_En la Cámara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910_
Señor Presidente y señores Representantes:
Cuantos aquí nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesión
análoga a esta--igual a esta diría mejor--en el año precedente. El
entonces designado para hablar de Martí, fue el señor Miguel Viondi, y
los que aquí estamos y estábamos aquella tarde, recordamos cuán
gratamente nos entretuvo; dando a su disertación el interés de la
relativa novedad, única a que puede aspirarse cuando del Padre de
nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se encontraba el
señor Viondi en ventajosas condiciones para ello: amigo íntimo de Martí,
lo había tratado durante largo tiempo y de la manera más estrecha y
podía referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que
mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condición
peculiar de un personaje. Refiriéndonos historias de esa clase, podía
entretenernos con algo nuevo que no supiéramos los demás, que pudiera
servir para rectificar algún juicio de detalle y para confirmar, como no
podía, menos de resultar confirmado, el juicio que en conjunto
formáramos todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en
estos instantes.
En cambio, el que se ha designado para que lleve la palabra en el día de
hoy, y de él os hable, se encuentra en condiciones más desventajosas,
porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista; y porque de él sabe
lo que sabemos todos; y de él no puede decir otra cosa que lo que está
en la mente y en el corazón de todos. No era posible que en Cuba se
ignorara quién fue Martí, cuál fue su obra y cuál su representación
entre nosotros. Desde los más humildes--desde el punto de vista de la
inteligencia--hasta los que pueden decirse próceres de esa inteligencia,
muchos han hablado entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha
llamado el Maestro. Historia de su vida, antecedentes de su carrera
política, antecedentes de la agitación que organizara y todos los
detalles relativos a su participación en el movimiento revolucionario
que definitivamente independizó a Cuba, son, para cuantos aquí estamos,
cosas sabidas; e igualmente son sabidas por todos los cubanos. En tal
concepto, al que no pueda referir algún aspecto de la vida personal de
aquel gran cubano, a un auditorio distinguido como este, se le coloca en
una situación verdaderamente difícil cuando se le hace hablar de Martí.
El tema es atractivo, es simpático, y porque siempre ha sido tema
atractivo y simpático, muchos lo han tratado, muchos lo han
desarrollado. El terreno, de tal modo, está espigado por completo; y yo
he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para que con esa
benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso no puede menos de
ser una repetición.
Pudiéramos dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso
como el que debo pronunciar en el día de hoy: en una se puede hablar de
la vida de Martí; en otra, de su carácter y de los rasgos prominentes
del mismo; en la tercera, de su obra. Digo que no pueden ser iguales,
porque acaso algo pueda decirse más extensamente, con un relativo aire
de novedad de la segunda y de la tercera; de la primera, imposible.
Hacer aquí un resumen de su existencia, de todos conocida, sería hacer
perder tiempo a los señores que me escuchan. Su infancia; su juventud,
pobre y agitada, mucho más que su infancia; su amor al estudio; las
deficiencias de sus medios económicos; la consagración de toda su vida
al logro de un ideal; su paso por España, sus pasos en Cuba, su
residencia en las repúblicas de la América latina, su residencia en los
Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participación en el
movimiento revolucionario, su agitación en las emigraciones cubanas, su
recorrido por todos los países en los cuales creyó que podía encontrar
un eco simpático al pensamiento revolucionario y su dedicación absoluta
y definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueño, ¿qué son
sino una cosa que está en la memoria y en el corazón de todos nosotros y
que no necesita ser repetida, que no debe ser repetida, porque la
repetición no sería ciertamente excusable, sería incuestionablemente
vana y presuntuosa?
No hablemos, por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece
destacarse de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente
habré de volver, porque fue rasgo típico de su temperamento. Fue una
vida dirigida, como la aguja magnética, hacia una sola dirección; y
todas las vicisitudes y agitaciones de aquella existencia, realmente
tormentosa, vinieron al cabo a culminar en un mismo punto y en el
sentido de una sola vía, por la que se encaminaron en definitiva sus
pasos. Donde quiera que encontró cualquier oficio por el cual trató de
librar su subsistencia, la adopción de ese oficio no tuvo más objeto
sino el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que su
vida se prolongara, se realizase la obra que se había impuesto. La tarea
que desde sus tiempos de muy joven concibió en su espíritu, despertó en
el mismo el propósito de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente,
su vida fue, en cuanto a esa tarea, una definitiva consagración.
Naturalmente, en un hombre obsedido por esa misión, que debió creer que
providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qué lo digo,
no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo y constante
en la existencia. Dado el hecho de imponerse a sí mismo semejante
misión, todo lo que no fuera el cumplimiento de ella, tenía que ser
accesorio para él y accidental. Era preciso vivir; no tenía fortuna y
era preciso buscar el pan de todos los días. Un hombre de inteligencia
suficiente para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no
francamente lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se
podía ocupar de ninguna de ellas. Teniendo título de Abogado, no le fue
dable ejercer la profesión. Para ello hubiera tenido que radicar en un
mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba española, que someterse a la
mirada recelosa de la policía española, que prescindir de todo lo que él
entendía que constituía su destino. Era preciso que librara la
subsistencia con oficios que le permitieran al propio tiempo viajar,
moverse de acá para allá, preparar el movimiento revolucionario en
definitiva. Y tan es así, que una especie de visión, de destino
providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayoría de
sus conciudadanos, contra el parecer casi unánime de ellos, entendió que
estaban maduros los tiempos, cuando todo el mundo pensaba que su
tentativa habría de abortar como extraña aventura de dementes.
A veces sucede esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de
la humanidad: no son precisamente los hombres de mayor reposo en el
carácter y más serena cultura mental los que han decidido a las
multitudes a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de
su destino verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una
obsesión pasional y la impulsión que naturalmente se produce en virtud
de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa y
hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar; aun
muchas veces contra la voluntad general, adivinando cuál es el estado de
la subconciencia, el deseo íntimo y verdadero de una agrupación de
hombres, para llevarlos a que ejecuten lo que quisieran ejecutar, pero
lo que no se atreven siquiera a pensar en ejecutar. De aquí el que fiel
a su destino, Martí viviera como corresponsal de periódicos, moviéndose
de acá para allá, remitiendo correspondencias a un diario denominado _El
Partido Liberal_ y después a _La Nación_ de Buenos Aires, ganándose su
subsistencia modestísimamente de este modo, a fin de girar por el mundo,
aunando voluntades aquí como allí, reuniendo fondos, procurando contar
con la colaboración de los que podían ponerse al frente del movimiento,
y no desmayando nunca ante ningún desastre, ni ante ningún desengaño.
¿Para qué dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes
de la misma no harían sino presentar diversas facetas de esto que he
indicado como su conjunto general.
Discurrir ahora acerca de su temperamento y de su carácter, de su papel
y de su misión en la obra revolucionaria cubana, tiene para mí también
un relativo inconveniente. Hace poco más de un año, cuando, en la
próxima ciudad de Matanzas se inauguraba, por iniciativa de un hombre a
quien vi entonces por última vez, el doctor Ramón Miranda, un artístico
monumento en honor de Martí, el doctor, que a ello me había comprometido
de antemano, me llevó a dicha ciudad a hacer uso de la palabra en la
ceremonia de inauguración. Entonces, refiriéndome en un breve discurso
dicho en la plaza pública, y que por ello no podía ser ni largo, ni
reposado, ni serenamente meditado, a aquello que para mí constituía
carácter típico y saliente de Martí, señalaba estas dos circunstancias
que no diré que sean absolutamente exclusivas de él, pero que en
realidad son en él más prominentes que en ningún hombre que haya podido
vivir una vida análoga a la suya y que se haya impuesto una misión como
la que él se impuso.
En primer lugar, un hombre que movía a los demás a pelear, que encendía
en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus
hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al propio
tiempo animado de un amor sin límites a la humanidad y de una
benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen o por
errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente, para los
que consideraba sus enemigos. Y además hubo en él rasgo peculiar de su
tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres que han podido determinar a
una colectividad, grande o pequeña, a realizar una obra común, un
propósito general, quizás él sea el que representa en esa obra común una
parte más grande por razón de su esfuerzo individual. Martí, en efecto,
fue el determinante principalísimo de la revolución cubana. El pueblo
cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en aquella época lo sabemos,
no quería en su mayoría al menos, la revolución. El Gobierno de España
nos había dejado entrever una mejor condición política, sin sacudidas ni
agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello hubiera podido contener
la obra revolucionaria que, como se ha dicho después y repetido muchas
veces, la actitud que tomó el Gobierno español por la iniciativa del
Ministro Maura contuvo un poco a Martí. Le pareció que su ideal y su
tarea corrían peligro si aquellas reformas políticas se implantaban en
Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas por el pueblo cubano, en
virtud de lo cual él ya no tendría ambiente adecuado para poner por obra
sus propósitos. Fue la obcecación de los políticos españoles, de acá y
de allá, la que se levantó como una barrera ante el Ministro que acabo
de indicar y dejó el terreno aun más preparado que antes lo estaba para
que pudiera fructificar la semilla. No obstante, el Gobierno español,
volvió, como todos sabemos, a la idea de reformas políticas. El plan del
señor Maura se desechó; pero se planteó otro nuevo, que llevó el nombre
de Abarzuza; y aun cuando la generalidad entre nosotros creyó que se iba
a obtener menos de lo prometido, la mayoría se resignaba a obtener
aquello, a cambio de no tener delante de sí el fantasma de ninguna
agitación, de ninguna revolución, de ninguna lucha. Yo recuerdo que no
ya entre los elementos españoles, sino aun entre los elementos cubanos,
y muy cubanos, y muy probados, pero que no se encontraban en la
conspiración que estallaba en aquellos instantes, fue un efecto terrible
el que produjeron los primeros movimientos. He tratado a algunos,
emigrados de la guerra de los diez años, de aquellos que desde su
principio marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repúblicas
Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se iniciaba
en aquellos días. Creyeron que todo lo que se había adelantado, en 17
años de predicación pacífica, por el Partido Autonomista, iba a ser
irremediablemente perdido; y un amigo particular mío, que se hallaba en
Madrid cuando los primeros sucesos estallaron, que salió de España muy
poco después y regresó a Cuba, hubo de declararme que en una entrevista
que tuvo pocos días antes de embarcarse con el famoso tribuno español
don Emilio Castelar, este le significó que en Cuba, se había cometido un
acto de demencia irreparable, y que los que lo cometían y los que no lo
cometían, en virtud de irremediable consecuencia de la solidaridad,
verían perturbado el sistema político de Cuba, ya que aquellos sucesos
lo harían volver mucho más atrás de donde se encontraba en el momento en
que se iniciaron los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea
de don Emilio Castelar era la idea que aquí tengan todos los que no
estaban, diré mejor, los que no estábamos comprendidos en la
conspiración; porque a pesar del papel que yo posteriormente pude
desempeñar, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario, he de
declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario, en la
conspiración inicial no estuve comprendido ni iniciado; hasta el punto
de que, no sospechando que yo podía ser capaz de semejante cosa, el
señor Juan Gualberto Gómez, a pesar de haber llevado su defensa ante la
Audiencia de la Habana cuando se le procesó por la publicación de un
artículo titulado «Por qué somos separatistas», jamás contó conmigo y
aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos encontramos, que él se
hubiera dirigido a mí si hubiese sabido que yo era susceptible de ser
inyectado con semejante virus; a lo que le contesté que quizás, en
aquellos momentos, no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto,
la inyección.
En tales condiciones se encontraba la población de Cuba cuando Martí
empezó la obra revolucionaria. Es verdad que, como él decía, en el suelo
no se advertían los brotes primeros de la planta, pero él sintió lo que
pasaba en el subsuelo, y en el subsuelo estaba ya preparada la semilla;
prueba cómo ella fructifera. Aun los más ajenos al movimiento inicial,
se sintieron (y aquí también puedo decir, nos sentimos) inmediatamente
arrastrados por él; de tal manera que aun antes de que la invasión de
las provincias occidentales diera grave y decisiva importancia al guante
arrojado al Gobierno de España, ya habíamos sentido muchos, que veíamos
venir la ola arrolladora, que lo peor que podía suceder a los nacidos en
Cuba sería que ese Gobierno de España aplastara militarmente a la
revolución; y aun algunos, sin creer que aquella revolución podía tener
un éxito, mucho menos cercano; sin pensar que en el período
relativamente corto de tres años se triunfara; pensaron que era
necesario un movimiento general para prestar auxilios a dicha
revolución, procurando al menos colocar el pleito en condiciones de
transacción que a España resultara irremediable; primera victoria, que
había de ser victoria definitiva, un poco más tarde, de Martí ya muerto,
sobre nuestros corazones.
Era, indudablemente, un hombre extraordinario el que llegó a producir en
un pueblo, pequeño o grande, eso poco importa, fenómeno como el que
acabo de indicar. Decíales a ustedes hace poco que había en realidad en
su vida toda algo que indica que él se consideraba providencialmente
destinado a semejante misión. Esa impresión, mucho tiempo después de
muerto él, la recibí directamente por unos renglones suyos, y en la obra
de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el señor Gonzalo
de Quesada, piadoso recolector de sus escritos; en una que se titula _La
Edad de Oro_ y que es un volumen que contiene los trabajos que insertara
Martí en cuatro o cinco números, muy pocos, de una revista que publicó,
dedicada a los niños, y de la que él era el director y el redactor casi
único. En uno de esos artículos, que se encuentra al principio, el que
se denomina «Tres Héroes», Martí habla a los niños, en sencillo
lenguaje, de Bolívar, de Hidalgo y de San Martín; y refiriéndose al
primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y en las que
entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y en síntesis, un
poco de autorretrato:
«Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando
siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que
le pesaba en el corazón, y no le dejaba vivir en paz. La América entera
estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo
entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y
que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos
hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de
Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando
parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo
habían echado del país. Él se fue a una isla, a ver a su tierra de
cerca, a pensar en su tierra».
Cuando esto leí hace poco más de un año, poco antes de que el señor
Viondi pronunciara aquí el discurso del año anterior, me pareció que en
estas palabras Martí se retrataba a sí mismo. No era él de aventajada
estatura, era más bien pequeño de cuerpo (acaso fuera de la propia
estatura de Bolívar); era nervioso también, como a Bolívar pintara; sus
ojos, todos los que lo conocieron lo dicen, relampagueaban; las palabras
asimismo se salían de sus labios; y cuando su pueblo se había cansado de
pelear, él no se había cansado del propósito de iniciar una nueva lucha;
él había decidido la guerra solo, porque solo a sí mismo se consultaba;
no necesitaba consultar a su pueblo y le parecía también muy difícil
consultar la opinión de muchos. Y tan había decidido la guerra él solo,
que a los jefes principales de aquella lucha, a los generales Máximo
Gómez y Antonio Maceo, los fue a buscar; y lo que no habían decidido
ellos, él hubo de decidirlo y fue él solo, él quien sacó de su inacción
a tales hombres y en la aventura los embarcó. Cuando escribía tales
palabras de Bolívar, es probable que pensara en sí mismo; es probable
que no quisiera establecer una franca comparación, cosa que su propia
modestia había de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya
conocido, de que nadie que, aun sin conocerlo, haya oído hablar de él
tanto como lo hemos oído nosotros todos, deje de encontrar su propio
espíritu, su propio temperamento, la condensación de su carácter y de su
historia, en esas líneas en que él trataba de pintar a los niños al que
fue el Libertador de la América, Central y Meridional.
Aquel otro rasgo del que hablara hace poco ya se señalaba en los
momentos mismos en que la lucha tenía comienzo. Parecía a Martí que
debía dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible y absurda
(no hay un solo renglón en el documento a que voy a referirme en que tal
propósito aparezca), hasta a los propios soldados españoles que estaban
en Cuba; y en una especie de alocución y manifiesto que de antemano
publicara, les decía que era su adversario y enemigo, pero que no sentía
por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos a la
deserción, no; les advertía el noble propósito de la lucha; y antes de
comenzarla, él, el más débil, el que solo contaba con su esfuerzo, el
que bien se daba cuenta de lo áspera y difícil que iba a resultar, en el
momento en que el encono es más natural en el espíritu del hombre,
proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario y de antemano
quería asegurar para un mañana más o menos incierto, pero en el cual él
tenía mucha fe, un programa de perdón, de ausencia total de rencores, de
olvido de la lucha misma.
Y en efecto, ese espíritu que dominaba a toda su tentativa
revolucionaria, se vio reproducido en el momento de la victoria al final
de la guerra de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar
una cosa que consignara también allá en Matanzas, en la oportunidad a
que antes me refería. Colaboradores entrambos enemigos en que tal fuera
el resultado de la revolución y de su triunfo, no solo los cubanos no
tuvimos, salvo alguna que otra manifestación aislada, que nunca pudo
traducirse en hechos, el propósito vindicativo de las ofensas pasadas,
sino que tampoco dieron los españoles muestras de despecho o de
inconformidad con los hechos consumados, y dándose cuenta oportuna de la
situación la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas
que tuvieron la discreción de no exteriorizar jamás; y así nunca,
manifestaron expresa y públicamente, ni aun durante el tiempo intermedio
de la Intervención primera, que, contentos con tal fracaso de la
Revolución vencedora, ellos deseaban que no triunfaran sus ideales
definitivos. De este modo, y con la discreción de un lado y del otro, se
ha podido lograr que la República, ni antes ni después de constituida,
se mirara por esos hombres como una condición de cosas en la cual la
vida era para ellos imposible, y tanto los unos como los otros, los que
habían triunfado con el auxilio americano, y los que habían sido
vencidos por las fuerzas unidas de cubanos y americanos; aceptaron como
cosa definitiva el nuevo orden político, cooperando todos a mantenerlo,
cada cual como ha querido, como ha podido o como ha debido.
Ese amor de Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar
como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nada
que fuera humano, en efecto, le era extraño, se manifiesta muy
principalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los débiles.
Martí se abría muy fácilmente camino en el corazón de ellos. Cuando en
compañía del que fue primer Presidente de nuestra República, ya
constituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Tomás
Estrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución, en la época en
que en el puerto de la Habana voló el acorazado americano «Maine», hice
yo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención.
En las casas más pobres había uno o más retratos de Martí. No se
contentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenían pequeño
buscaban uno más grande y conservaban el pequeño para trasladarlo a otra
habitación. Si lo tenían de busto, querían tenerlo también de cuerpo
entero. Si lo tenían a él solo, querían otro en que Martí estuviese
fotografiado en compañía de algún amigo. Y en todas las casas, por
humildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez.
Así la veía uno por todos lados; la veía en el exterior de los edificios
como en el interior de los mismos; en la sala en donde se recibía al
huésped como en las habitaciones privadas; en los talleres de
tabaquería, en número bastante considerable, hasta el punto de haber
podido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes le
hablaban a uno de Martí. Y había gentes que se sabían de memoria el
primer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión política en
que alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada de
la función de que se trataba; y las palabras de él, lo que había dicho,
lo que había indicado en las conversaciones particulares, el consuelo
que había prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se
repetían diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella época
sin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras y sus
ideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil sustraerse a
la ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente mucho más vivo entonces que
cuando real y efectivamente vivía!
Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un
testimonio constante) fue la elevación de su mente, su perenne altura
mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su
carácter, cualquiera la facilidad con que se le podían acercar, altos o
bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombre
alegre. No podía serlo, puesto que tenía la obsesión de una triste idea,
la idea de una misión dura y difícil, no solo para él, sino también para
sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a ser
causa de que se derramara sangre. Su misión no se podía realizar si no a
costa de sangre y de lágrimas; y un hombre que tenía en el corazón tan
abundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obra
semejante, no podía ser jovial, no podía abundar en él la alegría. Por
consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que a
veces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un nivel normal
humano, nos proporcionan esa frívola, pero grata impresión que hace
reír. No tenía, no podía tener lo que un amigo mío suele llamar «el
sentido cómico de los acontecimientos». Y así a veces, ante cosas
verdaderamente cómicas, su espíritu encontraba siempre un aspecto sobre
el cual se podía discutir seriamente, abandonando la broma, como algo
incompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serio
y elevado a que la cosa misma pudiera prestarse.
Mi compañero de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me ha
referido lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete del
señor Viondi, en donde se encontraba Martí. En aquella época el Liceo de
la Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes de
la revolución, durante un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes de
que el movimiento revolucionario estallara, sino también antes de
aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición de Antonio
Maceo en La Habana. Y resultó ser que llegó al bufete del señor Viondi
un empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, y
declaró, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor José Antonio
Cortina disertaría aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «un
inglés» que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí se indignó
en medio de la risa general. Comenzó por advertir a aquel pobre hombre
estupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejante
inglés. «Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos
Darwin, y su frente es la ladera de una montaña»; y continuó disertando
en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieron
para hacerle comprender lo perdido e inútil de aquella disertación.
En ese estado de excitación mental y con su espíritu en ese plano
intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que se
halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, la
de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa y
la franca alegría. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativa
y en el desarrollo de la revolución fue individualmente tan decisivo
como he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estima
que todo lo que se hizo posteriormente no fue más que consecuencia de su
energía, de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entre
otras cosas, y principalmente porque él los lanzó a la muerte, porque a
ella los mandó; y aun así, cuantas viudas, cuantos huérfanos lloraron,
derramaron lágrimas por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantas
propiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre
nuestros campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo, fueron
ruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él pueden referirse como
a su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarse
un balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber,
para saber cuál era su saldo, si no hubiera él comprendido la triste
tarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propio
sacrificio. Y en efecto, tanto como el que más, mucho más que otros
revolucionarios de su índole, no tan solo entendió que debía lanzar a su
pueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó por lanzarse con él; y
aun creo que pensó que, inmolándose en holocausto voluntario, debía
morir a las puertas mismas de la revolución.
¿Quién podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que se
derramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponer
aquella lucha postrera de la actual generación cubana, cuando él fue la
primera víctima, prestándose a su propia inmolación? De ese modo,
redimió todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra,
aceptando para él, espontáneamente, la parte más sombría. Ya antes había
hecho un sacrificio prolongado, que no había sido cruento, pero que
había sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momento
de morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueron
cosas por él renunciadas. La estabilidad de la residencia en un punto
determinado; los lazos establecidos, cada día más firmes, y que hubieran
sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tan
fácilmente cautivaba el corazón de los otros; la posibilidad de una
posición económica relativamente holgada, que para ello tenía aptitudes,
condiciones, simpatía, relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal
vez no el carácter que se necesita para estas apacibles empresas, un
tanto vulgares; todo esto lo renunció, momento tras momento, un día tras
otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres del
propio hogar. Errante siempre, de acá para allá; en la propia España, en
Cuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de la
América latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacer
estallar la revolución cubana. Todo lo demás que hizo fue perfectamente
secundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes
sacrificios. Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciara
en 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador, terminaba
el señor Enrique José Varona declarando que su carrera podía
sintetizarse «en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandeciente
en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los
Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la
palabra Sacrificio».
En ello, señores, no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradición
de sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya que la firme
decisión del sacrificio había de ser la única arma de bastante temple
para proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible.
Cuando se recuerdan los días preliminares del conflicto, se comprende
que todo el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica o sin esa
exaltación y contemplando el espectáculo desde fuera, en que Cuba iba a
luchar contra España, en que una revolución no bien organizada iba a
lanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podría nunca
concebir que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo y
rápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que prolongarse. Se tenía
el ejemplo de los diez años de martirio anterior, y aquellos diez años
de combate habían producido el efecto de que la riqueza se escapara al
pueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara más que un
residuo de su anterior preponderancia económica. Empeñar una nueva lucha
era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente a
aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no podía
aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante una
perseverancia constante en el sacrificio.
Algunas veces, en medio del combate, la posición respectiva de los
adversarios se exageraba por unos y por otros; y de aquí que la
revolución tropezara con algunos inconvenientes propios de la
exageración natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el
general Máximo Gómez penetró un día en la ciudad de Santa Clara, y
estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surtió y surtió a sus
tropas de calzado y víveres, y ocupó ropas y municiones, y armamentos, y
caballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no podía
sostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dado
lo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella era, para tal
guerra, una brillante operación militar; pero si realmente se le
anunciaba al mundo, como se le anunció, que el Ejército cubano se había
apoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de la
isla y que allí se había hecho fuerte contra las tropas españolas, la
noticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando se
supo después lo que había pasado realmente, la cosa pareció pequeña,
precisamente en virtud de su exageración; y el resultado fue que los
periódicos franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias por
nuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla,
«_Source Cubaine_», para dar a entender que todo aquello era sospechoso
de exageración, si no de mentira.
Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha
estado en el tesón del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado
ese empeño del sacrificio para conseguir la realización de un ideal,
ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y más decisión que
Martí; muchos han sido inferiores, ciertamente, a él en este terreno.
Por eso creo que el señor Varona tenía razón cuando afirmaba que aquella
palabra era la síntesis más cabal de toda su existencia: en el tiempo de
su vida, haciéndola penosa, mirándolo todo como secundario, salvo aquel
propósito fundamental y esencial de todos sus días, uno tras otros; y
después, al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscando
la muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue más que un sacrificado
consciente y espontáneo, desde el primer momento hasta el último!
Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras que
se han unido a la de él en una tarea común; y una herencia como esta, no
es lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos deben
aceptarla sin ninguna especie de restricción, con las ventajas y con los
inconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que he
pasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de un
modo más claro, y he tenido un tanto más de atrevimiento para decirlo en
alta voz, lo que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me he
dado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción, declarándome,
cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta tal
punto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez diciéndome que
la lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espíritu una
peculiar atonía, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando
un libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época,
encontraba en sus páginas el relato de una situación infinitamente peor.
Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en la
colección de monografías históricas publicada bajo la dirección del
profesor Oncken, de Berlín, una _Historia del Islamismo en Oriente y
Occidente_, encontré un pasaje en que el autor habla de los Emiratos
independientes que surgieron de la primera invasión mogola, en el Asia
Menor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda aquella
historia tuvo una trágica monotonía desesperante: degüellos de
poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sus
habitantes sin perdón ni aun para niños ni ancianos, lucha incesante de
los pueblos entre sí y contra los invasores comunes; tales son las
simétricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene más
sucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del libro
declaraba que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente iguales
y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta el año
tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo ese
tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía los turcos encuentran
armenios que degollar!»; y recordaba con cuánta razón, aunque el
consuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistófeles adoctrinaba a
Fausto diciéndole: «En vano un día tras otro amontono torbellinos,
huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo
extirparlo, de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro en
definitiva, porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece y
siempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre vigorosa y
nueva!».
Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en
toda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por
llegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos
cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana nos esperan,
tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán tan solo los que vengan
detrás de nuestra generación. ¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba la
generación que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastante
premio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible, si no nos ha
de ser posible llegar también a conseguir la felicidad, pensemos que
esta será sin duda el premio de una generación posterior: el nuestro lo
tenemos ya, lo hemos conseguido!
¿No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para
serlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo
nosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos.
¿Qué mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el
esfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente,
persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la
generación que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho más
sacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros. Los que la
componían se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron lo
indecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humana
fortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangraron
y murieron; ¡y no tuvieron la compensación que nosotros hemos tenido, la
de ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de sus
ilusiones y de sus ensueños!
Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en
una realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he dicho esto a mí mismo, y
realmente no he pedido mucho más. Creo, sí, que cuanto haga el hombre
por señalar a sus compatriotas las deficiencias del presente en que
vive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira,
cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesón y
energía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humano
y que de él no se podrá jamás desligar la humanidad. Porque hay que
tener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresa
solo muy lentamente y adelanta de una manera análoga a aquella empleada
para cumplir su voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo el
juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia
adelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete pasos tan solo
adelantaba uno. No marcha más rápidamente la humanidad. Al contrario,
aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y eso
es lo único que podemos pedir al Destino. Así el mañana será ciertamente
mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos de
nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas no
como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorio
que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condiciones
políticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que en
ellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cada
cual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su interés
personal con el interés colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir
ese mejoramiento.
En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la
aspiración ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad
más perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla, ¿qué
nos impedirá ser más felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro?
Y así pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido la
atención vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido,
una frase que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos: «No
tenemos aquí por cierto una residencia duradera, permanente; es una
residencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar». «_Non
habemus hic manentem civitatem_ 2, _sed futuram inquirimus_!».