unas cuantas viñas escalonadas en la costa, á la vista de la casa.
Estaba en frecuente correspondencia con su hijo el notario. De tarde en
tarde llegaba una carta del menor, del predilecto, desde remotos países
que sólo conocía de oídas el viejo navegante mediterráneo. Y las largas
inercias á la sombra de su emparrado, frente al mar azul y luminoso, las
entretenía construyendo sus pequeños buques. Todos ellos eran fragatas
de gran porte y atrevido velamen. Así se consolaba el patrón de no haber
mandado en su vida mas que pesados y robustos laúdes, iguales á las
naves de otros siglos, en los que llevaba vino á Cette ó cargaba cosas
prohibidas en Gibraltar y la costa de África.
Ulises no tardó en darse cuenta de la rara popularidad que gozaba su tío
el _Dotor_, una popularidad compuesta de los más antagónicos elementos.
Las gentes sonreían al hablar de él, como si le tuviesen por loco; pero
estas sonrisas sólo osaban desplegarse cuando estaba lejos, pues á todos
les inspiraba cierto miedo. Al mismo tiempo lo admiraban como una gloria
local. Había corrido todos los mares, y además tenía su fuerza, su
desordenada y tempestuosa fuerza, terror y orgullo de sus convecinos.
Los mocetones, al ensayar el vigor de sus puños pulseando con los
tripulantes de los buques ingleses que venían á cargar pasas, evocaban
el nombre del médico como un consuelo en caso de derrota.
--¡Si estuviese aquí el _Dotor_!... Media docena de ingleses son pocos
para él.
No había empresa poderosa, por disparatada que fuese, de que no le
creyeran capaz. Inspiraba la fe de los santos milagrosos y los capitanes
audaces. En algunas mañanas de invierno serenas y asoleadas, corrían las
gentes á la orilla, mirando con ansiedad el mar solitario. Los veteranos
que se calentaban al sol, junto á las barcas en seco, al tender su
vista, habituada al sondeo de los dilatados horizontes, alcanzaban á
ver un punto casi imperceptible, un grano de arena danzando á capricho
de las olas.
Todos emitían á gritos sus conjeturas. Era una boya ó un pedazo de
mástil, restos de un lejano naufragio. Para las mujeres era un ahogado,
un cadáver que la hinchazón hacía flotar lo mismo que un odre, luego de
haber permanecido muchos días entre dos aguas...
De pronto surgía una suposición que dejaba perplejos á todos. «¡Si será
el _Dotor_!» Largo silencio... El pedazo de madera tomaba la forma de
una cabeza; el cadáver se movía. Muchos llegaban á distinguir el
burbujeo de la espuma en torno de su busto, que avanzaba como una proa,
y las vigorosas palas de sus brazos... ¡Sí que era el _Dotor_! Se
prestaban unos á otros los viejos catalejos para reconocer sus barbas
hundidas en el agua, su rostro contraído por el esfuerzo ó dilatado por
los bufidos.
Y el _Dotor_ pisaba la orilla seca, desnudo y serenamente impúdico como
un dios, dando la mano á los hombres, mientras chillaban las mujeres
llevándose el delantal á un solo ojo, espantadas y admiradas á la vez de
su monstruosidad colgante que esparcía á cada paso una rociada de gotas.
Todos los cabos del promontorio le inspiraban el deseo de doblarlos á
nado, como los delfines; todas las bahías y ensenadas necesitaba
medirlas con sus brazos, como un propietario que duda de la mensura
ajena y la rectifica para afirmar su derecho de posesión. Era un buque
humano que había cortado con la quilla de su pecho las espumas
arremolinadas en los escollos y las aguas pacíficas, en cuyo fondo
chisporrotean los peces entre ramas nacaradas y estrellas movedizas como
flores.
Se había sentado á descansar en las rocas negras con faldellines de
algas que asoman su cabeza ó la hunden, al capricho de la ola, esperando
la noche y el buque ciego que venga á romperse como una cáscara. Había
penetrado lo mismo que un reptil marino en ciertas cuevas de la costa,
lagos adormecidos y glaciales iluminados por misteriosas aberturas,
donde la atmósfera es negra y el agua diáfana, donde el nadador tiene el
busto de ébano y las piernas de cristal. En el curso de estas
nataciones comía todos los seres vivientes que encontraba pegados á las
rocas ó moviendo antenas y brazos. El roce de los grandes peces que
huían medrosos, con una violencia de proyectil, le hacía reír.
En las horas nocturnas pasadas ante los barquitos del abuelo, Ulises le
oyó hablar del _Peje Nicolao_, un hombre-pez del estrecho de Mesina,
citado por Cervantes y otros autores, que vivía en el agua manteniéndose
de las limosnas de los buques. Su tío era algo pariente del _Peje
Nicolao_. Otras veces mencionaba á cierto griego que, para ver á su
amante, pasaba á nado todas las noches el Helesponto. Y él, que conocía
los Dardanelos, quería volver allá como simple pasajero, para que no
fuese un poeta llamado Lord Byron el único que hubiese imitado la
legendaria travesía.
Los libros que guardaba en su casa, las cartas náuticas clavadas en las
paredes, los frascos y bocales llenos de bestias y plantas de mar, y más
que todo esto sus gustos, que chocaban con las costumbres de sus
convecinos, le habían dado una reputación de sabio misterioso, un
prestigio de brujo.
Todos los que estaban sanos le tenían por loco, pero apenas sentían
cierto quebranto en su salud, respiraban la misma fe que las pobres
mujeres que permanecían largas horas en casa del _Dotor_, viendo á lo
lejos su barca, esperando que volviese del mar para enseñarle los niños
enfermos que llevaban en brazos. Tenía sobre los otros médicos el mérito
de no cobrar sus servicios; antes bien, muchos enfermos salían de su
casa con monedas en las manos.
El _Dotor_ era rico, el más rico de todo el país, ya que no sabía qué
hacer de su dinero. Diariamente, su criada--una vieja que había servido
á su padre y conocido á su madre--recibía de sus manos la pesca
necesaria para la manutención de los dos, con una generosidad regia. El
_Tritón_, que había izado su vela al amanecer, desembarcaba antes de las
once, y la langosta crujía purpúrea sobre las brasas, esparciendo un
perfume azucarado; la olla burbujeaba, espesando su caldo con la grasa
suculenta de la _escòrpa_; cantaba el aceite en la sartén, cubriendo la
piel rosada de los salmonetes; chirriaban bajo el cuchillo los erizos y
las almejas, derramando sus pulpas todavía vivas en el hervor de la
cazuela. Además, en el corral mugía una vaca de repletas ubres y
cacareaban docenas de gallinas de incansable fecundidad.
La harina amasada por la sirviente y el café espeso como barro era todo
lo que el _Tritón_ adquiría con su dinero. Si buscaba la botella de
aguardiente de caña á la vuelta de una natación, era para emplear su
contenido en frotaciones.
Una vez al año el dinero entraba por sus puertas. Las muchachas de la
vendimia se extendían por la escalinata de sus viñas, cortando los
racimos de grano pequeño y apretado. Luego los tendían á secar en unos
cobertizos llamados _riurraus_. Así se producía la pasa menuda,
preferida por los ingleses para la confección de sus _puddings_. La
venta era segura: del mar del Norte venían los buques á buscarla. Y el
_Tritón_, al ver en sus manos cinco ó seis mil pesetas, quedaba
perplejo, preguntándose interiormente qué puede hacer un hombre con
tanto dinero.
--Todo esto es tuyo--dijo á su sobrino al mostrarle la casa.
Suyos también la barca, los libros y los muebles antiguos, en cuyos
cajones estaba disimulado el dinero con disfraces cándidos que atraían
la atención.
A pesar de verse proclamado dueño de todo lo que le rodeaba, un
despotismo cariñoso y rudo pesó sobre Ulises. Estaba muy lejos su madre,
aquella buena señora que cerraba las ventanas á su paso y no le dejaba
salir sin haberle anudado la bufanda con acompañamiento de besos.
Cuando dormía mejor, creyendo que aún le quedaban muchas horas á la
noche, sentíase despertado por un tirón de pierna violento. Su tío no
podía tocar de otro modo. «¡Arriba, grumete!» En vano protestaba, con la
profunda somnolencia de su juventud... ¿Era ó no era el «gato» de la
embarcación que tenía al médico por capitán y único tripulante?...
Las zarpas del tío lo exponían de pie ante las bocanadas de aire
salitroso que entraban por la ventana. El mar estaba obscuro y velado
por una leve neblina. Brillaban las últimas estrellas con parpadeos de
sorpresa, prontas á huir. En el horizonte plomizo se abría un desgarrón,
enrojeciéndose por momentos, como una herida á la que afluye la sangre.
Abajo, en la cocina, humeaba el café entre dos galletas de marinero. El
«gato» de barca cargaba con varios cestos vacíos. Delante de él marchaba
el patrón como un guerrero de las olas, llevando los remos al hombro.
Sus pies marcaban en la arena una huella rápida. A sus espaldas, el
pueblo empezaba á despertar. Sobre las aguas obscuras se deslizaban como
sudarios las velas de los pescadores huyendo mar adentro.
Dos paladas vigorosas separaban su barca del pequeño muelle de rocas.
Luego iba por las bordas desatando la vela, preparando las cuerdas,
haciendo acostarse la embarcación sobre un flanco bajo sus férreas
plantas. La lona subía chirriante y se hinchaba con blanca convexidad.
«Ya estamos; ahora á correr.»
El agua empezaba á cantar, deslizándose por ambas caras de la proa.
Entre ésta y el borde de la vela veíase un pedazo de mar negro, y
asomando poco á poco sobre su filo, una gran caja roja. La ceja se
convertía en un casquete, luego en un hemisferio, después en un arco
árabe estrangulado por abajo, hasta que al fin se despegaba de la masa
líquida lo mismo que una bomba, derramando fulgores de incendio. Las
nubes cenicientas se ensangrentaban, los peñascos de la costa empezaban
á brillar como espejos de cobre. Se extinguían por la parte de tierra
las últimas estrellas. Un enjambre de peces de fuego coleaba ante la
proa, formando un triángulo con el vértice en el horizonte. La espuma de
los promontorios era sonrosada, como si su blancura reflejase una
erupción submarina.
--_¡Bòn día!_--gritaba el médico á Ulises, ocupado en calentar sus
manos, ateridas por el viento.
Y enternecido por la alegría pueril del amanecer, lanzaba su voz de bajo
á través del marítimo silencio, entonando unas veces romanzas
sentimentales que había oído en su juventud á una tiple de zarzuela
vestida de grumete; repitiendo otras las salomas en valenciano de los
pescadores de la costa, canciones inventadas mientras tiraban de las
redes, en las que se reunían las palabras más indecentes al azar de la
rima. En ciertos recovecos de la costa amainaba la vela, quedando la
barca sin otro movimiento que una lenta rotación en torno de la cuerda
del ancla.
Al mirar Ulises el espacio obscurecido por la sombra del casco,
encontraba el fondo tan inmediato, que casi creía alcanzarlo con la
punta de su remo. Las rocas eran como de vidrio. En sus intersticios y
oquedades, las plantas se agitaban con una vida animal y las bestias
tenían la inmovilidad de los vegetales y las piedras. La barca parecía
flotar en el aire, y á través de la atmósfera líquida que envolvía á
este mundo del abismo iban bajando los anzuelos, y un enjambre de peces
nadaba y coleaba al encuentro de la muerte.
Era un chisporroteo de fuegos amarillos, de lomos azules, de aletas
rosadas. Salían de las cuevas plateados y vibrantes como relámpagos de
mercurio; otros nadaban lentamente, panzudos, casi redondos, con una
cota de escamas de oro. Por las pendientes se arrastraban los crustáceos
sobre su doble fila de patas, atraídos por esta novedad que alteraba la
calma mortal de las profundidades submarinas, donde todos persiguen y
devoran, para ser á su vez devorados. Cerca de la superficie flotaban
las medusas, sombrillas vivientes de un blanco opalino, con borde
circular lila ó rojo tostado. Debajo de su cúpula gelatinosa se agitaba
la madeja de filamentos que les sirve para la locomoción, la nutrición y
el amor.
No había mas que tirar de los sedales y una nueva presa caía en la
barca. Los cestos se iban llenando. El _Tritón_ y su sobrino acababan
por fatigarse de esta pesca fácil... El sol estaba próximo á lo más alto
de su curva: cada ondulación marina se llevaba un pedazo de la faja de
oro que partía la inmensidad azul. La madera de la barca parecía arder.
--Hemos ganado nuestro jornal--decía el _Tritón_ mirando al cielo y
luego á los cestos--. Ahora un poco de limpieza.
Y despojándose de sus ropas, se arrojaba al mar. Ulises le veía
descender por el centro del anillo de espumas abierto con su cuerpo.
Ahora se daba cuenta de la profundidad de este mundo fantástico,
compuesto de rocas vidriosas, plantas-animales y animales-piedras. El
cuerpo moreno del nadador tomaba, al descender, las transparencias de la
porcelana. Parecía de cristal azulado: una estatua fundida con pasta de
espejo de Venecia, que iba á romperse apenas tocase el fondo.
Caminaba como un dios de la profundidad, arrancando plantas,
persiguiendo con sus manos los relámpagos de bermellón y oro que se
ocultaban en las grietas de las peñas. Transcurrían minutos enteros; se
iba á quedar para siempre abajo; no subiría. El muchacho pensaba con
inquietud en la posibilidad de tener que guiar la barca él solo hasta la
costa. De pronto, el cuerpo de blanco cristal se coloreaba de verde,
creciendo y creciendo. Luego pasaba á ser moreno cobrizo, y aparecía
sobre la superficie la cabeza del nadador dando bufidos, levantando los
brazos, que ofrecían al pequeño toda su cosecha submarina.
--Ahora tú--ordenaba con voz imperiosa.
Resultaban inútiles sus intentos de resistencia. El tío le insultaba con
las peores palabras ó le inducía con promesas de seguridad. No supo
ciertamente si fué él quien se arrojó al agua ó si le arrancaron de la
barca los zarpazos del médico. Pasada la primera sorpresa, experimentó
la impresión del que recuerda algo olvidado. Nadaba instintivamente,
adivinando lo que debía hacer antes de que se lo aconsejase su maestro.
Despertaba en su interior la experiencia ancestral de una serie de
marinos que habían luchado con el mar y algunas veces se quedaron para
siempre en sus entrañas.
El recuerdo de lo que existía más allá de la blandura golpeada por sus
pies le hacía perder de pronto su serenidad. La imaginación tiraba de él
con la pesadumbre de una bala de artillería.
--¡Tío... tío!
Y se agarraba convulsivamente á la dura isla de músculos barbuda y
sonriente. El tío emergía inmóvil, como si clavase en el fondo sus pies
de piedra. Era igual al promontorio cercano que obscurecía y enfriaba el
agua con su sombra de ébano.
Así pasaban las mañanas, dedicados á la pesca y la natación. Luego, en
las tardes, eran las expediciones á pie por los acantilados de la costa.
El _Dotor_ conocía lo mismo las alturas del promontorio que sus
profundidades. Por senderos de cabra salvaje subían á las cumbres, desde
las que se alcanzaba á ver la isla de Ibiza. A la salida del sol, la
lejana tierra balear parecía una llama de color de rosa surgiendo de las
olas. Otras veces caminaban casi á ras del agua. El _Tritón_ mostró á su
sobrino cavernas olvidadas, en las que se introducía el Mediterráneo con
lentas ondulaciones. Eran á modo de cuadras marítimas, donde podían
anclar los buques, permaneciendo ocultos á todas las miradas. Allí
habían escondido muchas veces sus galeras los berberiscos, para caer
inesperadamente sobre un pueblo cercano.
En una de estas cuevas, sobre un zócalo de peñascos, vió Ulises un
montón de fardos.
--Vámonos--dijo el _Dotor_--. Cada hombre se gana la vida como puede.
Cuando tropezaban con el carabinero solitario que contempla el mar
apoyado en su fusil, el médico le ofrecía un cigarro ó le daba consejos
si estaba enfermo. ¡Pobres hombres! ¡Tan mal pagados!... Pero sus
simpatías iban á los otros, á los enemigos de la ley. El era hijo de su
mar, y en el Mediterráneo, héroes y nautas todos habían tenido algo de
piratas ó de contrabandistas. Los fenicios, que difundían con sus
navegaciones las primeras obras de la civilización, se cobraban este
servicio llenando sus barcos de mujeres raptadas, mercancía rica y de
fácil transporte.
La piratería y el contrabando formaban el pasado histórico de todos los
pueblos que visitaba Ulises, amontonados unos al abrigo de un
promontorio coronado por un faro, abiertos otros en la concavidad de una
bahía moteada de islotes con cinturas de espuma. Las viejas iglesias
tenían almenas en sus muros y troneras junto á las puertas, para el
disparo de culebrinas y trabucos. El vecindario se refugiaba en ellas
cuando las humaredas de los vigías avisaban un desembarco de piratas de
Argel. Siguiendo las sinuosidades del promontorio, existía una fila de
torres rojizas, cada una de ellas con otras dos iguales á la vista. Esta
fila se prolongaba por el Sur hasta el estrecho de Gibraltar y por el
Norte llegaba á Francia.
El médico las había visto iguales en todas las islas del Mediterráneo
occidental, en las costas de Nápoles y en Sicilia. Eran las
fortificaciones de una guerra milenaria, de una pelea de diez siglos
entre moros y cristianos por el dominio del mar azul; lucha de
piratería, en la que los hombres mediterráneos--diferenciados por la
religión, pero idénticos en el alma--habían prolongado hasta principios
del siglo XIX las aventuras de la _Odisea_.
Ferragut había alcanzado á conocer en su pueblo muchos viejos que en sus
mocedades fueron esclavos en Argel. Las ancianas cantaban aún romances
de cautivas en las noches de invierno y hablaban con pavor de los
bergantines berberiscos. Los ladrones del mar tenían pacto con el
demonio, que les avisaba las buenas ocasiones. Si en un monasterio
acababan de profesar hermosas novicias, se conmovían sus puertas á media
noche bajo los hachazos de los demonios barbudos que avanzaban tierra
adentro, dejando á sus espaldas la galera preparada para recibir su
flete de carne femenil. Si se casaba una muchacha de la costa, célebre
por su belleza, á la salida de la iglesia surgían los impíos, disparando
sus trabucos y acuchillando á los hombres sin armas, para llevarse las
mujeres con sus ropas de fiesta.
De todo el litoral sólo temían á los navegantes de la Marina, tan
audaces y belicosos como ellos. Cuando osaban atacar sus caseríos, era
porque los marineros estaban en el Mediterráneo y habían ido á su vez á
saquear é incendiar alguna aldea de la costa de África.
El _Tritón_ y su sobrino cenaban bajo el emparrado en los largos
crepúsculos estivales. Después de levantados los manteles, Ulises
manejaba las fragatas de su abuelo, aprendiendo la nomenclatura de las
diversas partes del aparejo y la maniobra del velamen. Algunas veces
permanecían los dos hasta una hora avanzada en el rústico atrio,
contemplando el mar luminoso bajo los esplendores de la luna ó con un
tenue regleteo de luz sideral en las noches lóbregas.
Todo lo que los hombres habían escrito ó soñado sobre el Mediterráneo lo
tenía el médico en su biblioteca, y lo repetía á su oyente. El _mare
nostrum_ de los latinos era para Ferragut una especie de bestia azul,
poderosa y de gran inteligencia, un animal sagrado como los dragones y
las serpientes que adoran ciertas religiones, viendo en ellos
manantiales de vida.
Los ríos que se arrojaban en su seno para renovarlo eran pocos y de
escaso caudal. El Ródano y el Nilo parecían tristes arroyos comparados
con los cursos fluviales de otros continentes que desaguan en los
océanos.
Perdiendo por evaporación tres veces más líquido que el que le aportan
los ríos, este mar asoleado se habría convertido en una extensión de
sal, de no enviarle el Atlántico una rápida corriente de renovación que
se precipitaba por el estrecho de Gibraltar. Debajo de esta corriente
superficial existía otra en sentido opuesto, que devolvía una parte del
Mediterráneo al Océano, por ser más saladas y densas las aguas
mediterráneas que las atlánticas. La marea apenas se hacía sentir en sus
riberas. Su cuenca estaba minada por fuegos subterráneos, que buscaban
salidas extraordinarias por el Vesubio y el Etna y respiraban
continuamente por la boca del Stromboli. Alguna vez estos hervores
plutónicos elevaban el suelo, haciendo surgir, como tumores de lava,
nuevas islas sobre las olas.
En su seno existía doble cantidad de especies animales que en los otros
mares, aunque menos numerosas. El atún, cordero juguetón de sus praderas
azules, saltaba sobre la superficie ó pasaba en rebaño bajo el lomo de
las olas. El hombre le tendía la trampa de sus almadrabas en las costas
de España y de Francia, en Cerdeña, el estrecho de Mesina y las aguas
del Adriático. Pero esta carnicería apenas aclaraba sus compactos
escuadrones. Luego de vagar por los recovecos del archipiélago griego,
pasaban los Dardanelos, pasaban el Bósforo, conmoviendo con el hervor de
su galopada invisible los dos callejones acuáticos, y dando la vuelta á
la copa del mar Negro, volvían, diezmados pero impetuosos, á las
profundidades del Mediterráneo.
Formaba el coral rojos bosques inmóviles en el zócalo submarino de las
islas Baleares y en las costas de Nápoles y África. El ámbar gris se
encontraba en los acantilados de Sicilia. Las esponjas crecían en las
aguas tranquilas al abrigo de los peñascos de Mallorca y de las islas
griegas. Hombres desnudos, sin aparato alguno, conteniendo su
respiración, descendían á la profundidad, como en los tiempos
primitivos, para arrancar estos tesoros.
El médico abandonaba su descripción geográfica. Le atraía más la
historia de su mar, que había sido la historia de la civilización.
Primeramente, tribus miserables y escasas vagaban por las costas,
buscando el alimento de los crustáceos arrojados por las olas: una vida
semejante á la de los pueblos rudimentarios que Ferragut había visto en
las islas del Pacífico. Cuando la herramienta de piedra ahuecaba los
troncos de los árboles y los brazos humanos se atrevían á tender el
primer cuero ante las fuerzas atmosféricas, se poblaban rápidamente las
costas.
Los templos del interior se reconstruían en los promontorios, y
apuntaban las ciudades marítimas, primeros núcleos de la civilización
presente. En este mar interior habían aprendido los hombres el arte de
navegar. Todos miraban á las olas antes que al cielo. Por el camino azul
habían llegado las maravillas de la vida y de sus entrañas nacían los
dioses. Los fenicios--judíos metidos á navegantes--abandonaban sus
ciudades en el fondo del saco mediterráneo, para esparcir los
conocimientos misteriosos de Egipto y de las monarquías asiáticas por
todas las orillas del mar interior. Luego les reemplazaban los helenos
de las repúblicas marítimas.
Para Ferragut, el honor más grande de Atenas era haber sido una
democracia de nautas. Los ciudadanos servían á la patria como remeros.
Todos sus grandes hombres eran oficiales de marina.
--Temístocles y Pericles--añadía--fueron jefes de escuadra, que luego de
mandar buques gobernaron á su país.
Por eso la civilización griega se había esparcido y hecho inmortal, en
vez de achicarse y desaparecer sin fruto, como otras de tierras
adentro. Luego, Roma, la terrestre Roma, para no morir bajo la
superioridad de los navegantes semitas de Cartago, tenía que enseñar el
manejo del remo y el combate en las olas á los labradores del Lacio,
legionarios de mejillas endurecidas por las carrilleras del casco, que
no sabían cómo mover sobre las tablas resbaladizas sus pies de hierro
dominadores del mundo.
Las divinidades del _mare nostrum_ inspiraban al médico una devoción
amorosa. Sabía que no habían existido, pero creía en ellas como poéticos
fantasmas de las fuerzas naturales.
El mundo antiguo sólo conocía en hipótesis el inmenso Océano, dándole la
forma de un cinturón acuático en torno de la tierra. Océano era un viejo
dios de luengas barbas y cornuda la cabeza, que vivía en una caverna
submarina con su mujer Tetis y sus trescientas hijas las Oceánidas.
Ningún argonauta se atrevía á ponerse en contacto con estas divinidades
misteriosas. Sólo el grave Esquilo había osado representar á las
Oceánidas, vírgenes verdes y sombrías, llorando en torno del peñón en
que estaba encadenado Prometeo.