Los atenienses sitian la ciudad de Mitilene, que quería rebelarse
contra ellos. -- Los de Mitilene piden auxilio a los peloponesios. --
Los atenienses son derrotados en Nérico.
Al principio del estío[61], cuando las mieses ya granadas están en
sazón de ser segadas, los peloponesios entraron de nuevo en tierra de
Ática llevando por su capitán a Arquidamo, rey de los lacedemonios,
talándola y arrasándola. Había algunas escaramuzas, según costumbre,
entre la caballería ateniense y los soldados de a pie de los enemigos,
armados a la ligera, que recorrían la comarca, porque los de a caballo
salían contra ellos para defender los lugares cercanos a la ciudad.
Estuvieron los peloponesios en Ática mientras les duraron los víveres,
y después volvieron a su ciudad.
Al invadir los peloponesios el Ática, los moradores de la isla de
Lesbos, excepto los de Metimna, se rebelaron contra los atenienses,
uniéndose a aquellos, cosa que habían querido hacer antes que la guerra
empezara, pero los lacedemonios no aceptaron entonces su alianza. Esta
vez se declararon más pronto de lo que tenían determinado, porque
cuando lo hicieron estaban muy ocupados en fortificar los puertos y
rehacer sus muros, y en hacer barcos. También esperaban ballesteros,
vituallas y otras provisiones por las que habían enviado al Ponto.
Los tenedios, que eran enemigos de los metimneos, y algunos
particulares de la ciudad de Mitilene, que por las parcialidades que
había en la ciudad se habían hecho ciudadanos de Atenas, avisaron
a los atenienses que los vecinos de Mitilene obligaban a todos los
moradores de la isla de Lesbos a reunirse dentro de la ciudad con
intento de rebelarse contra los atenienses, y que hacían todos los
aprestos de guerra necesarios para este efecto, persuadidos por los
lacedemonios y por los beocios sus progenitores; de suerte que si los
atenienses no acudían pronto al remedio, perderían toda la isla de
Lesbos.
Considerando los de Atenas que les sería muy difícil, después de tan
gran epidemia como habían tenido, y estando los enemigos en su tierra,
aparejar nueva armada y emprender otra guerra contra los de Lesbos,
que tenían sus fuerzas intactas y gran número de naves, no quisieron
al principio creer lo que decían, porque no deseaban que fuera verdad,
y reprendían a los que comunicaban estas nuevas diciendo que no era
nada y que hacían mal en culpar a los mitilenios. Mas después que los
mensajeros que enviaron para saber la verdad les dijeron que los de
Mitilene, a pesar de su exigencia, no habían querido hacer volver a
los moradores de la isla que obligaron a ir a la ciudad, ni suspender
los aprestos de guerra, temiendo que se rebelasen de veras, quisieron
prevenirlos enviando hacia aquella parte cuarenta naves que tenían
dispuestas para marchar al Peloponeso, mandadas por Cleípides, hijo de
Dinias, y otros dos capitanes, porque les advirtieron que muy pronto
sería la fiesta de Apolo, que se celebraba en Maloeis, fuera de la
ciudad, a la cual todos los ciudadanos, o la mayor parte, venían todos
los años, y que si se daban prisa a ir sobre ellos, podrían coger a
todos de repente, y si no se conseguía, yendo sobre ellos con armada,
les podrían mandar que diesen todas las naves que tenían, y derribasen
sus murallas, y si lo rehusasen, con razón les declararían la guerra
antes que se pudiesen fortificar ni proveer de las cosas necesarias
para su defensa.
Por esta causa enviaron los atenienses aquellas cuarenta naves,
retuvieron las diez galeras que los mitilenios les habían enviado
en socorro por razón de la alianza que había entre ellos, y metieron
en prisión a todos los hombres que venían en ellas. Había en Atenas
un varón natural de Mitilene que, al saber este hecho, partió
apresuradamente por mar, arribó en Eubea, y de allí fue por tierra
hasta Geresto, donde halló un barco de mercaderes que iba a hacerse a
la vela para ir a Mitilene. Embarcose en él, y con el viento que tuvo
llegó en tres días al puerto de Mitilene, y en seguida avisó a los
mitilenios de que iba contra ellos la armada de los atenienses.
Los mitilenios, al saberlo, no salieron el día de la fiesta a Maloeis,
sino que a toda prisa repararon los muros de la ciudad y fortificaron
su puerto lo mejor que pudieron.
Pocos días después aportó allí la armada de los atenienses, los
cuales, viendo los aprestos de guerra que hacían los ciudadanos, les
declararon el encargo que traían de mandarles que diesen sus naves y
derribasen sus muros. Al ver que rehusaban cumplirlo, se preparan a
acometerlos. Mas como los de la ciudad se vieren en aprieto, aunque
al comienzo salieron un poco delante al puerto haciendo muestra de
querer pelear, cuando vieron la armada de los atenienses derechamente
contra ellos, se retiraron y determinaron parlamentar con los
capitanes atenienses, diciéndoles que se avenían a entregarles todas
sus naves con tal de que hiciesen con ellos algún buen concierto para
en adelante. De buen grado lo otorgaron los atenienses, temiendo no
contar con bastante armada para conquistar toda la isla de Lesbos: y
con esto hicieron treguas por algunos días, enviando su embajada a
los atenienses con algunos de sus ciudadanos, entre los cuales fue
el que había descubierto a los atenienses que los mitilenios se les
querían rebelar (aunque ya este había mudado de parecer), por ver si
podían excusar aquel hecho y quitarles la mala sospecha que habían
concebido los atenienses, para que mandasen volver la armada, que
tenían sobre Mitilene sin hacer daño. Por otra parte, los mismos
mitilenios enviaron otros mensajeros en un galeón a los lacedemonios,
ocultándolo a los atenienses, que tenían sitiado el puerto con su
armada, que estaba a la parte septentrional, hacia Malea. Hicieron esto
los mitilenios porque no tenían esperanza de que los que enviaron a
Atenas pudiesen conseguir su demanda de los atenienses. Los mensajeros
enviados a Lacedemonia trabajaron tanto con los lacedemonios, que
consiguieron enviasen socorro a los mitilenios. Entretanto llegaron los
que habían enviado a Atenas, y al decir a los suyos que no pudieron
alcanzar nada de los atenienses, toda la ciudad de Mitilene y todos
los de la isla se pusieron en armas y se aprestaron para la guerra,
excepto los de Metimna, que seguían el partido de los atenienses, y los
imbrios y lemnios, y algunos otros de las islas cercanas, sus aliados y
confederados.
Aunque los de la ciudad hicieron una entrada en el real de los
atenienses, y llevaron lo mejor en la pelea, no osaron esperar en el
campo ni salir más adelante, sino que continuaron encerrados en la
ciudad, esperando algún socorro de los lacedemonios o de otra parte.
Poco tiempo después arribaron allí el lacedemonio Meleas y el tebano
Hermeondas, los cuales no traían socorro, porque fueron enviados a los
mitilenios antes que se rebelasen: no llegando antes que la armada de
los atenienses, se metieron en un bergantín, después de la pelea que
arriba contamos, arribaron a la ciudad, y les aconsejaron que enviasen
sus embajadores con ellos, en otra galera, a los lacedemonios, lo cual
hicieron.
Pasado esto, como los atenienses vieron que los mitilenios no osaban
salir, cobraron ánimo, y llamaron a sus aliados y confederados para que
les ayudasen, los cuales acudieron de buena gana, por la idea de que
sin mucho trabajo podrían conquistar a los lesbios, que tenían pocas
fuerzas. Cercaron a la ciudad por dos partes, fortificaron su campo
con baluartes y pusieron sus guardas de naves a la entrada de los dos
puertos, de manera que los de la ciudad no se podían salir por mar;
pero por la parte de tierra lo mandaban todo, porque los atenienses no
ocupaban sino muy poco trecho en torno de su campo, a causa de que en
Malea hacían su mercado y tenían la estancia de sus navíos.
En tal estado estaban las cosas de los mitilenios.
En este mismo verano los atenienses enviaron treinta naves para
guerrear alrededor del Peloponeso, mandadas por Asopio, hijo de
Formión, a petición de los acarnanios, que demandaron para aquella
empresa a alguno de los hijos o parientes de Formión. Al llegar Asopio
con su armada al Peloponeso, robó y taló muchos lugares de la costa
de Lacedemonia, y después se retiró a Naupacto con doce de sus naves,
enviando las otras a su tierra. Hizo enseguida armarse a todos los
acarnanios; con ellos fue a hacer la guerra a los eníades, remontando
con sus barcos el río Aqueloo, mientras los acarnanios, por tierra,
robaban y destruían todos los lugares. Mas viendo que no podía acabar
su empresa por tierra, despidió el ejército de infantería, y él por
mar, con sus doce naves, tomó derrota hacia Léucade, saltando a tierra
en el puerto de Nérico, en donde al querer volver a sus barcos, fue
muerto él y una parte de los suyos por los del pueblo de Nérico con la
ayuda de algunos soldados extranjeros que tenían, aunque pocos. Los que
quedaron vivos de los atenienses, cuando rescataron sus muertos de los
néricos para darles sepultura, volvieron a su tierra.
Entretanto, a los embajadores que los mitilenios enviaron en la galera
a los lacedemonios, ordenaron estos que acudieran a la junta de todos
los griegos que pronto se verificaría en Olimpia, para que siendo allí
oídos en presencia de todos los confederados y aliados, se determinase
por común parecer lo que debía de hacerse en tal caso. Halláronse,
pues, en las fiestas de Olimpia cuando Dorieo el rodio ganó el premio
y la honra de ellas, y acabadas las fiestas y los juegos, estando
reunidos todos los aliados y confederados para consultar sobre los
negocios en común, fueron llamados los embajadores de los mitilenios,
que, entrando en el Senado, pronunciaron este discurso.