ASCLEPIGENIA.--Mantillo y mariposa me abandonan. ¿Me abandonarás tú
también, Proclo mío?
PROCLO.--Confieso que mi alma está destrozada. Tal vez haría yo bien en
huir de tu lado para siempre; pero hay una fuerza que me retiene cerca
de ti. En balde he querido espiritualizar, santificar la civilización
antigua, risueña y amante de la hermosura, pero liviana. No acierto, con
todo, a divorciarme de ella. Soy de ella. Soy tuyo sin remedio. El
vergonzoso y duro desengaño no mata el amor de mi corazón al derribar
todo el edificio filosófico que con tanto afán y arrogancia había yo
levantado. Se me figura que cae sobre mí el justo castigo de la
soberbia del espíritu. El espíritu se apartó con desdén de la
naturaleza; quiso elevarse por cima de la inteligencia y de la causa;
pugnó por ir más allá del ser mismo; aspiró a confundirse con el
principio inmutable de todo ser. La unión mística, de que tanto me he
envanecido, fue sin duda ilusión malsana. El principio indefinible del
ser, con el cual yo creía unirme, y del cual todo lo que se afirma es
negando, era el no ser: era la nada. Mi supuesta identificación con él
fue muerte egoísta. No fue la muerte generosa de aquel que, amando la
vida, sabe darla por el triunfo de una noble idea; por su patria; por la
felicidad del objeto amado. Mi prurito de perderme en el Uno,
absorbente, impersonal, que todo lo tiene en sí y nada tiene, es la más
monstruosa perversión del espíritu. Es no saber vivir y gozar en el seno
de este vario y bello Universo. Es crear un misticismo contrario al
amor. Mi misticismo reconcentra el alma: el amor la difunde. Apartado el
espíritu de la naturaleza, ¿qué se puede esperar sino lo que veo y
lamento ahora? O el delirio que toma la nada por el principio del ser, o
la vileza, el rebajamiento, la impura grosería y el brutal apetito de
goces materiales, triunfantes en la naturaleza, en la sociedad y en todo
pensamiento, cuando el espíritu los abandona. En cambio, ¿qué vale el
espíritu que se aparta del mundo real, creyendo adorar lo divino y
adorándose a sí propio? Ni para resistir los golpes del infortunio más
vulgar conserva brío suficiente. ¿Qué energía de voluntad me queda? Sólo
soy capaz de vil y cobarde resignación o de morirme aquí de pena, como
mujercilla nerviosa. ¡Qué vergüenza! No puedo más. ¡Ay de mí!
(Proclo cae desmayado en la silla-larga.)
ASCLEPIGENIA.--¡Atenais! ¡Atenais! ¡Acude! ¡Oh desgracia! Acude; trae un
pomo de esencias. ¡Nos quedamos sin filosofía! Ya no hay filosofía
posible. Ya no hay más que ciencias positivas y prosaicas. Mi filósofo
se me muere. (Se inclina sobre él y le abraza con la mayor ternura.)
Huele mal; pero... ¡es tan sabio! ¡es tan bueno!