El padre Fabián y el conde de Baselga

--Dispénseme vuestra reverencia mi tardanza. He estado dos días fuera de

casa, viviendo al otro extremo de París con un compañero de armas, y

hasta esta tarde no he sabido que había usted enviado repetidas veces a

buscarme.

--Yo mismo he estado esta mañana en la calle de los Santos Padres.

--¿Usted, padre Fabián? ¿Vuestra paternidad ha olvidado sus importantes

ocupaciones por venir a buscarme en mi pobre vivienda?

--Sí, señor conde. Tengo que tratar un asunto de gran importancia, en el

que es necesario saber la opinión de usted. Siéntese, que la

conversación no ha de ser corta.

Baselga, que tenía el rostro pálido y ojeroso, y que mostraba en el

traje cierto desorden, ocupó el sillón que le señalaba el padre Fabián,

y tomó la atenta posición del que se prepara a escuchar.

--Lo sé todo--dijo el jesuíta sonriendo bondadosamente y guiñando un

ojo.

--¿Y qué es lo que vuestra paternidad sabe?--preguntó Baselga con cierta

desconfianza.

--Es inútil el disimulo. Sé todo lo ocurrido hace dos días en casa del

señor Avellaneda entre éste y usted.

--Lo habrá contado, sin duda, el señor García.

--El mismo.

--¡Ah, ya! El buen señor se toma mucho interés en este asunto. Más, tal

vez, del que debía.

El emigrado dijo estas palabras con tal intención, que el padre Fabián

se apresuró a contestar:

--Parece que usted duda de la sinceridad de nuestro amigo, y hace muy

mal. El señor García le quiere a usted mucho y está inconsolable por la

decepción que usted acaba de sufrir.

No pareció Baselga muy decidido a creer en la sinceridad de aquel

cariño; pero calló, dando a entender con un gesto que después de todo lo

sucedido le importaba muy poco cuanto pudiese hacer el señor García.

--Tenía grandes deseos--continuó el jesuíta--de ver a usted para reñirle

por su falta de franqueza. Varias han sido las veces que he conversado

con usted amistosamente en esta habitación, y nunca se ha dignado

manifestarme el amor que le dominaba. ¿Es que usted desconfía de un

amigo como yo?

--Reverendo padre; las cuestiones de amor no se revelan a nadie, y menos

a hombres que son representantes de Dios y, por tanto, están muy por

encima de las cosas terrenales.

--¡Bah!, querido conde; eso no pasa de ser una excusa como otra

cualquiera para disculpar su falta de franqueza. Si usted no hubiese

procedido conmigo con una reserva que no creo merecer, yo le habría dado

algunos consejos para evitar esa situación desairada en que usted estuvo

al pedir al señor Avellaneda la mano de su hija.

--¡Cómo!, reverendo padre; ¿acaso habría encontrado ayuda en vuestra

paternidad para lograr lo que tanto deseo?

--No es eso; no me ha entendido usted. Quiero decir que con tiempo le

hubiera dado un buen consejo para que olvidase a esa joven, que es para

usted imposible.

--¡Olvidarla!, ¡jamás!

Dijo Baselga estas palabras rotundamente, con el mismo acento enérgico

y vibrante que si estuviese mandando un regimiento.

El jesuíta le miró fijamente, y como para estudiar concienzudamente la

fuerza de su pasión, haciéndole hablar, dijo con lentitud:

--Según eso, la ama usted mucho.

--Mire usted, padre; voy a hablarle con tanta franqueza como si me

confesara con usted. Es imposible que yo olvide a esa mujer. ¡Ay, si

pudiera, si lograra borrar su imagen de mi memoria, crea usted que sería

completamente feliz! Estoy enamorado con toda la fuerza del primer amor

y comprendo que acabo mi juventud por donde otros la empiezan. Usted ha

sido soldado como yo y sabe que un hombre de nuestra clase siente más un

insulto que una estocada mortal. Pues bien; el otro día me dejé insultar

por ese viejo sin protesta alguna; le respeté sólo porque era el padre

de María, y en vez de olvidar inmediatamente a una mujer que tales

humillaciones me proporciona, su recuerdo se ha aferrado aún con más

fuerza a mi memoria.

--Eso pasará, hijo mío. Conozco bien el corazón humano y sé que el

tiempo tiene fuerza para destruir los recuerdos más tenaces.

--Se engaña vuestra paternidad. María no se apartará nunca de mi

memoria. Durante dos días me he entregado a la vida tormentosa que la

juventud alegre arrastra al otro lado del Sena. Deseando olvidar mi

humillación y el amor de María, he vivido con un compañero de armas,

calavera incorregible; he bebido como un loco, me he emborrachado como

un miserable, me he sumido en el vicioso lecho de las cortesanas y,

nada, reverendo padre, ni el alcohol ni los estremecimientos frenéticos

de la carne, han logrado que se borrara en mi cerebro la pálida cabecita

de María. ¡Oh! Esa niña, ha sabido agarrarme bien y comprendo que nadie

podrá hacérmela olvidar.

Y el conde, conmovido por su impotencia para librarse de tal amor, bajó

la cabeza quedando sumido en profunda reflexión.

--Debe usted procurar, querido conde, librarse de esa obsesión amorosa.

Es una locura acariciar lo imposible.

--¿Y por qué ha de tener usted por imposible que María sea mi esposa?

--Porque ella tiene contraídas sagrados compromisos que ha de cumplir.

--¿Ama acaso a otro?--preguntó Baselga con ansiedad.

--Sí; ama a Dios, y ante la imagen de la sagrada Virgen ha prometido mil

veces entrar en un convento para ganar el cielo con sus oraciones.

--¡Bah!--dijo sonriendo el emigrado--. Eso fué una niñería sin

importancia; un capricho de joven devota. Muchas veces me ha hablado,

riéndose, de la tendencia que en otros tiempos había tenido a hacerse

monja.

--Señor conde--repuso el jesuíta con severidad--; las promesas que se

hacen a Dios nunca deben considerarse como niñadas ni como casos de

risa. María será monja.

--¡Pero si ella me ama!

--Ese amor es un capricho pasajero, una locura de niña; lo verdadero, lo

cierto, lo que no admite réplica, es que María está hace ya mucho tiempo

ligada a Dios.

--Yo no paso por eso--dijo Baselga con resolución.

--Pues hará usted mal en oponerse, señor conde.

Esto lo dijo el jesuíta sonriendo con una expresión tan extraña, que

hubiera amedrentado a otro menos tenaz y enamorado que Baselga.

--María me pertenece y yo no he de cejar por un capricho de su testarudo

padre.

--Pues tendrá usted que conformarse con abandonarla. Hay alguien que

puede, no ya más que usted, sino que todas los enamorados de la tierra

juntos.

--¿Y quién es ése? Quisiera saberlo.

La pasión volvía insolente y audaz a Baselga, hasta el punto de hacerle

mirar con expresión de reto a un personaje tan temible como era el padre

Fabián.

Este, ante las preguntas del conde, mostróse indeciso, pero al fin dejó

caer con lentitud estas palabras:

--Es la Compañía de Jesús.

--¡Cómo! ¿La Compañía se opone a mi felicidad? ¿Y por qué motivos?

--Somos los representantes de Dios y hemos de procurar que éste no sufra

menoscabo en sus intereses. María ha prometido ser su esposa y sería un

grave pecado que nosotros favoreciéramos esta infidelidad contra el

Señor de todo lo creado.

Baselga quedó anonadado.

Por experiencia propia sabía hasta dónde alcanzaba el poder de la Orden

y se sentía atemorizado al saber que tendría ahora que luchar con ella

para lograr la realización de sus ensueños.

El padre Fabián comprendió su desaliento y se propuso aprovechar tal

situación para decidirle a olvidar su amor.

--Vamos, camarada--le dijo con acento amistoso golpeándole familiarmente

en un hombro--. No hay que entristecerse tanto porque se pierda la

esperanza de ser dueño de una cara bonita. Al fin y al cabo, sobradas

mujeres hay en el mundo, y de seguro que ni usted ni yo bastamos para

todas. ¿Qué gana usted con ponerse lánguido y triste como un amante de

novela? Hay que divertirse. ¡Qué diablo!, la vida es la alegría, y un

hombre puede vivir contento siempre que tenga a su disposición una mujer

hermosa. Usted puede encontrarlas más bellas que esa señorita de

Avellaneda, y es, por tanto, una bobada empeñarse en un amor que resulta

imposible y que además choca abiertamente con los intereses de la Orden.

El conde, a pesar de su preocupación, no pudo menos de extrañarse ante

aquellos consejos que hacían salir a la superficie el cinismo que

indudablemente amontonaba en el pensamiento del jesuíta.

¡Y aquéllos eran los representantes de Dios! ¡Aquéllos los que

trabajaban por poner todo el mundo bajo su dirección! ¡Lo que en el

asunto buscaban indudablemente eran los millones de María!

Baselga no pudo seguir en sus dolorosas reflexiones que derrumbaban sus

más firmes creencias, pues el padre Fabián siguió dándole cariñosas

palmaditas y le dijo con melifluo acento:

--Conque quedamos en que usted olvidará a esa joven y vivirá en adelante

como si no la hubiese conocido. ¿Estamos conformes, amigo mío?

El emigrado miró fijamente al jesuíta, y lentamente, como para dar más

fuerza y valor a sus palabras, contestó:

--No, señor.

Entonces el rostro del rubicundo padre experimentó una radical

transformación. Desapareció la seductora y bonachona sonrisa, siendo

reemplazada por la impenetrable serenidad de una esfinge.

--Pues entonces, señor conde, siento manifestar a usted que en vista de

su conducta deplorable y de su tenaz resistencia, la Compañía tendrá

necesidad de apelar a ciertos medios.

Baselga levantó los hombros con expresión de desprecio, pero el padre

Fabián no pareció hacer caso y siguió diciendo:

--Hablaré con franqueza. Permaneciendo usted en París, la señorita de

Baselga sufrirá una continua tentación que podrá apartarla del santo

camino del claustro, y, por tanto, interesa a la Compañía que usted

abandone cuanto antes esta población. No dude usted que saldrá pronto de

París.

--No adivino el medio, y me río de la amenaza. La Compañía no reina en

Francia, y como yo soy un individuo pacífico que en nada llamo la

atención de la policía, no es fácil que la autoridad me conduzca a la

frontera.

--Saldrá usted de París, no lo dude. En todas partes tenemos amigos y el

mismo embajador de España se encargará de pedir al Gobierno francés que

lo conduzcan a usted a Inglaterra, a Suiza o a otra nación fronteriza,

acusándole de conspirador carlista y pintándolo como un continuo peligro

para el Gobierno español. Si usted no quiere que la Policía le pille

desprevenido puede ir haciendo la maleta.

Dijo estas palabras el padre Fabián con tal expresión de omnipotencia,

que Baselga no dudó de que las amenazas se cumplirían inmediatamente,

pero a pesar de esto, por pasión y por despecho, continuó la

resistencia.

--Haga la Orden lo que quiera, que yo no por esto desistiré de mi

propósito ni prometeré una cosa que no puedo cumplir.

El conde manifestaba una resolución inquebrantable. Sabía que la

Compañía podía causarle mucho daño, pero a pesar de esto, manteníase

firme, prefiriendo sufrir una persecución feroz antes que resignarse a

olvidar su pasión.

El jesuíta no parecía intimidarse por aquella resistencia. La horrible

sonrisa, símbolo de la Orden, contraía cada vez con mayor violencia sus

facciones, y mirando a Baselga con expresión de lástima, le dijo:

--Veo que es usted un valiente a quien no intimidan las amenazas. Pero,

sin embargo, la Orden aún cuenta con medios para obligarle a lo que ella

quiera, sin necesitar valerse de la policía francesa.

--Quisiera saber qué medios son esos--contestó con sorna el emigrado.

--Conde, hace usted mal en burlarse. Tratándose de la Compañía de Jesús,

sólo puede bromear un loco o un imprudente. Tal vez se arrepienta usted

demasiado pronto de saber que tengo en mis manos una prueba terrible

contra usted. De seguro que esto no le dejará conciliar el sueño con

tranquilidad.

--Vuelvo a repetir que quisiera ver esa prueba. Ya sabe usted, reverendo

padre, que no es muy fácil asustarme.

--Pues bien, sépalo usted. De España acaban de remitirme un documento

firmado por usted, en el que confiesa claramente haber estrangulado a su

esposa, la baronesa de Carrillo.

Baselga estaba lejos de esperar aquel golpe. Nunca se le había ocurrido

que tal documento pudiera salir de la cartera del padre Claudio, al que

consideraba como su mejor amigo; así es que quedó anonadado y no supo

qué contestar.

El padre Fabián le miraba con ojos de águila, y como para gozarse mejor

en su desgracia, le preguntó con sorna:

--¡Vamos! ¿No contesta usted nada? ¿Cree ahora que la Compañía tiene

poder para anonadar a los que le estorban? ¿No es usted ese señor

asesino que firma el documento?

Transcurrieron algunos minutos, sin que Baselga contestase, y al fin

repuso con balbuciente voz:

--¡No, no es posible! El padre Claudio no puede haberme hecho tan

tremenda traición.

--El padre Claudio es, como yo, un buen servidor de los intereses de

Dios y un fiel agente de la Orden, y los documentos que se confían a

nuestras manos no son nuestros, sino de la Compañía, y todos los

jesuítas pueden hacer uso de ellos, siempre que así convenga a los

negocios de la comunidad.

El conde se convenció. Era verdad: el padre Claudio no era más que un

jesuíta, y resultaba estúpido buscar en aquel hermoso autómata, movido

por los hilos de una inmensa trama, los humanos sentimientos de amistad

y de honor.

La sorpresa que en Baselga produjo el anuncio de aquel documento, que ya

casi había olvidado, fué poco a poco amortiguándose, pues el emigrado

pensó en la inutilidad de aquella prueba acusadora, hallándose él en

territorio extranjero.

Aquel crimen, del que él no era el único culpable, se había cometido en

España, y por el momento no corría ningún peligro de que la policía

francesa, a instigación de los jesuítas, lo redujese a prisión.

Pero el padre Fabián parecía leer en su pensamiento por cuanto,

adivinando sus reflexiones, le dijo:

--Sé lo que usted piensa, y se engaña sobre el uso que la Compañía se

propone hacer de tal documento. No ignoro que, por el momento, para nada

serviría si yo lo presentase a los tribunales franceses.

--¿Pues qué es lo que usted piensa hacer de él?--preguntó con acento de

burla el emigrado.

--Ahora lo sabrá usted. Por última vez. ¿Accede usted buenamente a

olvidar a la señorita Avellaneda?

--¡No! Eso no lo conseguiría nadie; aunque me matasen.

--Pues bien; mañana mismo una persona de confianza se encargará de

enseñar a esa mujer que tanto ama usted, el documento en que confiesa

ser el asesino de su esposa.

Esta vez el golpe fué certero, pues llegó rectamente al corazón. Un

verdadero golpe de jesuíta.

Baselga experimentó un estremecimiento de horror. Aquello nunca había

llegado a imaginárselo; era el colmo del sufrimiento. ¡Cómo! ¿Revelar a

María el espantoso drama con que terminó el matrimonio de su amante?

¿Hacer que ésta supiera que el hombre amado era un asesino que

estrangulaba mujeres? No; imposible; antes rugir de pena al considerar

imposible la realización de su amor, que pasar por la inmensa vergüenza

de que María conociera aquella sucia página de su vida.

Ahora conocía lo terrible que era aquella Orden, a la que estaba ligado;

ahora aparecían justificados para él los incesantes ataques que en todo

el mundo se dirigían contra la Compañía de Jesús.

Se necesitaba la fuerza de un gigante para vencer aquella sombría y

colosal institución, ante la cual resultaba un pigmeo obligado a

transigir.

Era ya inútil la resistencia, y había que confesarse vencido, anonadado,

y dar aún las gracias a aquella tiranía con sotana que no levantaba el

pie para pulverizarlo de un golpe.

Como el hombre que después de luchar con una fiera siente agotadas sus

fuerzas y al fin cae entre sus garras deseoso de terminar cuanto antes

el terrible combate y de morir, así Baselga se resignó a ser devorado, y

con voz fosca, murmuró:

--Estoy dispuesto.

--Lo celebro mucho, hijo mío--contestó el jesuíta con voz meliflua--. Ya

sabe usted lo que la Orden desea. Procure usted olvidar que existe en el

mundo la señorita Avellaneda.

--Lo olvidaré.

--En cambio, nosotros olvidaremos por nuestra parte ese documento, que

tanto le compromete.

--Gracias.

--Y qué... ¿No está usted contento con la Compañía? ¿Cree usted que con

estas dulces exigencias le causa algún daño?

El tonillo melifluo con que fueron dichas estas hipócritas palabras,

produjo a Baselga un estremecimiento de cólera.

Temió dar de bofetadas a aquel canalla que tenía su reputación en sus

manos, y lanzando una mirada de feroz odio sobre el jesuíta, salió de la

habitación ciego de ira y tambaleándose como un borracho.

El padre Fabián seguía sonriendo.

La araña negra, t. 2/9 · 第 34 / 43 题