ASCLEPIGENIA, CREMATURGO, PROCLO Y EUMORFO. (Asclepigenia se pone de pié
para recibirlos.)
ASCLEPIGENIA.-¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué significa venir los tres
juntos a mi casa?
CREMATURGO.--Envidiable frescura te concedió el cielo. ¿Cómo, al vernos
entrar juntos a los tres, no tiemblas, no te asustas, no te hundes
avergonzada en el centro de la tierra?
EUMORFO.--Eso mismo repito yo. ¿Cómo no te hundes en el centro de la
tierra?
CREMATURGO.--¡Inicua! Nos estabas engañando a todos.
EUMORFO.--Esto pasa de castaño oscuro. ¡Tres al mismo tiempo!
CREMATURGO.--¿Qué puedes alegar en tu defensa?
EUMORFO.--Con razón enmudeces.
ASCLEPIGENIA.--Yo no enmudezco ni con razón ni sin ella. A fin de
probaros que la razón no me falta, os contaré una parábola, si tenéis
calma para oírla.
CREMATURGO.--Cuenta.
EUMORFO.--Te escucho.
ASCLEPIGENIA. (A Proclo, que ha estado y sigue silencioso desde que
entró.) Y tú, ¿qué dices?
PROCLO.--Nada. Te escucho también.
ASCLEPIGENIA.--En el jardín de este palacio hay un rosal, que estaba
casi seco y perdido por hallarse en terreno estéril.--¿Qué necesita? me
dije yo al contemplarle.--Mantillo, me respondí. Es menester que de las
sustancias corrompidas que en el mantillo hay absorba el rosal la savia
vivificante que ha de dar lozanía, gala y primor a sus hojas y a sus
flores. Cubrí, pues, con mantillo las raíces y el pié del rosal, y el
rosal ha reverdecido y florecido como por encanto. La verdura de sus
hojas es brillante: sus rosas son divinas. Los pétalos de estas rosas
tienen el color encendido del alba: el centro parece cáliz de oro: en el
cáliz hay miel. ¿Qué ser delicado, elegante, ligero, bonito, en armonía
con la rosa, podrá tocar sus pétalos sin marchitarlos, y libar la miel
del cáliz con la correspondiente suavidad y finura?--Una aérea, pintada
y alegre mariposa, pensé yo. Y apenas lo hube pensado y deseado, acudió
la mariposa más gentil y juguetona que he visto en mi vida; y
revoloteando en torno de la rosa, se posó en su seno, sin ladear apenas
el flexible tallo, y libó la miel del cáliz de oro. Noté, sin embargo,
que esto no bastaba. De la rosa se desprendía exquisita fragancia, que
iba disipándose por el ambiente y que el céfiro esparcía en sus alas. En
la rosa había asimismo belleza extraordinaria, reflejo de la idea;
perfección de formas, que encierra puros pensamientos artísticos. Esto
sólo puede comprenderlo la inteligencia. Sólo el espíritu puede gozar de
todo esto. Es así que la mariposa no tiene inteligencia, ni espíritu, ni
siquiera olfato: luego al rosal le faltaba lo mejor. Sus prendas de más
valía quedaban sin fin y sin propósito. Entonces vi claro que, si el
mantillo y la mariposa eran indispensables para el rosal, eran más
indispensables aún mente elevada, espíritu y conciencia, que le
comprendiesen y admirasen. Aplicad ahora la parábola y reconoceréis mi
justificación. Yo soy el rosal; tú, Crematurgo, eres el mantillo; tú
Eumorfo, la mariposa; y Proclo es la nariz que aspira el aroma y la
mente que estima la beldad y goza dignamente de ella. ¿Qué culpa
adquiere el rosal de que nada sea completo en este bajo mundo? ¡Lástima
es que no se logren mantillo, mariposa, narices y mente en un ser solo!
Como el rosal requería todo esto y no se hallaba reunido, he tenido que
buscarlo por separado.
CREMATURGO.--Pues yo no me avengo. No quiero ser mantillo y nada más.
¡Adiós, ingrata! (Vase.)
EUMORFO.--Tampoco me resigno yo a ser una mariposa ininteligente, sobre
todo cuando por amor tuyo me había puesto ya a estudiar filosofía.
¡Adiós infame! (Vase.)