En casa del señor Avellaneda reinaba gran confusión.
El orden que regulaba los actos todos de aquella familia había
desaparecido, dejando paso a esa confusión propia de todo hogar donde la
enfermedad penetra.
El señor Avellaneda estaba enfermo de gravedad.
Después de aquella crisis nerviosa que experimentó al terminar su
tempestuosa conferencia con Baselga, había caído en un angustioso
abatimiento que le convertía en un ser despojado de voluntad.
Los dolores de la enfermedad de gota que sufría habían desaparecido, y
ni un solo estremecimiento agitaba su empobrecido y débil cuerpo; pero,
en cambio, comenzaba a indicarse en él una dolencia extraña, que ponía
en extremo pensativo y preocupado al médico de la casa.
La hinchazón que continuamente tenía su pie izquierdo, había subido
hasta más allá del tobillo y crecía rápidamente, amenazando invadir el
resto del cuerpo.
El médico examinaba aquel fenómeno con sorpresa, y movía la cabeza con
aire de duda, mostrándose poco seguro de su ciencia.
Varias veces preguntó a María y a la vieja criada, si el señor sufría
del corazón, y sólo pudo conseguir contestaciones vagas y
contradictorias, decidiéndose, al fin, a recetar digital, haciendo caso
omiso de la hinchazón, que consideraba únicamente como superficial
manifestación de un mal muy grave.
Don Ricardo abandonó el sillón de su cuarto y tendido en la cama pasaba
las noches, quejándose unas veces con resignación, y otras con furor sin
límites, asegurando que tenía dentro del pecho algo que le quemaba y le
oprimía el corazón.
María pasaba las noches en vela, sentada a la cabecera del lecho de su
padre, y a pesar de las continuas fatigas experimentaba una inefable
delicia al ver que aquél, olvidando la expresión ceñuda con que la
miraba en los primeros momentos, comenzaba a tratarla con el mismo
cariño que cuando era niña y la llevaba a pasear al Luxemburgo.
Algunas veces, don Ricardo cesaba de quejarse, y extendía un brazo para
acariciar aquella hermosa cabeza inclinada sobre él y atenta a la menor
indicación para cumplirla inmediatamente. Había en aquella caricia tal
expresión de melancólico dolor, y se retrataba tan claramente en los
ojos del enfermo el convencimiento de que pronto iba a morir, que María,
adivinando lo que pensaba su padre, volvía rápidamente el rostro para
ocultar sus lágrimas.
Aquella casa, que de continuo estaba alegre con las carcajadas y las
canciones de María y las palabrotas de Tomasa riñendo a las otras
criadas, había quedado silenciosa y como envuelta en ese ambiente
tétrico de los lugares donde la vida lucha con la enfermedad, y la
muerte anuncia su próxima presencia. La luz del sol, filtrándose a
través de los pesados cortinajes bañaba las habitaciones con una turbia
claridad que dejaba los objetos en incierta penumbra, y el silencio
monacal que imperaba en toda la casa sólo era turbado por los dolorosos
lamentos del enfermo y la argentina vibración de la cucharilla, agitando
el vaso del medicamento. Aquella atmósfera estaba impregnada de todos
los olores de una botica.
El amable señor García faltaba muy pocas horas a aquella casa. ¿Cómo
había él de abandonar a su amigo querido, a su protector, ahora que le
veía tan gravemente enfermo?
Comía fuera de la casa, pues el cuidado del enfermo no permitía el
regalo de tiempos pasados, pero así que quedaba libre de sus numerosas
ocupaciones acudía inmediatamente, y su primer cuidado era preguntar a
Tomasa, que le abría la puerta, cómo se encontraba el enfermo.
No había que hacerse ilusiones. Don Ricardo iba de mal en peor, y
aquella terrible enfermedad que el médico no se atrevía a diagnosticar
claramente y que le hacía mover la cabeza de un modo intranquilo, iba de
mal en peor.
--Esa maldita hinchazón--decía Tomasa, indignada contra aquella dolencia
traidora--, nos va a dar qué sentir. Sube y sube como si tuviera prisa
en devorar a mi pobre señor. Ayer sólo estaba en la pantorrilla; ahora
empieza a extenderse por la pierna, y no parará hasta que le llegue a la
cabeza y ponga a don Ricardo hecho un monstruo. ¡Cuánto mejor era la
gota que, aunque nos diera más que sentir, nos tenía más tranquilos! Le
digo a usted, señor García, que es cosa de desesperarse y maldecir a
esos médicos, que no tienen medios para combatir el mal.
Por lo regular, todas estas conferencias que comenzaban en el rellano de
la escalera y terminaban en el comedor, tenían, por final, las lágrimas
de Tomasa, que no podía conformarse con la idea de que don Ricardo iba a
morir, y los consejos angelicales del señor García, que hablaba de Dios
y de la resignación cristiana que debe mostrarse en la última hora.
Avellaneda ya no pasaba las veladas quejándose y en pleno dominio de su
razón, pues a altas horas de la noche sentíase invadido por una terrible
fiebre y deliraba de un modo alarmante, hasta el punto de que tenían que
sujetarlo a viva fuerza, para que no se arrojara de la cama.
Su delirio era extraño y siempre estaba agitado por idénticas imágenes
que le arrancaban palabras tan terribles que hacían llorar a María. El
enfermo, en su delirio, creía hablar con Baselga, y le amenazaba con
darle de palos acusándole de estar de acuerdo con su hija para
envenenarlo con las medicinas que le daban. Aquella idea se había fijado
tenazmente en el cerebro de Avellaneda.
Cuando estaba tranquilo y tenía clara la inteligencia, demostraba a su
hija el mayor cariño y acogía todos sus cuidados y atenciones con
sonrisas de gratitud; pero apenas la fiebre del delirio invadía su
cerebro, volvía a gritar desaforadamente que le querían envenenar y
acusaba a María de los más horrendos crímenes.
El señor García, que quedándose a velar al enfermo presenció algunas de
aquellas locas agitaciones, sabía aprovecharlas hábilmente en favor de
sus planes.
Llamaba aparte a María y la sermoneaba usando todos los tonos, lo mismo
el paternal y benigno, que el de indignación propio de un hombre que ha
sido engañado.
¿No veía el triste estado en que se hallaba su padre? Pues ella era la
verdadera culpable, puesto que aquella enfermedad era un castigo de
Dios, justamente ofendido por la infidelidad de la joven que había
prometido ser su esposa y que después se enamoraba del primer pisaverde
que encontraba a su paso. Aquello no tenía remedio, pues la cólera de
Dios no reconoce obstáculo, y la pecadora, la infiel, iba a sufrir muy
pronto el más tremendo dolor, viendo morir a su padre.
María lloraba con el mayor desconsuelo oyendo las amenazas que el autor
del Universo le dirigía por boca de aquel viejo mugriento. A la voz del
anciano devoto, todas sus antiguas aficiones religiosas, comprimidas
hasta poco antes por la pasión amorosa, volvían a desatarse y a dominar
su inteligencia, y María volvía a ser la muchacha mística y visionaria
de otros tiempos que leyendo "El Año Cristiano", de Croisset, se sentía
dominada por romántica admiración ante las hazañas de los santos o
lloraba desconsolada con los tormentos de los mártires.
Sí, era verdad; ella había olvidado sus sagrados juramentos y Dios la
castigaba con sobrado motivo. ¡Oh!, si las cosas pudieran hacerse dos
veces. ¡Si no fuera ya tarde, cómo sabría ella enmendar su falta!
Apenas decía esto entre suspiros y lágrimas, demostrando su
arrepentimiento completo, el señor García cambiaba de entonación y de
aspecto, y, con acento paternal, hablaba de la misericordia de Dios, que
no tiene límites, y de que no quiere el castigo del pecador, sino que
éste se arrepienta.
--Aun es tiempo, hija mía--decía el beato con benevolencia--. Aun puedes
remediar la grave ofensa que has hecho a Dios. Todavía estás a tiempo
para cumplir tus promesas; y si es que sientes la misma vocación por la
vida religiosa que en otros tiempos, debes entrar en la santa casa que
ya conoces. Verías, si esto llegabas a hacer, cuán pronto sanaba tu
padre, si es que Dios, con su omnipotente voluntad, quiere que viva y se
arrepienta.
A las pocas conferencias María estaba ya convencida. El romanticismo
religioso había vuelto a manifestarse en ella y pensaba, con inefable
delicia, en que merced a su sacrificio conseguiría devolver la vida a su
padre. Dios se apiadaría de su nueva esposa y le concedería cuanto le
pidiese.
Además, don Ricardo era un impío, según decía el señor García a sus
espaldas, un hombre que no asistía a ningún acto religioso, que leía
continuamente a Voltaire y que se burlaba graciosamente del catolicismo.
¡Qué gran gloria para su hija el lograr mediante oraciones que Dios se
apiadara de él y al morir le reservara un puesto en la gloria!
María manifestó a su antiguo preceptor que estaba dispuesta a ir al
convento así que él se lo ordenase, pero le suplicó que la permitiese
estar en aquella casa al menos hasta que perdiera su gravedad la
dolencia que sufría su padre. Estaba tan resignada María a ser de Dios,
que hasta esta súplica la hizo en tono débil mostrándose dispuesta a
cumplir todas las órdenes del señor García, aunque estas desgarrasen sus
más íntimos afectos. ¿No acababa de matar aquella pasión que tan feliz
la había hecho? ¿No había prometido olvidar al hombre amado? Después de
tan inmensas concesiones bien podía sacrificar en holocausto a Dios sus
afectos de buena hija.
Cuando en aquella tarde el señor García, después de hacer repetir a la
joven varias veces su deseo de entrar en un convento, salió de la casa
para comer en un modesto restaurante, iba muy alegre y caminaba con la
viveza de un joven.
Tan contento estaba que murmuraba exclamaciones de gozo, y él, tan
sesudo y circunspecto en la calle, tenía el aspecto de un loco o de un
borracho. Tenía motivos sobrados para bailar en medio de la acera, y
hasta para entonar un himno en loor de la santa Compañía de Jesús, que
iba a vencer y a hacer suyos quince millones de pesetas metiendo a María
en un convento.
Pero el viejo jesuíta, a pesar de todo su entusiasmo, no perdía el
instinto receloso y escudriñador propio de los suyos; así es, que no
pasó desapercibido para él el movimiento de sorpresa y la precipitada
fuga de un hombre que estaba en la plaza de San Sulpicio apoyado en la
esquina de la calle Ferou y mirando de lejos las ventanas de la casa del
señor Avellaneda.
El vejete sólo pudo verlo un instante; pero a pesar de la distancia y de
su mirada cansada, lo reconoció inmediatamente. Era Baselga, que, sin
duda, espiaba en aquel sitio, esperando una ocasión para enviar una
carta a María, o tal vez para subir a la casa aprovechando la enfermedad
del padre.
Aquello puso de mal humor al señor García.
¿Conque tales atrevimientos se permitía el señor conde? Había que
vigilar muy atentamente para impedir que Baselga volviera a avistarse
con María. ¡Quién sabe los inmensos perjuicios que a la Orden podía
causar una nueva entrevista de los amantes! Las mujeres son caprichosas,
con facilidad mudan de pensamiento, y era muy posible que las aficiones
monásticas creadas por continuas y convincentes explicaciones se
desvanecieran rápidamente al más leve arrullo del amante. Era necesario,
pues, impedir que Baselga rondase la casa de su amada, tanto más cuanto
que así se lo había prometido tres días antes al padre Fabián.
Mientras en el cerebro del señor García se agitaban estos pensamientos,
el vejete habíase detenido y, al fin, como quien toma una resolución
definitiva, volvió sobre sus pasos y, atravesando la rué Ferou por su
parte alta, se dirigió a la de Vaugirard.
--Vamos a contárselo todo al padre Fabián--murmuraba el devoto.
A las nueve de la noche ya estaba el señor García sentado junto a la
cama de su amigo Avellaneda.
La enfermedad se agravaba por momentos. La hinchazón había deformado por
completo la pierna, y se extendía sobre el abdomen amenazando con
invadir el pecho.
Don Ricardo respiraba trabajosamente, y sufría un delirio sin tregua.
Con la mirada extraviada y los brazos agitados por un temblor convulso,
agitábase en el lecho, y varias veces el señor García tuvo que abandonar
su asiento para sujetar al enfermo y evitarle una caída.
El devoto se daba a todos los diablos al ver el estado en que se hallaba
su amigo, no porque sintiera gran interés por éste, sino porque aquel
delirio le hacía perder lastimosamente un tiempo precioso y le impedía
la realización de sus planes.
Acababa de hablar largamente con el padre Fabián y necesitaba cuanto
antes poner en ejecución los consejos que éste le había dado. ¡Y aquel
condenado cerebro, que no se equilibraba y no sabía más que crear
imágenes de envenenamientos!
Por fin transcurrida una hora, el delirio comenzó a calmarse, y el señor
García fué ya acariciando la esperanza de que pronto podría hablar a su
amigo.
La ocasión era propicia, pues María y Tomasa dormían en sus
habitaciones, esperando la hora en que el vejete se retiraba y entraban
ellas al cuidado del enfermo.
Hizo Avellaneda un rápido movimiento, cesó de suspirar y quedó mirando
fijamente a su amigo, con cierta expresión de asombro.
El delirio había pasado y era preciso aprovechar aquel corto espacio de
lucidez.
--¡Eh, don Ricardo!, ¿me oye usted?--preguntó el vejete con cierta
angustia, como si temiese que su amigo volviera otra vez a delirar.
--Sí, amigo mío, me siento algo aliviado. ¿Cómo me encuentra usted?
--No está usted mal. Me parece que el caso no es grave.
--Eso creo yo algunos ratos; pero en otros... El médico dice que la cosa
no va mal, pero creo que esto es tan sólo por no asustarme.
--Cree usted mal. El médico dice la verdad, pues usted no morirá de
ésta.
--¿Lo cree usted así? ¡Si supiera cuán duro es pensar que la muerte se
aproxima! Ya le llegará su mal rato, y pronto, porque usted es ya muy
viejo.
--Espero tranquilo, confiando en la misericordia de Dios.
--¡Bah!... No haga usted esas muecas de beato, si no, me pongo más
enfermo.
Calló el vejete, como arrepentido de haber causado enfado a su protector
y sólo transcurridos algunos minutos, se atrevió a decir, dando la mayor
expresión de veracidad a sus palabras:
--Esté usted seguro de que no morirá de esta enfermedad. Su
convalecencia, según dice el médico, será larga y penosa, pero la
salvación de la vida es segura.
--¡Viviré! ¡Oh, viviré!--y aquel hombre, casi moribundo, decía estas
palabras con una alegría sin límites agarrándose con las esperanzas del
desesperado a aquellas palabras de su amigo.
--Sí, vivirá usted, don Ricardo, porque Dios, que todo lo puede, no
querrá que usted muera.
--Yo no temo la muerte por mí. Es verdad que la idea de morir me agrada
muy poco, pero pienso que, al fin, todos hemos de pasar por tal trance,
y esto me consuela. Lo que más pavor me produce es el pensar que a mi
muerte María quedará completamente sola en el mundo.
--¿Y yo, amigo mío? ¿No soy nadie para ella?
--Usted, pobre señor García, aunque esté todavía sano y ágil el día que
menos lo espere saldrá también de este mundo.
--Fácil es; pero esto no impide que mientras viva proteja a María, tanto
más cuanto que ésta se halla amenazada por serios peligros.
--¡Eh!, ¿qué dice usted?--preguntó con sorpresa Avellaneda.
--Esta tarde, al salir de aquí, he visto al conde de Baselga apostado
en la esquina, espiando esta casa. Desconfíe usted, señor don Ricardo,
pues ese hombre es muy audaz y lo creo lo bastante atrevido para subir
aquí sin que usted lo sepa.
Aquello desvaneció la débil tranquilidad de Avellaneda, y por unos
instantes creyó el devoto que el delirio iba a reaparecer. ¿Conque aquel
aventurero que se le aparecía en las visiones de su loca fiebre como un
miserable envenenador, se atrevía a intentar el entrar en la casa de
donde él le había arrojado? La idea de que Baselga, burlándose de todas
sus prohibiciones, volviera a avistarse con María, le causaba un gran
furor, y en su cerebro debilitado buscaba un medio para evitar el
peligro.
--¡Qué hacer, Dios mío! ¡Qué hacer!--murmuraba el enfermo.
El señor García miró dulcemente a su amigo y, creyendo que había ya
llegado la oportunidad para dar un golpe decisivo, dijo con calma:
--Realmente, es un peligro tener aquí a María. Tomasa tiene ocupaciones
sobradas para poder ocuparse de ella, y yo sólo estoy aquí á ciertas
horas. No es fácil, pues, evitar que un día u otro hable con ese hombre
al que ama.
--¿Qué haría usted en mi situación, señor García?
--Pues yo comenzaría por sacar a María de esta casa.
--¡Separarme de mi hija! Eso jamás lo consentiré, y más, hallándome en
un estado tan grave. ¿Quién me cuidaría?
--¡Bah!, señor don Ricardo: el miedo a la muerte le hace a usted
exagerar. No está usted tan grave como se imagina, y además, Tomasa y yo
nos sobramos para cuidarle en su convalecencia.
Avellaneda pareció reflexionar. Tan grande era el odio que profesaba a
Baselga, que, a pesar del inmenso cariño que sentía por su hija, no
rechazaba con la misma indignación que otras veces aquella idea de
hacerla abandonar la casa por algún tiempo. Bien considerado, ¿qué mal
había en ello? María gozaría de mayores ventajas yendo a vivir durante
algún tiempo lejos de la rue Ferou y su salud, no muy fuerte, dejaría de
sufrir el continuo quebranto que ocasiona el cuidado de un enfermo. La
idea comenzaba ya a gustarle, y únicamente le detenía a dar su
consentimiento un importante detalle que se apresuró a exponer.
--Y diga, usted, señor García. ¿Dónde iba a vivir la niña durante el
tiempo de mi enfermedad?
--¡Oh!, descuide usted, amigo mío. Tengo un punto de la mayor confianza,
y usted puede descansar en la firme seguridad de que María no corre
ningún peligro, ni es fácil que el conde logre encontrarla. La llevaré,
si usted quiere, al convento de Santa Isabel; una santa casa en la que
se educan las hijas de las primeras familias de Francia. Es el convento
que goza de mayor fama entre la noble sociedad del barrio de San Germán.
Este detalle, propio para deslumbrar a un tendero enriquecido, no causó
gran impresión en Avellaneda. ¡Valiente cosa le importaba a él que se
educaran en el tal establecimiento religioso las señoritas nobles! Al
fin, un convento como todos, y él antes prefería entregar su hija, no a
Baselga, sino al primer perdido harapiento que se le presentase, que
consentir fuese a encerrarse en uno de aquellos "serrallos
espirituales", que era el calificativo que le merecían los monasterios.
No estaba conforme; desechaba la idea, y bien claro lo dió a entender a
su devoto amigo, con marcados gestos de desagrado.
El jesuíta comprendió que su presa iba a escapársele si no extremaba sus
medios de persuasión, y abrumó a don Ricardo bajo una tremenda avalancha
de palabras. Hacía mal en no adoptar el plan propuesto por él. Se
exponía con ello a que su hija no olvidase aquel amor tan odioso para el
padre, y hasta a que, aprovechando la enfermedad, la deshonra penetrase
en aquel modesto hogar, mientras que, accediendo a lo propuesto, podía
entregarse tranquilo a la convalecencia de su enfermedad, sin tener que
preocuparse de la seguridad de María.
Además, ¿por qué había de indignarse de tal modo ante la idea de que su
hija fuese a pasar una corta temporada a un convento? ¿Es que las casas
religiosas eran un lugar de perversión donde ninguna joven podía
penetrar sin peligro para su honor? El padre no creía en la religión,
pero estaba cierto de que existía Dios, y seguramente que la hija, al
entrar en un convento y dedicarse a la oración, conseguiría que el Ser
Omnipotente se apiadase de don Ricardo y le concediera la necesaria
salud.
Avellaneda seguía sin conmoverse, y toda la elocuencia del señor García
se estrellaba ante su inflexible terquedad. Había dicho que no, y estaba
lejos de retractarse. Su hija seguiría en casa y a su lado, pues era una
verdadera locura separarse de aquel ser que constituía toda su familia y
enviarlo al convento.
Pero el jesuíta no era menos tenaz, y abusaba de su superioridad sobre
el abatido enfermo, martirizándolo con el incesante martilleo de un
chorro interminable de palabras.
Pronto se resintió el cuerpo enfermo y debilitado de aquel tormento
moral.
Abrumado Avellaneda por la charla de su amigo y sus exhortaciones,
dichas en tono sibilítico, volvió la cabeza a la pared, procurando
esconderla bajo la sábana; pero a pesar de esto, todavía la voz del
señor García siguió estrellándose en sus oídos monótona y majestuosa.
Los peligros que corría María permaneciendo en aquella casa, cien veces
repetidos, y expuestos hasta en sus menores detalles, llegaron a
impresionar a Avellaneda, que, por otra parte, comenzaba a experimentar
cierto embotamiento en sus sentidos, y otros síntomas que anunciaban la
reaparición de la fiebre.
La idea del convento le parecía más tolerable. Bien considerado, aquella
vida monástica de María sería muy breve, pues él no moriría de aquella
enfermedad, según le aseguraban todos, y apenas se encontrase repuesto,
sacaría del convento a la joven, que además estaría ya curada de su
pasión.
Casi estaba convencido, pero le faltaba hacer la última objeción.
--¿Y cree usted que mi hija estará conforme en entrar en un convento,
aunque sólo sea por una corta temporada?
El jesuíta se estremeció de alegría comprendiendo que tenía ya en el
bolsillo la voluntad de aquel hombre. No le habló de las aficiones
monásticas de María, pues esto hubiera agrandado ciertos recelos en
Avellaneda, siempre temeroso de la influencia que la religión ejerce
sobre los jóvenes; pero afirmó sobre su palabra de honor que por haber
educado a la niña, conocía perfectamente su carácter y sabía que no
consideraba desagradable pasar una corta temporada en un convento
pidiendo a Dios que devolviese la salud a su padre. Había más aún: él la
había consultado antes de hablar con don Ricardo, y la niña se
conformaba a todo cuanto la mandasen.
Avellaneda suspiró angustiosamente. Convencido por su amigo, todavía
acariciaba un resto de esperanza, y ésta era que María se negase a ir al
convento; pero en vista de lo dicho por el devoto, tuvo que conformarse
y decir, con acento doloroso:
--Puesto que ella consiente, sea. El culpable de todo es ese canalla de
conde, que me persigue y asedia viéndome enfermo.
El enfermo hizo un brusco movimiento, como si buscase en su cama a
Baselga para desahogar su indignación, y tras un largo silencio dijo con
desfallecimiento:
--Puede usted llevarse a María cuando guste.
--Para eso se necesitaría una pequeña formalidad.
--¡Oh! ¿Un esfuerzo todavía, después que tanto sufro?
--No es nada. Sólo se trata de que firme usted un consentimiento que
ahora mismo escribiré.
El señor García se dirigió a una mesa que estaba, en un ángulo de la
habitación, y en la cual escribía el médico sus recetas.
Con rapidez nerviosa escribió en un pliego unas pocas líneas, en las
cuales Avellaneda manifestaba su consentimiento para que su hija entrase
en el convento de Santa Isabel.
La tarea de firmar fué muy trabajosa para don Ricardo. Incorporado en el
lecho, hacía esfuerzos para que la pluma no se escapase de sus dedos
embotados, y al fin, ayudado por su amigo, pudo trazar un garabato
tembloroso, que tenía cierto aire de familia con la firma que hacía en
tiempos normales.
Cuando el señor García metió en un bolsillo de su levitón aquel papel
tan codiciado, experimentó una alegría sin límites. El negocio estaba ya
terminado. La niña quedaría al día siguiente encerrada en el convento,
el padre no tardaría en morirse, y María, cediendo a los consejos de su
protector, cedería sus millones a la Compañía de Jesús.
Había para volverse loco de alegría, y el jesuíta saboreaba con placer
el horrible crimen, dando gracias a Dios, que protege siempre a sus
servidores y representantes en la tierra.
Aquel triunfo dió aún mayor locuacidad al señor García, el cual
entretuvo agradablemente a su amigo haciéndole los mayores ofrecimientos
y jurándole que nunca le abandonaría, siendo para él como un hermano
mayor, dulce y cariñoso.
Aquella charla agravó el estado del enfermo, y la fiebre volvió a
aparecer.
A media noche, cuando María, fortalecida por algunas horas de sueño,
entró a cuidar a su padre, éste deliraba y se movía furiosamente en su
lecho, como si quisiera huir de las terribles imágenes que le
perseguían.
El jesuíta dijo a la joven que al día siguiente tenía que hablar con
ella de asuntos muy graves, y después abandonó la casa.
Por la calle, y a aquellas horas en que eran escasos los transeúntes,
marchaba erguido y majestuoso, con la expresión de un caudillo
victorioso.
Engreído con su triunfo, miraba las casas obscuras y silenciosas, como
si tuviera un poder absoluto sobre los miles de seres que las habitaban,
y se conmovía pensando los elogios que la Compañía de Jesús le dedicaría
al conocer el buen término de su negocio. Nada le enorgullecía tanto
como el pensar lo que diría el padre Fabián, aquel superior violento y
malhumorado que había llegado a compararle a un perro viejo sin olfato.
Ahora vería él si era todavía el agente listo y astuto de otros tiempos.
Cuando llegó a su casa y, respondiendo a un tirón de la campanilla, se
abrió la puerta de la escalera, quedó algo sorprendido al ver a la vieja
portera a la puerta de su cuchitril con una luz en la mano.
--¿Cómo es eso, señora Magdalena? ¿Todavía no se ha acostado usted?
¿Sabe qué hora es?
--¡Ay, señor! Tengo cosas muy graves que decirle.
El viejo hizo tan gesto para indicar que estaba dispuesto a oír.
--Al señor español del primer piso se lo han llevado.
--¿Quién?
--La policía. Ha venido a las ocho el comisario del barrio con algunos
agentes, y después de registrar la habitación se han llevado al señor
Baselga a la prisión de Mazas. ¿Por qué será esto, señor García?
Dígamelo usted, porque yo estoy muy intranquila. ¿Es que el señor se
ocupaba en cosas malas?
El jesuíta levantó los hombros para indicar que no sabía nada, y después
de tranquilizar a la vieja con cuatro frases comunes, subió lentamente a
su buhardilla saboreando mentalmente el suceso.
¡Oh! La cosa iba bien y no podían arreglarse los sucesos más
perfectamente. El padre Fabián había cumplido con actividad lo prometido
en aquella misma tarde, y el conde estaba va en la cárcel por conspirar
contra el Gobierno de España.
El vejete estallaba de satisfacción. Aquello era un día completo y, a
ser menos incrédulo en el fondo, había motivo sobrado para rezar un buen
rosario a la estampa de Jesús que tenía arriba en su cuartucho.