PRÓLOGO

Muy rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la mayor

parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no tienen

prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente escribir

este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del benévolo

lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal inteligencia

y apreciación de estos volúmenes.

La obra que ahora ofrezco al público, titulada LA BIBLIA EN ESPAÑA,

consiste en una narración de lo que me sucedió durante mi residencia

en aquel país, adonde me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo,

para imprimir y propagar las Escrituras. No obstante, comprende

también algunos viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome

en «el país de los _Corahai_»,[22] región a la que me pareció

oportuno retirarme por una temporada, después de haber sufrido en

España considerables ataques.

[22] En gitano: moros del norte de África. Los vocablos no

ingleses empleados por Borrow en THE BIBLE IN SPAIN se estampan

en esta traducción con letra cursiva.

Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera curiosidad

o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, jamás

hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo que

vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes;

pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo

necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió

en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente

de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto,

me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá

enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad

del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de

España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones

en aquel país.

Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco

relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero

no tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación.

Desde el principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva

por España, tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de

misterios, en condiciones tales para conocer sus extraños secretos

y peculiaridades como quizás a ningún otro individuo le hayan sido

nunca dadas, y ciertamente a ningún extranjero; y si en muchos casos

presento escenas y caracteres tal vez sin precedente en una obra de

esta índole, sólo haré observar que durante mi estancia en España

me vi tan inevitablemente mezclado con ellos, que hubiera sido

difícil referir con fidelidad mis andanzas sin dar de tales cosas una

referencia tan puntual como la que aquí he puesto.

Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a

«acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo

falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar

considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me

interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo,

me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama

descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana,

a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna

del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por

vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas

circunstancias me hubiese sentido.

En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, fueron,

no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y ahora que

la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por

España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo,

probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más

hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es una cuestión

distinta que no pretendo resolver; me contento con observar que,

entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he encontrado también

muchas nobles y admirables; muchas virtudes heroicas, austeras,

y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy poco vicio de

vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española,

a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que

no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia

española, de la que me mantuve tan apartado como me lo permitieron

las circunstancias; _en revanche_ he tenido el honor de vivir

familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de España, cuyo

pan y _bacallao_ he comido, que siempre me trataron con bondad y

cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección.

«La generosa conducta de Francisco González, y los altos hechos de

Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas de Sierra

Morena»[23].

[23]

«Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid,

End siunges i Sierra Murene!»

_Krönike Riim._ Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829.

El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como prueba

del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena ley

del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día, el

país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún,

hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a

pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la

estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de

la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate

en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni

mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha

sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo,

su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en

Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las

labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una

nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los

Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre

España y Nápoles.

Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé

acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca:

España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España

fué _La Verduga_ de la malvada Roma, el instrumento escogido para

llevar a efecto los atroces planes de esa potencia; pero el resorte

que impelía a España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro

sentimiento, predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con

halagos a su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa

sangre y sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar

la armada Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a

Roma tenía muy poca influencia en su política; pero halagada por el

título de _Gonfalonera del Vicario de Cristo_, y ansiosa de probar

que era digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción

al grito de: «¡Cierra, España!»

Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se recogió

dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza y de la

crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no servía para

blandir la espada con buen éxito contra los luteranos, podía ser útil

para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra del olivo y de

la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el banquero de Roma;

y los pobres españoles, que siempre estiman como un privilegio pagar

cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como una gran ventura

que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma, que durante el

siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero que de todo el

resto de la cristiandad.

Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos

invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos

se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no

pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño,

y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que

en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su

avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de

pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto

le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un

mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último

_cuarto_ con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre

rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los

tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis

por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues,

la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó: «Si

soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento mucho;

pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro fanegas

de cebada, que había reservado para aliviar la miseria del Santo

Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones convenientes

para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis hijos. ¿Yo un

mendigo? _¡Carajo!_ El agua de mi pueblo es mejor que el vino de

Roma.»

Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles, el

obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido en

España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se

arruinan—dice—, insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de

mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto

es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la

nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos,

que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa y de

su religión. ¡Desengáñese, _Batuschca_[24], desengáñese! España

estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar

así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más

batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a

vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas

aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una

caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y,

sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación,

incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas

palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus

hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc.

[24] Palabra rusa equivalente a _padrecito_.

Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la nación

española le interesó la última guerra[25], la cual, empero, ha sido

llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de religión y

de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era el reducto

del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego a su

religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los vascos

se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas tan

sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían. Por el

encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano desprecio,

que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y crueldad, merecía

de sobra. Usaron su nombre como un _cri de guerre_ solamente. Casi

lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles, al menos de los

que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin embargo, una gran

diferencia de carácter entre éstos y los vascos, soldados valerosos

y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don Carlos se

componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos valencianos

y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera y Palillos,

se aprovecharon de la situación perturbada del país para robar y

asesinar a la parte honrada de la población. Respecto de la reina

regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos

las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el

mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y

por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían

y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche,

compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las

dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados _cristinos_

o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar

maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y

a la diosa de Roma, _María Santísima_. Luego, con la energía de

tigre característica del español cuando se excita, levantándose

precipitadamente exclamaba: «¡_Vamos, don Jorge_, al campo, al campo!

Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues,

desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.»

[25] La primera guerra carlista.

Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores más

acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de España

son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, _Batuschca_, desengáñese!

Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a

referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado en

difundir las Escrituras. Respecto de mis modestos trabajos, he de

hacer notar aquí que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la

pretensión de haber conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí

enviado a España, más que nada, a explorar el país y a comprobar

hasta qué punto el espíritu del pueblo estaba preparado para recibir

las verdades del cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo

de buenos amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en

Madrid una edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí

por la capital y las provincias.

Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos

servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole

sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón

que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el

valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por

menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres

relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés,

llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia,

en difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y

a lo largo de las costas meridionales de España; mientras, dos

misioneros de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la

verdad evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz. Tan

buen éxito alcanzaron los esfuerzos de estos dos últimos, animosos

discípulos del inmortal Wesley, que, con razón sobrada podemos

suponerlo así, de no haber sido reducidos al silencio y desterrados

del país por la fracción pseudo-liberal de los _Moderados_, no sólo

Cádiz, pero la mayor parte de Andalucía habría entonces confesado las

puras doctrinas del Evangelio y desechado para siempre los últimos

restos de la superstición Papista.

Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad Bíblica

y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me presenta

de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y honorable

familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición española

del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en España

recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero, que, en

mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y largos viajes,

me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba cuanto podía en

adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro móvil que la

esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz, felicidad y

civilización de su tierra natal.

Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los defectos

y errores del presente libro. Para componerlo me he valido de ciertos

diarios que fuí escribiendo durante mi estancia en España y de

numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido

después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de

él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos

de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he

omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por

no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué

escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra,

donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo

pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades

resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión

reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del

público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto

nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes

volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de

hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades.

La Biblia en España, Tomo I (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 12 / 33 题