoche esta orden misma?
--Sí, Augusto; pero ya sabes...
Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula:
--¡Cúmplase!
En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron
altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato
becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los
hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba,
porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á
sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el
Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y
los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de
torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á
Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas
repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo
sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio, ó pasaban
erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles
empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad:
tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á
sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los
encarcelados, y preguntó ansiosamente:
--¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?
--No, Augusto--satisfizo Hipermio--. Delante de su palacio no hay altar,
á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan
espléndida morada exige.
--Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre.
--César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan
pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de
decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso
sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él,
representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es
la princesa.
--¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella
y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las
supersticiones del populacho judío.
Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba
sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia,
sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente
ataviada: su túnica sérica, del azul de las plumas del pavo real,
estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como
entonces se labraban, en la forma llamada _tabla_. Sus pliegues
majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos
de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las
cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente
superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La
inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes
dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría.
Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre
perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo
delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería,
semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio,
recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende
del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero
árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del
andar.
--César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.
Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se
envolvió en él y se sentó tranquila.
--Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo.
--Te engañaron, emperador...--Después de breve pausa.--Yo era cristiana
ya, desde hace años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio
de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la
Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese
teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme.
--No soy tan docto como tú, princesa--ironizó el César, mortificado--,
pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que
acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza
del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el
deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de
mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca.
--Maximino--se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo--, yo,
en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto
te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son
verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas
materiales... y sacrificaré.
--Catalina--insistió Maximino--, ya te he dicho que no soy un retórico
ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería
desigual.
--No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me
ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca.
Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh,
Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.
--Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas Atenea, pero algún sabio
habrá en el orbe que sepa más que tú!
--Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón.
--¡Dichoso él!--Y la sonrisa del César fué atrevida, mientras eran
galantes y rendidas sus palabras.
El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino, la flecha repentina
del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siempre le había
molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración artística de
Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de
Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y
otras apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La
recompensa sería pingüe.
Y fueron llegando. Los más venían harapientos, cubiertos de mugre y
roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos antes de que el
César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien sus mantos
cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de rosa.
Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros
guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en
Platón y Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina
que pretende que de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber
que se les convocaba para justar con una princesa virgen y encantadora,
alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el mayor número se alborozó y
se dejó aromar la barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión de
Alejandría empezaba á imponérseles, pues en la ciudad, por tradición, se
creía que la mujer es muy capaz de discurso.
El día señalado para el certamen, Maximino hizo elevar el solio en el
patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de púrpura y
traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y
pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se
prometía una fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería
grato domeñar. Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba
vengarse con venganza sabrosa.
Antes de que se presentase el Augusto, los sabios se alinearon á la
izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió
entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la
puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó
ese murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina
no debía de ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su
fastuoso vestir. Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión
de la fe, venía más ricamente ataviada que nunca, surcada por ríos de
perlas, que se derramaban por su túnica blanca con realces argentinos,
como espumas de un agua pálida. Su velo también era blanco, y coronaba
su frente ancho aro todo cuajado de inestimables _barekets_ ó esmeraldas
orientales, traídas del alto Egipto, cerca del Mar Rojo, donde, según
la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos, luchando con los
feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la tierra. Lucía
en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la Cruz. Los
ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que las
esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos,
herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su
mirada de agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la
gloria.
Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden del emperador.
Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel envidioso
Gnetes, el denunciador de Catalina.
Habló con la malicia del que conoce el pasado del adversario, y lo
aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que la
forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la forma,
buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta
fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de
Costo resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la
concurrencia; varios cristianos, que entre ella habían tomado puesto,
fruncieron las cejas, indignados. Gnetes, en un período brillante,
increpó á Catalina por haberse apartado del culto de Apolo Kaleocrator,
árbitro inmortal de la estética, padre del arte, que sobrevive á las
generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque oratorio, señaló á
la blanca estatua del Numen, un mancebo desnudo, coronado de rayos.
Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que siempre había
profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su esencia
suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que Apolo
Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios,
perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía
otras infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos
la de Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura
humana. En este sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen.
Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni
negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo
oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con
terror maquinal:--¡Ha blasfemado del divino Arquero!
Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él
tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora
y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta,
le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido,
reflexionaba:--¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?--Y se propuso
disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.
Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y
cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los
_Tratados_ del maestro. Ocurrió entonces algo singular: Catalina
solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y
tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando
en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á
las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo
la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el
Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco
celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.
--Tú, como yo, Necepso--urgía Catalina--; tú, discípulo de Plotino, has
sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste
vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar
de bañarse en ella.
Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que
envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía
detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no
era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo
expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los
impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela
consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio
imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de
maderas bien olientes.
Necepso, entretanto, se rendía.--Si el cristianismo es lo que enseñó
Plotino, cristiano soy--confesaba--. Catalina se acercó á él,
sonriente, fraternal.
--Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por
mí cuando llegues á su lado...
Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio
y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas
venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo
brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le
amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa
pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta
que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos.
Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta
alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran
vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á
rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la
palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban
los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de
pelea. Lo que hicieron varios fué--sin atacar á la princesa ni al
cristianismo--desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus
maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la
ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de
Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos los
seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la
caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un
partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y
del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre
la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había
internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría
ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó
Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia
y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la
virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que
su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un
hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque
invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:--Rabí
Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable
doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no
quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación
posible.--Catalina asintió con la cabeza.
La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de
la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se
estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se
regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún faltaban los
sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado.
Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó
rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían
bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera.
Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas,
fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio
al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la
substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se
desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito
sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo
está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa,
hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un
pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático
sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz
de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo
se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único
mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce;
sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los
camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló
de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida.
Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su
providencia; y que, después de proclamar la ley moral, por no renegar
de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y
describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes
los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su
última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla
ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género
humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de
ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el
escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates!
Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis
agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del
amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad,
había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza
de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por
fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no
había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba.
¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir
sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:--¡Habrá
muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de
cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!
El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que
hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su
espíritu como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que
le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que
si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le
enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus
pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:
--¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre
de fuego!
Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza,
hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del
todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar
también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le
ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la
cabeza para mirar á su vencedora.
No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el
auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas,
que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y
creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies
absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una
cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto,
ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces,
se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la
cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército;
y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos podían
profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien
nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César,
se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión.
Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de
sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina--también
irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo
virginal--les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio,
con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al
desollar al sátiro hediondo y chotuno--ya no se contuvieron los oyentes,
y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.--¡Salud,
salud á Catalina!--se oía repetir--. Y los cristianos, envalentonados,
enloquecidos--añadían:--¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa
Trinidad sea contigo!--Algunos de los procos, que en primera fila
esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por
contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en
triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores.
El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la
señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia
despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó
de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el
palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se
había quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el
sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas
emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos
trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de
anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que
Maximino usaba cuando se sentía exhausto.
--Bebe, princesa--dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija
de Costo--. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me
parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes.
Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo
entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud
del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se
inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como
este vino de la Mareótida que te ofrezco.
Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios.
--No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del
suelo. He vencido.
--Has vencido--replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por
ella empezada--. No cabe negarlo.
--Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el
socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro
convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean
llevados al suplicio.
--Oye, Catalina...--Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de
ágata, que soportaba el refresco--. Escúchame, que en ello nos va mucho
á los dos.
Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza,
aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían
religiosamente.
--Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que
adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el
último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte
mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían
fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los
oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó
mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina;
sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en
vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos
gloriosos de Roma.
La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima.
--Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas
nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres
fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti
para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz
de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera,
desfallezco y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la
sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio
Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á
nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me
apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco
sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti
seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio,
el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien
aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución,
toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia!
Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un
templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra
con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para
ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza.
No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se
te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su
ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia,
garfios y potro?»
--En Dios y en mi ánima juro--no pudo reprimirse más Polilla, que no se
desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza--que su
Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un
libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo su Alteza doña
Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no
oyen razones...
»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con
la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la
importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían
madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el
momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha
continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en
una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad,
confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el
solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes,
á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de
la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la
nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño
íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente
magnífico que el Serapion,--del cual se decía que estaba colgado en el
aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco
buey idolatrado.--Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion,
expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una
palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César
cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías,
confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde
las frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién
impedía?...
Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie
de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón,
repetía, lento, suave, como una caricia celeste:
--Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...
--Maximino...--articuló pausadamente--, me avengo gustosa á lo que me
ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en
cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible,
que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...--Y, moviendo el
dedo, hizo fulgir el anillo.
--¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como
nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?
--Virgen soy y seré.
--Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta
crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me
satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo.
Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que
amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo,
princesa?
--César...--insistió ella rechazando la copa--no sé si me creerás; yo,
aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que
ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la
horrible suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución.
No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el
Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta
transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que
se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano.
¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua--,
pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido
tentada, pero resistiré.
Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni
el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos
férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca
los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso
temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la
crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.
--Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas
é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste
tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu
escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de
exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el
jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á
un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh,
Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu
zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada. Pero respeto también
la ley, y he de cumplirla.
Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron.
--Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al
Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.
* * * * *
Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó
y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César
se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se
descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la
virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra
el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo,
desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y
los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas.
Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía,
Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen
del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se
reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al
encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos
de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los
incomprensivos y los que comprenden con finura. La princesa no apartó
los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra
maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima
representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador
y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.
El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de
sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan
elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez
del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata,
y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una
fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y
aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y
maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona
la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y
disfrutando de los sabores sanos de la vida?
Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la
princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin
indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la
interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista;
una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo
Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual
se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus
estudios elevados que aristocratizan el pensamiento; del arte, de la
belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la
cincelada copa...
--A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti!
La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en
una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por
precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla
libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos
funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes,
primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo,
deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras
convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no
debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en
su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina
pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la
había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio,
ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito
instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el
tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se
interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los
serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial
necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que
con la orgullosa Catalina.--Y les quedaba la esperanza de una
retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer.
La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de
deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los
cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la
doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un
complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo,
si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del
Galileo!
Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó:
--El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla
con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en
que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.
Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una
noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario
irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los
nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á
los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el
escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la
mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y
donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y
los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto
antes, y sin aventurarse á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó
reniega ó perece.
Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase
de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había
inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro
de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero
despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.
--El dios Apolo--se envanecía el negro--hubiese debido pelar así á
Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.
El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que
idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano
sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar,
pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo
su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un
aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al
exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente
encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela
ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto
cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho,
espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del
infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas
de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna herida
mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los
clavos y las puntas.
--Hoy mismo--insistía angustioso el pontífice--. En la demora está el
riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa,
dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio,
coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no
las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden?
Pues basta.
Y Gnetes sugirió:
--Al terminarse el banquete, el César _estará en estado de
presenciar_...
Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía
el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos
diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al
patio, donde sería juzgada.
Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que
moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el
supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:
--No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver
el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú
eres la hermosura...--La hermosura ideal, Catalina--creyó oir dentro de
su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma
estoica.
A pesar del secreto que se había querido guardar, detrás de la baranda
se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus
torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta
cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las
antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y
una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido.
Sonreía.
Maximino presidía el tribunal--, pero sin conciencia de lo que iba á
suceder--. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas,
completamente embriagado, y destuetanado además por caricias
diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo
de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía
una soñarrera momentánea.
A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto.
Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta
lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga,
obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la
peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la
princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder
mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo
del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de
derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin
sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica,
ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al
amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables
_barekets_, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes
peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal
enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón
rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor,
espantado, se acercó al oído de Taonés.
--No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las
esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire...
--¿Te han enloquecido los dioses?
--¡Te digo que son aire!...
--¡Aún es tiempo, Catalina!--reiteró el pontífice, insinuante.--Aún
puedes postrarte ante los Númenes sagrados.
Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina:
Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino
pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el
extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la
borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para
cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice
dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y
agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la
manivela, puso las ruedas en movimiento.
Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y
empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un
hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas.
Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la
virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si
buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario
alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina
horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto,
hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los
sacerdotes del Arquero...
La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á
Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el
final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil
partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de
la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso.
Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz
apresada.--Voy á ti--suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable
anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo
describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público,
cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al
César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y
la cabeza de Catalina, que cayó cercada del magnífico sudario de su
cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de
perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre
bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y
en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá
de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor
lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y
plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe,
perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo
ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas,
refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que
había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de
sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella
sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los
exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y
entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la
conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces
secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á
su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La
guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los
amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras
luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito,
castañeteando los dientes de terror frío, el puro cuerpo de cisne
flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por
los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se
expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y
el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del
emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era
más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de
la loba--y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin,
á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»
El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por
concluso.
--¿Y el cuerpo de la princesa?--preguntó Lina--. ¿Qué paradero tuvo?
--¡Ah!--respiró el Magistral--. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo
enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda
los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no
sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el
siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas
no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de
Hipatia.
--¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le
suprimió Constantino.
--Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había
ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder.
Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre
los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta
extensamente en las notas.
--Todo está muy bien--criticó Polilla--, excepto los milagros.
Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la
historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos
aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda
de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de
progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y...
--Y polilla...--sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la
cara acartonada del amigo.
Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle.
Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos
de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba
al través de los vidrios. Y se oía:
_Que Catalina se llama--sí, sí..._
_que Catalina se llama..._
--Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;--y las arrapiezas, con su
argentado timbre de voz, continuaron:
_Mandan hacer una rueda,_
_mandan hacer una rueda_
_de cuchillos y navajas--sí, sí..._
_de cuchillos y navajas..._
Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de
fuentes vivas, inagotables:
_Levántate, Catalina,_
_levántate, Catalina,_
_que Jesucristo te llama--sí, sí,_
_que Jesucristo te llama..._
Ya se encendían los faroles, y las niñas, chancleteando, se dispersaban
en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo humearían. Aún la
canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo:
_Que Jesucristo te llama..._