La familia del señor Avellaneda.
El mismo año ya citado, el caballero español alquiló el piso principal
del caserón que habitaba, y bajó a él los escasos muebles de su cuarto
con honores de buhardilla, uniéndolos a otros, más nuevos y elegantes,
que un almacenista del otro lado del Sena trajo en varios carromatos.
Aquello fué motivo de admiración y causa de interminables comentarios
para la portera de la casa y sus congéneres de la calle, que, reunidas
en el patio, veían pasar, con ojos codiciosos, las flamantes sillerías,
las relucientes baterías de cocina, los espejos deslumbrantes y esas
valiosas e inútiles chucherías de adorno que produce la industria
parisién; entreteniéndose, a estilo de buenas y entremetentes comadres,
en poner precio a cada uno de aquellos objetos.
Durante una semana entera fué motivo de todas las conversaciones, en la
rue Ferou y las inmediatas, aquel cambio radical en las costumbres del
señor Avellaneda, así como también la transformación física que éste
había experimentado.
El emigrado parecía rejuvenecido, pues caminaba erguido, con la mirada
brillante y sonriendo con expresión de hombre satisfecho.
Aquel aspecto desalentado, indolente y melancólico que le caracterizaba
había desaparecido completamente.
Debilitábase ya la curiosidad, cesaban los comentarios y las aventuradas
suposiciones, cuando una mañana, con gran acompañamiento de campanillas
y cascabeles, chasquidos de látigo y chocar de ruedas, entró en la calle
una empolvada silla de posta, que fué a detenerse frente a la casa
número 6, que era la habitada por el señor Avellaneda.
Cuando el zagal del coche fué a abrir la portezuela, ya había ocupado su
puesto el inquilino de la casa, que, en traje bastante descuidado, salió
corriendo del patio y, profiriendo algunas exclamaciones de sorpresa y
alegría, tiró del dorado picaporte, asiendo inmediatamente una mano
blanca y femenil.
Las numerosas caras que asomaban a las puertas, ansiosas de conocer
quién iba en aquel coche que tan inesperadamente venía a turbar la
tranquilidad de la calle, vieron saltar al suelo, con toda la pesadez de
un cuerpo alto y robusto, a una mujer vestida con traje de viaje, y que
inmediatamente se arrojó en brazos del señor Avellaneda.
Hubo besos y abrazos, pero los curiosos no pudieron contarlos, con gran
pesar suyo, pues les llamó inmediatamente la atención una moza, de
aspecto bravío y de rostro atezado, que vestía un traje tan pintoresco
como desconocido en París, y que bajó torpemente del carruaje mirando a
todas partes con azoramiento y asombro.
Las dos mujeres eran señora y criada. Formando un grupo la recién
llegada y el señor Avellaneda, y llevando como apéndice a la asombrada
sirvienta, que miraba a todas partes con alarma y parecía querer
confundirse con las faldas de su ama, entraron en la casa, mientras la
vieja auvernesa, sonriendo y haciendo señas de inteligencia a los
curiosos, iba amontonando en el patio los paquetes que el postillón
sacaba de la cubierta y del interior del carruaje.
Aquella misma tarde sabían los vecinos de la calle que la recién llegada
era la esposa del señor Avellaneda, que había estado separada de él, por
muchos años, por ciertas divergencias de carácter, pero que ahora iba a
buscarle en la desgracia, dispuesta a vivir siempre con él.
Con el cambio de habitación y la llegada de su esposa, el señor
Avellaneda mudó por completo de carácter.
En adelante, las gentes del barrio le vieron salir solo muy pocas veces,
pues iba a todas partes llevando del brazo a su esposa, y no paseaba ya
melancólicamente por el Luxemburgo.
Madame Avellaneda era de carácter muy distinto al de su esposo, y a los
pocos meses consiguió trabar más relaciones en el barrio que su esposo
en algunos años.
Hablando un francés detestable, pero procediendo con una franqueza
distinguida, que le valía grandes simpatías, trabó amistad con los
vecinos e hizo salir a su esposo de aquella existencia de hurón, en la
cual su carácter melancólico le había sumido hasta poco antes.
Las costumbres de aquella señora gustaban mucho a los devotos habitantes
del barrio de San Sulpicio, y ratificaban sus ideas sobre España, país
altamente católico.
Todas las mañanas, ostentando una airosa mantilla de blonda, prenda
entonces más desconocida en París que en el presente, iba a oir misa en
la cercana iglesia de San Sulpicio, y dos veces al mes se confesaba con
un cura español, emigrado, que en 1808 se había afrancesado reconociendo
el Gobierno de José Bonaparte.
Esta religiosidad no impedía que el señor Avellaneda siguiera
manifestándose tan impío como antes, y que a pesar de que mostraba
empeño en no separarse un instante de su mujer, la dejara ir sola a la
iglesia.
Madame Avellaneda no era hermosa a los cuarenta años, ni en la primavera
de su vida había sido gran cosa, pero tenía una agradable presencia y
cierta majestad realzada por el gracioso andar propio de una española.
Su esposo parecía amarla mucho, y en su presencia guardaba cierto aire
de inferioridad, propio de un adorador.
Tomasa, la criada que trajo de Madrid madame Avellaneda, era una tosca
aragonesa que no lograba aclimatarse en extranjero suelo, y que aun
cuando mostraba una asombrosa facilidad para aprender un idioma extraño,
tenía la cualidad de destrozarlo de un modo inverosímil, produciendo la
risa de todas las sirvientas del barrio con su lenguaje híbrido, mezcla
confusa de locuciones españolas y palabras francesas equívocamente
pronunciadas.
Por tan dificultoso conducto las gentes del barrio fueron enterándose de
que el señor Avellaneda era uno de los españoles llamados afrancesados,
que por amor a las ideas de la gran Revolución se había unido a la causa
de Napoleón, y que en la corte de su hermano José había desempeñado
altos cargos, llegando a ser su principal confidente y consejero.
Su esposa, en cambio, había sido defensora apasionada de la causa de la
Independencia, y esto había motivado el rompimiento de relaciones entre
los dos esposos, y la consiguiente separación.
Cuando los franceses y sus partidarios tuvieron que evacuar la Península
ibérica, la señora de Avellaneda dejó que su esposo fuera completamente
solo a sufrir las tristezas de la proscripción; pero le amaba tanto, que
al poco tiempo, sabiendo que se hallaba en la miseria, no pudo menos de
escribirle prometiéndole el envío de una cantidad mensual para atender a
sus cortas necesidades.
Aquella mujer, a pesar de sus preocupaciones de patriota intransigente y
de su odio a los afrancesados, "gente perdida que quería la ruina de la
religión", no podía olvidar su amor, aquel amor que, quince años antes,
le había hecho contraer matrimonio a ella, que era única heredera de
una de las casas más ricas de Andalucía, con un pobre estudiante que
salía de las aulas salamanquinas con el título de doctor en leyes y la
cabeza atestada de las más originales ideas, pero que no tenía otro
medio de vivir que un mísero sueldo en la Oficina de Interpretación de
Idiomas, que dirigía el célebre Moratín.
La correspondencia mensual que sostenían ambos esposos fué poco a poco
formalizándose.
Primero fué fría, indiferente, como de dos personas agitadas por
antiguos resentimientos y que se tratan más por deber que por cariño;
pero poco a poco la antigua pasión fué renaciendo, frases inocentes
sirvieron para recordar pasadas felicidades, y si el señor Avellaneda
pasó muchas noches en vela atenazado por el recuerdo de su esposa y
deseando una reconciliación, su esposa, completamente sola en Madrid, y
casi divorciada del trato social, no sintió con menos fuerza la
necesidad de reunirse con su marido.
Poco a poco las antiguas diferencias fueron desapareciendo; la cantidad
enviada mensualmente creció rápidamente, y, por fin, un día, doña María
se decidió a escribir a su esposo que hiciese todos los preparativos
necesarios para una decente instalación en París, pues ella iba a
ponerse en marcha inmediatamente.
De este modo, después de diez años de separación, volvían a unirse
aquellos dos seres que se amaban, pero a quienes habían divorciado las
desdichas de la patria y sus caracteres independientes.
Transcurrió más de un año sin que nada viniera a turbar la felicidad de
Avellaneda.
El infeliz había sufrido tanto en su época de soledad y abandono, que
ahora, al verse acompañado del único ser a quien amaba, y rodeado de
todas las comodidades que proporciona la riqueza, creía soñar.
Si alguna vez iba al Palais-Royal a hacer un rato de compañía a su amigo
Godoy, aunque siempre solo, pues su esposa odiaba ferozmente al
arruinado príncipe de la Paz, contemplaba con lástima al desgraciado
personaje, y en su aspecto, miserable y desalentado, se contemplaba a sí
mismo tal como era algún tiempo antes.
Parecía que la fortuna tenía empeño en resarcir a Avellaneda de lo mucho
que había sufrido.
Un hijo era su eterno deseo. Cuando se veía pobre y solo y pasaba las
horas reflexionando melancólicamente, en lo más desierto del paseo, se
imaginaba la gran felicidad que le proporcionaría tener a su lado un
pequeño ser, inocente y alegre, que disipara las tristezas del padre con
infantiles carcajadas, y muchas noches se había dormido contemplando,
con los ojos de la imaginación, una cabecita sonrosada, mofletuda y
picaresca, coronada de blonda cabellera.
Ahora el desterrado iba a ver realizado su sueño. Ya no estaba solo;
tenía a su lado a aquella esposa, algo dominante, pero en extremo
cariñosa, y a aquella ruda sirvienta que, asustada de verse a tantas
leguas de su patria, concentraba todo su cariño en sus señores; no se
hallaba ya, como su amigo Godoy, solitario y abandonado, pero no por
esto llegaba en mal hora el fruto de amor, ni resultaba extemporáneo el
embarazo de doña María, pues el señor Avellaneda había sufrido demasiado
y sentía tanta sed de cariño, que podía amar a dos seres a un mismo
tiempo.
El embarazo de madame Avellaneda fué un suceso de importancia para el
sacristán de San Sulpicio y el cura español que la confesaba, pues la
opulenta señora, que por primera vez se veía en tan apurado trance, no
vaciló en mostrarse rumbosa con la corte celestial, y pocos fueron los
santos del almanaque que quedaron sin misas ni novenas, pagadas a buen
precio.
Cuando llegó la hora del parto, don Ricardo encontróse padre de una niña
que, aunque raquítica y débil, parecióle digna de ser tomada como modelo
de belleza.
Aquel suceso produjo en la casa una verdadera revolución.
Como si la familia hubiese experimentado un considerable aumento
entraron en la casa dos criadas francesas, y Tomasa, la rústica
aragonesa, tomó posesión de la niña, y de tal modo la retenía, que sólo
cuando lloraba pidiendo el pecho decidíase a soltarla.
La infeliz muchacha, por una absurda serie de ideas que se formaban en
su imaginación, creía tener entre sus brazos a la lejana patria cuando
agarraba a la niña; y hasta comenzaba a mirar con más simpatía a sus
conocidas, las criadas del barrio, porque de vez en cuando, cuando ella
sacaba a paseo a la pequeña Marujita, hacían alguna caricia a
"mademoiselle bebé".
En cuanto a don Ricardo, inútil es decir que se consideraba como un
hombre feliz, puede ser que por primera vez en su vida.