Fué inmensa la impresión que experimentó Avellaneda cuando su amigo y
administrador le reveló los amores de María.
Aquel anciano vivía fuera de la realidad. Sus manías y preocupaciones,
que algunas veces hacían dudar de su razón, daban cierto espíritu vago y
fantástico a sus ideas; todo lo miraba por el prisma de su propia
personalidad; porque se encontraba débil y viejo no creía que en el
mundo hubiera juventud y nunca se le había ocurrido pensar que María
pudiese casarse.
Era su hija, y, por lo tanto (en concepto de Avellaneda), lo natural es
que María viviese íntimamente unida a él sin conocer otro cariño que el
filial.
Júzguese cuál sería su impresión al escuchar aquella tarde las
revelaciones del señor García.
Después del almuerzo, y mientras María, junto a los rosales de una
ventana leía las seductoras "Orientales", el viejo devoto se encerró con
don Ricardo en el despacho de éste, y comenzó a llevar poco a poco la
conversación adonde él deseaba.
Presentó las cuentas de su administración en el pasado mes, papelotes
que Avellaneda apenas si miró, y después el taimado viejo comenzó a
hablar de lo rica que era María y de la necesidad de evitar que su
fortuna sirviera de cebo a algún hombre egoísta y vicioso.
Don Ricardo no manifestaba afectarse gran cosa por tal peligro.
¡Valiente susto le producían a él aquellos temores que García parecía
tener empeño en exagerar! ¿Acaso María no era su hija? ¿Quién podía
venir a separarlo de ella; a llevársela con el propósito de su riqueza?
Eso eran absurdos que únicamente se le podían ocurrir a su devoto
administrador, enemigo del mundo y empeñado en exagerar sus maldades.
Pero el bueno de don Ricardo se quedó frío al oír que su viejo amigo
quería revelarle un secreto que estaba pesando sobre su conciencia, y
con tanta atención como pudo fué siguiendo las revelaciones del señor
García, que eran bastantes embrolladas y dificultosas, sin duda para
hacerlas más interesantes.
Lo que sacó en limpio Avellaneda, haciendo el resumen de una charla que
duró más de media hora, es que el señor García, por el hecho de haber
presentado en la casa al conde de Baselga, no quería cargar con ninguna
responsabilidad, y se apresuraba a poner en conocimiento del padre que
el tal señor había conseguido enamorar a María y que ésta estaba loca de
pasión por aquel noble que, bien considerado, por su pobreza y su
expatriación forzosa no pasaba de ser un aventurero.
Era tan enorme aquello, que el señor Avellaneda se resistía a creerlo.
¡María enamorada! ¡María dispuesta a casarse!
¡Bah!, señor García--dijo el afrancesado después de una larga
meditación--. Tal vez esté usted en un error y su exagerado celo por la
niña le haya hecho ver un peligro donde no le hay.
--Don Ricardo, puedo asegurarle a usted, y aun jurárselo por lo más
sagrado, que María y el conde se aman.
--Amores propios de una chiquilla. Caprichos que desaparecerán a la
menor reprimenda del padre.
--Está usted equivocado. La cosa es más seria. María está enamorada como
una heroína de las novelas que ahora lee ocultándose de nosotros.
Avellaneda, al ver la seguridad con que hablaba su amigo, comenzó a
dudar.
--Lo más acertado será llamar a María para que confiese francamente lo
que ocurre. Ella no sabe mentir, y así sabremos las cosas con certeza.
--No haga usted tal, pues nada adelantaremos. María negará como todas
las niñas hacen en su caso. Además, ¿quiere usted convencerse?, pues
dentro de poco tiempo, tal vez esta misma tarde, vendrá el conde a
pedirle la mano de su hija. Lo sé de cierto, pues leo perfectamente en
el pensamiento de Baselga.
Aquello dió al traste con la paciencia de Avellaneda, que se indignó, y,
a pesar de su carácter bondadoso y de los dolores que le obligaban a
permanecer quieto en su sillón, comenzó a moverse y a proferir palabras
entrecortadas por bufidos de furor.
--¡Esa es buena! De modo que ese caballerete tiene el atrevimiento de
querer venir a mi propia casa para robarme mi hija... ¡Canalla! Quisiera
ser más joven para imponerle un correctivo, y aun así no sé si podré
contenerme y dejaré de darle de bofetadas. ¡Bueno va esto! Se ha lucido
usted presentando en mi casa a ese conde del demonio. No, y mil veces
no. Mi hija no se casa ni con él ni con nadie. ¿Para eso la he criado
yo? ¿Para que me la robe el primer zascandil que se presente?...
Y Avellaneda daba furiosos puñetazos sobre los brazos de su butaca,
haciéndose la ilusión de que machacaba la hermosa cabeza de Baselga.
El señor García contemplaba con aire satisfecho aquel acceso de furor;
pero temiendo al fin una complicación, creyó del caso intervenir, y
aconsejó a su amigo que tuviese calma.
--Ya ve usted, señor Avellaneda, que no es razonable irritarse de tal
modo porque a un mequetrefe se le ocurra hacer una barbaridad.
--Dice usted bien--contestó don Ricardo, y su rostro fué serenándose
hasta quedar en apariencia tranquilo algunos minutos después.
Transcurrió bastante tiempo sin que hablase ninguno de los dos viejos,
hasta que, por fin, don Ricardo exclamó dolorosamente:
--No imaginaba yo que mi hija me diese tan gran disgusto. Creía que me
amaba lo suficiente para no pensar nunca en separarse de mí, pero ahora
veo que vivía engañado.
--Las mujeres son muy inclinadas a las locuras, y María no ha podido
librarse de esa enfermedad amorosa que acomete a todas las jóvenes.
--Siempre me había parecido un mal hombre ese Baselga. Confieso que lo
miraba con recelo. ¡Mire usted de quién va a enamorarse mi hija! De un
hombre que casi puede ser su padre, de un noble matachín ignorante como
un lego, y por añadiduda carlista.
Y el señor García, aunque torciendo el gesto, tuvo que aguantar una
verdadera rociada de denuestos que Avellaneda arrojó sobre todos los que
defendían la monarquía absoluta, el fanatismo religioso y el
restablecimiento de la inquisición.
Cuando don Ricardo terminó de desfogar su indignación, el viejo devoto,
que por inconsciente instinto de servilismo iba apoyando con
inclinaciones de cabeza todas las palabras, dijo a su amigo:
--Hace usted perfectamente en oponerse a las pretensiones del conde.
María no debe casarse. Pero para impedir ese matrimonio tendremos que
luchar mucho, pues esa niña está muy enamorada.
--Yo sabré impedir esos amoríos.
--Lo veo difícil mientras María esté aquí.
--Arrojaré a ese hombre de mi casa tan pronto como se presente.
--Con eso nada impedirá usted; Baselga es hombre ducho en amores, y
siempre encontrará medios para comunicarse con María animando cada vez
más su pasión, ¡Si usted hiciera caso de mis consejos!...
--¿Qué quiere usted proponerme?
--El mejor medio, para lograr que se extinga en el pecho de María esa
pasión que hoy la domina, es sacarla de aquí, romper todos los lazos que
la unen al conde y hacer que no viva en el mismo lugar donde ha visto
nacer y desarrollarse su amor.
--¿Y dónde quiere usted que la llevemos?
--A una santa casa, a un convento de nuestra confianza cuya superiora me
aprecia mucho. María en sus tiempos de niña ha tenido grandes aficiones
a la devoción y allí, disfrutando la paz angelical del claustro, se
borrará por completo de su memoria la imagen del hombre a quien hoy
tanto ama. ¡Oh! Tranquilícese usted, don Ricardo! No se trata de que su
hija sea monja. Permanecerá poco tiempo en el convento; nada más que el
suficiente para que olvide esa malaventurada pasión.
El señor García decía estás palabras con la maligna y atrayente dulzura
de la serpiente bíblica cuando tentaba a la primera mujer.
Había que seguir la táctica jesuítica e ir haciendo las cosas poco a
poco. Primero, María entraría en un convento por una temporada; después
ya se encargaría él de que se perpetuase el encierro, despertando en la
joven sus tendencias al romanticismo religioso y haciendo que
pronunciara los severos votos claustrales. Lo importante y más preciso
era que el padre diese la aprobación para que ella entrase en un
convento.
Don Ricardo al oír aquella proposición quedó mirando fijamente a su
amigo, y después de un largo silencio, dijo con voz agresiva:
--¡Vaya usted al diablo! ¿Le parece a usted que yo soy partidario de los
conventos? No quiero ver a mi hija en tales sitios, y antes que verla
monja sería capaz de entregarsela a ese mentecato de Baselga.
El golpe había fallado y el señor García bajó la cabeza con resignación.
Quedaron silenciosos largo rato los dos ancianos; pero Avellaneda, que
en su afán de padre egoísta no podía comprender cómo se atrevía un
hombre a querer arrebatarle su hija, volvió otra vez a su tema, o sea a
hablar contra aquel amante audaz.
--¡Mire usted que es atrevimiento! Venir a solicitar la mano de mi hija
un hombre que en realidad no sé quién es. Porque ¡vamos a ver! ¿Usted
sabe quién es Baselga? ¿Cuál ha sido su antigua vida? No sé por qué me
figuro que debe haber hecho mucho mal en este mundo.
--Mucho, don Ricardo; no se equivoca usted. Yo sé de él cosas horribles,
y tenga usted la seguridad que a saberlas antes, no lo hubiera
presentado en esta honrada casa.
--¿Y qué se dice de él?--preguntó Avellaneda con curiosidad.
--De un modo cierto, nada. Pero se murmura que a su esposa, la baronesa
de Carrillo, la estranguló en un rapto de celos. No conozco el suceso
detalladamente, pero puedo enterarme y adquirir datos.
--No, no es necesario. Nada me importa lo de ese hombre; al fin, tan
pronto como se presente aquí, lo arrojaré a la calle.
--Hará usted perfectamente.
El señor García siguió con gran habilidad haciendo odioso a aquel hombre
que vivía en su misma casa y al que manifestaba en todas ocasiones un
cariño admirablemente fingido.
El sentía mucho tener que hablar contra el conde, pero la amistad y la
honradez ante todo, y no quería que por culpa de sus afectos, viniese a
sufrir crueles decepciones un amigo tan querido como lo era el señor
Avellaneda.
Este, agitándose continuamente por las punzadas de dolor que sentía en
sus huesos, iba siguiendo con atención las peroraciones del vejete, y se
sentía impulsado a abrazar a aquel santo varón, que tanto se interesaba
por el honor y el bienestar de la familia.
Cuando al dar las cuatro los relojes de la casa, el señor García se
dispuso a marcharse para atender a sus ocupaciones de hombre devoto,
Avellaneda quedaba ya convencido de que Baselga era un conde aventurero
que, al enamorar a María, únicamente buscaba sus millones y de que debía
ponerlo en la puerta sin ningún miramiento, como si se tratase de una
bestia dañina que quería introducir la desgracia en aquel hogar.
No había transcurrido un cuarto de hora desde que el mugriento levitón
del devoto había desaparecido tras el cortinaje de la puerta, cuando
entró Tomasa secándose las manos con su delantal, y con la ruda
franqueza que le daba su dominio en la casa, anunció a su señor que
acababa de llegar el conde de Baselga.
--Viene a hacerle un rato de compañía. ¡Qué bueno es ese señorón!
Avellaneda hizo una mueca al escuchar las últimas palabras de la
doméstica, la cual, sin esperar contestación, volvió a salir para llamar
al recién llegado.
Cuando entró Baselga saludando a don Ricardo con aquella cortesía franca
y distinguida que le hacía tan simpático, éste apenas si contestó con
unos cuantos gruñidos, casi imperceptibles.
Tenía delante al traidor, al monstruo infame que pretendía robarle su
hija, y él, tan pacífico y tan humilde, sentía no ser fuerte y ágil como
en su juventud para arrojarse sobre aquel mequetrefe y molerlo a palos.
La conversación fué lánguida e incolora. Baselga, como si deseara
retardar todo lo posible el entrar en materia, hablaba del tiempo y se
enteraba minuciosamente del estado del enfermo, no logrando de éste
otras respuestas que secos monosílabos y gestos de mal humor.
El conde adivinaba en su viejo amigo un disgusto, cuyo motivo no
comprendía, y estaba temeroso de que en tal ocasión sus pretensiones
iban a experimentar un tremendo fracaso.
Vacilaba el emigrado como el día en que declaró su pasión a María; pero
allí se trataba de un hombre, y Baselga experimentó cierto rubor por su
cobardía, decidiéndose acto seguido a explanar sus pretensiones.
--Don Ricardo: yo no soy viejo. Los rudos accidentes de mi vida me han
marchitado algo, pero por mi edad y por mi vigor, todavía estoy lejos de
la vejez. ¿No le parece a usted así?
Avellaneda hizo un gesto de indiferencia, como para demostrar que nada
le importaba aquello.
--La soledad en que vivo aquí, me ha impulsado a refugiarme en el seno
de la familia de usted, buscando afectos y atenciones que nunca
agradeceré bastante, y este continuo roce ha engendrado en mí una pasión
de la que en vano pretendo librarme.
Si Baselga no hubiera tenido inclinada su cabeza, de seguro que se
hubiera intimidado ante el relámpago de ira que pasó por los ojos del
anciano; pero no lo vió, y siguió hablando.
--En resumen, señor Avellaneda, María me ama tanto como yo a ella, y
vengo a pedir su mano.
El golpe estaba ya dado, y Baselga, libre, al fin, de su carga, levantó
la cabeza para mirar ansiosamente al viejo, esperando la contestación.
Avellaneda esperaba aquella demanda, y a pesar de esto, se quedó
estupefacto como si le sorprendiera la petición de Baselga.
Tanto le obsesionó aquello, que él llamaba atrevimiento inaudito, que
por algunos minutos no supo qué contestar; pero, al fin, dijo con fosca
voz:
--Caballero, eso que usted me pide es imposible. Mi hija no es para
usted. Acaba de darme un gran disgusto y le ruego se retire.
Entonces le tocó mostrarse estupefacto al conde. ¡Cómo! ¡El padre de su
amada le rechazaba de tal modo! ¿Y por qué?
Baselga estaba transformado. Aquella despedida, dicha en tono grosero,
le había producido el efecto de un latigazo y resucitaban en él sus
instintos caballerescos, sus susceptibilidades de matachín. El no se
iría de allí hasta que le fueran explicadas tales palabras, y así se lo
manifestó de un modo enérgico a don Ricardo.
Este también había ido excitándose rápidamente y las exigencias de
Baselga le pusieron fuera de sí.
--¡Cree usted que me asusta, señor conde, con ese aire de matón! ¡Ay,
si yo fuera más joven y no estuviera enfermo! ¿Quiere usted
explicaciones? Pues bien, sepa que no le concedo la mano de mi hija
porque no me da la gana; ya está usted enterado. Soy el dueño de mi casa
y no tengo que explicar mis actos a quien no vive en ella.
--Pero eso es una indignidad--arguyó Baselga con gran calor--; María me
ama y usted no tiene derecho para hacerla infeliz.
--¿Quién la haría más feliz, yo, negándome a que se case con usted, o el
conde de Baselga, siendo su esposo? Yo no sé quién es usted. Mis
noticias se reducen a saber que usted fué casado hace ya algunos años
con la baronesa de Carrillo. ¿Pero me puede asegurar alguien que careció
de dramáticos y repugnantes accidentes su matrimonio?
Baselga se estremeció. Aquel diablo de viejo había dicho sus últimas
palabras con tan marcada intención, que el conde tembló, creyendo que
don Ricardo conocía en todos sus detalles el dramático fin de Pepita
Carrillo. Pero poco tardó en tranquilizarse. No; aquella triste página
de su vida sólo la conocía el padre Claudio y era imposible que éste la
hubiese revelado a nadie.
--Señor Avellaneda, permítame usted que le diga que se engaña al creer
que María no puede ser feliz conmigo. Donde hay amor desaparece la
desgracia, y yo amo a María hasta llegar a la demencia.
--Caballero, basta de farsas. Usted es un noble arruinado y lo que ama
son los millones de mi hija.
Aquél sí que fué un golpe duro para Baselga. Estaba lejos de esperar un
insulto tan atroz disparado a bocajarro y se estremeció de la cabeza
hasta los pies, como si una pesada mole acabara de caer sobre su cráneo,
dejándole aturdido con el golpe.
Por algunos instantes quedó inmóvil, como si no se diera cuenta exacta
de lo que acababa de oír; pero después se levantó de su asiento con la
rápida rigidez de un resorte que se escapa y avanzó algunos pasos.
Don Ricardo le miraba con aire insolente, como desafiándole a que en su
propia casa intentase la menor violencia; pero pronto volvió la vista
para ver quién entraba en la habitación.
María, con el cuerpo trémulo, el rostro pálido y demostrando una gran
agitación, acababa de entrar lanzando una mirada suplicante a su padre y
al conde.
--¡Ah! ¿Eres tú, hija mía? Sin duda, nos escuchabas escondida tras la
cortina. No está muy bien tal curiosidad; pero me alegro, pues así
habrás podido enterarte de lo que le digo a este caballero. Lo despido,
prohibiéndole que entre más en esta casa. ¿No te parece bien?
María bajó la cabeza como anonadada por aquel acento sarcástico que
nunca había conocido en su padre. Miraba a éste todavía con el mismo
temor instintivo que en sus primeros años, y no sabiendo qué contestar,
encontró más propio romper en copioso llanto.
Aquello acabó de poner furioso a don Ricardo, y como si Baselga fuese el
culpable de las lágrimas de su hija, se encaró con él, gritándole:
--Caballero, ahí tiene usted su obra; esas lágrimas las produce usted,
gócese en ellas. Antes que el demonio le condujese a usted a esta casa,
todo era felicidad y mi hija nunca lloraba; ahora ya ve usted las
consecuencias de su amor. Márchese usted pronto, o de lo contrario haré
que venga la Policía para que lo arroje de esta casa.
Baselga no quiso permanecer por más tiempo allí sirviendo de blanco a
los insultos del viejo.
Lentamente se encaminó a la puerta, y al llegar a ésta, dijo a don
Ricardo con voz firme y tranquila:
--Hace usted mal en oponerse a nuestra felicidad. María y yo nos amamos,
y toda la oposición de usted no logrará hacer que nos olvidemos. Podía
usted ser feliz teniendo a su lado dos hijos cariñosos, y se empeña en
labrar su soledad y su desgracia. No alcanzará usted nada, pues yo le
aseguro que, por mi parte, jamás desistiré de ser esposo de María.
--¡Ah! Fatuo, ridículo--exclamó Avellaneda.
Pero no pudo decir más en vista de que Baselga había desaparecido,
oyéndose al poco rato un fuerte portazo en la escalera.
Padre e hija permanecieron mucho tiempo en un silencio embarazoso.
Avellaneda fué el primero en hablar, y con voz cariñosa y tranquila,
como si no hubiese ocurrido momentos antes el más leve incidente, dijo a
su hija:
--Ya has oído que ese hombre asegura que tú le amas. ¿Es verdad, hija
mía?
María dudó en contestar; pero por fin, con el aspecto de una niña
vergonzosa que se ve interrogada por su maestra y con la voz conmovida
por los sollozos, contestó:
--Sí, señor; le amo.
--No me parece mal la franqueza. Pero al menos harás caso de los
consejos de tu padre y olvidarás a ese hombre que te quiere por tu
dinero. ¿Olvidarás a ese hombre, hija mía?
Esta vez no tardó María en dar su contestación. Cesó de llorar, secóse
los ojos con sus manos y, fijando en su padre unos ojos en que se
retrataba una energía salvaje, por lo inquebrantable, dijo
resueltamente:
--No, señor; jamás le olvidaré.
Tomasa, que comprendiendo lo que allí se trataba, andaba husmeando cerca
de la puerta de la habitación, oyó un fuerte golpe que conmovió
sordamente el pavimento.
Cuando la fiel doméstica entró en la habitación vió a don Ricardo
tendido a los pies de su butaca, convulso, con la vista extraviada,
rugiendo sordamente de dolor y arañándose el pecho encima del corazón.
María le contemplaba con asombro, y completamente aturdida no sabía qué
hacer ni dónde dirigirse.