Mentor y Telémaco

En el mes de enero de 1840, el invierno, por no perder su anual

costumbre y ser tenido como inconsecuente y caprichoso por los buenos

vecinos de París, hacía que éstos anduvieran por las calles soplándose

las manos o frotándose la nariz, so pena de sufrir graves deterioros en

partes tan integrantes de la belleza física.

Hacía un frío de dos mil demonios, según la elocuente expresión de la

criada del señor Avellaneda.

Cuando no soplaba un viento huracanado y punzante, caía una lluvia

torrencial con estrépito escandaloso; y si ambas explosiones de la ira

de la naturaleza cesaban de azotar la gran ciudad y parecía

restablecerse la calma en el espacio, comenzaba a descender desde los

plomizos celajes del cielo una inmensa sábana de nieve que se

enseñoreaba de todo: lo mismo de los tejados y sus aleros que del

pavimento de las calles, llegando a filtrarse al fondo de las cuevas por

los angostos respiraderos.

Los copos de nieve parecían un infinito enjambre de blancas moscas

deseosas de devorar la gran metrópoli, y los transeúntes mostrábanse

molestados por la picadura fría, pegajosa y espeluznante de aquellos

insectos de invierno.

Los parisienses sabían que cruzaba diariamente el espacio una cosa

llamada sol, pero hacía ya algunos meses que no aparecía sobre los

tejados de la gran ciudad, pues pasaba de largo, embozado en la densa

capa de nubes, y se hablaba de él con el mismo acento de incertidumbre

que si se tratara de un ser mitológico engendrado por la imaginación.

En una de aquellas mañanas que París despertaba al contacto de las

sábanas de nieve que cubrían su lecho, y cuando el reloj de San Germán

de los Prados daba las siete, el señor García, que parecía inalterable

por los años y que conservaba su eterno aspecto humilde, bondadoso y

sonriente, desperezóse en su pobre cama allá arriba en el último piso

de una casucha de la calle de los Santos Padres, y después de algunas

vacilaciones, se decidió a abandonar el camastro.

Se vistió y lavó con gran detenimiento; después de haberse persignado

devotamente, tomando agua bendita de una pililla que tenía a la

cabecera, le rezó tres padrenuestros a una estampa de Jesús que adornaba

su cuarto y que era una obra maestra del arte religioso, pues

representaba al Hijo de Dios, acicalado y rizado como si saliese de una

peluquería y en actitud como de desabrocharse el chaleco para mostrar su

corazón flamante, de color de hígado fresco, y así que terminó la

oración, sacó de un armario un panecillo y una pastilla de chocolate,

que comió junto a la ventana, estremeciéndose de frío, pues por las

rendijas de la vieja vidriera se filtraba el helado resuello del

invierno.

Cuando el anciano terminó de masticar el desayuno y se hubo convencido

de que no quedaba sobre su raído traje la más leve migaja, púsose una

larga hopalanda, que tenía mucho de sotana, y el viejo sombrero, cuya

figura se confundía en la memoria de María con los primeros recuerdos de

la niñez. Después, salió a la calle, llevando bajo el brazo un paraguas

rojo.

El señor García, a pesar de sus años, andaba con cierta viveza juvenil y

evitaba que sus gruesos zapatos claveteados resbalasen sobre la nieve de

las aceras, próxima a solidificarse.

Atravesó el barrio de San Germán y el de San Sulpicio, pasó por la

desembocadura de la rue Ferou, dirigiendo una mirada distraída a la casa

del señor Avellaneda, y llegó a la larga calle Vaugirard, deteniéndose a

poco menos de su mitad junto a la puerta de una negruzca y larga tapia,

sobre la cual y a alguna profundidad, veíase el cuerpo superior de un

pequeño palacio construído con arreglo a la arquitectura frívola y

seductora del pasado siglo; pero al cual, la furia destructora del

tiempo había dado un aspecto vetusto. Los apuntados tejados de pizarra

habían perdido su primitiva brillantez: los moldeados tragaluces de las

buhardillas estaban algo destrozados por la lluvia y la nieve, y en los

huecos de las molduras que adornaban los muros, así como en las

hornacinas, que en otro tiempo debieron de contener estatuas, crecían

verdes cabelleras de plantas silvestres, que el viento agitaba

acompasadamente.

Aquel edificio, aunque viejo, de perfiles seductores, asomando su faz

sobre una tapia negruzca, y que por tener sobre la puerta una gran cruz

de madera parecía la cerca de un cementerio del campo, causaba el mismo

efecto que un puñado de rosas marchitas puestas en las vacías cuencas de

una calavera.

El señor García tiró rudamente de una cadenilla que pendía junto a la

puerta, y allá dentro sonó el repiqueteo de una campana. Le abrió un

viejo de aspecto igual al suyo, y el señor García, contestando con una

inclinación de cabeza al saludo que le dirigió el fámulo, atravesó el

vasto patio existente entre la tapia y el edificio, y en el cual crecían

algunas plantas raquíticas alrededor de una fuentecilla que tenía en el

centro una imagen de la Virgen, cubierta de moho verde, así como la

parte exterior de la taza de mármol.

El vejete, subiendo algunos peldaños, penetró en el piso bajo, atravesó

algunas antesalas, contestando con genuflexiones a los saludos que le

dirigieron varios curas que estaban sentados esperando; entreabrió una

mampara negra, y por el resquicio pasó parte de la cabeza, preguntando

con humildad si se podía pasar.

--¡Entrad! Adelante, querido hermano--contestó una voz varonil.

El señor García entró en aquella pieza, que era un vasto despacho, casi

igual al del padre Claudio en Madrid, sin que faltasen los colosales

estantes repletos de legajos y carpetas rotuladas.

Sentado en un gran sillón, juntó al hueco de una ventana, estaba el

padre Fabián Renard, superior de los jesuítas de Francia, o más bien

dicho, vicario en dicha nación del general de la Compañía, que residía

en Roma.

El estar el buen padre encogido en su asiento, no impedía que fuese

apreciada su estatura y robustez de granadero, completadas por una

cabezota rubicunda, de rostro granujiento, hinchado y velloso en

demasía. Unos ojillos vivos, audaces y escudriñadores, que brillaban con

cierto reflejo metálico bajo la espesa almohadilla de grasa que formaba

la frente, completaban el retrato físico de aquel hombre, que había

prestado grandes servicios a la Compañía, pero que en el registro

secreto que para su uso especial llevaba el general de la Orden, estaba

anotado del modo siguiente:

"_Fabián Renard._--Perfecto instrumento de la Orden. Ha hecho

buenos negocios. Buen jefe de pelea, mal director. Vivo y

arrebatado de sobra. Falta de constancia, de paciencia y de

cautela. Prefiere el valor y la audacia a la astucia. Ha sido

soldado. Quisiera arreglar las cosas más difíciles en media hora.

¡Es un verdadero francés!"

El padre Renard era uno de tantos aventureros que sin otra guía que la

audacia ruedan de un punto a otro, agitados por la ambición, sin ninguna

idea fija, y dispuestos a venderse lo mismo a Dios que al diablo.

En su juventud había pertenecido al ejército de Napoleón, y fué soldado

porque entonces estaba en moda serlo, y las armas eran el único medio

para hacer carrera.

Se batió con valor y ascendió lentamente hasta capitán, pero llegó la

restauración de los Borbones con todas sus inevitables consecuencias. La

Iglesia volvió a dominar, los curas fueron los héroes de la situación, y

el joven capitán entró en la Compañía de Jesús, donde se hizo más

justicia a sus facultades de hombre audaz y de ancha conciencia,

llegando, después de realizar varios "negocios" de importancia, a ser

encargado de la Orden en su patria.

Su carácter estaba descrito con tanta concisión como verdad en las

anotaciones del general, pues en la Compañía se estudiaba imparcialmente

la naturaleza moral de cada individuo y se archivaban después los

apuntes sin temor a equivocaciones.

No estaba solo el padre Fabián cuando entró en su despacho el señor

García.

Frente a él, y ocupando otro sillón, se encontraba un caballero vestido

con cierta marcial elegancia y cuyo rostro bronceado y varonil le

delataba como perteneciente a una raza meridional.

Este desconocido, al entrar el viejo, se levantó para saludarle, pero el

padre Fabián le empujó cariñosamente para que volviera a sentarse, y le

dijo en español, dificultosamente pronunciado:

--Sentaos, señor conde. Este señor es un amigo, un hermano de gran

confianza. Es don José García, hombre virtuoso y de gran religiosidad,

que en 1820 se vió obligado a huir de España, por no sufrir las

persecuciones de los malditos revolucionarios. Después, ha querido

volver a su patria, especialmente cuando en el 24 quedó restablecido el

orden y el respeto a la religión; pero asuntos muy graves y de gran

interés para la Compañía, le retienen aquí, y el buen hermano se

sacrifica. ¿No es así, señor García?

--Así es, reverendo padre--contestó el vejete, muy satisfecho del tono

amable y jovial con que le hablaba tan elevado personaje.

--Sentaos, señor García, sentaos. Justamente hace un momento os

recordaba y hablaba de vos al señor conde. A propósito: sabed que este

señor es un compatriota vuestro, el conde de Baselga, coronel de un

regimiento de caballería carlista, que no ha imitado a esos traidores,

que con Maroto se entregaron en Vergara, y que a vivir en la opulencia,

reconociendo a la ilegítima Isabel II, ha preferido seguir al verdadero

y desgraciado soberano Carlos V, pasando la frontera y viniendo a París

a sufrir las tristezas de la emigración. Es un héroe de la buena causa.

El señor García saludó con una sonrisa al héroe, y con una respetuosa

reverencia al conde, y después se sentó modestamente y a alguna

distancia de los dos personajes, como si quisiera demostrar que no era

de los que deseaban la supresión de castas.

--Yo--continuó diciendo el jesuíta francés, que entre sus defectos tenía

el de ser excesivamente charlatán cuando estaba entre los suyos--me

encuentro perfectamente cuando hablo con españoles. Conservo muy buenos

recuerdos de aquel país donde el cielo es eternamente azul y tan

hermosas son las mujeres. ¡Eh! ¿Qué es eso? ¿Torcéis el gesto, señor

García? Comprendo que a un santo, como vos lo sois, os causan mal efecto

estas palabras, pero... ¡qué queréis!, antes de sacerdote he sido

soldado y la sotana no borra nunca las huellas que dejan las costuras

del uniforme. Aquí está un bravo militar, que por el mero hecho de

serlo, sabrá dispensarme mejor mis faltas y comprenderá más bien mi

carácter.

Baselga sonreía encantado por la franqueza de aquel jesuíta, y

comparándolo con el simpático, pero misterioso padre Claudio, le

encontraba muy superior a éste.

--¡Qué tiempos aquéllos!--continuaba diciendo el padre Fabián--Aún veo

como si ocurriera en este instante, cuando yo era sargento en la columna

del general Hugo, el padre de ese coplero impío y revolucionario, que

tanto ruido mete ahora, y perseguíamos a aquel diabólico "Empecinado",

que tan pronto se nos desvanecía entre las manos, como nos atacaba

inesperadamente. Reconozco que los españoles no tienen rival en esas

guerras de montaña, y tanta es la simpatía que me inspiran, que desde

aquí he ido siguiendo con interés todos los incidentes de esa contienda,

civil, en la que tanto os habéis lucido, señor conde, al frente de

vuestro regimiento de lanceros.

Baselga saludó con aire satisfecho, y el señor García creyó del caso

agradecer con una amable sonrisa aquellas lisonjas dirigidas a sus

compatriotas.

--Vuestra llegada, señor García--continuó el jesuíta--, no puede ser más

oportuna. El señor conde visita París por primera vez; apenas si conoce

el idioma y necesita un hombre de confianza, un buen amigo que le

acompañe a todas partes y le sirva de guía en esta Babel. Nadie mejor

que vos puede hacer este favor, y yo os estaba nombrando momentos antes

de que entraseis.

--Reverendo padre--contestó el viejo--, estoy muy agradecido por la

bondad que me dispensáis, y en cuanto al señor conde, prometo servirle

tan bien como pueda. Baselga tendio su mano al vejete en muestra de

agradecimiento.

--¿Dónde vive usted, señor conde?--preguntó García, con solícita

curiosidad.

--Estoy alojado en la fonda de "El León de Oro", en la rue Saint-Honoré.

Vivimos aquí algunos jefes emigrados, en amistosa comunidad, pero deseo

mudar de domicilio e instalarme en una habitación que, aunque decente,

no me cueste tan cara.

--A usted le convendría vivir en un barrio retirado y serio como el de

San Germán, o el de San Sulpicio. En aquella parte de París, donde usted

habita, el escándalo y la corrupción tienen su asiento, y ninguna

persona católica puede vivir con tranquilidad. Si usted me lo permite,

le buscaré nueva habitación.

--Apreciaré mucho ese favor.

--Vivirá usted en la misma casa que yo. Soy pobre y no tengo otro

remedio que vivir en una buhardilla que basta para mis necesidades; pero

en el piso primero hay desalquilada una habitación de soltero, bastante

aceptable, en la que el señor conde podrá vivir con comodidad. Es en la

calle de los Santos Padres. ¿Le conviene a usted mi proposición?

--Aceptada. Además, viviendo cerca de usted, tendré la ventaja de poder

utilizar a todas horas sus amables servicios.

--Todo está corriente--dijo el padre Fabián--. Telémaco y Mentor

vivirán unidos, y así se complementarán mejor. Y ahora, que ya están

ustedes convenidos, les suplico que me dejen solo. Crean que tengo un

verdadero placer en conversar con ustedes, pero mis obligaciones son

muchas y tengo la seguridad de que en la antesala me esperan un buen

número de amigos y solicitantes. ¿Eran muchos cuando habéis entrado,

señor García?

--Reverendo padre, pasaban de diez los sacerdotes que estaban en la

antesala.

--Ya lo veis, señor conde. Esto es insufrible. No tengo un momento mío;

pero esto no impedirá, indudablemente, que me honréis a menudo con

vuestra visita. Siempre encontraremos tiempo suficiente para conversar

con buenos amigos; vos, recordando vuestras antiguas glorias, y yo

pensando en los tiempos que arrastraba sable. Un recomendado del padre

Claudio es para mí una persona digna de las mayores atenciones.

El conde agradeció con respetuosas inclinaciones de cabeza los

ofrecimientos del jesuíta, y después de besar su mano se dispuso a salir

acompañado del señor García.

Este procuró quedarse algo rezagado, y cuando Baselga estaba ya en la

puerta, volvióse rápidamente adonde se hallaba el padre Fabián, que le

miraba fijamente como adivinando que tenía algo que decirle.

--En aquella casa todo sigue lo mismo, reverendo padre.

--¿Y la niña?

--No se niega a ser monja, pero tiene cierto empeño en retardar la

entrada en el convento.

--¿Hay acaso amoríos de por medio?

--No, reverendo padre. Si tal hubiese, lo sabría yo.

--Mirad que los viejos no tenemos buen ojo para apercibirnos pronto de

estas cosas.

--Tengo absoluta certeza de que María no piensa en amores.

--Pues ved de emplear todos los medios para que la niña se decida en

favor de la religión.

--Así lo haré, reverendo padre.

--¿Y el señor Avellaneda?

--Sigue tan loco y meditabundo como siempre.

--Eso es menester--dijo sonriendo el jesuíta.

Él señor García besó devotamente la velluda mano que le tendía el padre

Fabián, y se reunió en la antesala con el conde de Baselga, cuya

apostura marcial y tez bronceada llamaba la atención de los clérigos

franceses que aguardaban la audiencia del superior de los jesuítas.

Los nuevos amigos marcharon directamente a la calle de los Santos

Padres, y la portera del señor García, vieja devota muy agradecida a

éste, no por las propinas, sino por continuos regalos de estampas,

medallas y escapularios milagrosos, les enseñó la habitación del primer

piso, que estaba desalquilada.

Baselga manifestó que le agradaba la pieza y sus muebles, y aquella

misma noche durmió en ella.

Cuando el señor García, que se había encargado de traer el equipaje del

conde desde la fonda "El León de Oro", fué a retirarse a su cuarto,

después de desear felices noches a su nuevo amigo, se detuvo junto a la

puerta, y tras algunas vacilaciones, preguntó al conde con marcada

curiosidad:

--Perdone usted mi impertinencia. Pero ¿tiene usted muy intimas

relaciones con los jesuítas de España?

--El padre Claudio es mi mejor amigo, es mi protector, casi mi padre.

--Celebro que así sea, pues de este modo podrá ser más íntima nuestra

amistad. Yo creo que nosotros, salvo la debida distinción de clases y el

respeto que yo profeso siempre a mis superiores en la sociedad, somos

algo más que amigos, pues bien podía ser que resultásemos hermanos.

--Creo que sí.

El vejete sonrió, y desabrochándose su raído chaleco, entreabrió la

camisa, mostrando sobre una sucia almilla de franela un escapulario, en

el que estaba bordado en vivos colores un corazón sangriento y flameante

rodeado de una corona de espinas.

El conde le imitó, y desabrochando sus ropas, enseñó un escapulario

igual.

--Perfectamente--exclamó el viejo sonriendo con alegría--. Los dos somos

hermanos, y aunque sin votos, pertenecemos a la gloriosa Compañía de

Jesús. De hoy en adelante nos trataremos con la confianza que debe

existir entre dos buenos hermanos, entre dos soldados de Cristo, a los

que la sociedad impía y revolucionaria llama "jesuítas de hábito

corto".

La araña negra, t. 2/9 · 第 22 / 43 题