Púsose en campaña el señor García para averiguar todo lo referente a los
amores de Baselga con María, y comenzó por sonsacar diestramente a todos
cuantos servían en casa del señor Avellaneda.
El examen de los dos amantes lo dejó para después. Si es que éstos
querían espontanearse con él, siempre tendría ocasión para enterarse de
sus secretos.
Las dos criadas francesas fueron las que primeramente abordó el señor
García, en la confianza de que una de ellas, que al decir del padre
Fabián, estaba en relaciones con un individuo de la Orden, le
proporcionaría las noticias que él necesitaba.
Nada de nuevo supo el señor García, pues las revelaciones en nada se
diferenciaron de lo que ya había manifestado el superior de los
jesuítas: que la señorita y el conde se entendían, que todas las noches
cambiaban una cartita en la antesala, que parecían estar muy
enamorados...; he aquí todo.
El señor García se convenció de que por aquella parte no podría adquirir
más noticias, y adoptó la resolución de dirigirse directamente a Tomasa,
pues sospechaba que ésta forzosamente había de saber mucho de lo que
ocurría entre su señorita y el conde.
Al principio de su conversación con la aragonesa, la encontró muy
reservada; pero sus dulces palabras hicieron mella en su tosca
inteligencia, y al fin Tomasa dudó, acabando por decidirse a revelar a
su viejo amigo todo cuanto sabía.
¿Por qué no había de enterarse el señor García de los amores de la
señorita? ¿Aquel viejo no era una buena persona que amaba a María casi
tanto como ella? No había allí nada malo, y además, el santo varón podía
prestar un buen servicio a Baselga sirviendo de intermediario a éste, ya
que pensaba pedir al padre cuanto antes la mano de María.
Ella no era egoísta en aquella ocasión, ni quería atribuirse a su
persona el mérito exclusivo del casamiento; así es que charló por los
codos, revelando al viejo todo cuanto sabía, y rogándole que procurase
hacer todo lo posible para que el señor consintiese el matrimonio de
aquella pareja tan enamorada, que, según la expresión de Tomasa, se
comía con los ojos.
El señor García, oyendo a la criada, se convenció de que, efectivamente,
era un imbécil, tal como le decía el padre Fabián. Cuatro meses tenían
ya de existencia aquellos amores, sin que él se apercibiera, por sí
mismo de nada, y Baselga llevaba sus asuntos tan apresuradamente, que un
día de aquéllos, tal vez mañana, pensaba pedir al señor Avellaneda la
mano de su hija.
El viejo devoto estaba asombrado. ¡Diablo! Aquel conde, a pesar de su
aspecto de soldado algo rudo, sabía hacer las cosas bien y despistar aun
a los más allegados. Con justicia figuraba en la Compañía de Jesús.
Propúsose García impedir el rápido desarrollo de aquellos amores y
comenzó por exigir a Tomasa el más absoluto secreto de cuanto habían
hablado.
--Que no sepan el conde ni la señorita--decía el viejo con la más amable
de sus sonrisas--que tú me has revelado el secreto de sus amores. Si
ellos ignoran que nosotros nos entendemos, las cosas marcharán mejor, y
yo podré con más facilidad conseguir el consentimiento de don Ricardo.
Hay que proteger a ese par de enamorados. ¡Con que la señorita ya no
quiere ser monja y piensa en casarse!... ¡Vaya!, estas niñas del día son
el mismo demonio....
Y el vejete sonreía tan bondadosamente, que Tomasa se sentía dominada
por aquel hombre tan amable y simpático, acabando por prometerle que no
diría una palabra de todo lo tratado entre los dos.
En la tertulia de aquella noche el señor García ejerció un espionaje
digno de acreditarle como hombre astuto y reservado.
Afectando entregarse a ratos a absorbente meditación o sosteniendo
discusiones sin objeto con el señor Avellaneda, espiaba a María y
Baselga, que estaban sentados junto a una ventana del comedor, logrando
sorprender rápidas miradas y otros signos de amorosa inteligencia que
hasta entonces le habían pasado desapercibidos.
El viejo estaba irritado por su torpeza, y la rabia que le producía no
haber adivinado aquella pasión que se desarrollaba en su presencia la
hacía caer sobre los dos amantes que, sin darse cuenta de ello, se
habían burlado de él ocultando tan maestramente su afecto. El señor
García odiaba a aquella pareja como si se tratara de tremendos enemigos,
y tenía cierto placer en pensar que desbarataría su felicidad aunque
tuviera que apelar a los medios más extremos.
Cuando llegó la hora de retirarse y el conde, seguido del viejo, salió
de la casa con dirección a la calle de los Santos Padres, ninguno de los
dos hombres pronunció la menor palabra. Caminaban silenciosos, como
abstraídos en sus pensamientos.
De vez en cuando Baselga miraba rápidamente a su acompañante, siempre
cabizbajo, y en sus ojos se notaba la expresión interrogante del que
duda en confiar un secreto importante.
Habían entrado ya los dos en la habitación del primer piso, y el señor
García, con la palmatoria en la mano, se disponía a subir a su
buhardilla después de desear al conde muy buena noche, cuando éste le
detuvo con un ademán, y dijo con acento que intentaba hacer indiferente:
--Si usted no tuviera mucha prisa en subir a su cuarto, hablaríamos un
poco.
--Como usted guste, señor conde. Yo siempre estoy a sus órdenes. Diga
usted, que ya le escucho.
Y el vejete, dejando su palmatoria sobre una mesa, se sentó sonriendo
amablemente.
Reinó un largo silencio. Ninguno de los dos hombres deseaba ser el
primero en hablar; Baselga tenía miedo de exponer su pensamiento y el
señor García no tenía prisa y aguardaba pacientemente a que el otro
dijera lo que él ya sabía.
Por fin el conde rompió el silencio.
--¿No me dijo usted una vez que María quería ser monja?
--Sí, señor. Esa es su vocación.
--¿Y cuándo entra en el convento?
--No se ha fijado aún la fecha, pero ello será más pronto o más tarde.
--¿Y está usted seguro de que a ella le gusta la vida del convento?
--¡Oh!--exclamó el señor García por contestar algo--. Eso nadie lo puede
decir mejor que la interesada.
--¿Y no podría suceder que a María le gustase más ser como todas las
mujeres, casándose con un hombre a quien amase?
--Todo puede ser en este mundo--contestó el señor García, y miró a
Baselga con aire interrogante como animándole a que se franqueara más.
Pero el conde parecía arrepentido del sesgo que él mismo había dado a la
conversación, y se alarmó al considerar que había estado a punto de
hacer público su secreto.
No; el señor García no debía de saber nada. Más adelante, cuando el
padre hubiese dado su consentimiento y estuviera todo arreglado para la
boda, el viejo sabría lo ocurrido; pero ahora no convenía y su instinto
le hacía adivinar un peligro en el señor García.
Había que cortar aquella conversación iniciada por él y que comenzaba a
hacérsele pesada.
--¡Vaya, querido señor! Es ya muy tarde, usted madruga y estoy
imprudentemente quitándole lo mejor de su sueño. A descansar, que usted
tendrá para mañana mucho trabajo. ¿Irá usted por la tarde a casa del
señor Avellaneda?
El vejete no pudo por menos de hacer un guiño instintivo al oír aquella
pregunta. Ya comprendía él lo que aquello quería decir. El conde pensaba
sin duda ir al día siguiente a pedir a don Ricardo la mano de su hija.
--Iré, sí, señor. Tengo que arreglar con el señor Avellaneda las cuentas
de administración del pasado mes. Además, el pobre señor está, como ya
ha visto usted, con sus dolores, y no puede salir de casa, lo que le
tiene muy fastidiado. Desgraciadamente, yo sólo estaré con él hasta las
cuatro, pues tengo que despachar algunos asuntos urgentes al otro lado
de París.
Y luego añadió con ingenuidad asombrosa:
--Si usted no tiene mañana ocupaciones precisas podía ir a acompañarle
un rato. El pobre ¡lo agradecería tanto! Además, mil veces me ha dicho
que le gusta mucho discutir con usted, a pesar de que odia a los
carlistas.
El conde prometió que iría a acompañar al señor Avellaneda, y el vejete,
después de repetir sus ¡buenas noches!, comenzó a subir los noventa y
cuatro escalones que separaban su buhardilla del primer piso.
Cuando poco después el mugriento levitón quedaba colgado en la percha
junto a la cama y el señor García se quitaba los tirantes, mascullando
al mismo tiempo, por la fuerza de la costumbre, algunos padrenuestros al
ángel de la Guarda, cediendo a la necesidad de hablar alto, que algunas
veces le acometía, exclamó interrumpiendo sus palabras con nasales
risitas:
--Mañana será el trueno gordo. ¡Descuida, conde arruinado!, que cuando
tú vayas a hablar con don Ricardo, ya lo habré yo arreglado de modo que
te eche a puntapiés de su casa! ¡Pues no faltaba más sino que ese conde
hambriento viniera con sus manos lavadas a apoderarse de los quince
millones que tanto tiempo perseguimos! Ese dinero es de la Orden, que
cuenta ya con él, y el que intente ponerle la mano, que se prepare a
recibir nuestros rayos. ¡Buena se va a armar mañana! ¡Je, je, je!...