¿Qué había sido del conde de Baselga después del día en que su
matrimonio terminó de un modo tan inesperado y trágico?
Por consejo del padre Claudio, dióse de baja en la Guardia Real y fué a
vivir en un rincón de Castilla, en aquel caserón señorial donde se
habían deslizado los primeros años de su infancia y del cual apenas si
se acordaba.
El complaciente superior del jesuitismo en España era para Baselga una
especie de ángel bueno que velaba por él, y de aquí que atendiera todas
sus indicaciones para cumplirlas con la sumisión inconsciente de un
autómata.
Enterrado en aquel lugarejo, donde había nacido, Baselga vivía alejado
del mundo, y si alguna vez sabía algo de la que ocurría en la corte, era
por conducto del padre Claudio, que le escribía todos los meses, dándole
muy buenos consejos y excitándole a la oración, exhortaciones que no
hacían gran mella en su ánimo.
Su hija estaba en un convento de Madrid, y el buen jesuíta velaba por
ella con tanto interés como administraba la mediana fortuna de la
difunta Pepita Carrillo, cuyas rentas dividía anualmente en dos mitades.
La más insignificante se dedicaba al mantenimiento de Baselga, que
mensualmente recibía una cantidad que, unida al sueldo de comandante de
cuartel que percibía, permitíale llevar una existencia de potentado en
aquel mísero lugarejo, y la parte mayor y más cuantiosa se la embolsaba
el padre Claudio por los gastos de administración y educación de la
niña, verdadera dueña de aquellos bienes.
Baselga era casi feliz en su nueva habitación. Cazaba la mayor parte del
día, por las noches echaba largos párrafos con el cura del lugar, más
ignorante que él pues le reconocía gran superioridad intelectual y
trataba a palos a los labriegos siempre que estaba de mal humor, ni más
ni menos que si se encontrase en plena Edad Media y todavía fuesen un
derecho los abusos feudales.
Algunas veces aquella tranquilidad que le proporcionaba la vida
campestre desaparecía, pues los recuerdos del pasado venían a remover
los vestigios de ambición que todavía quedaban adormecidos en su
pensamiento.
El conde recordaba su feliz mocedad, cuando soñaba en llegar a general y
adquirir gran renombre y cuando se creía próximo a realizar sus
ilusiones, y al verse ahora postergado, solo, sin otro apoyo que el de
los jesuítas y en lo mejor de su edad, casi en la misma situación de un
veterano inservible, sentíase dominado por tremenda melancolía, y
maldecía la memoria de la mujer que de tal modo había truncado su
porvenir.
En aquella continua soledad, y rompiendo el obstáculo de una tenaz
monotonía, el recuerdo de tres seres surgía en su memoria causándole
diversos y encontrados sentimientos.
Pepita aparecía algunas veces en su imaginación, hermosa, atrayente y
seductora, y su recuerdo producía en Baselga el despertar de adormecidos
deseos, y el que resucitase aquella pasión que por tanto tiempo le había
dominado.
El conde amaba todavía a su esposa, y si en algunas ocasiones maldecía
su memoria, eran más las que se abismaba con placer en los recuerdos del
pasado, y saboreaba su perdida felicidad.
La niña, aquel pequeño ser inocente que a los ojos de la sociedad pasaba
por su hija, excitaba también algunas veces sus recuerdos; pero hay que
confesar, en favor de los sentimientos de Baselga, que la pequeñuela, a
pesar de su odioso nacimiento, no lograba inspirar al vengativo conde
otra impresión que una tranquila indiferencia. No así el otro ser que
continuamente ocupaba su pensamiento, y que era el mismo rey don
Fernando, tipo odioso para el conde y que merecía toda la furia de su
rencor.
Cada vez que Baselga pensaba en su soberano sentía que la sangre se
agolpaba en su cerebro y crispaba las manos como disponiéndose a
estrangularlo, cual si lo tuviera en su presencia.
Pensando en el rey se arrepentía de haber obedecido a su estimado padre
Claudio, absteniéndose de dar un escándalo y tomar tremenda venganza;
pero ya que en el momento le era imposible dar rienda suelta a su furor,
proponíase tomar la revancha así que se le presentara ocasión no sólo
contra el amante de su esposa, sino contra sus descendientes, si es que
llegaba a tenerlos.
Así transcurrieron algunos años sin que el olvido que lleva consigo el
tiempo lograra borrar de la memoria de Baselga tan tristes y tenaces
recuerdos.
El primer día de cada año y el de su santo recibía el conde dos cartas
de felicitación escritas por su hija, con un estilo dulzón y afectado,
que delataban la carencia de espontaneidad y daban a entender que la
educanda copiaba lo dictado por la superiora del convento.
Aquellas cartas no proporcionaban a Baselga ningún consuelo, y después
de leerlas las arrojaba con indiferencia, dedicándose de nuevo a su vida
monótona y despojada de todo sentimiento que no fuese el de venganza.
Aquella vida uniforme en un hombre nacido para la agitación y la lucha,
en vez de debilitar el recuerdo de sus desgracias, sólo servía para
excitar más en él las memorias del pasado y sumirle en una feroz
melancolía.
Cuando llegó a aquel lugarejo de Castilla la noticia de la muerte de
Fernando VII, Baselga sintió una impresión semejante a la de aquel a
quien roban una cosa que considera próxima a adquirir.
Acariciaba la esperanza de que algún día la casualidad le pondría en
camino de vengarse por su propia mano del hombre que le había
deshonrado. El no sabía cómo podría realizarse tal milagro, pero tenía
la certeza de éste, y por ello experimentó una tremenda decepción cuando
supo que la muerte acababa de robarle su presa.
No tardaron en sobrevenir con gran rapidez nuevos acontecimientos.
Pocos días después de la muerte del rey recibió una abultada carta del
padre Claudio, en la cual hacía éste un llamamiento a su amistad.
Los partidarios del infante don Carlos defendían con las armas en la
mano, en las provincias del Norte, la causa de la iglesia.
La esposa y la hija de Fernando VII parecían decidirse en favor de la
libertad, y usurpaban los "sagrados derechos" de Carlos V. Era preciso
que todos los soldados de Cristo, todos los militares que fuesen fieles
guardadores de su honor y amantes de la legitimidad monárquica,
acudiesen en auxilio del desgraciado infante, que andaba errante y
proscripto por países extranjeros.
Además, la Orden (esto lo repetía vanas veces en su carta el padre
Claudio) exigía a todos sus amigos que tomasen parte en aquella campaña,
que era en favor de Dios y de la religión.
No necesitaba de tantas excitaciones el conde de Baselga. Bastaba que el
padre Claudio le mandase una cosa, sin explicación de ninguna clase,
para que él la cumpliera inmediatamente, y además, la nueva guerra le
proporcionaba ocasión para hacer daño a los descendientes del hombre que
tanto había aborrecido.
Baselga transformóse repentinamente y volvió a ser el soldado audaz y
ambicioso de otros tiempos.
La gloria militar apareció otra vez radiante y magnífica en su
imaginación, y corrió a donde le empujaban sus pasiones y el mandato de
aquella Institución a la que estaba íntimamente unido.
El padre Claudio había recomendado bien a su protegido y éste mereció en
las filas carlistas un agradable recibimiento.
Zumalacárregui le dió el mando del primer escuadrón de Caballería que
pudo organizar, y Baselga, procediendo unas veces como buen soldado y
otras como un loco de fortuna, fué adquiriendo renombre entre los suyos
y llegó a ser considerado como el coronel más valiente del ejército
carlista.
Eterno adorador de la monarquía absoluta y de los reyes de derecho
divino, profesó tanta veneración a don Carlos como odio había sentido
contra su hermano, y al ajustarse el Convenio de Vergara, fué de los que
no quisieron ceder y aconsejaron al Pretendiente la resistencia a todo
trance; pero en vista de que éste no quiso acceder a sus belicosos
deseos, se conformó a pasar por vencido, y trasmontando la frontera,
entró en Francia en compañía de su desalentado soberano.
Seis años de continuo guerrear no le habían proporcionado otra cosa que
las efímeras satisfacciones producidas por algunas hazañas; pero, a
falta de la gloria soñada, aquella campaña había servido para amortiguar
la melancolía de otros tiempos y devolverle gran parte del buen humor,
la osadía y la satisfacción de sí propio, que tanto le distinguían
cuando era subteniente de la Guardia Real.
Al establecerse en París y trabar amistosa relación con el señor García,
en la forma que ya hemos visto, era el conde de Baselga un hombre,
aunque maduro, de agradable presencia.
La guerra había fortalecido su cuerpo de atleta, y al broncear sus
facciones, parecía haber petrificado, haciéndola inmodificable por el
tiempo, aquella hermosura varonil.
Su cojera (recuerdo eterno del 7 de julio), en vez de afear su figura,
contribuía a darla un aspecto más militar.
Baselga resultaba el tipo del soldado español, y con su marcial apostura
recordaba a los guerreros del siglo XVII, aquellos arcabuceros ceñudos,
atezados y fieros que formaban al frente de los tercios de Figueras y
Requesens.