Pasaron muchos días antes de que María, reponiéndose de la impresión
experimentada, pudiera darse exacta cuenta de lo que la ocurría.
Fué en una tarde hermosa, risueña y de cielo despejado cuando vió por
primera vez a aquel hombre.
En el Luxemburgo se realizó el encuentro, y fué tan rara aquella
impresión, que a la joven le pareció que el paseo estaba transformado
por arte repentina y mágica.
Aquella tarde le acompañaba su padre en el paseo. Por una inesperada
rareza, el señor Avellaneda, que pasaba semanas enteras metido en su
casa, y que si salía era tan sólo para visitar la tumba de su esposa en
el cementerio del padre Lachaise, se empeñó en visitar su antiguo y
favorito paseo y acompañó a su hija en unión del señor García.
Aquellos tres seres, al entrar en el Luxemburgo, ofrecían el aspecto de
un extraño triángulo. El vértice era la juventud, la vida y la frescura,
representadas por María, que, a pesar de sus trajes obscuros, monjiles y
de horrible forma, estaba radiante de belleza, y detrás de ella, con
acompasado y tardío paso, marchaban las dos fases de la vejez: la
senectud risueña, sana y ágil del señor García, y la quebrantada,
enfermiza y macilenta de don Ricardo Avellaneda, que, a pesar de tener
menos edad, parecía mucho más viejo que su devoto amigo.
El encuentro se verificó en las inmediaciones del estanque.
María, que caminaba distraída, embebida en aquellos pensamientos
románticos que tenían su imaginación en perpetua ebullición, se fijó de
pronto en un hombre que estaba a la misma orilla del estanque, siguiendo
con mirada distraída el incesante rizado con que el vientecillo agitaba
la superficie del agua.
Nada tenía de extraño aquel hombre para llamar la atención, y, sin
embargo, María, desde que puso en él sus ojos, no logró apartarlos, sin
que pudiera explicarse el porqué de tal carencia de voluntad.
La joven, con el paso lento que le obligaban a guardar sus ancianos
acompañantes, iba acercándose al punto ocupado por aquel hombre que, por
estar casi de espaldas, no dejaba ver su rostro.
María seguía mirando con atención aquella figura gallarda y colosal, que
a no ser por su melena a la moda y su levita verde botella, hubiera
podido confundirse con la de una estatua clásica, y sin poder explicarse
el porqué, deseaba ardientemente que volviera el rostro para poder
apreciar si estaba en armonía con el cuerpo.
Ninguno de los "dandys" ni de los estudiantes melenudos que diariamente
concurrían al paseo tenían el aire especial de aquel hombre a quien ella
veía por primera vez en el Luxemburgo.
Pocos instantes faltaban para llegar a la orilla del estanque y, sin
embargo. María se impacientaba por el paso tardo de sus acompañantes,
que de vez en cuando se detenían para dar más firmeza a sus palabras con
expresivos braceos. Un interés tan repentino por conocer a aquel hombre
era propio de una joven nerviosa, caprichosa y muy dada a curiosear, sin
duda por la vida casi monástica que observaba forzosamente.
Estaba ya la joven como a cincuenta pasos del desconocido, cuando cruzó
el espacio que se extendía entre ambos un muchacho elegantemente vestido
y de piernas vacilantes que, sonriendo como un pillete que hace una de
las suyas, huía de la niñera que venía corriendo algo lejos, queriendo
remediar con una exagerada solicitud un anterior descuido.
De pronto el niño vaciló en su impetuosa carrera, y... ¡cataplún!, cayó
como una pelota, siendo acompañado en su caída por los gritos que
lanzaron algunas personas sentadas en los inmediatos bancos.
María, por involuntario impulso, corrió a levantar del suelo a aquel
audaz pequeñuelo que, con la cara sobre la arena, vociferaba y pataleaba
desaforadamente; pero cuando ya se inclinaba para coger al niño, unos
brazos robustos agarraron a éste levantándolo del suelo con la misma
facilidad que un elefante levantaría una nuez.
Cuando María volvió a erguirse vió frente a sí al hombre que tanto le
había interesado y que, con el niño en brazos, se entretenía en
limpiarle con su pañuelo las lágrimas y el polvo, dándole de vez en
cuando un beso para que callara.
La joven no se ocupó del niño y fijó su atención en el hombre, que, en
cambio, parecía preocuparse más del muchacho que de la señorita que
tenía delante.
Creyó María del caso decir algunas palabras de consuelo al niño, y
preguntó al hombre si le conocía, pero vió con sorpresa que éste hacía
esfuerzos como para entenderla, y al fin, en un francés ininteligible, y
haciendo inauditos esfuerzos, contestó negativamente, diciendo que era
extranjero y que le veía por primera vez.
En esto, nuevos individuos se unieron al grupo. Era la niñera, que por
una parte llegaba jadeante y sofocada, y que tomó apresuradamente el
niño en sus brazos, y por otra los dos viejos acompañantes de María.
Aquel hombre, al ver al señor García, sonrió placenteramente y se llevó
la mano al sombrero para saludar a don Ricardo.
--¿Usted por aquí, señor conde?--exclamó el viejo devoto--. No creía
encontrarle en el paseo. Me imaginaba que usted estaría al otro lado del
Sena, en el café donde acuden sus compañeros de armas.
María, al oír llamar señor conde al desconocido, que le hablaban en
español y que le conocía su preceptor, pensó en las novelas que
continuamente leía, y tuvo cierta satisfacción en ver que muchas veces
pasa en la vida lo misma que en los libros.
--Señores--continuó el vejete con aire oficioso--: celebro haber
encontrado una ocasión para que ustedes se conozcan mutuamente. Don
Ricardo, este señor es el mismo de quien he hablado a usted varias
veces: el señor conde de Baselga, coronel del ejército carlista, héroe
de la pasada guerra, que ha tenido que emigrar. Vive en mi misma casa.
Avellaneda saludó con toda la amabilidad que le permitía su extraño
carácter, y el señor García continuó:
--Señor conde, aquí se encuentra usted entre compatriotas y frente a un
emigrado de diversa clase. Este señor es don Ricardo Avellaneda, ex
secretario español del rey José, y esta señorita, su hija María.
La presentación estaba hecha en toda regla y Baselga contestó a ella con
un marcial saludo que produjo en María una simpática sonrisa.
¿Conque aquél era el español emigrado que habitaba en la misma casa que
el señor García? Nunca se lo había imaginado así la joven.
Su preceptor hacía más de un mes que le hablaba del conde de Baselga,
pero como decía que su edad pasaba de cuarenta años, que cojeaba, que
estaba muy desfigurado por las fatigas de la campaña, que tenía una hija
en España que casi era casadera, y que a pesar de ser militar se
mostraba muy temeroso de Dios y aficionado a las prácticas del culto.
María se imaginaba que el tal conde era una especie de señor García,
aunque acostumbrada a llevar uniforme, y tan fanático, rancio y
empalagoso como éste.
¡Cuán grande era ahora su sorpresa al encontrarse con aquel hombre que,
aunque no era un jovencito, atraía por su varonil hermosura, su mirada
franca y algo fiera y su tipo caballeresco!
María, fijándose con infantil atención, especialmente en el bigote a la
borgoñona y la perilla romántica de Baselga, recordaba a los héroes de
capa y espada de las novelas de Dumas, entonces tan en boga, y
comprendía que a una joven hermosa y apasionada (ella, por ejemplo) no
le viniera mal ser cortejada por un hombre que parecía el símbolo de la
fuerza y de la hidalguía.
La presentación sólo interrumpió el paseo breves instantes y el
primitivo triángulo se deshizo, marchando ahora en fila los cuatro:
María, silenciosa, y los tres hombres, hablando con cierto calor.
Al señor Avellaneda no le hacía mucha gracia tratar con un emigrado
carlista; pero ya había transigido con ser amigo de un devoto santurrón
como el señor García, y más simpatía le inspiraba aquel conde que
procedía y hablaba con esa noble y natural franqueza propia del militar
español.
Además, aquella tarde don Ricardo se mostraba más expansivo y hablador
que de costumbre, y cuando tal sucedía se agarraba con ansia al primero
que encontraba más cerca para molerlo a preguntas, que se repetían sin
aguardar contestación y exponer sus peregrinas teorías, que algunas
veces hacían dudar de la solidez de su cerebro.
El tema de su conversación, siempre que se encontraba locuaz, era
regularmente los asuntos políticos de España.
Baselga, que era también algo hablador, especialmente desde que se
encontraba en París, donde pasaba muchas horas sin más compañía que las
paredes de su cuarto, entró de lleno en la conversación, y obedeciendo
las indicaciones de su compatriota, expuso lo mejor que pudo su
criterio sobre la política española.
Avellaneda no estaba conforme con él. ¡Qué había de estar! El era muy
liberal, sí, señor, y por lo mismo que lo era se había ido en 1808 con
los franceses, que llevaban a España el espíritu democrático y
regenerador de la Revolución; pero ahora estaba ya desengañado y creía
que la libertad era buena para todos los pueblos menos para el suyo.
--¡Ah, los españoles!--exclamaba mirando a Baselga con aire de
superioridad--. Créame usted a mí, somos mala gente, ralea de perdidos y
de vagos incapaces de ser hombres, y que sólo estamos bien cuando
tenemos un amo, que después de robarnos nos sacude buenos garrotazos.
Aquel país está perdido, y por eso no quiero volver a él. Allí sólo
tiene razón de ser el Gobierno de las coronas; allí sólo se cree la
gente feliz cuando obedece a un canalla que lleva corona de oro o cuando
aprende a ser imbécil oyendo los sermones de un granuja que ostenta
corona eclesiástica en el cogote. España está dada a todos los diablos.
Los españoles somos una horda de hijos de fraile, y aunque Dios se
empeñara, nunca llegaríamos a ser un pueblo. ¡Si al menos la degollina
de frailes de 1834 se repitiera cada año!
El conde absolutista oía con extrañeza tan terribles palabras, dichas
con una sencillez abrumadora, y el señor García subrayaba la mayor parte
de aquellas frases con su risita de conejo y alguno que otro guiño que
hacía a su amigo como indicándole que no hiciera gran caso de las
expresiones de Avellaneda.
María se aburría lindamente oyendo por centésima vez aquellas teorías de
su padre, que no entendía ni le importaban gran cosa.
Lo que a ella no le parecía muy bien es que Baselga se mostrara
preocupado por la conversación hasta el punto de olvidarse de que junto
a él iba una señorita joven y no mal parecida, y que cumpliendo su deber
de caballero bien educado, había de dirigirla alguna galantería y
desvanecer con amable conversación el fastidio de aquel monótono paseo.
Por desgracia, el conde no parecía hacerla gran caso, y la conducta que
observaba con ella no pasaba de una respetuosa galantería.
La joven no causaba gran mella en el ánimo de Baselga.
La única impresión que la presencia de María despertó en su ánimo, fué
que dentro de poco tiempo tendría casi su mismo aspecto la hija de
Pepita, aquella niña que a los ojos de la sociedad pasaba por suya y
que estaba acabando su educación en un convento de Madrid.
Aquella tarde fué tan corta como todas las del invierno. Al debilitarse
la luz del sol, comenzó el vientecillo a ser helado en demasía, y la
gente, cubriéndose con los abrigos que llevaba al brazo, comenzó a
abandonar el paseo al mismo tiempo que el tambor de la guardia del
Luxemburgo, con marciales redobles, anunciaba en las frondosas alamedas
que las verjas del paseo iban a cerrarse.
Aquel grupo que conversaba con esa fraternal intimidad de los
compatriotas que se encuentran en extraño suelo, se dirigió a una de las
salidas del paseo y entró en la rue Vaugirard, con dirección a la de
Ferou, donde habitaba Avellaneda.
La acera era estrecha, no permitiendo el paso de frente más que a dos
personas, y era peligroso andar por el arroyo, pues los faroles no
estaban aún encendidos y había gran movimiento de coches.
Avellaneda se agarró a su viejo y devoto amigo, y Baselga, con aquella
galantería caballeresca que en su juventud tan buena acogida le había
valido en los salones de Palacio, ofreció su brazo a María, que marchaba
delante.
¡Qué sensación tan profunda la que experimentó la joven! ¡Con qué
arrollador impulso afluyó un torrente de sangre a su corazón! ¡Cómo se
colorearon después sus mejillas!
Era la primera vez que se apoyaba en un brazo varonil que no era el de
su padre, y en los primeros instantes tembló nerviosamente como si
estuviera cometiendo una grave falta.
La tranquilidad de don Ricardo, que iba detrás hablando de su eterno
tema y echando pestes sobre España y los españoles, le devolvió la calma
e hizo que fijara toda su atención en lo que le decía Baselga con cierto
tonillo paternal propio de un hombre maduro que se dirige a una niña.
El conde la preguntaba cosas indiferentes, sin duda para no caminar
silencioso y con gravedad ridícula. No le importaba gran cosa lo que
María pudiera hacer, ni si le gustaba mucho París, ni menos si deseaba
volver a España; pero Baselga, para pasar el tiempo, juzgaba
indispensable hacerla tales preguntas, a las que la joven contestaba con
palabras entrecortadas y con voz temblorosa.
Aquellas timideces de la niña hicieron que el conde fijara más en ella
la atención. Es difícil que un hombre se muestre indiferente sintiendo
sobre su brazo el contacto de otro mórbido y femenil y teniendo a poca
distancia de sus ojos una cabeza de perfil artístico e interesante, y
esto fué lo que sucedió a Baselga, quien, contemplando fijamente a María
a la dudosa luz del crepúsculo, la encontró muy hermosa y digna de
que... él no, sino un tenorio de veinte años, hiciera por ella toda
clase de locuras.
María, a pesar de su inexperiencia, guiada por ese instinto natural en
toda mujer, adivinaba lo que pensaba su acompañante contemplándola y se
ruborizaba, sintiendo al mismo tiempo que el corazón le saltaba en el
pecho con la febril agitación de un pájaro en la jaula.
Baselga, para ocultar su naciente curiosidad, hacía las preguntas en un
tono jocoso, y cada vez se mostraba más interesado en conocer los
secretos de la niña.
María se alarmaba con aquel cariñoso interrogatorio. Había deseado
hablar con aquel hombre, y ahora tenía miedo de continuar la
conversación, aunque este temor no estaba exento de placer.
El pudor de María, aquellas preocupaciones de niña algo gazmoña y
apegada a las prácticas monjiles se sublevaban ante las galanterías
mundanas del antiguo palaciego. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué era aquello que le
preguntaba? ¿Qué si tenía novio?
--No, señor conde, no. Yo no pienso en esas cosas. Soy muy joven, y
además...
Aquí se detuvo María. Tenía reparo en decir a Baselga que el señor
García, contando con su seguro consentimiento, pensaba hacerla monja.
Esta era la verdad; pero ella..., ¡vamos!, no lo decía, aunque la
mataran. No era caso de que aquel hombre tan simpático, tan hermoso, que
cojeaba tan graciosamente y que tenía el aspecto romántico de un héroe
de leyenda, creyéndola dominada por el puro amor a Dios y las aficiones
a la vida monástica, fuera a dejar de cortejarla, considerándola en
adelante como una santurrona, amiga de tratar únicamente con gentes de
sotana. Ella sería monja, porque así se lo había prometido a la Virgen y
al señor García; pero antes, no le venía mal saber cómo era aquello que
llamaban amor y qué placer causaba escuchar los juramentos de eterno
cariño de un hombre acostumbrado a las furiosas cargas de Caballería y
andar a cuchilladas a cada momento.
Baselga sólo supo que la niña no tenía novio, pero ignoró el "además"
que María dejó en suspenso.
Cuando iba a preguntarla nuevamente el porqué de aquella causa para no
amar, llegaron a la puerta de la casa que habitaba Avellaneda, y la
pareja tuvo que deshacerse, entrando entonces, entre don Ricardo y el
conde, la parte de ofrecimientos de habitación, apretones de mano e
invitaciones de subir a descansar, cortésmente rehusadas.
--Ya lo sabe usted, señor conde. Aquí es su casa, y crea que este
ofrecimiento es sincero. El señor García me conoce bien y sabe la
franqueza con que procedo, además de que, entre compatriotas, debe
existir verdadera fraternidad. Apreciaré que usted venga a menudo a
visitarnos y que sea para nosotros tan íntimo como su viejo amigo. Venga
usted cuando quiera; especialmente por la noche, y al calor de la estufa
echaremos algún parrafillo sobre las cosas de España. Yo, si no me da el
maldito dolor de gota, suelo ser muy tratable, y cuando estoy enfermo,
siempre quedan en el comedor la niña, el señor García y Tomasa, una
aragonesa bestia y fiel como la primera. Vaya, señor conde, ¡buenas
noches! Ya sabe usted dónde encontrará siempre amigos, una taza de café
y un rato de conversación.
Baselga contestó a la charla de Avellaneda, prometiendo que al día
siguiente, por la noche, iría a visitar a sus nuevos amigos, y después
de oprimir con alguna expresión la temblorosa mano de María, saludó a
don Ricardo y al señor García, que, como de costumbre, se quedaba allí a
comer, y fué a hacer lo mismo en su restaurante de la plaza de
Saint-Michel.
Aquella noche durmió María con una dulce tranquilidad.
Algo tuvo que luchar para que el sueño se posara sobre sus ojos, pues la
imaginación andaba como gato suelto por el interior de su cabecita,
trastornándolo todo y despertando a zarpadas los más absurdos
pensamientos.
La joven gozó largamente en pasar revista a todos los sucesos de la
tarde. Pensó detenidamente en aquella perilla romántica, en los bucles
de la negra cabellera, en el pantalón gris perla y la levita verde, y
experimentó un regular disgusto al no poder recordar cuántos botones
tenía ésta sobre el pecho.
Cuando el sueño comenzó a entonar sus ojos, apareció en pie, junto a la
cabecera de la cama, aquella fantástica figura de paladín novelesco,
creada por su imaginación al calor de las poéticas lecturas.
Pero aquella figura no tenía vagos contornos ni facciones indeterminadas
como antes, pues su rostro era, en aquella noche, el mismo de Baselga;
el cual, procediendo como un redomado pícaro, se había introducido sin
más preámbulos en el corazón de la niña, tomando posesión de él como
dueño y señor.