II

La familia del señor Avellaneda.

El mismo año ya citado, el caballero español alquiló el piso principal

del caserón que habitaba, y bajó a él los escasos muebles de su cuarto

con honores de buhardilla, uniéndolos a otros, más nuevos y elegantes,

que un almacenista del otro lado del Sena trajo en varios carromatos.

Aquello fué motivo de admiración y causa de interminables comentarios

para la portera de la casa y sus congéneres de la calle, que, reunidas

en el patio, veían pasar, con ojos codiciosos, las flamantes sillerías,

las relucientes baterías de cocina, los espejos deslumbrantes y esas

valiosas e inútiles chucherías de adorno que produce la industria

parisién; entreteniéndose, a estilo de buenas y entremetentes comadres,

en poner precio a cada uno de aquellos objetos.

Durante una semana entera fué motivo de todas las conversaciones, en la

rue Ferou y las inmediatas, aquel cambio radical en las costumbres del

señor Avellaneda, así como también la transformación física que éste

había experimentado.

El emigrado parecía rejuvenecido, pues caminaba erguido, con la mirada

brillante y sonriendo con expresión de hombre satisfecho.

Aquel aspecto desalentado, indolente y melancólico que le caracterizaba

había desaparecido completamente.

Debilitábase ya la curiosidad, cesaban los comentarios y las aventuradas

suposiciones, cuando una mañana, con gran acompañamiento de campanillas

y cascabeles, chasquidos de látigo y chocar de ruedas, entró en la calle

una empolvada silla de posta, que fué a detenerse frente a la casa

número 6, que era la habitada por el señor Avellaneda.

Cuando el zagal del coche fué a abrir la portezuela, ya había ocupado su

puesto el inquilino de la casa, que, en traje bastante descuidado, salió

corriendo del patio y, profiriendo algunas exclamaciones de sorpresa y

alegría, tiró del dorado picaporte, asiendo inmediatamente una mano

blanca y femenil.

Las numerosas caras que asomaban a las puertas, ansiosas de conocer

quién iba en aquel coche que tan inesperadamente venía a turbar la

tranquilidad de la calle, vieron saltar al suelo, con toda la pesadez de

un cuerpo alto y robusto, a una mujer vestida con traje de viaje, y que

inmediatamente se arrojó en brazos del señor Avellaneda.

Hubo besos y abrazos, pero los curiosos no pudieron contarlos, con gran

pesar suyo, pues les llamó inmediatamente la atención una moza, de

aspecto bravío y de rostro atezado, que vestía un traje tan pintoresco

como desconocido en París, y que bajó torpemente del carruaje mirando a

todas partes con azoramiento y asombro.

Las dos mujeres eran señora y criada. Formando un grupo la recién

llegada y el señor Avellaneda, y llevando como apéndice a la asombrada

sirvienta, que miraba a todas partes con alarma y parecía querer

confundirse con las faldas de su ama, entraron en la casa, mientras la

vieja auvernesa, sonriendo y haciendo señas de inteligencia a los

curiosos, iba amontonando en el patio los paquetes que el postillón

sacaba de la cubierta y del interior del carruaje.

Aquella misma tarde sabían los vecinos de la calle que la recién llegada

era la esposa del señor Avellaneda, que había estado separada de él, por

muchos años, por ciertas divergencias de carácter, pero que ahora iba a

buscarle en la desgracia, dispuesta a vivir siempre con él.

Con el cambio de habitación y la llegada de su esposa, el señor

Avellaneda mudó por completo de carácter.

En adelante, las gentes del barrio le vieron salir solo muy pocas veces,

pues iba a todas partes llevando del brazo a su esposa, y no paseaba ya

melancólicamente por el Luxemburgo.

Madame Avellaneda era de carácter muy distinto al de su esposo, y a los

pocos meses consiguió trabar más relaciones en el barrio que su esposo

en algunos años.

Hablando un francés detestable, pero procediendo con una franqueza

distinguida, que le valía grandes simpatías, trabó amistad con los

vecinos e hizo salir a su esposo de aquella existencia de hurón, en la

cual su carácter melancólico le había sumido hasta poco antes.

Las costumbres de aquella señora gustaban mucho a los devotos habitantes

del barrio de San Sulpicio, y ratificaban sus ideas sobre España, país

altamente católico.

Todas las mañanas, ostentando una airosa mantilla de blonda, prenda

entonces más desconocida en París que en el presente, iba a oir misa en

la cercana iglesia de San Sulpicio, y dos veces al mes se confesaba con

un cura español, emigrado, que en 1808 se había afrancesado reconociendo

el Gobierno de José Bonaparte.

Esta religiosidad no impedía que el señor Avellaneda siguiera

manifestándose tan impío como antes, y que a pesar de que mostraba

empeño en no separarse un instante de su mujer, la dejara ir sola a la

iglesia.

Madame Avellaneda no era hermosa a los cuarenta años, ni en la primavera

de su vida había sido gran cosa, pero tenía una agradable presencia y

cierta majestad realzada por el gracioso andar propio de una española.

Su esposo parecía amarla mucho, y en su presencia guardaba cierto aire

de inferioridad, propio de un adorador.

Tomasa, la criada que trajo de Madrid madame Avellaneda, era una tosca

aragonesa que no lograba aclimatarse en extranjero suelo, y que aun

cuando mostraba una asombrosa facilidad para aprender un idioma extraño,

tenía la cualidad de destrozarlo de un modo inverosímil, produciendo la

risa de todas las sirvientas del barrio con su lenguaje híbrido, mezcla

confusa de locuciones españolas y palabras francesas equívocamente

pronunciadas.

Por tan dificultoso conducto las gentes del barrio fueron enterándose de

que el señor Avellaneda era uno de los españoles llamados afrancesados,

que por amor a las ideas de la gran Revolución se había unido a la causa

de Napoleón, y que en la corte de su hermano José había desempeñado

altos cargos, llegando a ser su principal confidente y consejero.

Su esposa, en cambio, había sido defensora apasionada de la causa de la

Independencia, y esto había motivado el rompimiento de relaciones entre

los dos esposos, y la consiguiente separación.

Cuando los franceses y sus partidarios tuvieron que evacuar la Península

ibérica, la señora de Avellaneda dejó que su esposo fuera completamente

solo a sufrir las tristezas de la proscripción; pero le amaba tanto, que

al poco tiempo, sabiendo que se hallaba en la miseria, no pudo menos de

escribirle prometiéndole el envío de una cantidad mensual para atender a

sus cortas necesidades.

Aquella mujer, a pesar de sus preocupaciones de patriota intransigente y

de su odio a los afrancesados, "gente perdida que quería la ruina de la

religión", no podía olvidar su amor, aquel amor que, quince años antes,

le había hecho contraer matrimonio a ella, que era única heredera de

una de las casas más ricas de Andalucía, con un pobre estudiante que

salía de las aulas salamanquinas con el título de doctor en leyes y la

cabeza atestada de las más originales ideas, pero que no tenía otro

medio de vivir que un mísero sueldo en la Oficina de Interpretación de

Idiomas, que dirigía el célebre Moratín.

La correspondencia mensual que sostenían ambos esposos fué poco a poco

formalizándose.

Primero fué fría, indiferente, como de dos personas agitadas por

antiguos resentimientos y que se tratan más por deber que por cariño;

pero poco a poco la antigua pasión fué renaciendo, frases inocentes

sirvieron para recordar pasadas felicidades, y si el señor Avellaneda

pasó muchas noches en vela atenazado por el recuerdo de su esposa y

deseando una reconciliación, su esposa, completamente sola en Madrid, y

casi divorciada del trato social, no sintió con menos fuerza la

necesidad de reunirse con su marido.

Poco a poco las antiguas diferencias fueron desapareciendo; la cantidad

enviada mensualmente creció rápidamente, y, por fin, un día, doña María

se decidió a escribir a su esposo que hiciese todos los preparativos

necesarios para una decente instalación en París, pues ella iba a

ponerse en marcha inmediatamente.

De este modo, después de diez años de separación, volvían a unirse

aquellos dos seres que se amaban, pero a quienes habían divorciado las

desdichas de la patria y sus caracteres independientes.

Transcurrió más de un año sin que nada viniera a turbar la felicidad de

Avellaneda.

El infeliz había sufrido tanto en su época de soledad y abandono, que

ahora, al verse acompañado del único ser a quien amaba, y rodeado de

todas las comodidades que proporciona la riqueza, creía soñar.

Si alguna vez iba al Palais-Royal a hacer un rato de compañía a su amigo

Godoy, aunque siempre solo, pues su esposa odiaba ferozmente al

arruinado príncipe de la Paz, contemplaba con lástima al desgraciado

personaje, y en su aspecto, miserable y desalentado, se contemplaba a sí

mismo tal como era algún tiempo antes.

Parecía que la fortuna tenía empeño en resarcir a Avellaneda de lo mucho

que había sufrido.

Un hijo era su eterno deseo. Cuando se veía pobre y solo y pasaba las

horas reflexionando melancólicamente, en lo más desierto del paseo, se

imaginaba la gran felicidad que le proporcionaría tener a su lado un

pequeño ser, inocente y alegre, que disipara las tristezas del padre con

infantiles carcajadas, y muchas noches se había dormido contemplando,

con los ojos de la imaginación, una cabecita sonrosada, mofletuda y

picaresca, coronada de blonda cabellera.

Ahora el desterrado iba a ver realizado su sueño. Ya no estaba solo;

tenía a su lado a aquella esposa, algo dominante, pero en extremo

cariñosa, y a aquella ruda sirvienta que, asustada de verse a tantas

leguas de su patria, concentraba todo su cariño en sus señores; no se

hallaba ya, como su amigo Godoy, solitario y abandonado, pero no por

esto llegaba en mal hora el fruto de amor, ni resultaba extemporáneo el

embarazo de doña María, pues el señor Avellaneda había sufrido demasiado

y sentía tanta sed de cariño, que podía amar a dos seres a un mismo

tiempo.

El embarazo de madame Avellaneda fué un suceso de importancia para el

sacristán de San Sulpicio y el cura español que la confesaba, pues la

opulenta señora, que por primera vez se veía en tan apurado trance, no

vaciló en mostrarse rumbosa con la corte celestial, y pocos fueron los

santos del almanaque que quedaron sin misas ni novenas, pagadas a buen

precio.

Cuando llegó la hora del parto, don Ricardo encontróse padre de una niña

que, aunque raquítica y débil, parecióle digna de ser tomada como modelo

de belleza.

Aquel suceso produjo en la casa una verdadera revolución.

Como si la familia hubiese experimentado un considerable aumento

entraron en la casa dos criadas francesas, y Tomasa, la rústica

aragonesa, tomó posesión de la niña, y de tal modo la retenía, que sólo

cuando lloraba pidiendo el pecho decidíase a soltarla.

La infeliz muchacha, por una absurda serie de ideas que se formaban en

su imaginación, creía tener entre sus brazos a la lejana patria cuando

agarraba a la niña; y hasta comenzaba a mirar con más simpatía a sus

conocidas, las criadas del barrio, porque de vez en cuando, cuando ella

sacaba a paseo a la pequeña Marujita, hacían alguna caricia a

"mademoiselle bebé".

En cuanto a don Ricardo, inútil es decir que se consideraba como un

hombre feliz, puede ser que por primera vez en su vida.

La araña negra, t. 2/9 · 第 18 / 43 题