Disputas y audiencias.
De este modo acreditaba Zadig cada dia su agudo ingenío y su buen
corazon; todos le miraban con admiracion, y le amaban empero. Era
reputado el mas venturoso de los hombres; lleno estaba todo el imperio
de su nombre; guiñábanle á hurtadillas todas las mugeres; ensalzaban
su justificacion los ciudadanos todos; los sabios le miraban como un
oráculo, y hasta los mismos magos confesaban que sabia punto mas que
el viejo archi-mago Siara, tan léjos entónces de formarle cansa acerca
de los grifos, que solo se creía lo que á él le parecia creible.
Reynaba de mil y quinientos años atras una gran contienda en
Babilonia, que tenia dividido el imperio en dos irreconciliables
sectas: la una sustentaba que siempre se debia entrar en el templo de
Mitras el pié izquierdo por delante; y la otra miraba con abominacion
semejante estilo, y llevaba siempre el pié derecho delantero. Todo el
mundo aguardaba con ansia el dia de la fiesta solemne del fuego
sagrado, para saber qué secta favorecia Zadig: todos tenian clavados
los ojos en sus dos piés; toda la ciudad estaba suspensa y agitada.
Entró Zadig en el templo saltando á pié-juntilla, y luego en un
eloqüente discurso hizo ver que el Dios del cielo y la tierra, que no
mira con privilegio á nadie, el mismo caso hace del pié izquierdo que
del derecho. Dixo el envidioso y su muger que no habia suficientes
figuras en su arenga, donde no se vían baylar las montañas ni las
colinas. Decian que no habia en ella ni xugo ni talento, que no se vía
la mar ahuyentada, las estrellas por tierra, y el sol derretido como
cera vírgen; por fin, que no estaba en buen estilo oriental. Zadig no
aspiraba mas que á que fuese su estilo el de la razon. Todo el mundo
se declaró en su favor, no porque estaba en el camino de la verdad, ni
porque era discreto, ni porque era amable, sino porque era primer
visir.
No dió ménos felice cima á otro intrincadísimo pleyto de los magos
blancos con los negros. Los blancos decian que era impiedad dirigirse
al oriente del hibierno, quando los ficles oraban á Dios; y los negros
afirmaban que miraba Dios con horror á los hombres que se dirígian al
poniente del verano. Zadig mandó que se volviera cada uno hácia donde
quisiese.
Encontró medio para despachar por la mañana los asuntos particulares y
generales, y lo demas del dia se ocupaba en hermosear á Babilonia.
Hacia representar tragedias para llorar, y comedias para reir; cosa
que habia dexado de estilarse mucho tiempo hacia, y que él
restableció, porque era sugeto de gusto fino. No tenia la manía de
querer entender mas que los pentos en las artes, los quales los
remuneraba con dádivas y condecoraciones, sin envidiar en secreto su
habilidad. Por la noche divertia mucho al rey, y mas á la reyna. Decia
el rey: ¡Qué gran ministro! y la reyna: ¡Qué amable ministro! y ambos
añadian: Lástima fuera que le hubieran ahorcado.
Nunca otro en tan alto cargo se vió precisado á dar tantas audiencias
á las damas: las mas venian á hablarle de algún negocio que no les
importaba, para probarse á hacerle con él. Una de las primeras que se
presentó fué la muger del envidioso, juándole por Mitras, por
Zenda-Vesta, y por el fuego sagrado, que siempre habia mirado con
detestacion la conducta de su marido. Luego le fió que era el tal
marida zeloso y mal criado, y le dió á entender que le castigaban los
Dioses privándole de los preciosos efectos de aquel sacro fuego, el
único que hace á los hombres semejantes á los inmortales; por fin dexó
caer una liga. Cogióla Zadig con su acostumbrada cortesanía, pero no
se la ató á la dama á la pierna; y este leve yerro, si por tal puede
tenerse, fué orígen de las desventuras mas horrendas. Zadig no pensó
en ello, pero la muger del envidioso pensó mas de lo que decirse
puede.
Cada dia se le presentaban nuevas damas. Aseguran los anales secretos
de Babilonia, que cayó una vez en la tentacion, pero que quedó pasmado
de gozar sin deleyte, y de tener su dama en sus brazos distraido. Era
aquella á quien sin pensar dió pruebas de su proteccion, una camarista
de la reyna Astarte. Por consolarse decia para sí esta enamorada
Babilonia: Menester es que tenga este hombre atestada la cabeza de
negocios, pues aun en el lance de gozar de su amor piensa en ellos.
Escapósele á Zadig en aquellos instantes en que los mas no dicen
palabra, ó solo dicen palabras sagradas, clamar de repente: LA REYNA;
y creyó la Babilonia, que vuelto en sí en un instante delicioso le
habia dicho REYNA MIA. Mas Zadig, distraido siempre, pronunció el
nombre de Astarte; y la dama, que en tan feliz situacion todo lo
interpretaba á su favor, se figuró que queria decir que era mas
hermosa que la reyna Astarte. Salió del serrallo de Zadig habiendo
recibido espléndidos regalos, y fué á contar esta aventura á la
envidiosa, que era su íntima amiga, la qual quedó penetrada de dolor
por la preferencia. Ni siquiera se ha dignado, decia, de atarme esta
malhadada liga, que no quiero que me vuelva á servir, ¡Ha, ha! dixo la
afortunada á la envidiosa, las mismas ligas llevais que la reyna: ¿las
tomais en la misma tienda? Sumióse en sus ideas la envidiosa, no
respondió, y se fué á consultar con el envidioso su marido.
Entretanto Zadig conocia que estaba distraido quando daba audiencia, y
quando juzgaba; y no sabia á qué atribuirlo: esta era su única
pesadumbre. Soñó una noche que estaba acostado primero encima de unas
yerbas secas, entre las quales habia algunas punzantes que le
incomodaban; que luego reposaba blandamente sobre un lecho de rosas,
del qual salia una sierpe que con su venenosa y acerada lengua le
heria el corazon. ¡Ay! decia, mucho tiempo he estado acostado encima
de las secas y punzantes yerbas; ahora lo estoy en el lecho de rosas:
¿mas qual será la serpiente?