ANDRÉS BELLO

Obras completas de _Don Andrés Bello_.--Quince volúmenes. Santiago de

Chile.--1881-1893.

En el año de 1872 votó el Congreso nacional de Chile una ley para que se

ordenase é imprimiese á costa del tesoro público la edición completa de

las obras tanto publicadas como inéditas de Andrés Bello, en recompensa

(dice el texto de la ley) á los servicios por él prestados como

escritor, profesor y codificador. La edición, llevada á cabo bajo la

dirección del Consejo de Instrucción pública, es sin disputa hermoso

monumento elevado en honor del que es gloria reconocida de toda la

América que habla la lengua de Cervantes: quince gruesos volúmenes en

octavo grande, en condiciones tipográficas bastante buenas, precedidos

todos de los datos y noticias necesarias, y acopiando, bien en el cuerpo

de los tomos, bien á veces en esas mismas introducciones, cuanto se ha

podido encontrar debido á la pluma del ilustre venezolano, tanto entre

sus manuscritos como en los más antiguos y olvidados papeles periódicos

donde escribió en el curso de su larga vida.

Invitado Bello por el gobierno chileno, fué á establecerse en Santiago

el año de 1829; tenía entonces cuarenta y ocho años, una familia

numerosa formada en Inglaterra, donde había residido diez y nueve años

y se había casado dos veces. Durante esa larga estancia en tierra

extranjera había sido secretario de las legaciones de Venezuela, de

Chile y de Colombia en varias ocasiones, además periodista, profesor en

casas particulares, traductor, descifrador de manuscritos, luchando de

mil maneras para ahuyentar la miseria y sostener su familia. Pero el

sueldo de diplomático era corto y siempre mal pagado, los otros trabajos

inseguros ó mezquinamente retribuídos, y el pobre hombre, á pesar de su

instrucción extraordinaria é infatigable laboriosidad, se acercaba en

las más precarias condiciones al límite fatal de los cincuenta años, sin

recursos de fortuna y agobiado por necesidades domésticas. No le era ya

dado pensar en volver á Caracas, su ciudad natal; sobre no estar

satisfecho del modo como en su ausencia lo habían tratado ni del aprecio

con que sus jefes, Bolívar mismo incluso, habían correspondido á sus

servicios, ya en ese año de 1829 se veía venir inevitable la disolución

de Colombia y la anarquía propagarse terriblemente en Venezuela.

Aceptó, pues, las proposiciones, salió para Chile y halló aquello de que

iba en busca: seguridad de la existencia material y campo donde ejercer

sus grandes facultades de literato, periodista, educador del país,

maestro de la juventud. Treinta y seis años más debía vivir, residiendo

siempre en la ciudad de Santiago hasta su muerte en Octubre de 1865, á

la respetable edad de ochenta y cuatro años. El gobierno chileno le

confirió desde luego la categoría de empleo que había ofrecido, lo

nombró al poco tiempo Oficial mayor del Ministerio de lo Exterior y

gradualmente fué otorgándole cargos y honores: Rector de la Universidad,

Senador, Comisionado especial de la redacción de códigos, etc. Después

de su muerte se le han erigido estatuas, se ha celebrado con entusiasmo

en 1881 el centenario de su nacimiento, se ha publicado en fin esta

hermosa edición de sus obras, costeada por fondos públicos y regalada en

parte á la familia, á los herederos de Bello.

Se ha mostrado, por tanto, la república de Chile noblemente agradecida

al ilustre varón venezolano que la hizo su segunda patria. Pero antes de

tocar al período de los triunfos tuvo Bello que pasar momentos muy

amargos. Desde su llegada, encontrándose el país en situación bastante

incierta, en vísperas de sangrientas discordias, se vió forzado por las

circunstancias á colocarse, ó parecer colocado, del lado de uno de los

dos partidos que se disputaban el porvenir de la república.

Afortunadamente salió victorioso el partido á que se inclinó: de ahí que

pudiese permanecer tranquilamente y dejar al tiempo traerle los honores

y el respeto que sus grandes méritos justificaban; pero de ahí también

surgieron enemistades y rencores que en seguida lo expusieron á rudos

ataques, durante muchos años después á insultos y alardes enfadosos de

desdén. Todavía en 1835, seis años después de su naturalización, un

chileno distinguido, justamente llamado "patriota venerable" por

Amunátegui en su copiosa é interesante _Vida de Don Andrés Bello_,

calificó de _miserable aventurero_ al insigne autor de la silva á la

Zona tórrida.

Recibir cara á cara tal expresión de vilipendio á los cincuenta y cuatro

años de edad, después de haber escrito obras inmortales, y en un país,

que si no es la patria, es lo más próximo posible, por la identidad de

la lengua, de las costumbres, de las tradiciones y hasta de los

infortunios, debe exceder al dolor físico más punzante. Huella profunda

del efecto que ese y otros ataques le causaron aparecen en varios de sus

escritos, á pesar de su calma y moderación ingénitas; señaladamente en

una muy sentida octava de un apóstrofe al campo con que comienza el

canto tercero del poema _El Proscrito_, que dice así:

¡Al campo! ¡Al campo! Allí la peregrina

Planta, que floreciendo en el destierro

Suspira por su valle ó su colina,

Simpatiza conmigo; el río, el cerro

Me engaña un breve instante y me alucina:

Y no me avisa ingrata voz que yerro,

Ni disipando el lisonjero hechizo

Oigo decir á nadie: ¡_advenedizo_!

Pero dadas las condiciones en que se encontraba no debe extrañar

sobremanera que fuese cruelmente atacado, ni sería justo deducir cargo

demasiado severo contra Chile. En cualquiera otra parte probablemente le

hubiera sucedido lo mismo, y es seguro que allí por lo menos obtuvo á

la postre grandes y justas compensaciones.

Antes de fijar brevemente nuestra atención en la parte poética de la

obra de Bello, haremos ligera indicación de los escritos coleccionados

en los demás volúmenes, prescindiendo de los cinco últimos tres de los

cuales comprenden exclusivamente sus trabajos como jurisconsulto y

codificador, y los otros dos artículos ó científicos ó de viajes ó de

algún otro asunto, pero todos de importancia mucho menor.

El tomo primero contiene la _Filosofía del entendimiento_, tratado

póstumo de psicología y lógica, que el autor á su muerte tenía copiado

en limpio y preparado para la impresión. Su principal importancia

consiste en revelarnos las doctrinas que enseñaba Bello á sus

discípulos; fuera de eso es materia completamente envejecida. Su larga

estancia en Inglaterra lo impulsó á abrazar la filosofía allí entonces

imperante, los sistemas de la escuela escocesa, muy en consonancia,

además, con sus tendencias espiritualistas y con su modo práctico de

considerar los problemas de la ciencia y de la vida. Entre los varios

filósofos que escribían ó profesaban en ese tiempo parece haber

preferido, aunque á veces refutándolo, á Thomas Brown, poeta también y

prosista distinguido. Pero los libros de Brown están ya completamente

olvidados aun en Inglaterra misma, y nada ó casi nada queda hoy de sus

aplaudidas doctrinas filosóficas. El tratado de Bello se distingue por

la claridad de la exposición y la excelente distribución de sus partes;

es un libro de enseñanza, del género de los que compuso el presbítero

Balmes, y si no escrito con la animación y brillantez que distinguen al

polemista catalán, tiene en el fondo más solidez y más sinceridad en la

discusión, y la forma es mucho más correcta, á pesar de que Bello

distaba mucho de escribir en prosa tan bien como en verso.

El tomo segundo encierra el antiguo poema ó Gesta del Cid, conforme á

una nueva versión corregida del texto publicado por Sanchez á fines del

siglo XVIII, con más de cien páginas de notas repletas de erudición y

muy sagaces conjeturas, dos apéndices sobre la lengua y literatura

españolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto

como el de Sanchez y otros, después del de Sanchez, publicados en

España.

Las materias de estos dos primeros volúmenes adolecen del mismo mal. Muy

notablemente tratadas para la época de su composición tienen gran valor

en la historia de la vida de Andrés Bello, pero menos utilidad é interés

directo para filósofos ó eruditos al corriente de la ciencia de nuestros

días. La psicología escocesa, aun mirada al través de los universitarios

franceses, parece hoy una curiosidad histórica, una antigualla. El texto

del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar

una nueva edición; el códice del siglo XIV que ese benemérito literato

tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una época

posterior, en uno de los últimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra,

y mucho mejor en la edición de Halle publicada por el sabio alemán

Volmöller[69]. Careció por tanto Bello de los elementos indispensables,

y es muy de admirar por lo mismo que á veces adivinase detrás de las

mentiras de la copia del siglo XIV la versión probable del original

antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado

respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difíciles de

justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyectó y

comenzó á ejecutarlo, cuando acudía diariamente al Museo británico á

reunir sus materiales y acopiar el inmenso número de extractos y apuntes

que se llevó á Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de

Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al

estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media.

Ya en 1829 sabía Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las

crónicas y en general sobre la lengua literaria de España más de lo que

llegó nunca á saber Amador de los Ríos, que en esas materias pasaba en

su tierra por un pozo de sabiduría.

[69] Hay una transcripción más reciente, publicada en Madrid (1898)

por D. R. MENÉNDEZ PIDAL.

La _Gramática castellana_ con las excelentes notas de Cuervo llena todo

el cuarto; en el quinto están reunidos el compendio de la misma

gramática y sus trabajos menores del mismo género: análisis de la

conjugación, métrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad

práctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor,

príncipe de los gramáticos españoles en el siglo XIX, no morirá.

El tratado de _Derecho internacional_, cuya primera edición data de 1832

y unánimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros

imitado y no mejorado, ocupa el tomo décimo, así como el noveno los

_Opúsculos jurídicos_. Ambos volúmenes revelan su profundo dominio de

las teorías del derecho, tan hábilmente aplicadas luego en los cinco

últimos á la redacción de las leyes, que rigen y regirán siempre, más ó

menos modificadas, en Chile.

Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se

hallan bajo el rótulo de _Opúsculos literarios y críticos_ en los tomos

cuarto, séptimo y octavo: ahí reaparecen sus artículos insertos en

periódicos de Londres y de Santiago, en la _Biblioteca_, _El

Repertorio_, _Los Anales_, _El Araucano_ y varios otros; sus discursos

de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prólogos de don

Miguel Luis Amunátegui, escritos para cada uno de los tomos, se

encuentran hasta fragmentos de artículos no concluídos descubiertos

entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los

inéditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.

Amunátegui, prologuista infatigable, que antepone á cada uno de los diez

primeros volúmenes de esta edición largas introducciones desaliñadamente

escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiración hacia

el famoso varón que fué su maestro, ha tenido la suerte de extraer de

los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos

completos y valiosos. Halló en ellos un verdadero filón, pero no fácil

de beneficiar. Bello usaba forma de letra malísima y en los últimos

períodos de su vida escribía en caracteres microscópicos, desiguales y

borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fácilmente

descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el

descifrador. Varias de las obras antes inéditas estarán probablemente en

esta edición cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo

Amunátegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en

su función de lector de los jeroglíficos de Bello.

Figuróse una vez haber encontrado versos en un papel, más cuidadosamente

examinado resultó ser un viejo borrador de artículos para el Código

civil. Otra vez en cambio tuvo la dicha singular de poner la mano nada

menos que sobre el final perdido de la epístola á Olmedo, de los

hermosos tercetos que en 1827 dirigió Bello á su amigo con el título de

"Carta escrita desde Londres á París por un americano á otro", y de los

cuales había publicado hasta completar el número de cincuenta y uno el

mismo Amunátegui en su vida de Don Andrés, edición de 1882, deplorando

que faltase el final ó no hubiese el autor llegado á escribirlo. Con muy

legítima satisfacción, por tanto, procedió á insertar en la introducción

al tomo de las poesías en estas Obras Completas nueve estrofas más: ocho

tercetos y el cuarteto que definitivamente las cierra.

El primer hallazgo era una fortuna, resolvía una duda bibliográfica,

pero nada añadía á la reputación del poeta: antes al contrario parecía

bien extraño que en la fuerza de sus años escribiese Bello terceto tan

áspero y rocalloso como éste:

Y en todos sus oráculos proclama

Que al Magdalena y al Rimac turbioso

Ya sobre el Tiber y el Garona ama.

O que poeta tan sobrio y conceptuoso echase á volar este verso insulso y

palabrero:

Bella visión de cándidos cristales.

No había semejante cosa, tales adefesios no eran de Bello, eran mala

lectura del manuscrito, y por dicha se pudo rectificar el verso.

La epístola acaba con una apoteosis á la antigua moda clásica. Olmedo se

sienta en el Parnaso entre las Musas que entonan un himno en su loor; y

para hacer más cumplido y delicado el elogio pone Bello en boca de las

nueve hermanas versos del mismo Olmedo, versos tomados del magnífico

canto á la victoria de Junín, donde se dice:

Que ni Magdalén y al Rimac bullicioso

Ya sobre el Tiber y el Eurotas ama.

De esa manera un río clásico, el río de Esparta, viene á sustituir al

Garona, el río de Burdeos, que tan impertinentemente se pretendió hacer

correr por esa región de pura poesía. Lo mismo acontece con la visión

absurda de _cándidos cristales_, que eran y debían ser _cándidas

vestales_, como había escrito Olmedo. _Et sic de caeteris._

Bello no caerá en el olvido ni como gramático ni como filólogo; en Chile

es seguro que no se borrará su fama de legislador: pero los timbres

indelebles de su gloria estarán siempre en sus obras poéticas. Es por

consiguiente el más interesante de los tomos de esta edición el tercero,

en el que por primera vez se encuentra completo, reunido cuanto de

bueno, de mediano y de insignificante compuso ó tradujo en verso, hasta

donde ha sido posible sacarlo de sus casi ilegibles manuscritos. La

colección es muy superior á la que en 1881 apareció en Madrid en la

_Colección de Escritores castellanos_, aseméjanse ambas solamente en el

número considerable de erratas, pero esto es cosa corriente: el corregir

erratas de imprenta parece un arte perdido, ignorado de casi todos los

que en Europa y América publican libros en español.

Esa edición de Madrid tiene el mérito de llevar al frente un estudio

biográfico y crítico por Don Miguel Antonio Caro, pero comete el crimen

de mutilar lastimosamente al poeta suprimiendo hasta cuarenta y seis

versos de una de sus mejores obras, la _Alocución á la poesía_,

simplemente porque aluden á España, á las crueldades de la conquista y

de la guerra de independencia. El trabajo de Caro es muy notable,

elegantemente escrito y de sólida doctrina, salvo en alguno que otro

lugar en que el distinguido literato colombiano afirma en forma

demasiado concluyente é imperiosa su gusto y su impresión personal. Por

ejemplo, cuando en marcado son de vituperio llama intemperante el

lirismo de Quintana, como si templanza y lirismo casi siempre no se

excluyesen, y como si el lirismo mientras más genuino y más sincero no

pudiese correr el riesgo de parecer intemperante, sin perder por eso su

valor poético ni aminorar la intensidad de su efecto artístico. En otra

parte celebra un poco más de lo justo una oda juvenil de Víctor Hugo,

_Moisés en el Nilo_, para poder mejor dar al traste con todo lo demás

que compuso el autor de _Las Contemplaciones_. Pero el punto de vista en

que agrada aquí á Caro colocarse es el más propio y oportuno en un

juicio crítico[70] de las poesías de Bello, é indisputablemente las

juzga con íntima simpatía y tino singular.

[70] Don M. Menéndez y Pelayo reprueba la expresión "juicio

crítico" y débese á él sin duda que muchos en España se abstengan

ya de emplearla. Tal vez sea vano empeño proscribir á estas horas

lo que han usado numerosos escritores que sabían muy bien lo que

decían. Es un pleonasmo, pero tan admisible como admitido. "Juicio

crítico" quiere decir una disertación en que se _juzga_ un autor ó

una obra conforme á las reglas de la _crítica_. La Academia

Española misma define al crítico en su Diccionario de esta manera:

"El que _juzga_ según las reglas de la _crítica_". Hay diversas

maneras de juzgar como hay diversas maneras de emplear la palabra

juicio.

Cuando Bello en 1810, á los veintinueve años de edad, salió de Caracas,

su patria, que nunca debía volver á ver, formando parte de la primera

misión diplomática que se mandó á Europa, en la que entre otros iba

también Simón Bolívar, nada había escrito todavía digno de ser puesto

hoy en parangón con sus obras posteriores. En el curso de la segunda

mitad del período de su dilatada residencia en Inglaterra publicó en la

_Biblioteca_ y el _Repertorio_, las dos revistas en cuya dirección tomó

parte principal, las _Silvas Americanas_, maravillosa obra maestra de

toda la literatura en lengua castellana, pues por su magnífica é

intachable dicción se eleva hasta igualar lo mejor que jamás se escribió

en España, y por su asunto, sus imágenes y la amplitud de sus ideas

lleva el sello profundo de la grandeza y novedad del mundo americano.

Esas dos composiciones, los fragmentos que constituyen la _Alocución á

la Poesía_ y la silva á _la Agricultura de la zona tórrida_, exceden á

todo lo que escribieron Olmedo y Heredia, sus grandes rivales en

América, aunque por otra parte esos dos poetas brillantemente le superen

por la espontaneidad, el vigor y la variedad de la inspiración lírica.

Bello es un admirable poeta didáctico, didáctico á la manera del autor

de las _Geórgicas_, y basta á determinar bien la cifra de los quilates

de su mérito recordar que la comparación, hecha y repetida infinito

número de veces, no es un simple manoseado lugar común, un consorcio

vago y caprichoso de nombres ó una indulgente concesión de apasionados;

quiérese realmente con ella significar que creó el autor americano, á

ejemplo y en libre imitación de Virgilio, algo casi tan bueno como

muchos buenos trozos de los cuatro libros de esa célebre producción

latina, que la recuerda y á menudo la iguala tanto en la parte puramente

descriptiva como en los admirables episodios; salvo por supuesto la

enorme desventaja que consigo trae la inferioridad literaria de la

lengua moderna al lado de la antigua. Pero Bello, es claro, considerado

bajo otro aspecto dista demasiado de Virgilio. Las Geórgicas anuncian,

preparan, no en el estilo, ya perfecto, sino en el conjunto de las otras

cualidades, al futuro cantor de la Eneida, y Bello, superior igualmente

como erudito y como perfecto versificador, no podía aspirar á las

alturas de poesía épica desde donde fulgura eternamente el genio del

vate famoso de "la alta Roma".

Analizar ahora esas producciones de la época mejor de Bello sería

empresa inútil, ya muy bien desempeñada por Amunátegui, Cañete, Pombo y

varios otros distinguidos escritores, y en primera línea por Caro y por

Menéndez y Pelayo.

En 1829, como va dicho, se estableció Bello en Santiago de Chile;

entregado inmediatemente á monótonas y apremiantes ocupaciones cultivó

poco la poesía, publicó menos aun de lo que á ratos perdidos escribía

para su propio solaz. La necesidad de congraciarse el afecto de la nueva

patria lo movió á cantar dos veces, con once años de intervalo, el _Diez

y ocho de Septiembre_, fecha oficial de la independencia de la

república; y es bien de admirar que esas dos odas así tituladas y

nacidas en condiciones tan de poeta cortesano, sean lo que son: dignas

de Fray Luis de León por su tono solemne y elevado. Imitan claramente

las producciones del gran lírico castellano y ascienden sin desfallecer

al mismo nivel de estilo y entonación. En la primera, la de 1830, es de

notarse la siguiente estrofa por la energía de la expresión, aunque la

imagen sea conocida, por el mismo Bello y por muchos otros usada ya:

Vano error! Cuando el rápido torrente

Que arrastra al mar su propia pesadumbre,

En busca de la fuente

Retroceda á la cumbre,

Volverá el que fué libre á servidumbre.

En la segunda, de 1841, más extensa y variada, hay un hermoso símil

magistralmente desenvuelto, aunque abusa ya un poco de la transposición,

rasgo característico de su dicción poética:

Pero del rumbo en que te engolfas mira

Los aleves bajíos,

Que infaman los despojos miserables

¡Ay! ¡de tantos navíos!

Aquella que de lejos verde orilla

A la vista parece,

Es edificio aéreo de celajes

Que un soplo desvanece.

Oye el bramido de alterados vientos

Y de la mar, que un blanco

Monte levanta de rizada espuma

Sobre el oculto banco.

Y de las naves, las amigas naves,

Que soltaron á una

Contigo al viento las flamantes velas

Contempla la fortuna.

¿Las ves, arrebatadas de las olas,

Al caso extremo y triste

¿Apercibirse ya? ... Tú misma cerca

¡De zozobrar te viste!

Es perder el tiempo ahora lamentar la interposición de ese largo y

estéril espacio de once años en que nada más hizo ó publicó el poeta; en

que la dura necesidad de asegurar el sustento lo forzó al silencio,

rodeado por una sociedad donde no hallaba ni auditorio ni estímulo ni

esperanza para la poesía; y que la inclemencia del destino así lo

persiguiese, cuando se acercaba ya al dintel de la ancianidad, para que

inútilmente se consumieran las últimas llamaradas de su genio poético

sin dar á nadie calor ni luz. Estaba entonces á punto precisamente de

operarse en él marcada transformación, un rejuvenecimiento de sus

facultades poéticas acompañado de nuevo rumbo impreso á su gusto y

aficiones literarias: prueba del grande y raro vigor de su talento, pues

iba ya á cumplir sesenta años.

Fueron frutos de ese momento propicio, que comienza en 1841 y dura tres

ó cuatro años más, unas siete composiciones que son después de las

Silvas sus obras más características. Además de la canción ya citada, de

un efecto monótono de propósito buscado, pero algo fría, escribió las

bellísimas quintillas de _El Incendio de la Compañía_, en que sin

dejarse dominar demasiado por las melodiosas seducciones del metro

imprime al todo el acento de tristeza profunda, sobria, resignada que el

asunto requería:

Noche oscura, muerta calma:

¡Solemne melancolía!

La primera parte describe poderosamente, sin exceso, sin inútil

exageración de horror el incendio de la antigua y venerada iglesia de

los Jesuitas en Santiago: la segunda representa las ruinas del edificio

visitadas después de la catástrofe por una procesión de sombras y

fantasmas. Para esta pintura no apela á largas enumeraciones como

Espronceda en _El estudiante de Salamanca_ ó al vago delirio de

Zorrilla en varias de sus leyendas; condensa el efecto en pocas estrofas

limadas, correctas, en que ni falta ni sobra una partícula. Sirvan de

ejemplo estas dos, en que la precisión de la sobria descripción apenas

permite tildar la repetición de los consonantes verbales:

Va á su cabeza un anciano,

(Una blanca mitra deja

Asomar su pelo cano).

Cantan, y el canto semeja

Sordo murmullo lejano.

Mueven el labio, y después

Desmayados ecos gimen;

La luna pasa al través

De sus cuerpos, y no imprimen

Huella en el polvo sus pies.

El vivo color romántico que distingue al _Incendio de la Compañía_

indica ya bien claramente que la musa de Bello tendía á emprender vuelo

por regiones nuevas. Dan de ello testimonio decisivo las cinco

imitaciones de Víctor Hugo que en seguida publicó; su hermosa dicción,

su rico lenguaje se amoldan en ellas sin deterioro á los vastos

espacios, á los libres arranques de la nueva escuela de poesía. No se

reduce al Víctor Hugo clásico todavía de las _Odas_ en el _Moisés

salvado de las aguas_, sigue el desarrollo de su genio en las

resplandecientes _Orientales_ para pedir luego otros dos motivos de

inspiración á las _Hojas de otoño_ y á _Las Voces Interiores_, libros en

que ya brilla con todo su vigor el genio lírico del gran vate de

Francia. Las cinco son muy buenas, modelo perpetuo de lo que puede ser

la verdadera transcripción en verso, de la manera única quizás de verter

un poeta á otro gran poeta en idioma diferente, sin que en ninguno se

deslustre ó amengüe la inspiración.

Bello escribió poco en verso, un volumen de los quince que forman esta

colección; su gloria reposa en unas diez ó doce composiciones todas

notables, aunque en grados y cualidades diferentes. La historia de su

vida explica por qué le faltó en realidad tiempo para más, á pesar de la

crecida cifra de años que alcanzó. Pero aumenta en muchos puntos la

admiración que arranca el conjunto de sus obras poéticas, cuando se

piensa que el anciano autor de esas quintillas líricas de _El Incendio

de la Compañía_, ó de las caprichosas y elegantísimas estrofas de los

_Fantasmas_, ó del ascenso y descenso habilísimo del metro en _Los

duendes_, es el mismo que en plena madurez compuso la majestuosa y

severa silva á _La Agricultura de la Zona tórrida_ Y renovó la

inspiración del cantor de las Ruinas de Itálica en el final del primer

fragmento de la _Alocución á la poesía_. Esa feliz y brillante oposición

entre los extremos de su carrera de poeta, entre la pureza clásica del

principio y el esplendor romántico del fin, constituye su mayor

originalidad, la verdadera razón que podría haber para colocarlo encima

de Olmedo y Heredia, aunque sea verdad que en poesía subjetiva la palma

debe siempre corresponder á la altura del vuelo lírico y á la

impetuosidad de los movimientos.

Hubo, además, otra faz en el talento de Bello: de ella hay en esta

edición muestras abundantes, póstumas casi todas y quizás por lo tanto

mal copiadas de sus manuscritos: una vena jocoseria ó "humorística" que

desde el principio se hizo sentir, como lo indica su traducción del

_Orlando Enamorado_ conforme á la refundición burlesca de Berni, y que

persistió hasta lo último, como se ve por los cinco cantos de _El

Proscrito_, publicados por primera vez ahora tales cual quedaron á la

muerte del autor. Era de esperarse también que la elegancia natural de

su estilo, la riqueza de su vocabulario y la precisión de su lenguaje

condujesen á un alto grado de distinción en este género, y efectivamente

hay en los dos poemas numerosas octavas tan buenas como las mejores de

_La Mosquea_ de Villaviciosa, aunque ni en facilidad ni en chiste

lleguen á las de Batres, el poeta heroico-cómico de Guatemala. Es

lástima que no nos haya quedado nada definitivo, bien acabado en este

género, pues _El Proscrito_ no es más que un esbozo incompleto, y en el

_Orlando_ sólo son originales los exordios de algunos de los cantos.

Produce efecto particular en _El Proscrito_ la mezcla de un gran número

de chilenismos en la pura trama castellana de su lenguaje.

Quizás se descubra todavía alguna otra composición, algún otro fragmento

olvidado, pero nada importante agregarán á lo que ya poseemos, y el

monumento literario está para siempre elevado. Débese á la gratitud de

la república de Chile, y toca ahora á los hispanoamericanos agradecerlo

á nuestra vez.

Hombres y glorias de América · 第 26 / 44 题