CREMATURGO.--¡Oh faro de las más altas especulaciones! ¡Oh déspota de
los genios y demás poderes sobrenaturales!...
PROCLO.--Está bien. No me adules. Di qué pretendes de mí.
CREMATURGO.--Tú, que lo sabes todo, ¿no podrías decirme de qué medio me
valdré para que mi amada sea mía, solamente mía?
PROCLO.--No llega tan lejos mi saber. Si llegara, le hubiese yo empleado
en favor mío, que buena falta me ha hecho.
CREMATURGO.--Veo que tu saber no vale un comino. Harto me lo sospechaba
yo.
PROCLO.--Expon, no obstante, tu caso, y allá veremos si puedo remediarte
o darte al menos algún consejo útil.
CREMATURGO.--Yo estoy prendado de la más hermosa mujer que hay en
Byzancio. Por ella hago descomunales desembolsos. No hay primor, ni
refinamiento, ni objeto de arte, que ella no logre por mí. He traído
para ella telas bordadas del país de los Seras, alfombras de Ctesifón,
perlas y diamantes, papagayos y monos de la India, perfumes y oro de
Arabia, y chales de Cachemira. Su palacio encierra muebles incrustados
de marfil y nácar, estatuas de mármol de Paros, vajillas de plata, vasos
de Nola y jarrones del extremo Oriente, que tienen un barniz desconocido
en los imperios de persas y de romanos. Ella hace visitas a mi costa en
silla de manos lindísima, o se pasea o va al circo o al hipódromo en
reluciente carroza o _harmamaxa_, tirada por cuatro blancos caballos. En
fin, nada le falta. ¿Cómo me compondré para que ella no me falte a mí?
PROCLO.--Lo discurriremos. Para mayor ilustración del asunto, infórmame
de quién es esa dama que tan caro te cuesta.
CREMATURGO.--Es Asclepigenia, la hija del filósofo Plutarco.
PROCLO.--¡Profundos cielos! ¿Quién lo hubiera podido imaginar en la
vida? Tú eres mi rival.
CREMATURGO.--¿Tu rival? Pues qué, ¿también a ti te ama? ¿Qué le das tú,
esqueleto pordiosero y ambulante?
PROCLO.--El alma, la esencia eterna. Pero sabe ¡oh sátiro vetusto! que
todavía tienes otro rival. Sal, Eumorfo.