CAPITULO VIII.

Helo, helo por do viene

el infante vengador,

caballero á la gineta,

en caballo corredor.

. . . . . . . . . . . .

iba á buscar á don Cuadros

. . . . . . . . . . . .

el venablo le arrojó.

. . . . . . . . . . . .

_Rom. del inf. vengador._

Muy avanzada estaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes

de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban

del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse.

Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy

animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos

dicho. El enamorado doncel habia tratado inútilmente de conciliar el

sueño, y se habia entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la mas

profunda meditacion, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del

cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la

amenazaba. Bien conocia que el aviso urgía, pues si antes de haber

descubierto Villena su plan lo tenia aplazado para el dia siguiente,

era probable que tratase de atropellar la ejecucion de sus ideas

desde el momento en que habia hecho partícipe de él al enemigo. El

doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer

lugar por pertenecer á _la orden de caballería_, que _principalmente

se daba_, como se lee en Amadis de Grecia, _para defender las dueñas

y doncellas que tuerto reciben_; orden por la cual _el que la profesa

debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo_, como en el

instituto de la de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden,

en fin, por la cual se advertia á los que la recibian, como en el

Doctrinal de caballeros consta al lib. 1. tít. 3., que _al caballero

ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen

recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo

su poder de ayudarlos_. Agregábase á esta principal razon otra, si

bien menos generosa y obligatoria, mas fuerte acaso que todos los

institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una

persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en

todas sus acciones.

Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder

del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso

era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso

en la habitacion de la condesa ó de su camarera.

Despues de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó

otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento,

fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor

y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso

despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en

la espedicion que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del

alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venia; endosóse un

basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco

tabardo de pardo buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo

un objeto que, como trovador siempre llevaba consigo, salióse pasito

de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta esterior

del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las

centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto;

pero llegado alli estuvo tentado varias veces de volver á su aposento

y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el _¿quién va?_ del

ballestero encargado de la guarda de aquel punto.

—Un caballero que desea salir.

—Atras, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del

frio de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está

un cristiano deseando el relevo para calentarse.

No habia meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin

embargo mas remedio que desistir y abandonar á la condesa á su

destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal

lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas

suertes habria de saberse al dia siguiente su entrada en el alcázar,

puesto que ya no podia por entonces pensar en volverse á Calatrava,

decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al gefe del

pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal

humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño

para cumplir con un deber.

—Por la Vírgen de Atocha, vive Dios, esclamó observando y dejando

ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas

horas...

—Mirad lo que hablais, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí,

como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura,

de bestialidad y de sueño.

—¿Quién sois, voto va, el que hablais tan gordo? ¡Aaa! prosiguió

bostezando.

—Por Santiago, ya os debia haber conocido en lo que teneis de comun

con los javalíes del Pardo. ¿Sois vos Bernardo?

—¿Quién es, repito, por las muelas de Santa Polonia, quién es el que

me conoce tan á fondo?

—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del

servicio del rey...

—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: mas traza teneis que de

doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del

equivoquillo... el vestido...

—¡Voto va!, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia

si insistis en faltar al respeto á... pero... oid, añadió acercándose

á su oido, ¿conoceis á Macías? miradle aqui.

—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca:

dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patron

del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del

tinto, ó es hechicero.

No pudo sufrir ya mas tiempo el doncel el impertinente responder

del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle

sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hácia un

farol que cerca de ellos ardía; y enseñándoles entonces su rostro

descubierto,

—¿Conocéisme, don Vellaco, portero de los infiernos y hablador que

Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habeis menester todavía que os abra

yo los ojos con el puño?

Abria el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender

cómo podia salir del alcázar un hombre que no habia entrado en él,

pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y

tendiendo entonces la pierna hácia atras y descubriendo su cabeza,

pidió mil escusas al doncel y fue preciso que este pusiera treguas

tambien á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin

lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió; es decir, en

medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la

sazon comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecucion del cerbero

del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel,

que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar

cumplimiento á sus caballerescos proyectos.

Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversacion de

don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el

alcázar á una misma hora, dormia inquietamente y luchando con las

fantasmas que su imaginacion le representaba la hermosa Elvira,

que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con solo un

vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que,

desnudos, parecian dos carámbanos de apretada nieve: su cabello,

tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por

algunas partes su cuerpo entero; una mano pendia del lecho, y la

opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy

densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estacion, la

hacia aparecer un verdadero ser fantástico, como lo hubiera soñado un

amante deseoso de una ocasion.

Su seno y su respiracion interrumpida denunciaban la inquietud de su

descanso y el trabajo de su imaginacion aun en el sueño.

Fuese casualidad, fuese porque era el que mas habia dormido, el page

fue el primero que á un estraño rumor que en aquellas inmediaciones

se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laud suave

y diestramente pulsado adquiria nueva dulzura del silencio de la

noche; oyólo primero el page entre sueños, pero la realidad tomó en

su fantasía la apariencia de una representacion ficticia y se creyó

transportado á algun sábado de hechiceras, que era la especie de

gentes que él mas temia. Habia templado algun rato el músico, para

llamar la atencion, pero sin ser oido de nadie; y cuando el page

echó de ver la aventura, y cuando don Enrique habia notado la música

que le habia obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos

dicho, habia cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos

siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen

para nadie del provecho á que sin duda aspiraban:

En el almenado alcázar

duerme Zaida sin cuidado.

Guarda, mora, que tus grillos

te forja un conde cristiano.

Alza y parte, desdichada,

primero que veas relumbrar su espada.

Vela tú, si Zaida duerme,

ó dulce señora mia.

¡Guar del conde que la acecha!

que un caballero te avisa.

Alza y parte, desdichada,

primero que veas relumbrar su espada.

Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el

page, elevando la voz llamó á la hermosa Elvira.

—¿Oís, discreta prima?

—¡Cielos! esclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿A estas horas...?

—No he podido entender la letra...

—Oigamos, que prosigue.

Volvia efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de

no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes

advertia su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo

un efecto bien diferente en el page, en su alterada prima, que aun

no habia vuelto enteramente en sí de su asombro, y en don Enrique y

Ferrus, que prestando la mayor atencion desde su cámara escuchaban.

—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aqui no

podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á

regalarnos los oidos á deshoras de la noche: el ángulo saliente

del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aqui tan

desfigurada que es imposible entenderle.

—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.

—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á

Santiago que si fuese...! escucha Ferrus: baja al soto lo mas deprisa

que pudieres...

—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algun sobresalto.

—En el acto, Ferrus: ni una palabra mas, y quiero darte instrucciones

acerca de lo que en todos casos deberás hacer.

No habia medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las

instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites

del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que

otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase

las espaldas contra el músico, que podia no gustar de que saliesen á

escucharle al claro de la luna.

—¡Cielos! esclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las

primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que

ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran

esas palabras? _¡El conde, un caballero te avisa!_ ¡Entiendo,

entiendo!

El músico, que oyó aquel rumor en la habitacion donde sabia que

habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en

par, distinguió un leve contorno blanco, que parecia salirse del

mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del

caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo

resistir á la tentacion de poner en su carta una posdata para sí.

Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas

la siguiente estrofa:

¡Pluguiera á Dios que pudiese

librarse asi el caballero,

que tienes, señora mia,

entre tus cadenas preso...!

Al llegar aqui no pudo Elvira contener mas tiempo el sobresalto y la

agitacion que la ofuscaban: _basta_, oyó decir el caballero, _basta,

trovador imprudente_, á una voz que resonó en su oido como la

campana de la poblacion inmediata al caminante perdido, y oyó en pos

cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.

Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laud; el

músico, cuyo bulto habia visto hasta entonces Elvira al pie de su

ventana, habia mudado entre tanto de sitio, ó habia obedecido á la

voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un

breve instante: sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de

alli á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja,

como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se

siente ahogar en medio del mar: un prolongado gemido se siguió al

silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado

que cae en tierra cuan largo es.

Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda

oidos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento despues se oyó el ruido

de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.

¡Infeliz! esclamó Elvira despues de un momento de pausa glacial; pero

un nuevo rumor la obligó á prestar atencion.

—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de alli á poco.

—¡Qué sé yo! voto á tal, ¿no le oiste por aqui? respondió otra.

—Debió caer.

—Y tambien debió levantarse.

—O debieron levantarle; segun yo oí, no quedó muy bien parado.

—Volvamos, y el diablo le lleve.

—Llévele en buen hora. ¡Ah!

—¿Qué es eso? ¿Os caeis?

—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Héme

caido.

—¿Con el lodo, eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por

el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el

hechicero, porque aqui ha dejado toda... su... vida.

—¿Qué decís?

—¿No veis cómo os habeis puesto?

—¿De qué?

—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!

El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz

Elvira, que por los antecedentes que tenia no podia prescindir de

ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su

alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en

la madera; asi entraba la horrible realidad en el alma de Elvira.

Pero al oir la palabra _sangre_, un estremecimiento involuntario la

sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar

en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay!

penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra

privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el

pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.

Llegó el _ay_ dolorido á los oidos de los dos que hablaban, y era

efectivamente tan penetrante é inesplicable, que no solo en aquel

siglo de ignorancia, sino aun en este, mas de un valiente hubiera

temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de

donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro

de una muerte, segun todas las apariencias.

—¿Has oido? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aqui ha quedado

su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de

persona; huyamos.

—Huyamos, repuso el compañero: sonaron un momento sus pasos

precipitados al rededor del muro. De alli á un momento nada se oía ni

dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 13 / 16 题