Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la

hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo

y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco

que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero

el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos.

¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que

á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente

Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.

Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara

del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero,

no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático

Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.

Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora

que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y

que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado,

ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa

de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro

ratonero.

Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado,

aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.

Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar

que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del

mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene

herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un

pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su

caudal?

Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla

los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el

corazón de su amo.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVIII

LA GRAN BATALLA

Así las cosas, va rodando el tiempo.

Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón

disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo,

temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va

perdiendo en el cariño de éste.

Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.

Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello

le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la

dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.

Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando

sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la

alimaña.

Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara

de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones.

Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al

ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro

alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que

es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.

Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia

impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su

gusto.

Y la ocasión, al fin, se le presenta.

Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle

por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene

los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo

alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables

si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con

engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse

de allí.

Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus

piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de

él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos

cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»

Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía

_por dentro_, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser

otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le

impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le

convenga.

Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas

investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.

¡La paliza sobre todo!

En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño

columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más

preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve

así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás

á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha

visto?

Hay que aclarar este misterio á todo trance.

Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de

pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para

rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase

al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas

lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la

maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras

maravillas que hay en el gabinete.

El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que _debe_,

obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea;

por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse

con desembarazo.

Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega

de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que

le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y

acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el

ánimo para continuar la tarea.

Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte

posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el

oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro

cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero

el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta

el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su

cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia!

_allá dentro_ hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro.

Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha

roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía

lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan

sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que

hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su

fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí,

oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus

ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un

chasquido metálico; luego un _rischssss_ interminable, como ruido de

puchero que _se va_ sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla

y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal

espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que

respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio,

siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los

cadáveres.

Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el

reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que

se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque

inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se

lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta,

como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y

de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y

se acerca de puntillas al gabinete.

Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse

de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su

cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria

ha derramado por el mundo.

Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas

las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas

y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los

estuches de carey, el barquito, ó _junco_ filipino, de especias

ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la

mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una

maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de

color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de

Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos

candelabros de alabastro y metal dorado.

Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la

puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo.

Puede, impunemente, partirle de un varazo.

Entra y cierra la vidriera.

El ratonero no se mueve.

El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus

medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda

describir sin tropiezo el arco necesario.

La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas;

afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás

del cogote, y... ¡zás!

Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace

perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.

Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y

de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le

eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus

pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada

ardiente y rechinantes los colmillos.

Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con

aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y

comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y

uno en Adonis.

Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la

vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no

cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de

cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban;

y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama;

y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde

viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en

rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más

de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en

la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte

Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el

tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de

haber pringado arriba libros y papeles.

Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace

prorrumpir en una interjección brutal.

Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego

un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con

un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como

preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este

bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la

respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces,

desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante

de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del

arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue,

no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente

destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente

alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto

para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro,

aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.

El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no

ya una interjección, sino una blasfemia.

Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está

cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su

ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su

cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra

salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama,

hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que,

entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime

tembloroso, como niño después de una azotina.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIX

POST NÚBILA PHŒBUS

Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la

cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus

desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto

por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los

quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no

errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada

uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las

maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que

nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le

jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre

varazo y denuesto.

Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras

este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne

su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido

indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si

yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se

anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al

conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que

su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del

pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido

el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón

solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.

Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los

mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve

á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su

amo en el camino, por las calles más extraviadas.

Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin

exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de

quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas

amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.

Pero su amo llega antes que ella.

Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados

cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y

más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé

explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no

es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le

lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de

ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.

--¡Merto!... ¿no es verdad?--exclama al fin Gedeón, entre iracundo y

triste, fijando su vista en la de Adonis.

Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela

arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:

--Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió

todo esto!

--¡Preciso es convenir--exclama Gedeón, dándose por enterado,--en que

no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!

En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á

su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando

cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse;

y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente

está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco

de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus

manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella

misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de

un amo tan generoso y tan bueno.

Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por

terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena

lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone

malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen

en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.

Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni

el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas.

¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido!

¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!

Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de

quererle mucho, también le pregunta por Merto.

Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la

_ruega_ Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el

chico haya _tomado sentimiento_ por lo que se le ha castigado, y llegue

á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por

malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende,

bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.

Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y

despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se

guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de

su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y

cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.

--Pues si está arrepentido--dice Gedeón á Regla, antes de la

semana,--perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá.

¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome

serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?

Pero Regla sigue implacable.

--Nadie sabe como yo--responde, con todas las necesarias salvedades de

respeto,--lo que á ese chico le conviene.

Probablemente estará Regla en lo cierto.

Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el

almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y

es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del

aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se

abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del

pícaro que á él le deslomó!

Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus

propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á

su lado.

--¡La morcilla antes que eso!--debe de pensar el ratonero, si tal lee.

[Ilustración]

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XX

UN INCIDENTE

La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón.

Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de escribir,

y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le

da el suave manoseo de su amo.

Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón

está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en

no traer todavía á Merto á su lado.

Transcurre largo rato así.

Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele

que la ha subido la portera, y se va.

Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á

Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un

novelista _elegante_; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero

con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar:

«Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, te

escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme,

pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.

Tuya de corazón, más que nunca,

SOLITA.»

Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere,

cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que

hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las

prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con

esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.

Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar

Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea

hablarle.

Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo

reverencias á Gedeón.

Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer,

y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si

quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen

del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.

No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la

fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y

la falta absoluta de vergüenza.

En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil

de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos,

mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa

que lo parece después de haber sido sombrero.

--¿Qué busca usted aquí?--le pregunta Gedeón en tono duro y ademán

airado.

--Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar

adelante; y eso he hecho,--responde el hombre con voz cavernosa.

Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y

algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para

el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas,

por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse

frente á frente los otros dos personajes de esta escena.

--¡Conque es usted don Gedeón?--pregunta el haraposo.

--Lo soy, ¿y qué?--responde el preguntado, con voz y gesto de

repugnancia.

--¡Pues vengan esos cinco!--exclama el hombre de los andrajos. Y avanza

resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la

estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por

el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas

ocultas por el bardal.

Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia;

y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.

El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se

sienta también.

--Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,--dice

al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y

se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su

chaqueta.

--¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!--grita Gedeón

hecho una lumbre y poniéndose de pie.--¿Qué es lo que viene usted

buscando aquí? ¡Pronto!

--¡Calma, amigo mío, calma!--replica el otro con mucha sorna,--que

no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos

solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta

casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin

oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda

franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer

detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.

Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.

--Mire usted, hombre--replica Gedeón dejándose caer en la butaca:--si

me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy

capaz hasta de escucharle sentado.

--De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.

--Pues vaya usted cumpliendo su promesa.

--Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.

--Fácil es eso.

--Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista

verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á

luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el

arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...

--Siga usted, pero sin comentarios.

--No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un

verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y

antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba

con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes

y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el

honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á

la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias

y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte...

¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...

--«De mis juveniles años.» Adelante.

--Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los

pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.

--¿Cuál?

--Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!

El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · 第 8 / 16 段