La muger aporreada.
Encaminabase Zadig en la direccion de las estrellas, y le guiaban la
constelacion de Orion y el luciente astro de Sirio hácia el polo de
Canopo. Contemplaba admirado estos vastos globos de luz que parecen
imperceptibles chispas á nuestra vista, al paso que la tierra que
realmente es un punto infinitamente pequeño en la naturaleza, la mira
nuestra codicia como tan grande y tan noble. Representábase entónces á
los hombres como realmente son, unos insectos que unos á otros se
devoran sobre un mezquino átomo de cieno; imágen verdadera que
acallaba al parecer sus cuitas, retratándole la nada de su ser y de
Babilonia misma. Lanzábase su ánimo en lo infinito, y desprendido de
sus sentidos contemplaba el inmutable órden, del universo. Mas quando
luego tornando en sí, y entrando dentro de su corazon, pensaba en
Astarte, muerta acaso á causa de él, todo el universo desaparecia, y
no vía mas que á la moribunda Astarte y al malhadado Zadig. Agitado de
este fluxo y refluxo de sublime filosofía y de acerbo duelo, caminaba
hácia las fronteras de Egipto, y ya habia llegado su fiel criado al
primer pueblo, y le buscaba alojamiento. Paseábase en tanto Zadig por
los jardines que ornaban las inmediaciones del lugar, quando á corta
distancia del camino real vió una muger llorando, que invocaba cielos
y tierra en su auxîlio, y un hombre enfurecido en seguimiento suyo.
Alcanzábala ya; abrazaba ella sus rodillas, y el hombre la cargaba de
golpes y denuestos. Por la saña del Egipcio, y los reiterados perdones
que le pedia la dama, coligió que él era zeloso y ella infiel; pero
habiendo contemplado á la muger, que era una beldad peregrina, y que
ademas se parecia algo á la desventurada Astarte, se sintió movido de
compasion en favor de ella, y de horror contra el Egipcio. Socorredme,
exclamó la dama á Zadig entre sollozos, y sacadme de poder del mas
inhumano de los mortales; libradme la vida. Oyendo estas voces, fué
Zadig á interponerse entre ella y este cruel. Entendia algo la lengua
egipcia, y le dixo en este idioma: Si teneis humanidad, ruégoos que
respeteis la flaqueza y la hermosura. ¿Cómo agraviáis un dechado de
perfecciones de la naturaleza, postrado á vuestras plantas, sin mas
defensa que sus lágrimas? Ha, ha, le dixo el hombre colérico: ¿con que
tambien tú la quieres? pues en tí me voy á vengar. Dichas estas
razones, dexa á la dama que tenia asida por los cabellos, y cogiendo
la lanza va á pasársela por el pecho al extrangero. Este que estaba
sosegado paró con facilidad el encuentro de aquel frenético, agarrando
la lanza por junto al hierro de que estaba armada. Forcejando uno por
retirarla, y otro por quitársela, se hizo pedazos. Saca entónces el
Egipcio su espada, ármase Zadig con la suya, y se embisten uno y otro.
Da aquel mil precipitados golpes; páralos este con maña: y la dama
sentada sobre el césped los mira, y compone su vestido y su tocado.
Era el Egipcia mas forzudo que su contrario, Zadig era mas mañoso:
este peleaba como un hombre que guiaba el brazo por su inteligencia, y
aquel como un loco que ciego con los arrebatos de su saña le movia á
la aventura. Va Zadig á él, le desarma; y quando mas enfurecido el
Egipcio se quiere tirar á él, le agarra, le aprieta entre sus brazos,
le derriba por tierra, y poniéndole la espada al pecho, le quiere
dexar la vida. Desatinado el Egipcio saca un puñal, y hiere á Zadig,
quando vencedor este le perdonaba; y Zadig indignado le pasa con su
espada el corazon. Lanza el Egipcio un horrendo grito, y muere
convulso y desesperado, Volvióse entonces Zadig á la dama, y con voz
rendida le dixo: Me ha forzado á que le mate; ya estais vengada, y
libre del hombre mas furibundo que he visto: ¿qué quereis, Señora, que
haga? Que mueras, infame, replicó ella, que has quitado la vida á mi
amante: ¡oxalá pudiera yo despedazarte el corazon! Por cierto, Señora,
respondió Zadig, que era raro sugeto vuestro amante; os aporreaba con
todas sus fuerzas, y me queria dar la muerte, porque me habíais
suplicado que os socorriese. ¡Pluguiera al cielo, repuso la dama en
descompasados gritos, que me estuviera aporreando todavía, que bien me
lo teniamerecido, por haberle dado zelos! ¡Pluguiera al cielo, repito,
que él me aporreara, y que estuvieras tú como él! Mas pasmado y mas
enojado Zadig que nunca en toda, su vida, le dixo: Bien mereciérais,
puesto que sois linda, que os aporreara yo como él hacia, tanta es
vuestra locura; pero no me tomaré ese trabajo. Subió luego en su
camello, y se encaminó al pueblo. Pocos pasos habia andado, quando
volvió la cara al ruido que metian quatro correos de Babilonia, que á
carrera tendida venian. Dixo uno de ellos al ver á la muger: Esta
misma es, que se parece á las señas que nos han dado; y sin curarse
del muerto, echáron mano de la dama. Daba esta gritos á Zadig
diciendo: Socorredme, generoso extrangero; perdonadme si os he
agraviado: socorredme, y soy vuestra hasta el sepulcro. Pero á Zadig
se le habia pasado la manía de pelear otra vez por favorecerla. Para
el tonto, respondió, que se dexare engañar. Ademas estabaherido, iba
perdiendo la sangre, necesitaba de que le diesen socorro; y le
asustaba la vista de los quatro Babilonios despachados, segun toda
apariencia, por el rey Moabdar. Aguijó pues el paso hácia el lugar, no
pudiendo almar porque venian quatro coricos de Babilonia á prender á
esta Egipcia, pero mas pasmado todavía de la condicion de la tal dama.