Crisálida.
La vida de María fué transcurriendo sin tropezar con ningún incidente
notable.
La muerte de su madre apenas si había causado mella en su ánimo.
Es la muerte un fenómeno fatal que apenas si tiene algún valor para los
seres que acaban de pasar las puertas de la vida.
Sin poseer el cariño de su madre ni conservar de ésta otro recuerdo que
la imagen confusa de una señora solícita y dulce que la tenía en la
iglesia por espacio de muchas horas, María fué creciendo al lado de
aquella fiel criada que no podía hablar de su difunta ama sin derramar
lágrimas, que se apresuraba a enjugar reemplazándolas con una sonrisa
para que no turbasen la apasible calma de la niña.
En aquella casa don Ricardo era quien había experimentado mayor
impresión con la muerte de doña María.
Hasta el terrible momento en que el cuerpo de su esposa salió para
siempre de la casa, el infeliz no comprendió lo mucho que amaba a
aquella mujer que de vez en cuando le abrumaba con impertinentes
consejos y sostenía empeñadas discusiones por el motivo más baladí.
Don Ricardo era un hombre de carácter débil. Las creencias que se había
formado con el estudio las mantenía firmes e indestructibles en el
interior de su cerebro, pues en la vida social era flojo y dúctil hasta
el punto de que su voluntad se doblaba a impulsos del primero que le
hablaba.
Por esto aquel proscripto, que había pasado en su patria por hombre
perverso y de ideas diabólicas, al morir su esposa sintió profundo
desconsuelo, pues necesitaba el genio enérgico e indomable que
esclavizaba continuamente su voluntad.
Además, don Ricardo, había sido durante algunos años más feliz que nunca
al lado de su esposa, y acostumbrado a tal dicha no podía avenirse a
vivir sin otro amor que el de su hija.
Mientras vivió su esposa, la parte mayor de su cariño la dedicó a aquel
pequeño ser, cuyas sonrisas le producían inmensa felicidad; pero como es
condición del hombre adorar todo aquello que resulta imposible de
conseguir, así que murió doña María comenzó a adorar su memoria con
verdadero fanatismo, y en su corazón ocupó la difunta esposa un lugar
más preferente que la niña.
El señor Avellaneda al quedar viudo cayó en un ensimismamiento que daba
cierto tinte tétrico y sombrío a su carácter.
La melancolía de los tiempos de soledad volvió a reaparecer, pero esta
vez revestía un carácter fúnebre.
El recuerdo de la esposa le dominó tan completamente, que comenzó a
entregarse a ciertas demostraciones de dolor algo extravagantes, y las
cuales hasta hicieron que dudasen de su razón las pocas personas que le
trataban.
Apenas cerraba la noche metíase en su antigua habitación matrimonial,
donde pasaba muchas horas contemplando una miniatura de su esposa que la
representaba tal como era a los veinte años, o leyendo las cartas que
ella le escribió durante el noviazgo, y que él guardaba con escrupuloso
cuidado; y todas las mañanas encaminábase al cementerio del Padre
Lachaise donde permanecía hasta mediodía sentado en el zócalo del
pequeño panteón y contemplando con expresión estúpida la inscripción
dorada que campeaba en la pirámide que le servía de remate.
Algunas veces la niña y la criada le acompañaban en esta excursión, y
era un espectáculo extraño ver cómo María corría por las fúnebres
alamedas de cipreses, persiguiendo una pelota, o para cargar su carrito
removía con la pala aquella tierra impregnada del zumo de un mundo de
cadáveres.
Sin embargo, eran muy contadas las veces que la niña asistía a ese
extraño paseo, pues prefería ir al Luxemburgo, donde se divertía bajo la
vigilancia de Tomasa y del señor García, que formaban una pareja
inseparable.
Desde la muerte de doña María, aquel hombre humilde y bondadoso había
aumentado su intimidad en la casa. La desgracia había estrechado los
lazos que le unían con aquella familia de compatriotas.
El señor Avellaneda le miraba con más simpatía, apreciando sus continuas
muestras de dolor por la muerte de su esposa, y le juzgaba
indispensable, a causa de la atención con que cuidaba de la pequeña
María y la paciencia con que sufría sus impertinencias infantiles.
A cambio de esto, don Ricardo transigía con que el santo varón
continuara en su casa la tradición devota y llevara todos los días a
María a las iglesias donde había fiesta importante y a ciertos conventos
de monjas.
¡Qué humildad tan simpática la del señor García! ¡Con qué sencillez
sabía hacer los mayores favores!
Su cara rubicunda y de belleza frailuna, su cabecita sonrosada y blanca
y su cuerpo encogido, que se movía al compás de un paso vergonzoso y
leve, como si temiera causar daño a la tierra con sus pies, le daban el
aspecto de un ser inocente y virgen de todo mal pensamiento,
justificando el epíteto de "santo varón" que siempre le había aplicado
la difunta doña María.
Tanta era la humilde solicitud que mostraba con el señor Avellaneda, y,
sobre todo, con la hija, que no parecía sino que había nacido
exclusivamente para servirles.
Su complacencia con la pequeña llegaba al último límite. Con la
sonriente impasibilidad de un esclavo sufría todas sus impertinencias,
al par que su maestro era su juguete, y muchas veces, a pesar de toda su
dignidad, propia de un hombre que era íntimo amigo del cura de San
Sulpicio, visitante del arzobispo de París y asiduo concurrente a un
caserón de la rue Vaugirard, donde se murmuraba que vivía el jefe de los
jesuítas en Francia, no tenía inconveniente en montar sobre sus lomos a
la pequeñuela y recorrer a gatas las diferentes piezas de la casa de don
Ricardo, espoleado por la niña, que le golpeaba las caderas con sus
pies.
Estas bondadosas condescendencias valíanle al señor García el afirmar
más su prestigio en la casa y adquirir en ella una dulce autoridad, de
la que apenas se daban cuenta sus amigos, pero que no por esto resultaba
menos eficaz.
La educación de la niña estaba confiada al vejete, que por su método
suave iba instruyendo a aquel pequeño ser enfermizo y de carácter
caprichoso, que tan pronto se mostraba salvajemente huraño como cariñoso
con exageración.
Hacía prodigios el señor García para ir iniciando dulcemente en aquella
inteligencia, lo mismo atenta que distraída, los principios de una
instrucción que más que a enriquecer el cerebro con gran caudal de
conocimientos, se dirigía a despertar el sentimiento místico e idealista
y a crear una exagerada devoción religiosa que degenerara en fanatismo.
La niña aprendía a leer en lindos libritos de cantos dorados y
encuadernados en tafilete, donde con estilo melifluo y empalagoso se
relataban estupendos milagros y se hablaba del amor a Dios, empleando
mundanas comparaciones que hubieran hecho ruborizar a María, a tener más
años y menos inocencia.
Aquella continua lectura y las entretenidas relaciones del señor García,
que sabía mezclar en la conversación vidas de santos y santas, narradas
en forma novelesca y en las que el diablo desempeñaba siempre el papel
de traidor de melodrama, trastornaba el cerebro de la niña, que a los
diez años soñaba en hermosas princesas que morían en el martirio antes
que abjurar de su fe, y en bellísimos ángeles con armaduras de oro y
rodeados de deslumbrantes resplandores que, aprovechando el silencio de
la noche, descendían del cielo para depositar un casto beso, sobre la
frente de las vírgenes cristianas.
Conforme transcurría el tiempo y crecía la niña, don Ricardo sumíase en
su melancolía y descuidaba la educación de su hija confiando en la
fidelidad de Tomasa y la amistad del señor García, y éste,
aprovechándose de aquella apatía y del cariño que le profesaba María,
procedía como un verdadero padre, disponiendo de su voluntad a su
antojo.
La aversión que la pequeña mostró en otro tiempo a permanecer mucho
tiempo en la iglesia, habíase trocado, merced a las sugestiones del
cariñoso protector, en cotidiano y celestial placer, siendo los momentos
más felices para María aquellos en que, arrodillada con todo el aire de
una señora mayor, estaba en la iglesia arrullada por las melodías del
órgano y contemplando aquellas imágenes que con sus ojos de vidrio la
miraban fría e indiferentemente.
Mayor placer le causaban todavía las visitas a los conventos.
Tenía el señor García grandes amistades con las superioras de algunos de
ellos, y allá iba una vez por mes acompañado de la niña, que ansiaba
penetrar en aquellas destartaladas habitaciones impregnadas de ese olor
"sui géneris" mezcla de humedad y de incienso, propio de las casas de
religión.
Su viejo preceptor quedábase en el locutorio; pero para ella se abrían
las puertas del claustro y pasaba de los brazos de una a otra monja,
siendo acariciada por todas, y volviendo a casa con los bolsillos
atestados de escapularios y golosinas.
La imagen del convento iba grabándose fuertemente en su cerebro.
Los trajes extraños de aquellas mujeres, su género de vida, el ambiente
poético de su vivienda, y sobre todo la egoísta consideración de que
encerrándose allí ganaba el cariño de Dios y se conquistaba el cielo,
causaban gran impresión en el ánimo de la niña, y aún venían a aumentar
la fuerza de tales sentimientos las palabras del señor García, que
estaba elocuente al descubrir las delicias del claustro y lo bien vistas
que eran en el cielo cuantas personas renunciaban al mundo encerrándose
en aquél.
Hay que advertir que el santo varón, después de estas insinuaciones, se
apresuraba a decir que tal género de vida no era para señoritas, que,
como ella, tenían un padre a quien obedecer y cuidar y una gran fortuna
de que disponer; pero tratándose de un carácter impresionable y terco
como era el de la niña, tales cortapisas solo servían para exagerar sus
propósitos y afirmar más en ella las primitivas ideas.
A los doce años María ya tenía adoptada su resolución.
Sabía, porque así se lo había dicho su preceptor, que el mundo era muy
malo y estaba decidida a huir de él para encerrarse en uno de aquellos
conventos donde podían vestirse trajes teatrales que no se usaban en
las calles y comer golosinas deliciosas que no se encontraban en ninguna
confitería de París.
Era aquélla una vocación ridícula, propia de una cabeza infantil en la
que predominaba la imaginación; pero el señor García debía de tenerla
por muy verdadera, ya que manifestaba cierta satisfacción y sólo hacía a
la niña muy débiles objeciones.
El viejo devoto, a fuerza de bondadosas humillaciones y de serviles
complacencias, había acabado por hacerse omnipotente en aquella casa.
A la hija la dominaba por la educación y el sentimiento, y al padre por
la actividad.
La melancolía que se había apoderado de don Ricardo debilitaba su
voluntad, hasta el punto de impedirle el ocuparse de sus negocios.
Poseedor de una colosal fortuna, cuyos bienes radicaban en España, y que
tenía el deber de cuidar, pues pertenecían a su hija, causábale inmensas
molestias el tener que ocuparse de la administración de las fincas, de
los cobros y de la correspondencia con los arrendatarios, y creyó muy
natural el confiar esta misión a su amigo el señor García, quien se
encargó de ella después de varias excusas, negativas y salvedades
propias de una conciencia escrupulosa.
Después de este encargo, el poder del viejo en la casa fué ya inmenso.
Vivía fuera, en un pequeño cuarto amueblado de la calle de los Santos
Padres; pero exceptuando las horas de dormir, pasaba el resto del día al
lado de aquella familia, que se había acostumbrado a considerarlo como
un ser al que estaba ligada por lazos naturales e indestructibles.
Ponía el viejo devoto el mayor cuidado en la administración de los
bienes de su amigo, y éste tenía tal confianza en él, que apenas si
dirigía una mirada indiferente a los extractos de cuentas que
mensualmente le entregaba.
Aquel hombre era la personificación de la modestia y el desinterés. Don
Ricardo sacudía algunas veces su apatía para admirarle.
Era pobre; vivía tan modestamente que casi estaba en la indigencia; no
contaba con otro medio de subsistir que los auxilios pecunarios que le
daban los amigos y protectores que tenía en el clero, y a pesar de esto
no quiso admitir la espléndida retribución que por sus servicios le daba
el señor Avellaneda, conformándose, al fin, en aceptar un mezquino
sueldo que él mismo se señaló.
Don Ricardo, admirado de aquel ser modelo de virtud, sentía decrecer en
su ánimo la animadversión que de antiguo experimentaba contra las gentes
devotas, y por no dar un disgusto al santo varón que tan noblemente se
portaba, guardábase de oponerse a aquella educación exageradamente
religiosa que daba a su hija.
Esta encontrábase ya en el momento crítico en que la savia de la vida
rompe el capullo de la infancia y la niña se convierte en mujer.
Era la crisálida próxima a transformarse en mariposa y revolotear en la
risueña primavera de la vida.
Todo sonreía a aquel pequeño y delicado ser, que no conocía las
amarguras de la vida más que por las rutinarias arengas de su preceptor.
Era rica, estaba mimada hasta la exageración y acariciaba una dulce
esperanza que alegraba su porvenir.
María sonreía de felicidad al pensar que algún día iría a aquel país
para ella misterioso que se llamaba España, que Tomasa le describía con
tanto entusiasmo y cuya lengua hablaba en el seno de la familia,
causándole sus palabras el efecto de una armonía arrulladora.
V
Mariposa.
El período hermoso de su vida empezó para María el día en que su
juventud fué declarada oficialmente, o sea aquél en que tomó la primera
comunión.
Don Ricardo admiró su traje blanco y su velo de desposada, derramó
copiosas lágrimas, producidas tanto por la alegría como por el recuerdo
de su esposa, y lo mucho que ésta habría gozado viendo a su hija de tal
modo, y no se le ocurrió acompañarla a San Sulpicio, dejando como
siempre que cumplieran con este encargo su fiel amigo y la criada.
¡Con qué profunda unción recibió María, confundida entre un tropel de
niñas con blancas vestiduras, aquel nuevo sacramento de la Iglesia!
Recordó lo que había dicho el señor García sobre tan importante acto, y
pensando que era nada menos que Dios quien iba a alojarse en su cuerpo,
procuró engullirse con la mayor delicadeza el pegajoso cuerpo de Cristo,
que envuelto en saliva bajó con solemne parsimonia al fondo de su
estómago.
Aquel acto resultó conmovedor para los fieles amigos de María.
Su segunda madre, la cariñosa Tomasa, lloraba ruidosamente, tapándose el
rubicundo rostro con el blanco delantal, y en cuanto al señor García,
creía que a falta de lágrimas era muy propio del caso suspirar
angustiosamente, frotándose los ojos con las puntas de su pañuelo.
Desde aquel día todo varió en la vida de María.
Vistiéronla de largo y ya no le fué permitido el correr ni jugar en las
alamedas del Luxemburgo, teniendo que resignarse a pasear con aire grave
y los ojos bajos al lado de su padre o de su preceptor.
Se acabó para siempre el correr mezclada entre niños, con la cabellera
suelta y ondeante bajo el mal seguro sombrerillo, pues en adelante tuvo
que peinarse horriblemente e ir adquiriendo, por indicación de su
preceptor, todo el aspecto rígido y antipático de una doncella que odia
las pompas mundanas y sólo piensa en entrar en el cielo.
El señor García tenía sus planes acerca de su discípula. Era el buen
hombre tan modesto que se juzgaba incapaz de continuar la educación de
la niña y aconsejaba a su padre la pusiera a pensión en un convento de
confianza, que ya se encargaría él de designar; pero Avellaneda, siempre
tan complaciente con su amigo y administrador, sacudió su indiferencia
al escuchar tal proposición y se negó enérgicamente a separarse de
María, y menos a consentir que entrara en un convento, aun en calidad de
educanda.
Aquello molestó mucho al virtuoso administrador, pero como su cualidad
distintiva era la humildad, sufrió con paciencia el fiero arranque de su
amigo y se conformó a que María no fuese al convento.
La niña no experimentó la menor contrariedad con la negativa de su
padre.
La halagaba la idea de permanecer algunos años en el convento, llevando
la misma vida espiritual y contemplativa de las religiosas, mas no por
esto detestaba el mundo con la misma energía que algunos años antes.
María llevaba la misma vida que en un convento, y en verdad que con ella
no resultaba muy simpática y alegre la existencia.
Para la niña, los teatros, las "soirés" y las innumerables diversiones
de la juventud eran cosas desconocidas; pero con la edad había adquirido
gran instinto de observación y en cuanto la rodeaba adivinaba que en el
mundo existía una vida llena de placeres y de inesperadas impresiones,
muy distintas a la monótona y triste que ella arrastraba.
Muchas veces, cuando cerrada ya la noche regresaba a su casa seguida de
sus inseparables amigos, tenía que detenerse para dejar paso a veloces
carruajes en cuyo interior se distinguían hermosas damas espléndidamente
vestidas que se dirigían al teatro o al baile, aquellas dos diversiones
desconocidas por la niña, pero que en su cerebro producían un cúmulo de
aventuradas y fantásticas suposiciones.
Aquel vago deseo que en el corazón de la joven producían las pompas
mundanas ocupaba su imaginación durante noches enteras, dejando tras sí
amargos rastros, pues María juzgaba tales pensamientos obra del demonio,
que quería apartarla de la senda del bien, y para conjurar al infernal
enemigo, saltaba de la cama y ponía sus rodillas desnudas sobre el frío
suelo, pidiendo a Dios que no la desamparase y que le diese fuerzas para
desechar tan horribles seducciones.
Mas, por desgracia para la joven devota, el mundo, que es muy pícaro,
parecía complacerse en hacer desfilar ante sus ojos, cada vez con mayor
magnificencia, todas sus seductoras grandezas, y su espíritu mujeril se
conmovía profundamente con las hermosuras del arte, del lujo y de la
vida elegante.
En el interior de María formábanse dos distintas personalidades que
reñían empeñadas batallas. Los sentimientos de mujer vulgar y de devota
iluminada desarrollábanse en ella en continua lucha.
Durante el día la grandeza mundana ejercía sobre ella seductora
influencia, y contemplando en el paseo las elegantes damas que paseaban
del brazo de sus maridos, sentía algo semejante a la envidia; pensaba
con placer en que algún día podía llegar a ser una de ellas y se
proponía no encerrarse en un convento, donde la vida resultaba aún más
monótona que la que en la actualidad hacía; pero así que por la noche
se encerraba en su cuarto y quedaba completamente sola, el silencio
nocturno le causaba inmenso pavor, parecíale que el diablo iba a salir
por debajo de la cama gritando entre dos estridentes carcajadas: "Eres
mía", y miraba avergonzada, como solicitando auxilio, las estampas de
vírgenes y santos que adornaban las paredes, acabando por llorar
desesperadamente y pedir perdón por pecados tan horrendos como eran
haber deseado un vestido elegante y un marido guapo, iguales a los que
ostentaban las majestuosas señoras que paseaban por el Luxemburgo.
Aquella interminable lucha que libraban los naturales instintos y los
temores pueriles y ridículos engendrados por una educación fanática,
causaba gran quebranto a la naturaleza física de María, que vivía febril
y sobreexcitada, con gran alarma de cuantos la rodeaban, los cuales no
podían explicarse sus ratos de meditabunda melancolía y sus arranques de
exagerada devoción.
Tomasa casi llegó a creer en algunos instantes que la hija se había
contaminado del mal del padre y que aquella meditación tenaz y dolorosa
a la que de vez en cuando se entregaba la conducía en línea recta a la
locura.
El único remedio que la joven encontraba para librarse momentáneamente
de lo que ella llamaba "pérfidas seducciones del diablo" era la lectura,
y con el ansia del náufrago que encuentra un punto sólido al que asirse,
leía aquellas obras devotas, de las que tenía gran provisión, gracias al
cuidado del señor García.
Pero, ¡ay!, que aquellos libros al poco tiempo no produjeron el efecto
apetecido por María, pues en vez de afirmar sus aficiones devotas, la
empujaban al mundo y a sus seducciones.
A fuerza de leer comprendió que todas aquellas apasionadas declamaciones
resultaban huecas por lo indefinido de su objeto y porque no lograban
interesar a su corazón, y en los capítulos en que se hablaba del amor a
Dios y se dirigían a éste frases como "¡dulce esposo mío!", "¡Señor de
mi alma y de mi cuerpo!", la joven sentía que en su interior se
despertaba algo nuevo y extraño y repetía distraída y automáticamente
las apasionadas palabras con el pensamiento puesto, no en el hombre
desnudo de miembros negruzcos, pecho sangriento y cabeza greñuda que
pendía de la infamante cruz, sino en cualquiera de aquellos mozalbetes
rizados, vestidos a la última moda, con el cigarrillo en la boca y el
lente bailando sobre el chaleco que todas las tardes veía en el
Luxemburgo.
Gustábanle mucho aquellas frases amorosas de los libros devotos; pero el
demonio la tenía tan aprisionada entre sus garras a los catorce años,
que le parecían mas hermosas si iban dirigidas a un hombre de vil
materia que a una de aquellas imágenes de leño santificado.
El diablo hace caer a las débiles criaturas de la tierra en tan
tremendos absurdos.
La afición a la lectura fué creciendo de tal modo en María, que llegó a
alarmar al bueno del señor García.
Parecíanle ya fríos y monótonos los libros de devoción a aquella
imaginación despierta, y un día, cansada de tan insípida lectura, se
decidió a tomar en sus manos una de las obras que su preceptor llamaba
profanas.
Las dos criadas francesas que estaban en la casa bajo la dirección de
Tomasa eran el perfecto tipo de la doméstica en la nación vecina:
sentimentales, fantásticas y grandes aficionadas a enterarse de las
dramáticas aventuras de Alfredos y Arturos y a derramar lágrimas de
ternura en vista de las grandes peripecias que éstos habían de sufrir en
el curso de la novela.
Para dar pasto abundante a sus aficiones de impertérritas lectoras,
tenían siempre sobre la mesa de la cocina abundante provisión de novelas
económicas y folletines poéticos, cuyos fragmentos más interesantes
declamaban en alta voz acompañadas del hervor de los pucheros y del
estrépito de la loza en el fregadero.
A aquella biblioteca acudió María, y excusado es decir el efecto que en
su imaginación romancesca causarían tales obras, que eran brillantes
apologías del amor y en las cuales se pintaban con colorido exagerado
las innumerables pasiones que encrespan tempestuosas el océano de la
vida.
Ocurría esto en 1832, justamente cuando la revolución de julio,
derribando la estúpida tiranía de los Borbones y creando una monarquía
ciudadana sobre las ensangrentadas barricadas, quitaba toda traba al
pensamiento humano, que corría con el atolondramiento y el ciego impulso
de un niño a quien abren las puertas de un triste colegio.
El gusto romántico vencía al frío clasicismo, y la imaginación se
enseñoreaba del mundo dominando en el cerebro humano a las demás
facultades.
Dos jóvenes que entonces hacían gran ruido y que habían de pasar a ser
inmortales, eran los dueños de la situación, y Francia entera se
entusiasmaba leyendo las "Orientales" y las "Odas y baladas", del hijo
de un antiguo general bonapartista llamado Víctor Hugo, o se conmovía
repitiendo las melodiosas "Contemplaciones" de un provinciano llamado
Lamartine.
Chateaubriand, el cantor del realismo y de las glorias de los hijos de
San Luis, veía pateadas con desprecio sus obras por la triunfante
Revolución, que levantaba con sus robustos brazos para exponerlos a la
pública adoración a aquellos jóvenes bardos amamantados en la férrea
leche de sus pechos.
Los primeros libros que cayeron en manos de María fueron las obras de
aquellos dos poetas.
¡Cómo describir la grandiosa impresión, la tremenda revuelta que
causaron en ella tan seductoras obras!
Anhelos hasta entonces no explicados adquirieron forma completa en su
imaginación; comprendió, por fin, lo que era el amor y lo que esto
significa, y experimentó idéntica impresión que el pájaro que, al fin,
puede volar, y abandonando por primera vez el nido, se lanza a los
campos embellecidos y caldeados por la vivificante primavera.
Leía y releía con una avidez sin límites los inmortales cantos de
aquellos genios, hasta que las estrofas quedaban grabadas en su memoria,
y por la noche dormíase repitiéndolas con entonación melancólica,
mezclando muchas veces los versos con los suspiros.
Los crepusculares cantos de Lamartine conmovían su alma y le producían
idéntica impresión que si una mano poderosa la levantara del suelo para
mecerla entre los dorados celajes de la caída de la tarde, y muchas
veces tenía que suspender la lectura para llorar sin motivo alguno y
únicamente por dar salida a la dulce melancolía que se acumulaba en su
pecho.
Víctor Hugo producía en su ánimo un efecto aún más radical y abría ante
su imaginación nuevos e infinitos horizontes. Aquellas odas apasionadas
le hablaban del amor como de una cosa santificada a la que se debía la
existencia del mundo y la suprema felicidad de la vida, y Dios no
aparecía en ellas como un ser irascible, vengativo y envidioso a quien
le producen accesos de rabia la dicha de sus criaturas, sino como un
viejo filósofo, bondadoso y dulcemente jovial, que sonríe plácidamente
al contemplar las inocentes travesuras de la apasionada juventud.
Aquella manera de representar al autor del Universo agradaba a María,
que no podía menos de estremecerse al recordar el Dios descrito a cada
momento por su preceptor, ser omnipotente que sólo admitía en su
presencia a las criaturas que renegaban de la naturaleza humana, que
despreciaban los puros goces de la vida, que modificaban sus
sentimientos y que aceleraban la llegada de la muerte, encerrándose en
la tumba del claustro, cuando más exuberantes estaban de salud y fuerza.
Las poesías orientales despertaban en María otra clase de pensamientos,
y sin darse cuenta de ello, iba convirtiéndose en una joven romántica y
de pasiones fantásticas, como la mayor parte de las de aquella época.
El poeta la hablaba de España, de aquella patria querida que adoraba sin
conocer; y con atención mezclada de asombro iba leyendo aquellas
musicales estrofas que describían a los nobles abencerrajes y a las
españolas sultanas; las serenatas entonadas en voz queda frente a los
afiligranados ventanales de la Alhambra, los vistosos y dramáticos
torneos, las citas en frondosos jardines y a la luz de la luna, y las
empresas heroicas que horripilaban, pero que llevaban a cabo los
paladines con el nombre de su amada en los labios.
Ante aquel mundo nuevo que surgía de los armoniosos versos, María
experimentaba idéntica impresión que el niño que ve por primera vez en
la noche obscura una quema de fuegos de artificio.
Su único pensamiento, la idea que con más fuerza se fijaba en su
cerebro, era que ella quería ser una de aquellas heroínas e inspirar una
loca pasión a un héroe que por su amada fuera capaz de los mayores
sacrificios.
Quería ser la amada de un paladín moderno y hasta morir por él si fuera
preciso.
La idea del convento no por esto se apartaba de su memoria, pero se
había modificado mucho con la continua lectura.
Ella no iría inmediatamente a un monasterio a llorar faltas que no había
cometido ni a odiar a un mundo que no conocía. Antes de renunciar a la
vida quería saber por sí propia lo que ésta era, gozar sus dichas y
sufrir sus desengaños y aspirar el intenso perfume de un amor novelesco.
Después entraría en un convento, pero sería para llorar paseando por los
claustros desiertos, y con todo el aspecto de una heroína de poema, el
recuerdo del amante muerto en el campo de batalla a manos de una
venganza inspirada por los celos.
En aquella linda cabecita se encerraba una imaginación propiamente
española, que, una vez se echaba a galopar por el dilatado campo de lo
desconocido, no respetaba obstáculo ni traba y recorría con complacencia
el terreno de lo absurdo.
Un amante, un héroe, agonizante de amor, que sobreviviera después de la
terrible catástrofe como en el último acto de una tragedia, y al final,
el convento con toda su monotonía y esa calma sepulcral que sirve de
dulce bálsamo a las almas despedazadas.
Esto era en todas sus partes el deseo constante de María, aspiración en
la que tropezaba el señor García siempre que apuntaba a su discípula la
antigua idea de la clausura religiosa.
El preceptor veía con tranquilidad que María no se manifestaba contraria
a tomar el velo; pero no dejaba de producirle cierta alarma el notar que
la joven no mostraba tan fogoso entusiasmo como algún tiempo antes, y
tenía cierto empeño en reducir las pláticas de devoción, dejando siempre
para más adelante el hablar a su padre seriamente de su vocación
religiosa.
La transfiguración moral de aquella joven pasaba desapercibida para
cuantos la rodeaban.
El señor García, con ser tan listo, no llegaba ni aun a sospechar lo que
ocurría en el ánimo de su discípula, y en cuanto a Tomasa, como no sabía
leer ni creía que en el mundo hubiese otros libros que los dedicados a
la devoción, al ver a su señorita entregada a todas horas a la lectura
con una extrema avidez, sentíase conmovida por aquello que ella creía
amor a las doctrinas religiosas.
La juvenil mariposa, al llegar a los dieciocho años, estaba totalmente
transfigurada.
Por la noche, cuando el cansancio comenzaba a cerrar sus ojos, ya no
soñaba en ángeles deslumbrantes ni en demonios horribles. Otras eran las
imágenes creadas por su fantasía.
Muchas veces extendía sus brazos, pues le parecía ver a la cabecera de
su cama un apuesto paladín de ojos melancólicos y de negra cabellera
que, cubierto de limpia armadura, como aquellos héroes de las leyendas,
estaba en actitud de velar su sueño.