enderezados á don Juan de Prezanes.
Pero el perro no estaba ya en el murio.
--¡Ya lleva lo que necesita, córcia!--exclamó Tablucas cuando se
cercioró de ello, y no le vieron tampoco su mujer y sus hijos, que
subieron al desván inmediatamente.--Lo peor es que de la escopeta no
queda más que esta pizca; pero él se empeñó en cargarla tanto, y con
su pan se lo coma.
Un muchacho tropezó luégo con el resto del arma en un rincón del
desván. No había reventado el cañón; solamente se había partido la
caja, y esto afirmó á Tablucas en la idea de que el tiro no se había
extraviado en el camino que llevaba.
Que el suceso causó verdadero regocijo en la familia, no hay que
decirlo. Hasta se atrevió Tablucas á salir fuera de la portalada,
pensando hallar al perro descuartizado al pie del murio.
--Aquí hay unos cantos que antes no había; pero no hay señal de perro,
muerto ni vivo--dijo la mujer, que le acompañaba.--¡Toma!... ¡y son los
de arriba que ya no están allí!
--Habrán caído con el perro--contestó Tablucas con el mayor
convencimiento.--Y el que él no esté aquí, no te pasme, ¡córcia! que
esas gentes no fenecen como nusotros, y suelen convertirse en jumera
hidionda... Pus mira que algo de ella me da en la nariz, ó yo no sé
agoler ya... De toas suertes, mañana amanecerá Dios y se verá lo
cierto. ¡Ah, córcia, lo que va á verse!
Ahora comprenderá el lector por qué á Tablucas le causaron tan honda
impresión las noticias que de la Rámila le dió el alcalde.
Llevólas á casa y después á la taberna, muy en confianza; y como
aquella noche, aunque alumbró la luna, ni hubo tamborilazos á la puerta
ni perro en el murio, afirmóse más Tablucas en sus trece, y fué rodando
la bola, y todo Cumbrales lo supo al día siguiente, y muy pocos dejaban
de creer que lo que á la Rámila le dolía era el metrallazo de Tablucas.
Mas el triunfo de este pobre hombre no fué completo. Había logrado
demostrar que la bruja no era invulnerable; quizá dejar descubierto un
camino por donde otros podían llegar hasta matarla, ó matar á otras
tan brujas como ella; pero la Rámila vivía; y aunque en el murio no se
la vió más ni en la puerta se oyeron sus garrotazos, la bruja no podía
dejar de vengarse; y el temor de aquella venganza fué el espadón que
tuvo sobre su cabeza el pobre Tablucas; temor tan insufrible como las
apariciones del perro, hasta que Dios dispuso de la infeliz anciana
y se la llevó á mejor vida que la que le cupo en suerte entre los
crédulos campesinos de Cumbrales, que no se han curado todavía, ni se
curarán jamás, de esas flaquezas, como tantas otras gentes que no son
de Cumbrales, ni montañesas ni campesinas.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXX
REBAÑADURAS
Esto se acaba, lector, y ¡ojalá te pese de ello! Por mi gusto, hubiera
soltado la pluma después de escrito el capítulo que antecede, pues, en
rigor de verdad, todo lo que á decir voy no vale dos cominos, y ya no
ha de salvarme si lo que atrás queda tira de mi pobre fama hacia lo
hondo. Pero allá va, porque, al fin, soy hombre de cuenta y razón, y
hay lectores que no perdonan ni los maravedís del pico.
Enterrado don Valentín; exterminado el perro del murio; hartos los
vecinos todos de Cumbrales de hablar de los sucesos de aquella noche,
que hicieron palidecer el recuerdo de los del domingo de marras, y
atreviéndose ya Tablucas á volver solo á su casa á todas horas, acabó
el pueblo de normalizarse con la noticia, oficial y auténtica, de que
no quedaba rastro de _facioso_ en muchas leguas á la redonda, y con
la no menos grata y comprobada de que, al marcharse, se había llevado
por delante al Sevillano, que, desde la felonía hecha á Pablo, andaba
fugitivo de pueblo en pueblo y de encrucijada en encrucijada, en una
de las que fué atrapado y metido _en filas_; lance que deploró Chiscón
en gran manera, porque pensaba resarcirse de todas sus pesadumbres
descoyuntando los huesos al pícaro matasiete que tanto le había
comprometido y desacreditado á él.
Estando así las cosas y reinando otra vez el Sur, aunque con
intermitencias de chubascos, porque, al cabo, asomaba diciembre;
restablecido Pablo por completo y terminados los pertrechos de boda,
don Juan de Prezanes...
¡Era muy raro lo que le acontecía á este señor desde los tiros
aquéllos! Se había convertido en una malva. Tan suave y tan dócil era.
Por de pronto, le dijo á don Rodrigo Calderetas, después de ponerse de
acuerdo con don Pedro Mortera:
--Que no cuente conmigo el marqués de la Cuérniga, ni ahora ni nunca.
Por lo demás, aquí le queda el campo para que le explote á su gusto;
pero será mejor que no se acuerde de ello, _por si acaso_. Lo mismo
digo por el barón de Siete-Suelas y por cuantos personajes de su calaña
traten de merodear por esta tierra bajo el amparo de usted ó de
cualquier otro en quien recaiga el _virreinato_ cuando usted le deje
ó le pierda. Yo me permito aconsejarle otra vez más que le deje, en
alivio de todos y especialmente de usted mismo. ¡Qué bien se está así,
como yo estoy ahora, en paz y en gracia de Dios y con los nervios en
reposo perfecto!
No era perfecto, sin embargo, el reposo, puesto que á menudo le
acometían aquellos estremecimientos momentáneos, que ya observamos
en él en la noche de los tiros. De tarde en cuando le decía
el temperamento: «aquí estoy,» y quería el jurisconsulto como
emberrinchinarse; pero en seguida recordaba la última corajina que
había tenido; asaltábale el temblor de arriba abajo; pedía por Dios que
se cambiara de conversación; complacíanle todos de buena gana, y se
quedaba hecho unas dulzuras.
Pues digo que estando así don Juan de Prezanes, Pablo restablecido
y los preparativos terminados, tal ansia mostró porque las bodas se
celebraran pronto, y tan de acuerdo estuvieron con él los cuatro
novios, que no hubo manera de contrariarle... Y se celebraron las bodas
antes que mediara diciembre, en un día de sol esplendoroso, aunque muy
frío de crepúsculos. Pero ¿qué importaban estas leves crudezas á los
que llevaban la primavera en la mente y el estío en el corazón?
Casáronse, pues, Ana y María, y casóse también, al mismo tiempo, Nisco
con Catalina, á quien llenaron de regalos las dos venturosas jóvenes,
como Pablo llenó á Nisco de otros no menos valiosos y adecuados. Fué
aquél un día de fiesta para Cumbrales; pues entre deudos, amigos
y curiosos, se llevaron de calle todo el vecindario. ¡Bien le fué
entonces á la Rámila! ¡Bien les fué á todos los pobres! ¡Bien le fué
al cura, y, sobre todo, á los muchachos que le ayudaron! Entre ellos
andaban Cabra y Lambieta. Á más de cinco reales partieron, ¡que ya es
partir! pues nunca llegó á seis cuartos lo que sacó en los casorios y
bautizos más solemnes cada muchacho de los arrimados allá.
Á propósito de la Rámila. Don Pedro Mortera le habilitó una casita con
huerto, que tenía cerca de la suya, y allí pasó los poquísimos años que
vivió todavía, relativamente feliz y descuidada. Resquemín la surtía de
pan, no de muy buena gana, aunque por cuenta de don Pedro, y Tablucas
lo censuraba altamente. María no se cansó nunca de mirar por ella,
aunque la Cotorrona se le arrimó muchas veces al salir de misa para
aconsejarla que llevara sus caridades hacia otro lado, porque hacer
bien al demonio era ofender á Dios y perder la limosna.
Ya ve el lector cómo va acabando esto no del todo mal que digamos,
por lo que toca al paradero de cada personaje. Casi resulta un cuento
ejemplar de lo más edificante, porque hay que añadir á lo dicho que
la mujer aquélla que despabiló Juanguirle desde la escalera de don
Valentín, volvió á insistir al día siguiente; y como no estaba allí el
alcalde entonces, entró, y no volvió á salir; porque don Baldomero,
después de pagar á Sidora la manda de su amo, la plantó en la calle y
dejó en su lugar á la otra, que era la viuda de marras. Y quedándose
allí la viuda, comenzó á mandar en casa más que su dueño; y mandando
así, mandóle un día que se casara con ella; y casóse don Baldomero, que
á aquellas fechas (dos semanas después de la muerte de su padre) dió en
tomar cada _curda_ de aguardiente, que ardía. Pero las tomaba en casa,
á cuenta y mitad con su mujer; y esto siempre era una circunstancia
atenuante.
Excuso decir á ustedes que á Juanguirle no pudo hincarle el diente
el secretario; antes fué éste quien estuvo á pique de ir á presidio,
porque el alcalde le rebuscó los pliegues y le halló el contrabando.
¡Qué cosas descubrió! Pero tuvo lástima del pícaro, que era padre
de familia, y se conformó con quitarle el destino, á ruego de don
Rodrigo Calderetas, que se comprometió, en cambio, á no volver á
amparar á ningún tunante; y lo cumplió entonces uniéndose á sus
amigos de Cumbrales para perseguir á Asaduras y á su protegido el de
Siete-Suelas; por lo que aquel año no hubo elecciones allí por falta de
candidato.
Y en esto, avanzaba diciembre; desapareció por completo el Sur; y
aunque la alfombra de verdura, con todos los imaginables tonos de este
color, cubría la vega, la sierra y los montes, porque estas galas
no las pierde jamás el incomparable paisaje montañés, los desnudos
árboles lloraban gota á gota por las mañanas el rocío ó la lluvia de la
noche; relucía el barro de las callejas, porque el sol que alumbraba
en los descansos de los aguaceros no calentaba bastante para secarle;
andaba errabunda y quejumbrosa de bardal en bardal, arisca y azorada,
la negra miruella que en mayo alegra las enramadas con armoniosos
cantos; picoteaba ya el _nevero_ en las corraladas, y acercábase el
colorín al calorcillo de los hogares; derramábanse por las mieses
nubes de tordipollos y otras aves de costa, arrojadas por los fríos y
los temporales de sus playas del Norte; blanqueaban los altos picos
lejanos cargados de nieve; _cortaban_ las brisas; reinaba la soledad
en los campos y la quietud en las barriadas; iba la _pación_ de capa
caída; y mientras al anochecer se arrimaban las gentes al calor de
la _zaramada_, ardiendo sobre la borona que se _cocía_ en el llar,
y se estrellaba contra las paredes del vendaval la fría cellisca, la
aguantaba el ganado, de vuelta de las encharcadas y raídas mieses,
rumiando á la puerta del corral, con el lomo encorvado, erizado el
pelo, la cabeza gacha, el cuello retorcido y el rabo entre las patas;
señales, éstas y aquéllas, de que se estaba en el corazón del invierno,
nunca tan triste ni tan crudo como la fama le pinta, ni tan malo como
muchos de ultrapuertos, que la gozan de buenos sin merecerla. Pero
otras injusticias mayores comete todavía esa señora con la Montaña.
¡Qué suerte la mía si con este librejo, ya que no lo haya logrado con
tantos otros informados del mismo sentimiento, consiguiera yo, lector
extraño y pío, darte siquiera una idea, pero exacta, de las gentes,
de las costumbres y de las cosas; del país y sus celajes; en fin, del
_sabor de la tierruca_!
POLANCO, octubre de 1881.
[Ilustración]
[Ilustración]
ÍNDICE
Páginas.
Prólogo por D. B. Pérez Galdós 5
I. --El escenario 23
II. --Á modo de sinfonía 33
III. --Algo del asunto 49
IV. --Pelos y señales 63
V. --Entre compadres 73
VI. --Don Valentín 91
VII. --Más actores 103
VIII. --Égloga 115
IX. --Las primeras chispas 125
X. --Los humos de Nisco 137
XI. --Apuntes para un cuadro 151
XII. --Medias tintas 167
XIII. --Las alas de cera 183
XIV. --Por lo fino 197
XV. --Verdades amargas 205
XVI. --Una deshoja 219
XVII. --La derrota 235
XVIII. --El secreto de María 247
XIX. --Retazos 263
XX. --Emociones fuertes 277
XXI. --Prólogo de un drama 299
XXII. --Entreacto ruidoso 309
XXIII. --Griegos y troyanos 319
XXIV. --Deus ex máchina 339
XXV. --Miel sobre hojuelas 351
XXVI. --De varios colores 369
XXVII. --Genio y figura... 383
XXVIII.--Sicut vita... 401
XXIX. --Lo del murio 411
XXX. --Rebañaduras 427
[Ilustración]
End of Project Gutenberg's El sabor de la tierruca, by José María de Pereda