CAPITULO VI.

Calledes, conde, calledes,

conde, no digais vos tale.

. . . . . . . . . . . . .

El conde desque esto oyera

presto tal respuesta hace:

—Ruégote yo, caballero,

que me quieras escuchare.

_El conde Dirlos._

Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, este

le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como

hombre que se reconoce superior en gerarquía al que guarda con él

una consideracion. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte

que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardia en medio de

los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en

el caso de tributar atenciones á aquel con quien está en sociedad,

no se imagina de ninguna manera en posicion de sostener de pie con

él, sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba

la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber

dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y esterior de estos

dos principales personages de nuestra narracion, aprovecharemos esta

coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto ó

al menos creido ver cualquier observador que los hubiera acechado,

por pocos progresos que hubiese hecho en el arte Lavateriano,

posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia

tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los paises y

épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazon, y la

cara el traslado del alma.

Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos hundidos y

pequeños tenian una espresion particular de superioridad y predominio

que avasallaba desde la primera vez á los mas de los que con él

hablaban: su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían

poco á aumentar en el vulgo la impresion mágica que en los ánimos

débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo

el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible.

Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con

Ferrus, no estaba tan corrompido su corazon que no respetase todavía

en la sociedad en que vivia una porcion de consideraciones que su

criado por el contrario atropellaba sin el mas mínimo escrúpulo de

conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío

para sus fines, y de don Enrique podemos por el contrario asegurar

que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente

afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de

carácter que corona las empresas aventuradas. Dificil nos sería decir

si era ó no religioso: nos contentaremos con esponer á la vista del

lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo

este dudoso punto de vista, y él mas que nadie podrá juzgar si era la

religion para él un instrumento ó una preocupacion.

El interlocutor que enfrente tenia era un mancebo que en caso de duda

hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominacion

de los árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros

como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes

y guarnecidos de largas pestañas: una sola vez bastaba verlos para

decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre

generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador

mas inteligente hubiera leido tambien en su lánguido amartelamiento

que el amor era la primera pasion del jóven. Su frente ancha, elevada

y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su

natural arrogancia y la elevacion de sus pensamientos. Ornábale el

rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial

á su fisonomía: su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su

estatura gallarda.

—Macías, comenzó á decir don Enrique de Villena despues de un breve

espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse á

proponer sus ideas, vengo á daros la muestra que de gratitud os debo

por la exactitud con que habeis cumplido la delicada comision que en

vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la

corte noticia de la muerte del maestre.

—Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr

desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos

los únicos que en la villa sabiamos el infausto acontecimiento: en

dos dias lo menos no se tendrá en Madrid mas noticia que la que

nosotros queramos esparcir.

—Ninguna. Dadme vuestra palabra.

—De caballero os la doy.

—Permitidme ahora que os pregunte si habeis sospechado ¿cuál puede

ser mi objeto?

—Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta.

—Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en

vos para la ejecucion de mis planes: el paso que conociendo ya

mi carácter dísteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en

Calatrava, me hace pensar que habeis formado planes para vos mismo

análogos acaso á los mios.

—Os juro que no tenia mas plan que el de serviros.

—¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el

rubor de confesar ciertas intenciones...

—No os entiendo...

—No importa: si nuestros intereses estan unidos, y si os sentís con

audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio;

tanto mejor. Oidme, que acaso mi confesion facilitará la vuestra.

Intento ser maestre de Calatrava, añadió bajando la voz.

—¿Vos, señor?

—¿No lo habiais sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragon

es algun dia maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará

comendador. ¿Quereis ocupar otro puesto que os convenga mejor?

—Ni tanto, príncipe generoso, respondió Macías inclinando

respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.

—Dejad esa inoportuna modestia: imagino que entrambos nos conocemos,

dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado. ¿Estais

sorprendido?

—Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del

himeneo os unen á una muger, y no podeis ignorar que este es un

obstáculo insuperable.

—Obstáculo sí; insuperable ¿por qué? esclamó don Enrique apoyado

en la seguridad del plan que acababa de inspirarle su juglar poco

antes de venir á buscar al doncel, y que él habia abrazado con tanta

mas confianza cuanto que su pérfido consejero habia empleado para

hacérsele adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos

indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto habia

admirado á don Enrique, que aquella habia sido la primera vez que

habia llegado á dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre

tendria poder para sugerir ideas á sus fieles servidores.

—¿Por qué? repitió Macías: esperad: solo un medio entreveo:

¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...?

—Jamas consentirá. En valde la he querido reducir.

—¿En ese caso...?

—Oidme. Cuento con vos.

—Disponed de mis pocas fuerzas si el honor y...

—Oid y dejad á un lado esas fórmulas vacías de sentido, inútiles ya

entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.

Encendiéronse las megillas de Macías, y bien hubiera querido

interrumpir á Villena para darle á conocer cuán lejos estaba de

considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó á su

favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar á hablar.

—Doncel, mañana al caer del dia procuraré que doña María de Albornoz,

mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por

el soto, camino del Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo

diurno y solitario su camarera Elvira: cuando se haya separado largo

trecho de sus demas criados, un caballero convenientemente armado, y

ayudado de los brazos que creyere necesarios, arrebatará á la condesa

de la compañía de Elvira. ¿Qué teneis?

—Nada; proseguid, repuso Macías pudiendo contener apenas su

indignacion.

—Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo

entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en

tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava

á dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para

que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme

acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que robando

á la condesa ha de dar el paso mas dificil en tan importante empresa.

Si una plaza de comendador de la orden no es suficiente recompensa

para su ambicion, él será el verdadero maestre, y despues de don

Enrique de Villena nadie brillará mas en la corte en poder y en

riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.

—¿El doncel de don Enrique el Doliente? interrumpió el impetuoso

mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada. ¿El doncel

de don Enrique el Doliente habeis dicho, conde? ¡Santo cielo! bien

merece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habeis

indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado á

impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien

lo merece, juro á Dios, pues que su espada permanece aun atada en la

vaina por miserables respetos sin castigar al osado que mancilla su

buen nombre y espera de él cobardes acciones.

—¡Doncel! esclamó asombrado levantándose tambien á este punto el

conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar mas palabra en

un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan

inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale sobre todo la

vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin mas fruto

que su amarga reconvencion y culpábase en su interior de no haber

esplorado mas tiempo el terreno arenoso sobre que habia sentado el

pie arriesgadamente.

—¡Doncel! repitió ya en pie, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco

arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!

—¿Y quién os indujo á presumir, respondió el doncel, que un caballero

y que Macías habia de poner cobardemente la mano sobre una muger

indefensa? ¿Qué vísteis en mí, señor, que os diese lugar á creer que

tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de

caballería que para acorrer á los débiles y á los desvalidos recibí

del rey y profeso? ¿No me habeis visto vos mismo pelear con los moros

y los portugueses? ¿En qué dia de batalla me vísteis huir? ¡oh rabia!

¡oh vergüenza! ¡oh buen rey Enrique III! Hé aqui el concepto que de

tus mismos grandes merecen tus donceles.

No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban; tal

era la ira y el corage que crecian por momentos en su corazon.

Algun tiempo dudó si echando mano á la espada vengaria con sangre

los ultrajes á su persona que por primera vez oía, y si sepultaria

para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que

imprudentemente habia descubierto, ó si hundiria en la suya propia

su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento á sus acciones

todas, para obrar en consecuencia, el ofendido jóven, y bien se

veía en su semblante la resolucion que tomada tenia de responder

con la espada ó con la lengua á los desmanes del orgulloso magnate.

Reflexionó empero don Enrique que un lance ruidoso de esta especie á

aquellas horas, y en el alcázar mismo de su alteza, no podria tener

en ningun caso buenas consecuencias para sus planes, y determinó

encomendar á la prudencia los yerros que por falta de ella habia

recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la

máscara hipócrita que en tantas ocasiones le habia sido de conocida

utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya

hoja habia brillado ya en parte un corto instante á los ojos de su

interlocutor:

—Macías, le dijo con voz serena y aun afectuosa, vuestros pocos

años han estado á punto de perdernos á entrambos. Confieso que he

errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os habia quitado.

No penseis sin embargo, añadió el astuto cortesano recogiendo

velas, que era mi objeto llevar completamente á cabo el plan que os

proponia; tal vez queria conocer á fondo vuestro carácter, y estoy

completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto

al objeto de mi visita, ignoro si despues de haber pensado mejor los

medios que tengo á mi disposicion para llegar á ser maestre eligiré

ese ú otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues,

vuestro servicio en mi casa: escusais volver á Calatrava: mañana os

devolveré á su alteza; pero como os supongo bastante talento para

conocer el mundo y los hombres, á pesar de vuestros pocos años,

espero que nos separaremos amigos, como dos caminantes que han pasado

una mala noche en una misma posada, y que al dia siguiente, debiendo

seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortesmente. Si sois

el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debeis guardar el

de otro caballero y los pactos en que estábamos hasta la presente

convenidos; si creeis sin embargo de vuestro deber dar á la luz

pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos,

añadió afirmándose en los talones con ademan de hombre resuelto y

dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar,

acordaos de que don Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y

Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras,

nieto del rey don Jaime, y tio del rey don Enrique, no ha menester

ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa

venganza á un doncel pobre y oscuro del rey Doliente, á quien una

imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.

—Deteneos, dijo Macías mas sosegado asiéndole de la ropa al ver que

se preparaba á salir del teatro de su confusion. Deteneos; puesto que

habeis creido necesaria una esplicacion antes de concluir nuestra

entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo

á su clase le esponga mis sentimientos sobre frases nuevamente

ofensivas que acabais de proferir. Sé cuanto debo al rango que ocupa

don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha

podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á

responder _no_ sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero,

conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene

sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfaccion, en

ello os la doy: si la quereis de otra especie, mi lanza y mi espada

estan siempre prontas á abonar mis imprudencias. La amistad que

pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra proteccion no la necesito.

Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que

como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del

maestre. Con respecto á vuestros planes, no me exigísteis palabra de

ocultarlos...

—¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado.

—Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os

prometo sin embargo en consideracion al nombre ilustre que llevais, y

cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré mas uso de lo que

acerca de vuestras intenciones me habeis dicho que el indispensable

para salvar á la inocencia que quereis oprimir. Dadme licencia de

que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso

silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda

salvar á la de Albornoz sin hablar callaré; mas si puede mi silencio

contribuir á su ruina hablaré. A esto me obliga el ser caballero.

—Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor;

pero ¡temblad...!

—Permitid, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra

estancia, añadió Macías con respeto y mesura.

—No, estaos aqui, yo lo exijo; á Dios quedad.

—Ved, señor, que no es esa la salida; por alli saldreis mejor.

—Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena,

que en medio de su arrebato habia equivocado la puerta interior con

la esterior.

Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara

que sobre la mesa ardia alumbrólo hasta que comenzó á bajar los

escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese

retirarse “A Dios, señor, y el cielo os prospere,” dijo en voz alta

el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus

oidos dió indicios de que habia sido oido su saludo, y respondido

entre dientes, acaso con alguna maldicion, por el irritado conde,

que se alejaba premeditando los medios de venganza que á su arbitrio

tenia, y sobre todo la manera que deberia observar para impedir los

efectos de la terrible amenaza que al despedirse de él le habia hecho

el magnánimo doncel.

Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la

notable mudanza que habia efectuado en su situacion la escena en que

acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de

su corazon á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del

tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Despues

de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la

cámara de Hernando, y llamólo en voz baja.

¿Quién _pregunta_? dijo entre sueños el feliz montero: _¿tañen de

andar al monte?_

—Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si

nada hubieras oido. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y

descansa, y deja descansar á los caballos.

—Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó

en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.

Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el

recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los

proyectos que preparaba para el dia siguiente pudiesen ser de pronta

utilidad.

Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde

encontró á su Ferrus. Alli trataron los dos, no ya de llevar á

cabo su proyecto tal cual primeramente le habian concebido, sino

con aquellas alteraciones que exigia la nueva posicion en que los

habia puesto la repulsa de Macías y de la venganza y precauciones

que deberian usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar

á sus pérfidas intenciones. Despues que hubieron conversado largo

espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podria ser. Mas fue

imposible saberlo jamas por su reloj de arena, pues con la agitacion

de las escenas de la noche habíase descuidado el volver el reloj

al concluírsele la arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la

cámara inmediata que tenia vistas al soto, y reconoció que debia

haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de

la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las

cuatro, á entregarse al descanso de que tanto tiempo hacia ya que

gozaban los demas pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya

á cerrar la ventana para realizar su determinacion, cuando le detuvo

de improviso un estraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder

provenir á aquellas horas de causa alguna natural; empero permítanos

el lector que demos algun reposo á nuestro fatigado aliento.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 11 / 16 题