_Ante su mármol_
Para Manuel Sanguily, grande de corazón y pensamiento.
Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima
el dolor y el desaliento que florecen en tu sima
cuando evoca la tristeza la visión de la contienda,
y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño
con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño 5
y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.
Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura
desolada la memoria que en un vuelo de amargura
reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo,
no perturbe de tu llanto la corriente inagotable 10
la salmodia del tributo que se eleva inmensurable
de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.
Si inextinto el sedimento doloroso de la brega
engañosos espejismos simulando dulce entrega
fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones, 15
rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste
cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste
con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.
¡Cuán radiante en la lejana perspectiva del pasado,
como lampo que emergiera de las ondas de un nublado 20
se destaca luminosa de la pálida penumbra,
la apostólica figura del vidente mensajero
del amor y la justicia, con su rostro de lucero
y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!
De la gloria a los destellos la romántica silueta 25
del creyente que adunaba sus lirismos de poeta
con la viva llamarada de sus trágicos lirismos,
resplandece como un astro que las almas ilumina
con el fuego milagroso de su bíblica doctrina,
como un rayo de la aurora diafaniza los abismos. 30
Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores
que persiguen la anhelada redención de los dolores,
heredad fosca y estéril de los seres infelices,
fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas,
en los tristes vencimientos alentar las esperanzas 35
y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.
Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida,
desterrado que en la playa de región desconocida
inició su apostolado domeñando adversidades,
al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces 40
prendió el sol que disipara las profundas lobregueces
que opusieran a su empeño las humanas tempestades.
Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas
guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas
forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa, 45
y en la gama de su verso melancólico y flexible
hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible,
y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.
Incansable peregrino de un errante y largo viaje,
fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje 50
en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima,
su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento,
al lanzar, transfigurado, su profético lamento
en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.
Con su influjo persuasivo de amoroso misionero, 55
anunció la buena nueva prodigando en el sendero
de su gracia luminosa floraciones tempraneras,
y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo
un radiante Nazareno de exaltado iluminismo
de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas. 60
De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones
la piedad acariciaba los heridos corazones
como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras,
y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias,
fulguró como la estrella que orientaba las conciencias 65
a las márgenes lustrales de las iras redentoras.
Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros
que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros,
ofreciose en holocausto como símbolo y proclama,
y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia, 70
reflejando en la pupila la visión de la tragedia
y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.
«Martí: su vida y su obra»
por Néstor Carbonell
_Oración pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La
Habana_
Señoras y señores: o mis buenos amigos y buenos compañeros, Jesús
Castellanos y Max Henríquez Ureña, entusiastas organizadores de estas
hermosas lides del pensamiento, me hicieron el honor de invitarme para
que consumiera un turno en ellas, consulté la mente, y no hallé tema que
me subyugara: consulté luego el corazón, y hallé, José Martí. Con este
amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna. Pero yo no
vengo aquí como juez a juzgar su personalidad, ni como crítico a
analizar su obra letra luego difundir por los aires el juicio que lo
rebaje o enaltezca. No es ese mi propósito: quede tarea tan difícil como
ingrata, para quien tenga más ambición que la mía y menos temor de su
saber y su persona. Yo vengo aquí, sin más autoridad que la del limpio
corazón enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera sea brevemente,
la vida meritísima y gloriosa, la vida llena de infinitas ternuras y
cruentos martirios de ese enorme soñador melancólico, caballero de todas
las justicias, que sufrió por la patria al través de los años de su
existencia, cuanto hombre puede sufrir, y cayó desplomado de su corcel
de guerra, para no levantarse jamás, como un Aquiles de poema, en la
trágica hermosura del combate, peleando como simple soldado por la
libertad, en un luminoso mediodía de mayo.... Yo vengo aquí a recordar
sus doctrinas, su bello y magnífico ideal: la República con todos y para
el bien de todos, la República de «ojos abiertos» y sin secretos, la
República equitativa y trabajadora, ancha y generosa, altar de sus hijos
y no pedestal de ellos, la República cuya primera Ley fuera el amor y el
respeto mutuo de todos los derechos del hombre, la República culta, con
los libros de aprender al lado de la mesa de ganar el pan, la República
con su templo orlado de héroes, la República sin camarillas, sin
misterios y sin calumnias, ¡la República! y no la mayordomía espantada o
la hacienda lúgubre de privilegios y monopolios irritantes; la República
justa y real en donde fuera un hecho el reconocimiento y la práctica de
las libertades verdaderas. Yo vengo aquí, hoy que crece en nuestro suelo
el manzanillo enfermo del pesimismo, y en que diríase que se está
pudriendo y desmigajando por momentos el alma nacional, a evocar su
memoria sagrada, y al evocarla, a pedir a vosotros todos--y en vosotros a
todos mis conciudadanos--, menos política aleve, menos intriga sutil,
menos ambiciones, menos complicidades, menos emboscadas tenebrosas: y
más piedad para los yerros y ofensas, y más respeto para todos los
preceptos constitucionales, y más rectitud para rechazar a los que sean
capaces de invitar al deshonor y al crimen, y más pureza para defender
los principios patrios, y más voluntad para no codearse con los viles, y
más valor para sacarlos por el cuello y ponerlos adonde el sol los queme
y los destruya.... Yo vengo aquí, a rendir el tributo infeliz de mis
palabras, al literato insigne, al poeta sincero, al orador maravilloso,
al hombre tierno y sonoro, grande y bueno, que despertó en mi alma, ya
con las armonías incomparables de su joyante prosa, ya con los trinos
melodiosos de sus versos, ya con el himno triunfal de su voz
pitonisaria, el amor inextinguible por la Libertad y la Belleza; al
hombre cuya cabeza ya está hueca, cuyos labios ya están mudos, cuya mano
está ya deshecha, al apóstol y al mártir que reposa para siempre en la
almohada eterna y en el inmortal silencio.... Vengo aquí, en fin,
trémulo y reverente, como hijo agradecido y amoroso, a ofrendarle mis
pobres flores, mis flores descoloridas y sin perfume, mis pobres flores
que acaso manos traidoras arrebaten y despedacen, atendiendo al dolor
que en algunos vivos proporciona la glorificación de aquellos muertos
cuyas virtudes no saben; o no quieren imitar.... Sí, porque es triste
cosa, pero es lo cierto; todo aquel que posee una cualidad
extraordinaria, lástima, sin más que eso, al que no tiene ninguna: no
hay bien de uno que no traiga la tristeza de otro; no se rinde homenaje
a un muerto que no vaya acompañado por malignas lágrimas o malignas
sonrisas. El mundo rebosa de gentes que sufren con todo triunfo ajeno y
quisieran ir por él con una pica derribando cuanto les sobresale: y de
gentes parasitarias que se ríen de todo lo que no comprenden. Pero...
desprecio para ellos los envidiosos y desdeñosos de oficio, ¡lástima de
sus humanas envolturas tan vilmente rebajadas! Aunque, quién sabe si por
ello son más grandes los grandes de la tierra, los que han pasado sin
doblar las rodillas por el mundo. Ellos son la espuma que salpica la
barca y también la ola que la lleva a seguro puerto; la nube que oculta
la estrella y también la sombra que la hace resaltar; el puñal que hiere
y que envenena y la mano que venda y que restaura; el chiste raquítico
que rebaja y la oda resonante que eleva y dignifica; la multitud que
recrimina y aplasta y el pueblo que corona y premia; los gusanos que
destruyen el cadáver y las flores que crecen sobre las sepulturas. Ellos
son la consagración: no hay gloria completa sin el beso de una hermosa y
sin la mordedura de un malvado; nadie puede llamarse francamente
triunfador si no ha sentido posarse sobre su frente tiernas miradas de
mujeres y crueles y sarcásticas miradas de hombres... ¡Ah! quién diera a
mis palabras la pujanza de águilas bravías o potros cerriles, para
pregonar con ellas a despecho de afilados dientes y rastreros silbidos,
y no ya por la isla infeliz, sino bajo todos los techos del mundo, el
genio y la bondad del divino maestro. Pero mis palabras, débiles
mariposas, apenas si podrán en su vuelo llegar hasta vosotros, y apenas
si podrán expresar el sobrenatural trastorno que de mí se ha apoderado,
desde que sé, porque lo he prometido, que es deber mío rememorar su vida
llena de sacrificios y perdones, recordar sus doctrinas bañadas de fe y
amor, decir algo que sea de su literatura y poesía originales, rendir mi
homenaje de admiración y de cariño entrañable al hombre sin tacha, a
pesar de fealdades e impurezas de la tierra, al hombre dulce y amable,
que es hoy, al cabo de quince larguísimos años de desaparecido, luz
serena y deleitosa en mi cerebro, ternura y bondad y alas en mi
corazón... ¡Su vida! ¿Y podrá el pensamiento desbordado seguirla en su
carrera de gloria y de dolor? ¿Podrá la palabra humana, humo y cáscara,
y vestidura tantas veces de las más bajas pasiones, relatar tanta
grandeza como encierra su vida? Nació José Martí en cuna humilde, en La
Habana, el 28 de enero de 1853, en la casa marcada con el n.º 102 de la
calle de Paula. Nació en plena corrupción colonial, cuando era Cuba
mártir, el vertedero de todo lo podrido, el refugio de todos los
estorbos, de todos los hambrientos y desocupados de España, cuando era
nuestra tierra, el criadero de una milicia viciosa y enfermiza, robada a
la Agricultura y a la Industria de su país; cuando era esta ciudad,
jardín de América hoy, corral blando y holgado de Capitanes Generales
infecundos, logreros e imperiosos; cuando la bandera roja y gualda
flotaba sobre nuestra casa y a su sombra los cubanos estaban condenados
a perpetua cobardía y los españoles autorizados para enriquecerse y
engordar sus vicios insolentes; cuando el criollo moría en la miseria y
el peninsular paseaba satisfecho en el carruaje comprado con el oro que
manaba del crimen; cuando había más cárceles que escuelas, y el látigo
infamante chasqueaba sobre las espaldas de los hombres de una raza tan
necesitada de justicia como la nuestra; cuando el cubano que no se
sometía a servir de celestino al pisaverde madrileño que lo solicitara,
iba a purgar su osadía en el presidio; cuando el talento de los nativos
dormía echado bajo la bota del déspota ceñudo, y la capa torera sobre
los hombros y la cinta de hule en el sombrero, eran los únicos
pasaportes de honor y las únicas cédulas de vida, verdaderas. Entonces
nació Martí. Fue su padre don Mariano, español, y Sargento cumplido del
Ejército; y su madre, doña Leonor Pérez, hija de Canarias. El sábado 12
de febrero del mismo año en que naciera, fue bautizado en la iglesia del
Santo Ángel Custodio por el presbítero don Tomás Sala y Figuerola. Al
nacer Martí su padre desempeñaba el cargo de Celador de Policía, o lo
que es lo mismo, tenía título sobrado para matar o encarcelar a los que
no creyera fieles a la _madre patria_. Pero don Mariano era un hombre
honrado aunque de escasa inteligencia y maneras rudas y despóticas.
Cuando Martí tenía un año de nacido, lo llevaron a España a donde fueron
sus padres a visitar unos parientes. Cerca de diez meses estuvieron por
Valencia, al cabo de los cuales regresaron a La Habana, continuando don
Mariano en el desempeño de su antiguo destino. Los padres, pues, de
Martí, españoles, lo educaban en el amor a España y en la sumisión más
absoluta a su Gobierno. Y la aspiración más ardiente de ellos era el ver
algún día a su «Pepe»--así lo llamaban--empleado en la misma faena
policiaca que el viejo. Pero aunque el hombre no viene al mundo hecho,
sino que se hace y se moldea al calor de los acontecimientos, Martí,
rebelde desde niño a freno y reclusiones, fue como esos robles vigorosos
que levantan su copa robusta a pesar de la enredadera que los envuelva y
de los gusanos que lo roan. Verdad que Martí fue un genio, y los genios
como los volcanes traen sus entrañas hechas: ellos mismos se tejen el
amor y se acrisolan la capacidad. Se nace rey como se nace esclavo, pero
quien lo nace no se da cuenta de ello hasta que no manda y es obedecido,
o hasta que no lo mandan y obedece. Martí, dijérase que trajo al nacer
la infinita comprensión del porvenir. En él se realizó el milagro: de un
huevo de paloma nació un águila; en el áspero huerto creció el lirio
perfumador....
En una escuela de barrio, de la que contaba él que no podía olvidarse,
porque a su maestro le debía que sus orejas estuvieran más separadas de
la cara que lo regular, aprendió las primeras letras. De allí salió a
los nueve años para el colegio «San Anacleto», que en aquel entonces
dirigía en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en
este colegio donde comenzó a sobresalir, siendo el primero en las clases
y el ganador de todos los premios; donde comenzó a mostrar que no era
aire lo que traía en la cabeza sino pensamiento y acción. De esa niñez
suya, estudiosa, contaba Fermín Valdés Domínguez y cuenta todavía el
doctor Eduardo F. Plá, sus condiscípulos dichosos en las aulas felices,
rasgos asombrosos de inteligencia y de carácter. Y fue de ese colegio de
donde su padre, creyéndolo ya bastante ilustrado lo sacó para emplearlo
de Escribiente en la Celaduría. Y acaso si se hubiera sepultado allí y
se hubiera malogrado el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen
amigo de don Mariano, a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para
matricularse en el Instituto de Segunda Enseñanza, y lo hubiera alentado
para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar, empero,
meses después, hostigado por el autor de sus días que no estimaba
necesario para desempeñar su empleo, ni para aspirar al de Celador,
saber más de lo que él ya sabía. Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo
llevó más tarde, cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de
educación, «San Pablo», colegio de Segunda Enseñanza que fundó y dirigió
en aquel tiempo, el culto y valiente poeta Rafael María de Mendive. En
él se ganó el cariño y la estimación de su Director y estrechó la
amistad con Fermín Valdés Domínguez, quien le abrió su casa acomodada,
le prestó sus libros y le colmó de sincero afecto. De los más dulces
tiempos de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos,
vino a sacarlo, sacudiéndole las más recónditas fibras del corazón, el
grito de independencia lanzado en Yara, en la madrugada heroica del 10
de octubre de 1868, por el varón ilustre, por el caudillo insigne, por
Carlos Manuel de Céspedes. Días después redujeron a prisión, en el
Castillo del Príncipe, a Rafael María de Mendive, más tarde deportado a
Santander: y cuentan que Martí, ansioso de ver a su amado maestro, se
fue al Gobierno, y sin más recomendación que su persona, consiguió un
pase para poderlo visitar: y allí iba él diariamente, al calabozo del
cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento y su
ternura. El toque de clarín de Yara, primero, haciendo vibrar su joven
alma de patriota, la prisión de su viejo amigo, los sucesos de
Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos por el Gobierno de
España en Cuba, fueron seguramente los que fijaron en su mente la divina
idea de libertad y la necesidad de conquistarla. Fue entonces como su
despertar glorioso. Fue entonces acaso que se juró en secreto a ella y
celebró sus bodas con la patria: fue entonces que recibió esa
consagración del dolor que sublima el alma y señala cumbres desconocidas
al pensamiento....
Cuando Mendive salió para España a cumplir condena, Martí, a quien la
existencia se le quedó por esa causa como sin luz y sin guía y sin
amparo, empleose, con el fin de ayudar a su padre, siempre gruñón y
descontento de él, en el escritorio de don Cristóbal Madan, antiguo
amigo del bardo desterrado. A su vez, Martí seguía sus estudios en el
Instituto de Segunda Enseñanza. Y cuentan que en las horas que mediaban
de clase a clase, se reunía un grupo de estudiantes para hablar de
política: y que era siempre Martí, el que más hablaba y con más
entusiasmo, de los problemas de la patria, y que daba gusto oír de sus
labios infantiles, sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya
a manejar los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a
desatar batallas y a desplegar victorias.... En esa misma época, y como
Domingo Dulce, Capitán General de la Isla, decretara la libertad de
imprenta, comenzó Martí a publicar en compañía de Valdés Domínguez un
periódico titulado _El Diablo Cojuelo_, al mismo tiempo que dirigía _La
Patria Libre_, siendo este último el periódico donde publicó por vez
primera su poema «Abdala», canto brioso y fulgurante de levantado
espíritu patriótico. Para él fue un día de júbilo casi celestial, un día
de esos en que el sol parece como que retoza en las almas, aquel en que
vio publicado sus versos. Mas, poco le duró este contentamiento, pues
cuando llegó a su casa mostrando su producción, los padres, que no
estaban de acuerdo con esos juegos de la fantasía y viriles arranques de
cubanismo, lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los
padres como el aplauso primero a sus demostraciones de hombría, de saber
y de talento: Martí no; Martí no tuvo en el hogar más que áspera voz,
seca riña, cruel amenaza, injusta reprensión de la mano como única
recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores....
Y llegó el momento aciago en que había de sufrir el primer castigo, en
que había de comenzar a descender la cuesta de la vida, por amar a su
patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corría el año de 1869. Era el
4 de octubre. Acusados por unos voluntarios, Eusebio Valdés Domínguez,
hermano de Fermín, Manuel Sellén y Atanasio Fortier, del _enorme delito_
de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada, por
la casa de la familia de Valdés Domínguez, vinieron, ya entrada la
noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un registro en la casa ya
citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos, de hallar algo que
sancionara la matanza. En el registro llevado a cabo, encontraron, entre
otras cosas, una carta cuyo sobre estaba todavía sin cerrar, y que
habían escrito y firmado Martí y Fermín Valdés Domínguez, para
mandársela a un condiscípulo de ellos que había cometido la mala acción
de apuntarse como oficial de un regimiento, siendo criollo, para ir a
combatir a sus hermanos que en esos momentos bregaban y sangraban por
conquistar para ellos y para todos, casa libre y justa. La breve carta,
escrita por Martí, estaba redactada en estos términos: «Señor Carlos de
Castro y de Castro: (así se llamaba el traidor) Compañero: ¿Has soñado
tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se
castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo de
Rafael María de Mendive, no dejará sin contestación esta carta». Este
hecho determinó la prisión de Martí y de Fermín Valdés Domínguez, siendo
ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron llamados
los dos. Valdés Domínguez, primero, declaró que él había sido el autor
de la carta y de las dos firmas. Pero cuando Martí fue interrogado,
jadeante y como si llevara en el pecho una montaña, se acercó a los
jueces, y afirmó con enérgica y vibrante voz que él si era el único y
verdadero autor de la carta citada. Y para corroborar de manera
elocuente su aserto, formuló duros ataques contra la dominación
española, su tiránica política y sus hombres nulos e infames. Este fue
el primer discurso de Martí y la primera demostración pública de su
talento y su carácter irreductibles. Hay hombres que vienen al mundo
como los huracanes y las avalanchas, purificando y retumbando desde que
nacen. Así Martí. Diez y seis años contaba entonces, «el bozo en flor y
el pájaro en el alma» y España quiso matarlo. El Fiscal pidió para él la
pena última y para Fermín Valdés Domínguez diez años de presidio. Pero
el fallo fue: seis años de prisión para Martí y uno para su camarada de
infortunios e ideales. Y Martí fue a presidio. Lo que allí sufrió él, lo
dijo en páginas que todavía gotean sangre, en su folleto «El presidio
político en Cuba» y en el que exclamaba: «Dante no estuvo en presidio.
Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de
aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su infierno. Lo
hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor. Si existiera el Dios
providente, y lo hubiera visto, con una mano se habría cubierto el
rostro y con la otra habría hecho rodar al abismo aquella negación de
Dios». Y fue luego deportado a Isla de Pinos y más tarde enviado a
España en calidad de deportado. Para ella embarcó el 15 de enero de
1871. Momentos antes de salir le escribía a su benefactor señor Mendive:
«De aquí a dos horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido,
pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas
para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente un
hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto de
bueno y cariñoso tengo. Diga usted a Micaela que si he tenido muchas
imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace quererla más. Y a
Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos mi afecto. Muchísimos abrazos a
Mario: y de usted toda el alma de su hijo y discípulo». Así escribía a
su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes de
abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo que
había de ser más tarde el Libertador de su pueblo, y el que le arrancara
su última presa en América a la hambrienta monarquía española.
A España llegó Martí, apesadumbrado, pobre, comido de pesar el corazón.
A causa del grillete que había llevado se le formó un tumor del cual lo
operaran dos veces y las dos sin éxito. Primeramente vivió en Madrid del
escaso producto de unas clases que daba a los niños de don Leandro
Álvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet. Vivía, como es
de suponerse, miserablemente. Viviendo así se lo encontró, cuando fue
deportado a España por los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermín
Valdés Domínguez, su amigo, o más bien, su hermano. Y como Valdés
Domínguez llevaba en la bolsa, oro bastante, se instalaron juntos en
amplias habitaciones, bien situadas. Y Martí comenzó una nueva
existencia. Mejoró de salud, se le animaron los ojos tristes, y de nuevo
emprendió sus estudios. En esa época y no obstante estudiar sin
descanso, el tiempo no le faltaba para escribir folletos, para
pronunciar discursos desde la tribuna de la logia «Armonía», para hacer
versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades de la patria
y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en que para tratar sobre
el asesinato de los Estudiantes de Medicina, se reunieron los cubanos
allí residentes, Martí habló: y recuerda uno que estuvo en aquella
reunión memorable, que fue su discurso relampagueante, encendido,
arrebatador; y recuerda también, que sucedió esa noche una cosa
sobrenatural. Colgando de la pared, sobre la tribuna, había una mapa de
Cuba, y cuando Martí, lleno del más tierno lirismo hacía una invocación
a su patria llorosa y rodeada de cadenas, cuando la concurrencia,
suspensa de su palabra, temblaba de emoción, el mapa cayó como una
corona sobre su cabeza. ¡Fue como si su tierra toda entera, respondiera
a su llama miento! Y cuando la proclamación de la República en
España--golondrina fugaz como un suspiro--, Martí puso en manos de
Estanislao Figueras, un largo escrito abogando por la independencia de
Cuba. Y cuando los federales en sesión solemne celebrada en la Academia
de jurisprudencia, quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que
se contentaban con la República federal española, Martí, allí presente,
se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie siete horas, echó
por el suelo esos propósitos. Martí se opuso también a la creación en
Madrid de un Casino Cubano. Por eso y por otros rasgos más, fue a sus
pocos años, y en plena Corte de España, como el verbo y el alma de su
pueblo atormentado y miserable....
Debido a que Fermín Valdés Domínguez enfermó gravemente y los médicos le
recomendaron que cambiara de aires, pasaron Martí y él a Zaragoza en
donde apenas llegados, se ganaron el afecto y la estimación de los hijos
de aquel noble pedazo de España. Los _insurrectos_ los llamaban en
Aragón, pero los llamaban así, sin ira y sin odio. Martí en Zaragoza lo
fue todo, el orador en las reuniones, el escritor en los periódicos, el
poeta siempre. En una velada organizada para recoger fondos con que
aliviar la miseria de las viudas y huérfanos de los bravos que
sucumbieron por defender el honor que un rey criminal quiso asesinarles,
Martí pronunció una oración bellísima, y el señor Leopoldo Burón recitó
unos versos, también suyos, alusivos al acto. En Zaragoza obtuvo Martí,
el grado de doctor en Derecho a título de suficiencia, y el de doctor en
Filosofía y Letras, a pesar de la marcada oposición del claustro de
aquella Universidad carlista. Así, a puro esfuerzo, entre flaquezas e
impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el mérito ajeno,
caminando siempre del lado de los pobres, y sin andar de pedigüeño por
entre bastidores y escaleras, se hizo hombre, ¡grande hombre!, el niño
bondadoso del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de
Medina, el joven enfermizo y desterrado de la península ibera, nuestro
José Martí....
Y con sus títulos de Abogado y doctor en Filosofía y Letras, dejó la
nación hispana, en 1873, y se fue a visitar a París, Londres y otras
importantes ciudades de Europa, siguiendo luego viaje a México, en donde
le esperaban, ansiosos de abrazarlos, sus padres y hermanas. En México,
tierra ancha y generosa en la que los cubanos han hallado siempre
alegría y calor de propio hogar, lo recibieron con marcadas
demostraciones de aprecio. A poco de estar Martí entre los mexicanos,
era altamente conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo,
orador y poeta. Durante los cuatro años que en esa República permaneció,
fue Director de _La Revista Universal_, la cual se escribía a veces
desde el fondo hasta las gacetillas; conferencista en el _Liceo Hidalgo_
y en otras Sociedades; autor dramático en los principales teatros. Los
trabajadores de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y
el Gobierno lo colmó de atenciones a cada instante. Martí, sin el grande
amor por su patria, hubiera sido en México, como en cualquier otro país,
conductor de conciencias. Pero la estrella heráldica que lo llevó a
morir entre el humo y el fragor de la metralla, le seguía como un
lamento y como el grito de una madre: de ahí que ese hombre que pudo ser
monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo,
sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde no había
justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan sin mancha.
En México, trémulo de femenil pasión y llena el alma como siempre, del
ansia de morir a caballo, peleando por su país, escribió él, aquella
composición suya, titulada «Patria y mujer»; composición que expresa
bien, la grandeza de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada
por gritos desesperados de deber. Lleno de ternura el corazón y poblada
la mente de trágicas visiones, escribió sin duda esa valiente poesía de
la que yo recuerdo estas estrofas:
suspiro del amor, cual si cupiera,
triste la patria, pensamiento alguno
que al patrio suelo en lágrimas no fuera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Y ¿con qué corazón, mujer sencilla,
esperas tú que mi dolor te quiera?
Podrá encender tu beso mi mejilla,
pero lejos de aquí, mi alma me espera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Miente mi labio si se acerca al tuyo,
mienten mis ojos si de amor te miran;
de mujeril amor mis fuerzas huyo:
en incorpórea agitación se inspiran.
»Amo yo más el árbol que sombrea
la tumba incierta del guerrero hermano,
que ese nido de perlas que hermosea
blonda más débil que tu amor liviano.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Sus cuerdas una la robusta lira,
y el corazón sus átomos perdidos:
a un solo amor mi corazón aspira,
para un solo guarda latidos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Este cuerpo gentil rebosa vida,
y cada árbol allá cobija un muerto:
a todo goce esta mujer convida,
a toda soledad aquel desierto.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»No habla de amor mi corazón que late:
cuando en mi corazón hay un latido,
es que me anuncia que en algún combate
un héroe de la patria ha perecido».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
De la tierra del padre Hidalgo, el cura heroico, pasó a principios de
1877, a Guatemala, deteniéndose antes en La Habana, a recoger unas
cartas de presentación para distintas personalidades del Gobierno de
aquella República. Allí, apenas sacudido el polvo del camino, fue
nombrado Catedrático de Derecho Político, y Director de la _Revista
Guatemalteca_. Allí escribió, a petición del Gobierno, un drama
histórico en cuatro actos y en versos, y también allí, una angelical
alma de niña, sintió por él la más purísima de las pasiones. Era una
distinguida señorita, hija de un General ilustre de aquel país, que lo
amó locamente. Y dicen que Martí sufría como de un crimen, al tener que
mostrarse indiferente ante aquel amor primaveral. Pero él cuando fue a
Guatemala, ya estaba comprometido en México con Carmen Zayas Bazán, a
quien hizo luego su esposa y es hoy su viuda respetada: por eso no amó
Martí aquella criatura tan tierna y talentosa. Martí salió a México de
nuevo a contraer matrimonio, y volvió casado a Guatemala. Y dicen que la
pobre enamorada murió entonces de dolor, del dulce mal de sentir
demasiado las ingratitudes de la vida. Martí, años después, pensando sin
duda en esa historia romántica que estremeció su existencia, escribió
estos divinos versos de ternura y melancolía:
«Quiero a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.
»Eran de lirio los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda...
»Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.
»Iban cargándola en andas
Obispos y Embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores
»...Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador:
él volvió con su mujer;
ella se murió de amor.
»Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente, ¡la frente
que más he amado en mi vida!
»...Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.
»Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.
»Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor!».
Otras pasiones inspiró Martí, a otras mujeres, pero acaso ninguna tan
pura y tan hermosa como esa que inspiró a la niña de Guatemala, la de
las manos de lirios y la frente purísima: luz y música hecha carne.... Y
cuando de orden del señor Ministro de la Guerra se le quitó la dirección
de la Escuela Normal de aquel país, a su amigo y paisano José María
Izaguirre, renunció puestos y honores y vino a Cuba, ya firmada la paz
del Zanjón, en 1878. La Habana lo recibió afectuosamente. Primero se
puso a trabajar como abogado, aunque sin jurar su título, en los bufetes
de don Nicolás Azcárate y Miguel Viondi, dándose luego a conocer de sus
paisanos como orador, en notables discursos y conferencias pronunciadas
en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo en un banquete
celebrado en honor del genial periodista Adolfo Márquez Sterling. Cuatro
fueron las veces que habló Martí en el Liceo de Guanabacoa. La primera
sobre el realismo en el Arte; la segunda sobre su amigo, el poeta
Alfredo Torroella, en que arrancó lágrimas; la tercera sobre los dramas
de don José Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Díaz
Albertini. A esta última asistió el General Blanco, Capitán General de
la Isla entonces, y notables personalidades cubanas y peninsulares. Y
dice Miguel Viondi que Martí habló de tal manera, de patria y libertad,
que el General Blanco se retiró de la fiesta diciendo al señor Azcárate:
«quiero no recordar lo que yo he oído y que no concebí nunca se dijera
delante de mí, representante del Gobierno Español: voy a pensar que
Martí es un loco...». Y añadió: «pero un loco peligroso». A pesar del
trabajo excesivo y de su dedicación a la literatura, Martí no dejó un
día de conspirar desde que llegó a La Habana. Su casa era un centro de
conspiración y un templo de arte: allí se reunían tan pronto, hombres de
armas y acción, para hablar de guerra, como se reunían hombres de saber
y pensamiento para hablar de «suspiros y risas, colores y notas». Más
tarde, el mismo general Blanco, creyéndolo--como era la verdad--complicado
en aquel conato de revolución de 1879, le pidió que hiciera pública
protesta de adhesión al Gobierno de España, a lo que él indignado
contestó: «Martí no es de la raza de los vendibles». Y fue nuevamente
deportado a España, de donde se fugó al poco tiempo, pasando a París y
de allí a New York, lugar en que siguió conspirando, conspiración que
culminó con aquel desembarco en Cuba de Calixto García, el glorioso
General de la frente horadada. Y cuando él vio el fracaso de aquella
intentona y palpó la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de
Bolívar, y allí agrupó en torno suyo numerosos admiradores y amigos. En
Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa. Varias veces a la
semana y por espacio de dos horas, vibró su voz elocuente en mitad de
sus alumnos que lo escuchaban maravillados. Y consignó uno de aquellos,
que «en una de las sesiones oratorias, le sirvió de tema el pueblo de
Israel, y con lenguaje expresivo y sublime enarró las maravillas de
aquel pueblo excepcional»: que no era posible decir cosas más hermosas y
poéticas, pero «que cuando el orador se consideró en la cumbre del monte
Nebo y presentó al pueblo israelita y a Moisés contemplando la tierra
prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía
poco ante aquel espíritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las
ideas». Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de
América: «El poema de 1810 está incompleto y yo quise escribir su última
estrofa». Luego Martí, no pudiendo amoldarse a las exigencias del
Gobierno de aquella República, del cual era entonces Presidente el
general Guzmán Blanco, salió de allí, despidiéndose en una carta
bellísima de los venezolanos que amó. A esa carta pertenece este
párrafo: «Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra;
vehementemente pago sus cariños; sus goces, me serán recreo; sus
esperanzas plácemes; sus penas, angustias; cuando se tienen los ojos
fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero en su
camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se
merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida. De América
soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación,
sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay
para labios dulces copa amarga ni el áspid muerde en pechos varoniles;
ni de su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla:
ella tiene en mí un hijo». De Venezuela pasó, de nuevo, llena el alma de
tristezas y emociones viriles, a la Babel moderna de los rubios
mocetones y las nevadas inclementes: a New York, a esa ciudad de las
ansias, de las regatas, de los afanes, de las prisas, a ese horno
colosal donde se sazona el egoísmo y se pierden entre espirales de humo
y ruidos de maquinarias, los besos y las lágrimas....
Triste, apesadumbrado, como un náufrago que después de clamar en vano en
la noche vacía y negra, arriba a playa desconocida, así llegó Martí
nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo, una medicina que de los
más graves males cura al hombre: las ternuras y cuida dos de su esposa
que allí lo esperaba y los besos de su amado chiquitín, el hoy coronel
de nuestro Ejército. Sacudió sus lágrimas calladas, escondió sus penas
hondas, y comenzó a trabajar en la tierra hostil y ajena. El conocer a
los hombres, tanto como los conocía, lo hizo superior a todas las
pasiones: de ahí que pudo, entre gentes que miden, que desdeñan, que
empujan, que desprecian, que viven con el apetito desmesuradamente
abierto, pasear su amable cultura y oceánica bondad, y sacar a puerto y
con honra, su divina existencia. Veamos cómo se abrió paso en el pueblo
áspero y extraño. No era él de los soberbios que se impacientan porque
no le conocen el talento, aprisa, ni de los pobres de espíritu que
porque los visite el dolor, languidecen y desmayan o se despedazan el
cráneo; sino de los de enérgica voluntad y firme intento: de los que
vencen. Las alturas se han hecho para subirlas: en lo más elevado de
ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la vida. Él
lo sabía, y se sentía con la fuerza inquieta y seductora de los que
poseen la capacidad de mirar desde lo alto. Martí fue en New York, y en
el período de diez años, dependiente de una casa de comercio en la cual
llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia;
redactor de _El Sun_, el gran diario americano; corresponsal de varios
periódicos de la América Latina, para los cuales escribía kilométricas
epístolas, verdaderos estudios filosóficos y literarios de asuntos y
hombres de los Estados Unidos; traductor de la casa editora «Appleton»;
redactor de _La América_, y el _Economista Americano_, Director de _La
Edad de Oro_, revista exclusivamente para niños, a los que amaba
entrañablemente; profesor en «La Liga», la Sociedad de los necesitados
de cariño y hambrientos de sabiduría; representante de tres naciones,
Uruguay, Paraguay y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y
alma en pie siempre, para responder a todo llamamiento cubano, bien
fuera para remediar miserias o para mitigar dolores. Jamás pasó una
fiesta del patriotismo, de recordación gloriosa, sin que él tomara
parte. Año tras año, cada diez de octubre, aniversario glorioso de aquel
día sublime, Martí dejaba oír su pintoresco, brillante y enérgico
lenguaje, «flores tristes y lanzas enlutadas» que él depositaba a los
pies de los héroes muertos. En el sudor y la fatiga del trabajo vivía,
pero consagrado a Cuba, a desenterrar su epopeya de luz y a añadirle y
hacerla entender, a los que parecían no querer entenderla: y a la
América nuestra entera, a su América enferma. En 1883, invitado para
tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de las
Repúblicas latinoamericanas, en New York, habían de conmemorar el
Centenario del nacimiento de Bolívar, Martí asistió a ella, y habló y
derramó a raudales, en legiones de primorosas frases, los productos de
su genio. Y terminó con estas palabras: «¡Brindo por los pueblos libres
y por los pueblos tristes!» ¡Siempre pensando en Cuba! En la «Sociedad
Literaria Hispano Americana», de la cual era Presidente, el alma toda,
fueron innumerables las veces que hizo Martí resonar su palabra
portentosa. Allí Martí habló sobre México, sobre Centro América, sobre
Venezuela, sobre Bolívar. Hablando de Bolívar dijo, entre otras muchas
cosas grandilocuentes: «¡Oh no! En calma no se puede hablar de aquel que
no vivió jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por
tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres
en el puño y la tiranía descabezada a los pies!». Sobre Espadero habló,
el de «El Canto del Esclavo», «el que aprisionó en sus notas, como en
red de cristal fino, los espíritus dolientes, que velan y demandan desde
el éter fulguroso y trémulo del cielo americano»; sobre Heredia, nuestro
gran Heredia: y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de
patriótico ardimiento en que exclamó: «Si entre los cubanos vivos no hay
tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles que no
llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas que gimen
estériles en vez de mandar? ¿Qué hacen los montes que no se juntan
faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los
héroes?». Y siempre, y en todos los casos, la patria salía por sus
labios a relucir, altiva y llorosa, como una tórtola gemidora que
abrigara un cóndor bravío....
Pero injustos o malvados--que siempre ha de haber injustos o malvados
cerca de todo grande hombre--, lo tacharon una vez de mal cubano, en
1885, cuando él se opuso a los trabajos emprendidos por algunos jefes de
la revolución del 68 para llevar una guerra nueva a Cuba, por creerla
incompleta y parcial, y por estimar que con ella solo se lograría
alarmar y ensangrentar inútilmente el país, en vez de asegurarle su
entusiasmo y confianza para cuando se pudiera llevar a la isla la guerra
pujante, digna y definitiva. De una carta en que hacía referencia a su
oposición a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se
mantuvo por un espacio de tiempo, es este párrafo: «Crear una rebelión
de palabras en momentos en que todo silencio sería poco para la acción,
y toda la acción es poca, ni me hubiera parecido digno de mí, ni mi
pueblo sensato lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender
camino ¡quién sabe a qué y hasta dónde!, en servicio activo de una
empresa, y cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo, ¡qué
tristeza, qué tristeza moral de la que nunca podré ya reponerme! ¿Cómo
serviré yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jamás me pregunto otra
cosa; y me respondí de esta manera: Ahogando todos tus ímpetus;
sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora
posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto; mantente
atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a
tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme a los planes de
nadie, ni levantar yo planes por mí mismo, me he quedado en el silencio,
significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de
un pueblo sino con un espíritu de generosidad, casi divino, en que los
que se sacrifican por él, garanticen de antemano, con actos y palabras,
el explícito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus
hijos, en vez de poner como harán los malvados, sus propias manos, en
ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en
el respeto que los deberes públicos demuestre a cada uno de sus hijos.
En la hora de la victoria solo fructifican las semillas que se siembran
en la hora de la guerra. Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene
que saber tras de qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después. Tan
ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y
roca la determinación de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera
que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se
reconozca que en las cosas del país no hay más voluntad que la que
exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que en el suyo». Una
noche de conmemoración gloriosa, en ese tiempo, al ir a ocupar Martí la
tribuna, el auditorio pidió con marcadas muestras de hostilidad, que
hablara otro antes que él, otro que era _patriota_. Y Martí tomó asiento
y escuchó tranquilo, de labios pálidos de cólera, alusiones injustas; y
cuando fue a la tribuna él, y el público esperaba que se desatara en
denuestos, que vaciara su ira sobre cuantos le eran contrarios, fueron
sus palabras como voces de perdón. Sus palabras llevaban el desquite:
parecía como si con un manojo de lirios azotara las frentes de los
pecadores: sus anatemas eran alfileres con alas.... Esa noche triunfó y
ya más nunca dejó de ser el triunfador. En todo demostraba Martí las
extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los demás
hombres... ¿No lo dijo él? «Si los hombres nutren con sus manos
prácticas lo que tienen de fieras, yo haré con las mías por nutrirles lo
que tienen de palomas». Y así era, ministerio purísimo de amor y de
ternura, brazos de par en par abiertos para todos los hombres....
Fue en ese tiempo, durante esos años, que Martí mostró con más pujanza
la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de su genio.
Filósofo, poeta, economista, diplomático, políglota, periodista, orador,
legista, estadista, de todo se mostró Martí entonces, en aquel hervidero
de pasiones e intereses. Allí se le veía tan pronto en la tribuna,
predicando, como se le veía en el periódico, en el informe, en la
revista literaria, en la traducción, en el libro de versos. Allí publicó
él su _Ismaelillo_, un primoroso y pequeño volumen de composiciones
breves; en las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los
cabellos rubios y los pies ligeros de su hijo. Y también _Versos
sencillos_, en el que cada estrofa, responde a un estado de espíritu, y
en el que como él decía: «a veces ruge el mar, y revienta la ola, en la
noche negra, contra la roca del castillo ensangrentado; y a veces
susurra la abeja, merodeando entre las flores».
De _Ismaelillo_ es este primoroso juguete:
Sé de brazos robustos,
blandos, fragantes;
y sé que cuando envuelven
el cuello frágil,
mi cuerpo, como rosa
besada, se abre,
y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
las sienes laten;
mueven las rojas plumas
internas aves;
sobre la piel, curtida
de humanos aires,
mariposas inquietas
sus alas baten;
¡savia de rosa enciende
las muertas carnes!
Y yo doy los redondos
brazos fragantes,
por dos brazos menudos
que halarme saben,
y a mi pálido cuello
recios colgarse,
y de místicos lirios
collar labrarme.
¡Lejos de mí por siempre
brazos fragantes!
Y este otro:
Por las mañanas
mi pequeñuelo
me despertaba
con un gran beso.
Puesto a horcajadas
sobre mi pecho,
bridas forjaba
con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
de gozo yo ebrio,
me espoleaba
mi caballero:
¡qué suave espuela
sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
mi jinetuelo!
¡Y yo besaba
sus pies pequeños,
dos pies que caben
en solo un beso!
Y este, que es como un suspiro hondo:
Qué me das ¿Chipre?
Yo no lo quiero:
ni rey de bolsa
ni posaderos
tienen del vino
que yo deseo;
ni es de cristales
de cristaleros
la dulce copa
en que lo bebo.
Mas está ausente
ni despensero,
y de otro vino
yo nunca bebo.
Y estas estrofas sueltas cogidas al azar de los _Versos sencillos_:
Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.
Con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar:
el arroyo de la sierra
me complace más que el mar.
Busca el Obispo de España
pilares para su altar:
¡en mi templo, en la montaña,
el álamo es el altar!
Si ves un monte de espumas
es mi verso lo que ves:
mi verso es un monte, y es
un abanico de plumas.
Amo la tierra florida,
musulmana o española
donde rompió su corola
la poca flor de mi vida.
¡Arpa soy, salterio soy
donde vibra el Universo;
vengo del sol, y al soy voy;
soy el amor: soy el verso!
No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
¡yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!
Hay montes, y hay que subir
los montes altos: ¡después
veremos alma, quién es
quién te me ha puesto a morir!
Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni oruga cultivo:
cultivo la rosa blanca.
Yo quiero cuando me muera,
sin patria, pero sin amo,
tener en mi tumba un ramo
de flores y una bandera.
Y cuando el destino le ofrecía el goce de una existencia bella,
sosegada, cómoda; cuando su talento reconocido y su grandeza de
espíritu, le daban asiento firme entre los que ya podían echarse a
descansar, formó con su vida una flor, y la puso a los pies de la
patria. Era el año 1891, y era el mes de octubre. Anunciado que en una
velada, patrocinada por el club «Los Independientes» de New York, que
había de celebrarse en recordación de los héroes del 10 de octubre de
1868, tomaría parte principal Martí, quien desempeñaba el cargo de
Cónsul General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, el
Ministro de España protestó ante los respectivos Gobiernos, y él, con un
desprendimiento asombroso, renunció a sus cargos diciendo: «¡Antes que
todo cubano!». Hay hombres que suben, como suben las zarzas y las
piedras que tienen en su cúspide las montañas: otros son montañas y las
coronan flores y las visitan víboras. Martí fue de esos. Hombre montaña
desde la cual se puede ver pasar hoy y se verá mejor, a medida que los
años vayan limándola, toda el alma compleja y revuelta de esa época de
creación y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba,
hizo resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que había
cubanos. Martí, si perdió con ese acto, el gusto y el regalo de su vida,
ganó en prestigio entre sus compatriotas, para los cuales fue desde
entonces, antorcha encendida de patriotismo, brazo infatigable, el
_pensamiento a caballo_ como lo llamó un ilustre hombre americano, el
altar más hermoso y más puro de las libertades cubanas.
Martí supo conquistar gloria: y cuando la conquistó, no la puso a precio
en mercadería, ni se puso a vivir de ella en ocio cobarde, sino que se
consagró a sembrar con sus manos, la buena semilla republicana entre sus
compatriotas emigrados.... Así, cuando días después de este hermoso
hecho, fue invitado por el Presidente del Club «Ignacio Agramonte» de
Tampa--la ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanos
proscriptos--para que tomara participación en una fiesta
político-literaria que dicho Club había de celebrar, él respondió
aceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de 1891,
a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arribó jubiloso a la
estación, henchida de cabezas, de aquel pueblo de hombres libres que lo
amaba ya sin conocerlo y que fue, por el sino misterioso de las cosas,
cuna de la gloriosa revolución del 95 que sacó a la vida libre nuestra
nacionalidad. A la siguiente noche, día 26, Martí dejó oír su palabra
sedosa y centelleante en aquel Liceo histórico, que yo añoro ahora
entristecido, y me veo niño, llena el alma de ilusiones, escuchando
exaltado al pie de la tribuna, los tiernísimos acentos de su voz
incomparable. Lo que allí dijo Martí no hay frases que lo abarquen. «Por
Cuba y para Cuba» tituló él su discurso, y por ella y para ella fue
cuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora, expresó. Su
discurso fue todo amor, todo esperanza, todo verdad. Señaló todos los
males que podrían la tierra de sus amores, los escollos con que se había
de tropezar y la manera de vencerlos. Habló de los egoístas y los
miedosos y los críticos que siempre le salen al encuentro a toda obra
cuando esta se halla en los sudores de la creación, y dijo: «¿Pero qué
le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían
hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al
codo como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo,
aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta; es
fango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego sus
joyas maravillosas; de lo fétido de la vida, saca almíbar la fruta y
colores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno
maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; ¡y las fuerzas
magníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y
confunden, no parecen de lejos, a los ojos humanos sino manchas!».
Hablando de los peligros que podían hacer desfallecer y cejar al cubano
en su afán de libertad, decía entre otras cosas: «¿O nos ha de echar
atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente
impura que está a paga del Gobierno español, el miedo a andar descalzo,
que es un modo de andar ya, muy común en Cuba, porque entre los ladrones
y los que los ayudan, ya no tiene en Cuba zapatos más que los cómplices
y los ladrones?». Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cariño al
escucharlo, y el alma de todos, como una marejada, lo envolvió y llenó
de una titánica alegría. ¡Él vio sin duda en aquella noche radiosa, en
aquella noche memorable, al terminar su oración, a su pobre patria
llorosa, entre convites y villanías, de barragana y flor marchita por el
mundo, y vio también, alucinado por el estruendo de los aplausos y los
vítores, a caballo el ejército de la Libertad, echándose sobre los
palacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana,
símbolos de la secular dominación de España....
A la siguiente noche, 27 de noviembre, habló sobre el asesinato de los
estudiantes del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no se
secará nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y el 28 del mismo
mes, salió de nuevo para New York, en donde a los pocos días recibió un
ejemplar del periódico _El Yara_, de Cayo Hueso, que dirigía el
irreductible cubano José Dolores Poyo, y en el que se expresaba
vivamente el deseo de que les hiciera una visita. Con este motivo, Martí
le escribió el 25 de diciembre del mismo año, una carta a Poyo, en la
que le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar a
los cubanos del peñón rebelde. En esa carta le decía entre otras cosas:
«¿Pero cómo ir al Cayo de mi propia voluntad como pedigüeño de fama que
va a buscarse amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en mí,
es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que sus
hermanos pudieran caer en la política engañosa y autoritaria de las
malas Repúblicas? Es tan dulce obedecer el mandato de los compatriotas,
como es indecoroso solicitarlo. Es mi sueño que cada cubano sea hombre
político enteramente libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, y
obre en todos sus actos, por su simpatía juiciosa y su elección
independiente, sin que le venga de fuera de sí, el influjo dañino de
algún interés disimulado. Pues aunque se muera uno del deseo de entrar
en la casa querida, ¿qué derecho tiene a presentarse de huésped intimo,
a donde no lo llaman? Mejor pasar por seco--aunque se esté saliendo de
cariño tierno el corazón--, que pasar por lisonjeador, o buscador, o
entrometido, que faltar con una visita meramente personal al respeto que
debo a la independencia y libre creación de los cubanos. Pero mándenme,
y ya verán cuán viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras». En
Cayo Hueso hubo indecisión sobre si debía o no llamársele. Pero por fin,
y por acuerdo del Club «Patria y Libertad», se le llamó. Martí salió
enseguida para Cayo Hueso, siendo acompañado en su viaje, desde Tampa,
por representantes de los Clubs «Ignacio Agramonte», y «La Liga
Patriótica». El 25 de diciembre llegó, mal de salud, al Cayo. No
obstante, habló varias ocasiones, arrebatando al auditorio, hasta que
ya, verdaderamente enfermo, le prohibieron los médicos que saliera de su
habitación. En cama estuvo doce días, al cabo de los cuales, un tanto
restablecido, se levantó y visitó, uno por uno, todos los talleres,
predicando la fe patriótica. Más tarde, en una reunión a que citó y a la
que asistieron varios jefes de la guerra del 68, se expuso la idea de
organizar bajo una sola, bandera a los cubanos emigrados. Martí recogió
esa idea y redactó entonces, ese monumento de amor y de concordia que se
llama: «Bases del Partido Revolucionario Cubano». De regreso de Cayo
Hueso pasó por Tampa, siendo aprobadas en esta ciudad las referidas
bases, siguiendo a New York, en donde lo esperaba un gran pesar: la
carta denostadora que el General Enrique Collazo, por error o ceguedad
del momento, le escribiera desde La Habana, y que firmaron con él, otras
distinguidas personalidades de la revolución. A esa carta contestó Martí
con otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara en su
corriente la hoja de una espada. Refiriéndose a los ataques personales
que se le hicieron escribió: «Y ahora señor Collazo, ¿qué le diré de mi
persona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare más que
ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame
mi vida. Queme usted la lengua señor Collazo, a quien le haya dicho que
serví yo a la madre patria. Queme usted la lengua a quien le haya dicho
que serví de algún modo, o pedí puesto alguno, al partido liberal. Creo
señor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de
su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas
veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para
morir en su defensa». Este incidente quedó satisfactoriamente arreglado
para ambos servidores de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo,
y reliquia viva el otro, escapada al peligro del naufragio y de la
muerte....
A la sazón, por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadas
las «Bases del Partido Revolucionario Cubano»: y el diario de abril de
1892--aniversario de aquel otro 10 de abril de Guáimaro--, quedó
proclamado este y nombrado Martí, por el cómputo de votos de todos los
emigrados, Delegado, cargo que llevaba en sí la suprema dirección de los
trabajos de esa gigantesca corporación, que fue casa, tribuna y
trinchera de las libertades cubanas en el exterior....
Desde el momento en que asumió Martí ese cargo, comenzó la labor más
extraordinaria que pueda imaginarse la mente humana. De New York, pasó a
Costa Rica, a entrevistarse con los generales Antonio y José Maceo, y
Flor Crombet, de los cuales tuvo la aprobación más calurosa por los
trabajos emprendidos. En Costa Rica habló y fundó Clubs, pasando luego
por segunda vez a México en donde despertó el entusiasmo patriótico de
los cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le dirigió una carta al
general Máximo Gómez, invitándolo a que aceptara la investidura de
encargado supremo del ramo de la guerra, a que «ayudara a organizar
dentro y fuera de la isla, el Ejército Libertador que había de poner a
Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar con métodos
ejecutivos y espíritu republicano su deseo manifiesto y legítimo de
independencia». En dicha carta invitaba al generalísimo, a ese nuevo
sacrificio, en momentos en que no tenía más remuneración que
ofrecerle--según sus palabras--«que el placer del sacrificio y la
ingratitud probable de los hombres»; invitación a la que el general
Gómez contestó aceptando, en noble y generosa carta, y a la que Martí
correspondió, yendo a visitarlo en Santo Domingo, la República hermana
por la gloria y el martirio. De Santo Domingo emprendió Martí una
excursión por todos los pueblos de la Unión Americana y algunos de
América Latina, volviendo a New York. Allí su vida era un vértigo. Se
escribía _Patria_, el periódico que fundó, junto con el «Partido
Revolucionario», contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs,
escribía artículos de propaganda, en inglés, para periódicos de
Filadelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relámpagos parecía tener
aquel hombre por músculos, tal era la prisa en que vivía. Increíble
parece que aquel cuerpo flaco y endeble, encerrara dentro de sí espíritu
tan gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias de
ala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar el
dolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad y para
echarse todo entero en el cáliz de un jazmín....
En 1893, la intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud.
Pero no por eso se echó como débil mujerzuela a llorar tristezas, sino
que después de publicar un manifiesto de levantado espíritu patriótico,
continuó, con más bríos si cabe, la tarea enorme de hacer patria, tarea
que fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara, a través
de su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno de los cristianos.
Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra evidente de la inquietud
que ya reinaba en la isla mártir, los pronunciamientos de Lajas y
Ranchuelo, en 1894, lo magullaron hondamente. Pero, incansable, a cada
golpe se levantaba más potente. A fines de ese mismo año fue que,
teniéndolo ya todo dispuesto para la lucha, escribió a Eduardo H. Gato,
el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidiéndole
$5000 y otra a José María Izaguirre, cubano rico de New Orleans,
pidiéndole cantidad parecida. De la carta a Gato son estas frases: «Todo
minuto me es preciso para ajustar la obra de afuera con la del país. ¿Y
me habré de echar por esas calles, despedazado y con náuseas de muerte,
vendiendo con mis súplicas desesperadas nuestra hora de secreto, cuando
usted con este gran favor, puede darme el medio de bastar a todo con
holgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?». «Si le escribo
más me parece que le ofendo. Usted es hombre capaz de grandeza: esta es
su ocasión. ¿Le prestaría a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme una
razón más de tener orgullo de ser cubano». Y de la carta a Izaguirre
este es el final: «¿Me lastimará usted mi fe? ¿Y en vano habré salido su
fiador? Porque lo garanticé desde el principio como si hubiéramos
hablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. ¿No me la
da su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que me quiera
por haber tenido esta certeza de usted, no en la hora de la gloria, sino
en la del sacrificio. Yo voy a morir, si es que en mí queda ya mucho de
vivo. Me matarán de bala, o de maldades. Pero me queda el placer de que
hombres como usted me hayan amado. No sé decirle adiós. Sírvame como si
nunca más debiera volverme a ver». Y esos cubanos respondieron
mandándole lo que él les pedía. ¡Y cómo no! ¿Se podía negar, se podía
decir que no, a quien pedía de ese modo, resplandeciente de limpieza y
de angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa definitiva,
recorrió por última vez las emigraciones, y cuando se detuvo en un
puerto de la Florida, en enero de 1895, ya todo lo tenía preparado para
caer sobre su tierra a bandera desplegada. Tres barcos, «Amadís»,
«Lagonda» y «Baracoa», cargados de armas y pertrechos ya estaban para
salir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad, los
detuvieron. La traición de un miserable, que estará mientras viva, libre
de todo, menos del remordimiento, vendió su poderoso plan. Entonces sí
que sufrió Martí lo indecible. Imagínenselo triste, rabioso,
colérico--¡colérico él, Dios mío!--viendo acaso en el espanto y horror de
sus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria como un
sudario de muerte, y sobre su corazón como una mano de hierro....
Perseguido por los Agentes españoles salió de Fernandina y llegó a New
York. Allí le volvió la vida: ¡podía salvar parte de las armas
apresadas! Y el 29 de enero escribió la orden de levantamiento para los
jefes de la revolución en Cuba, y el 31 salió en compañía de los
generales María Rodríguez y Collazo para Santo Domingo, con el fin de
unirse allí con Máximo Gómez. Se detuvo en Cabo Haitiano, en donde pasó
varias semanas de verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes.
Allí fue a moverle con furia, el espíritu, la noticia del levantamiento
del 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba,
cumpliendo órdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto lo animó y
desesperó más. Después de ese momento ni el sueño ni el descanso le
hicieron falta: vivía en una constante actividad. Así vio pasar todo el
mes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las playas
amadas, donde ya se moría como él sabría morir. El 25 de marzo, ya en
vísperas de viaje, en el _pórtico_ del _gran deber_, le escribió a su
amigo, el dominicano y poeta y escritor, Federico Henríquez Carvajal,
una carta que alguien ha llamado su testamento político, y de la cual
vienen a mi mente estos conceptos que debía grabar todo cubano en lo más
puro y bueno de sus entrañas: «Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad
comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca
triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar
respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable e
inexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único
quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos
de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quien
piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más
que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el
interés de sus representantes ponen en el curso natural de los sucesos.
De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero
mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador:
morir callado. Para mí ya es hora. Pero aun puedo servir a este único
corazón de nuestras Repúblicas. Las Antillas libres salvarán la
independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la
América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.
Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo a rastras con mi
corazón roto. Yo obedezco, y aun diré que acato como superior
disposición y como Ley americana, la necesidad feliz de partir, al
amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos por
sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la
cordillera de fuego andino». En esta carta dejó Martí mucho de su alma
llena del himno glorioso de la naturaleza y de la íntima majestad de lo
divino. Pero donde puso todo el corazón rebosante de ternura y amor, fue
en la carta última, que le escribió a su anciana madre, entonces aquí,
al lado de los que se sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla a
comer el plato del robo y de la villanía. Oíd esa carta: «Madre mía: Hoy
25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo
sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la cólera de su amor del
sacrificio de mi vida: y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el
sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es
más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía,
el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. Ojalá
pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí. Y
entonces sí que cuidaré yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora
bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin
limpieza. La bendición». ¡Yo no sé que se pueda decir más y de manera
más genial en tan pocas palabras! Si Martí no hubiera escrito más que
esta carta, por ella solo tendría asiento perdurable entre los hombres
que saben lo que es un adiós, lo que es desafiar la muerte, ¡y lo que
una madre significa!...
Y llegó por fin el momento feliz, término de todas sus angustias,
satisfacción de todos sus anhelos. Después de publicar el grandioso
manifiesto de «Montecristi» de despachar el barco expedicionario para
Maceo, de vencer cuantas dificultades le salieron al camino, se embarcó,
en unión de cinco compañeros, Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel
Guerra, César Salas y Marcos del Rosario, en un vapor alemán que había
llegado de paso a Cabo Haitiano, y que según la promesa de su Capitán a
Martí, los conduciría cerca de las costas de Cuba y les cedería un bote
para llegar a tierra. Oíd el relato, hecho a tajos, de esa odisea
milagrosa. Era el 10 de abril, día glorioso dos veces en los anales de
la historia cubana, cuando se echaron al mar esos hombres magníficos; y
el 11, a pocas millas de la costa, detiene el vapor que los conducía su
marcha, bajan la escala, echan al agua uno de sus botes y en él se
instalan los seis expedicionarios «con gran carga de parque y un saco
con queso y galletas». Y a las seis horas de remar, bajo un cielo negro
y tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos sobre la
costa de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro que habían
corrido y que habían de correr. Ya en tierra, cargados como bestias,
subieron los espinares y pasaron las ciénegas y cruzaron ríos crecidos y
subieron cumbres, hasta que dieron con la guerrilla baracoana de Félix
Ruenes «hombre de consejo y moderación» como lo llamó Martí, y a quien
la gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las impresiones
primeras de Martí, en los campos de Cuba libre: «Hasta hoy no me he
sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi
patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo.
Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los
hombres se ofrecen al sacrificio». «Es muy grande mi felicidad: sin
ilusión alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mí propio, ni
alegría egoísta y pueril, puedo decir que llegué al fin, a mi plena
naturaleza; y que el honor que en mis paisanos vea, en la naturaleza que
nuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez.
Solo la luz es comparable a mi felicidad». Cerca, de la costa
permanecieron Martí y sus compañeros hasta el día 16 que salieron con
dirección a la jurisdicción de Guantánamo. Los españoles, sabedores de
la llegada de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, le
salieron al encuentro en número de cuatrocientos hombres. Y el día 27,
por suerte, estando ya Martí y los suyos con las fuerzas de Garzón y
Mariano Sánchez y José Maceo que asumió el mando de todas, fueron
atacados por el enemigo. De este encuentro contaba Martí: «Me siento
puro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño. ¿Por qué me
vuelvo a acordar ahora de la larga marcha, para mí la primera marcha de
batalla que siguió al combate victorioso con que nos recibió el valiente
y sencillo José Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes la
hubieran visto conmigo. ¿O tenía el cielo balcones y los seres que me
son queridos estaban asomados a uno de ellos? A la mañana veníamos, aun
los pocos de la expedición de Baracoa, los seis y los que se nos fueron
uniendo, revueltos por el monte de espinas y con la mano al arma,
esperando por cada vereda al enemigo. Retumba de repente el tiroteo como
a pocos pasos de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros han
vencido. Cien cubanos bisoños han apagado treinta hombres de la columna
entera de Guantánamo: trescientos teníamos, pero solo pelearon cien;
ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados, con los muertos
en brazos, regando las armas. En el camino mismo del combate nos
esperaban cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo; nos
abrazan y nos vitorean; nos suben a caballo y nos calzan las espuelas;
¿cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino? ¿ni
la sangre a medio secar de una cabeza que ya está enterrada, en la
cartera que le puso de almohada un jinete nuestro?». «Ya duerme el
campamento: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto al
machete y el revólver, y de almohada mi capa de hule: ahora, abro el
jolongo y saco de él la medicina para los heridos. ¡Qué cariñosas las
estrellas... a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos los
ojos...». «A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el corte
de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera,
porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más
remedios que ropa, y no para mí que no estuve más sano nunca. Y ello es
que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que
saber como está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el
milagro del iodo. Y el del cariño, que es otro milagro; en el que ando
con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer
vergonzosa adulación, aunque es rara la claridad del alma, y como finura
en el sentir que embellece, por entre palabras pícaras, y disputas y
fritos y guisos, esta vida de campamento». Hasta aquí de sus cartas.
Triunfal fue la marcha de Martí por los campos de Cuba libre: por donde
quiera que pasaba iba dejando--como dicen que proclamaba José Maceo--,
_vergüenza y alegría_. Más de diez veces les habló Martí a fuerzas
cubanas en guerra y siempre les dejó la mente en alto y el alma
contenta. ¡Todavía viven algunos de los que oyeron a caballo y con la
mano a la cintura su elocuencia arrebatadora: todavía viven algunos de
los que le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle al
hombro por las montañas agrias, por los pedregales ásperos, por los ríos
creídos, por las ciénegas espantables.
Y llega el 19 de mayo, el día aciago, el día tremendo. El sol lucía en
el zenit. Martí y Masó estaban acampados en Vuelta Grande cuando llegó
el General Gómez y fue como un jubileo el campamento. Masó y Martí y
Máximo Gómez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados.
A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ríos la proximidad
del enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ríos había poco más de una legua.
Los soldados cubanos, entusiasmados por las arengas que acababan de oír,
a vuelo de caballo se ponen frente a los contrarios. En breves momentos
el combate se generaliza; la atmósfera se preña de humo y olor a
pólvora; el aire es épico. Entonces es que Martí, desmadejado el
cabello, los ojos fúlgidos y relampagueantes, el pecho henchido de
orgullo, enardecido, arrebatado, impaciente por el sacrificio e inquieto
por la emulación, invita a la carga a su ayudante Ángel la Guardia--aquel
fiero aguilucho caído en Victoria de las Tunas--, aviva con las espuelas
su noble bruto, y gozoso como un niño que ha crecido un palmo, y como si
hubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeñez de un montón de carne
humana, todo el Gobierno de rencores, de insultos, de envidias, de
mezquindades, de ambiciones, de la oligarquía esquilmadora que le vejaba
su tierra, se echa sobre los rifles enemigos y cae acribillado a
balazos, con la limpieza y majestad de un Dios, del brazo de la muerte
que es inmortal, y coronado por la fulgente claridad del martirio y de
la gloria.... Así terminó, así se obscureció para siempre, la lámpara
pura y serena de aquel gran cerebro, «dictador de genio»; así dejó de
latir aquel gran corazón, profesor de virtudes; así, entre chocar de
aceros y estampidos de fusilería, pasó el gran Apóstol a ser huésped
eterno de la suprema luz. Allí, en los campos de Dos Ríos, campos ya
para siempre memorables, se apagó aquel astro inmenso que parecía
inmortal; allí cayó peleando por la independencia de su patria,
arremetiendo contra los defensores de la tiranía, la cabeza imperial
descubierta y nutrida de leyendas y de asombros, con el alma en el aire,
el batallador infatigable que fue para los cubanos, con sus racimos de
palabras y sus manantiales de ternuras, como otra isla sonora y
espiritual.... Allí, a aquellos campos, en silencio, que recogieron su
última mirada y su último suspiro y que supieron también del primer
grito de desolación y de angustia que arrancó a los suyos su caída; allí
debieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse de
sus culpas y pecados. Allí, a aquellos campos donde entregó su vida el
héroe más puro y grande del poema de hierro de nuestras guerras de
independencia, debieran ir los que ahora, olvidados de todo lo que no
sea su personal interés, ponen la patria de cabalgadura y de látigo la
gloria que conquistaron en su defensa; los _prácticos_ eternos que no
piensan ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertad
y sí en lo cómodo de vivir, aunque sea de rodillas, a los pies de los
amos del momento; los que no saben que hay algo más triste que ser
esclavo, y es mostrar que no se es digno de ser libre... ¿Y se perderá
entre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan meritísima y
ejemplar? ¿Será tanta nuestra pequeñez, que ocupados en buscar la
comodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puede
caer la casa de todos, la obra santa que él coronó a costa de su sangre?
¿Será todo chiste, ira, medro? Inspirémonos en él, y depongamos nuestros
agravios y nuestras inquinas: amémonos los unos a los otros, y clavemos
en lo más firme y alto de nuestra tierra la bandera de nuestra
nacionalidad. Y vigilemos para que de su triángulo rojo no se salga
jamás la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar su
brillo, entonces más sola que nunca, entre el montón de estrellas del
pabellón americano....
Hasta aquí de su vida; de su obra hablaré en otra ocasión.
Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el niño aquel que en la emigración te
siguió febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el niño aquel que
por serlo, no te acompañó en la hora de tu muerte, se ha hecho hombre y
te es fiel, y de las semillas de amor que tú le dejaste caer en el
pecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza,
como un faro lo guía, como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vida
humana no es toda la vida, si es verdad que después de ella hay otra
existencia superior, ordena, que él no quiere para sí mayor gloria que
la de obedecer a tu mandato. Él no se cansa de predicar tus doctrinas ni
de continuar, a la medida de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y de
reparación universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tu
buen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y todas
las noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, y
murmura agitado como por un temblor de héroe: Maestro ¡gloria a ti!
Padre, bendito seas....
* * * * *