(Atenais ayuda a Asclepigenia a cuidar a Proclo, aplicando un pomo de
esencias a sus narices)
ATENAIS.--Cálmate. No es nada. Ya vuelve en sí.
ASCLEPIGENIA.--¡Buen susto me he llevado! ¡Pobrecito mío de mi alma!
¡Qué malo se me puso!
PROCLO. (Se levanta.)--Perdóname, amiga. Ha sido un momento de
debilidad. (Reparando en Atenais.) ¿Quién es esta gallarda doncella?
ASCLEPIGENIA.--Es Atenais, hija de Leoncio.
PROCLO.--¡La hija de mi docto e ilustre amigo!... ¡El cielo te bendiga,
Atenais!
ASCLEPIGENIA.--¿Me perdonas, Proclo?
PROCLO.--No hablemos más de lo pasado: olvidémoslo.
ASCLEPIGENIA.--¿Vivirás conmigo?
PROCLO.--No quiero ni puedo vivir ya sin ti. Tú serás el lucero que
ilumine con su luz apacible la melancólica tarde de mi existencia. Estas
blancas y suaves manos (las toma entre las suyas) cerrarán con amor mis
párpados cuando se junten para dormir el último sueño.
ASCLEPIGENIA.--Contigo no echaré de menos ni la riqueza, ni la hermosura
corporal... ¿Qué más hermosura, que más riqueza que el tesoro de tu
alma? Si es menester, viviremos en la mayor estrecheza. Algo se me
estropearán las manos de guisar y de remendarte la ropa. La elegancia,
el esmero, el perfume de aristocrática distinción se desvanecerán casi
por completo cuando vivamos míseramente. ¿Pero qué importa? ¿Yo poseeré
tu alma y tú la mía?
PROCLO.--No ha de ser así. No consentiré que se pierda o que se
deteriore ni una chispa, ni un átomo de toda esa beldad que te dio
naturaleza y que el arte ha completado y realzado. Yo ganaré riquezas
para ti. Para ti tendré hermosura corporal y juventud lozana.
ASCLEPIGENIA.--No te alucines, Proclo. La juventud que se fue, no vuelve
nunca. Venus Urania no te visitó sin motivo. En cuanto a la riqueza, doy
por cierto que no ganarás jamás un óbolo con toda tu filosofía, a no ser
que apeles al milagro.
PROCLO.--Pues bien; al milagro apelo. Ahora vas a ver quién yo soy.
¡Aquí te quiero, oh Teurgia! Para algo me has de servir. Hasta ahora,
Asclepigenia idolatrada, has poseído en Eumorfo y en Crematurgo
hermosura, juventud y riquezas, contingentes, limitadas y caducas. De
hoy en adelante vas a poseer la juventud, la hermosura y la riqueza, en
absoluto y para siempre. Guardad silencio religioso. Ya empieza el
conjuro.
(Profundo silencio. Proclo, agitando su báculo, traza en le aire
círculos y otras figuras mágicas, y murmura entre dientes palabras
ininteligibles. Óyese música celestial, lenta y sumisa. En el centro del
teatro se va cuajando una brillante y cándida nube, con arreboles de
carmín, oro y nácar.)
ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.--¡Qué portento!
PROCLO.--Ocultos en esa nube tienes ya, a tus órdenes y para tu
servicio, en reemplazo de Eumorfo y de Crematurgo, al flechero Apolo, al
más elegante y bonito de los dioses, y al hijo de Jasión y de Céres, al
ciego Pluto, dispensador de las riquezas. ¿Quieres que salgan con
séquitos de musas, gracias, ninfas, y genios, o que salgan solos?
ASCLEPIGENIA.--Que salgan solos. Ya les iré pidiendo, en la sazón
conveniente, todo aquello que se me ocurra.
PROCLO.--¡Apareced, dioses!
(Se abre la nube, y salen de ella, con mucha luz de Bengala, Pluto,
cojo, ciego y alado, y Apolo, muy bizarro y airoso, con manto de
púrpura, corona de laurel y lira en mano.)
PROCLO.--¿Qué más tienes que pedir?
ASCLEPIGENIA.--Nada. Yo me contentaba con tu amor.
PROCLO.--Recapacita, sin embargo, si algo te falta.
ASCLEPIGENIA.--Si no me motejases de sobrado pedigüeña y exigente, aún
te pediría una cosa.
PROCLO.--¿Cuál?
ASCLEPIGENIA.--Que te laves.
PROCLO.--Me lavaré.
ATENAIS.--Ya eres dichosa. Posees ciencia, hermosura, juventud, riqueza
y hasta aseo. Yo, desvalida y menesterosa, lejos de envidiarte, me
regocijo.
PROCLO.--El cielo te premiará, generosa Atenais. Yo, que estoy ahora
inspirado, leo en el porvenir tu egregio destino. El joven Teodosio, a
quien educa muy bien su hermana Pulqueria, a fin de que brille en el
trono imperial, se casará contigo. Así serás emperatriz de Oriente.
Serás feliz y poderosa sin acudir a la magia; pero tendrás que hacerte
cristiana. Por último, para que nuestra gloria y nuestra felicidad sean
más estupendas y vividoras, después que pasen troce o catorce siglos,
contando desde el día de la fecha, aparecerá en la risueña y fértil
Bética, cuna de la dinastía reinante y patria de tu abuelo político el
Gran Teodosio y de otra infinidad de personas eminentísimas, cierto
escritor ingenioso y verídico, el cual ha de componer sobre los sucesos
de esta noche un diálogo, donde trate de competir con el divino Platón
en lo elevado y grave, y con el satírico Luciano en lo chistoso y
alegre.
ATENAIS.--Mucho me he de holgar si tus vaticinios se cumplen.
ASCLEPIGENIA.--Y yo también. Temo, sin embargo, que ese diálogo, que
Proclo anuncia, sea una extravagancia sin amenidad y sin viveza, donde
nosotros figuremos, no como seres reales, sino como personajes
alegóricos: donde Proclo y yo representemos la antigua poesía sensual y
corrompida y el antiguo saber agotado, desesperado y estéril, que para
seguir viviendo juntos se entregan a brujerías y supersticiones.
ATENAIS.--Si esa alegoría puede tener alguna aplicación cuando el
diálogo se escriba, tal vez interese el diálogo.
ASCLEPIGENIA.--Suceda lo que suceda, no debe importarnos mucho. Allá se
las haya el autor. Nosotros cinco, mortales y dioses, vámonos al
triclinio, donde tengo preparada una suculenta y bien condimentada cena.
MORTALES Y DIOSES.--Vámonos a cenar.