CARÁCTER ESENCIAL DE LA OBRA DE JESÚS

Como se ve, la accion de Jesús no salió nunca del círculo judío. Aunque

sus simpatías por todos aquellos que la ortodoxia despreciaba le

impulsase á admitir á los paganos en el reino de Dios, y no obstante

haber residido más de una vez en tierra de gentiles y haberse hallado

en una ó dos ocasiones en relaciones benévolas con infieles[1159],

puede decirse que su vida entera se deslizó en el reducido mundo

en que sus ojos vieron la luz. En los países griegos y romanos, ni

siquiera oyeron hablar de él; su nombre no figura en los autores

profanos sino cien años despues, y de una manera indirecta; esto es,

á propósito de los movimientos sediciosos provocados por su doctrina

ó de las persecuciones de que eran objeto sus discípulos[1160]. Áun

en el mismo seno del judaismo no fué muy durable la impresion que

Jesús produjo. Filon, muerto en el año 50, ni siquiera sospecha su

existencia. Josefo, que nació en el año 37 y escribia hácia fines del

primer siglo, menciona su ejecucion en algunas líneas[1161], como si

fuera un acontecimiento de importancia secundaria, y en la enumeracion

de las sectas de su tiempo omite á los cristianos[1162]. Por su parte,

la _Mischna_ no ofrece ningun indicio de la nueva escuela; los pasajes

de las dos Gemaras en que se nombra al fundador del cristianismo no

alcanzan más allá del siglo cuarto ó quinto[1163]. La obra esencial

de Jesús consistió en crear al rededor suyo un círculo de discípulos

á quienes inspiró un afecto sin límites y en cuyo seno depositó el

gérmen de su nueva doctrina. Hacerse amar «hasta el extremo de no cesar

de amarle despues de su muerte», hé ahí la obra maestra de Jesús, la

que más admiracion causó á sus contemporáneos[1164]. Su doctrina era

tan poco dogmática, que jamás se le ocurrió escribirla ni mandar que

la escribiesen. Para ser discípulo de Jesús no se necesitaba creer

en tal ó cual cosa; lo que se necesitaba era adherirse á él, amarle

entrañablemente. Lo que despues de su muerte quedó de él, fueron

algunas sentencias que desde muy temprano se recogieron de memoria, y

sobre todo, su tipo moral y la impresion que habia producido. Jesús no

es un fundador de dogmas, ni un inventor de símbolos; es el iniciador

del nuevo espíritu llamado á regenerar al mundo. Los hombres ménos

cristianos de cuantos han pretendido merecer ese título, fueron los

doctores de la Iglesia griega que, á partir del siglo cuarto, empeñaron

el cristianismo en una senda de pueriles discusiones metafísicas, y

los escolásticos de la edad media latina, que quisieron deducir del

evangelio millares de artículos de una «Suma» colosal. Adherirse

á Jesús en la esperanza del reino de Dios:--tal fué lo que en un

principio se llamó ser cristiano.

Así es como se comprende que, por una especie de destino excepcional,

se presente todavía el cristianismo puro, al cabo de diez y ocho

siglos, con el carácter de una religion universal y eterna. Y es

porque, en efecto, la religion de Jesús contiene en sí el gérmen de la

religion definitiva. El cristianismo, producto de un movimiento de las

almas perfectamente espontáneo, desprendido en su cuna de toda presion

dogmática, y habiendo luchado trescientos años por la libertad de la

conciencia, recoge todavía los frutos de su excelente orígen, á pesar

de las caidas que ha sufrido. Para renovarse no necesita sino volver al

Evangelio. El reino de Dios, tal como nosotros le concebimos, difiere

notablemente de la aparicion sobrenatural sobre las nubes que los

primeros cristianos esperaban; pero el sentimiento que Jesús introdujo

en el mundo es el nuestro, y su perfecto idealismo la más elevada norma

de la vida pura y virtuosa. Jesús creó el cielo de las almas puras,

ese refugio donde se halla lo que en vano se busca en la tierra; creó

la pureza absoluta, la total absolucion de la mancilla del mundo, y,

por último, la libertad que las sociedades excluyen de su seno, como

un imposible, y que no tiene entera amplitud sino en el dominio de la

idea. Para los que se refugian en ese ideal reino de Dios, Jesús es

todavía el gran maestro. Él fué el primero que proclamó la soberanía

del espíritu, el primero que dijo, dando ejemplo con sus hechos: «Mi

reino no es de este mundo.» El fundamento de la religion verdadera es,

pues, obra suya, y, despues de él, sólo falta fecundar y cultivar la

divina semilla que su mano arrojó al mundo.

Y de tal manera es así, que la palabra «cristianismo» ha llegado casi

á ser sinónima de religion. Todo cuanto se practique prescindiendo de

esa grande y hermosa tradicion cristiana será estéril. Jesús fundó la

religion de la humanidad, así como Sócrates fundó la filosofía, como

Aristóteles fundó la ciencia. Ántes de Aristóteles y de Sócrates hubo

ciencia y filosofía:--despues de ellos, la filosofía y la ciencia han

hecho inmensos progresos; pero todos sus adelantos descansan en la

ancha base establecida por aquellos grandes hombres. De igual manera,

la idea religiosa habia atravesado ántes de Jesús muchas revoluciones;

despues de Jesús ha hecho grandes conquistas; pero ni se ha salido ni

podrá salirse nunca de la nocion creada por el mártir del Gólgotha,

porque él fué quien fijó para siempre la idea del culto puro. Bajo

este punto de vista, la religion de Jesús es ilimitada. La Iglesia

ha tenido sus épocas y sus diferentes fases; los símbolos en que

frecuentemente se ha encerrado fueron ó serán pasajeros:--Jesús fundó

la religion absoluta, religion que nada excluye, que nada determina

sino imágenes susceptibles de infinitas interpretaciones. En vano

se buscará en el Evangelio una proposicion teológica. Todas las

profesiones de fe desfiguran y falsean el pensamiento de Jesús, así

como la escolástica de la Edad media, al proclamar á Aristóteles único

maestro de una ciencia perfeccionada, falseaba el pensamiento de aquel

sabio. Si Aristóteles hubiera asistido á los debates de la escuela, de

seguro habria rechazado aquella raquítica doctrina y aplaudido á sus

contradictores, pasándose á las filas de los progresistas para combatir

á los rutinarios que se escudaban con su autoridad. De igual modo, si

Jesús volviese hoy al mundo recogeria por sus discípulos, no á los que

pretenden encerrarle completamente en algunas frases de catecismo,

sino á los que trabajan en continuar su obra. En todos los órdenes de

grandeza, la mayor gloria, la inmortal, consiste en poner la primera

piedra. Posible es que en la «Física» y en la «Meteorología» de las

ciencias modernas no se halle ni una sola palabra de los tratados de

Aristóteles que tienen ese mismo título; pero no por eso deja de ser

Aristóteles el fundador de la ciencia de la naturaleza. Cualesquiera

que sean las trasformaciones del dogma, Jesús permanecerá siendo en

religion el creador del sentimiento puro, y no habrá nada más allá del

Sermon sobre la montaña. Ninguna revolucion podrá impedir que sigamos

en materia religiosa la gran línea intelectual y moral á cuyo frente

brilla el nombre de Jesús. Bajo este concepto, somos cristianos áun

separándonos sobre casi todos los puntos de la tradicion que nos ha

precedido.

Esa gran fundacion fué obra personal de Jesús. Para hacerse adorar

hasta ese punto menester es que fuese adorable. El amor no existe

sin un objeto digno de inspirarle; y aunque nada supiéramos respecto

á la vida de Jesús, la pasion que supo inspirar á las personas que

le rodearon nos bastaria para creer que fué grande y puro. La fe, el

entusiasmo y la constancia de la primera generacion cristiana no se

explican sino suponiendo en el orígen del movimiento un hombre de

proporciones colosales. Cuando se examinan las maravillosas creaciones

de las edades de fe, experimenta el ánimo dos impresiones igualmente

funestas á la buena crítica histórica. Por una parte, se inclina uno

á suponer esas creaciones demasiado impersonales, atribuyendo á una

accion colectiva lo que á menudo fué obra de una voluntad poderosa y

de un espíritu superior. Y por otra parte, cuesta trabajo imaginarse

que los autores de esos movimientos extraordinarios que han decidido

el destino de la humanidad fueron hombres como nosotros. Tengamos,

pues, un sentimiento más lato de los poderes que la naturaleza abriga

en su seno. En nuestras civilizaciones regidas por una minuciosa

policía no podemos tener idea de lo que valia el hombre en épocas en

que la originalidad de cada uno tenía un campo mucho más libre en que

desarrollar su accion. Supongamos por un momento que en las canteras

vecinas á nuestras capitales vive un solitario que de cuando en cuando

sale de su guarida para presentarse, forzando la consigna, en los

palacios de los reyes y anúnciales con voz de trueno revoluciones cuyo

promotor ha sido él. Esta sola idea nos hace sonreir. Pues sin embargo,

tal fué el profeta Elías. Hoy, Elías el Thesbita no podria franquear

ni la verja de las Tullerías. La predicacion de Jesús y su libre

actitud en Galilea se separan tambien completamente de las condiciones

sociales á que nos hallamos acostumbrados. Exentas de nuestras pulcras

invenciones y de la educacion uniforme, que al paso que nos pule,

disminuye en gran manera nuestra individualidad, aquellas almas llenas

de entereza demostraban en la accion sorprendente energía. Ellas se

nos aparecen, vistas á distancia, como gigantes de una edad heróica de

fabulosa existencia. ¡Profundo error! Aquellos hombres eran nuestros

hermanos, tuvieron nuestra talla y sintieron y pensaron como nosotros.

Pero el soplo de Dios se hallaba libre en ellos, miéntras que en

nosotros está encadenado por los férreos lazos de una sociedad mezquina

y condenada á irremisible medianía.

Coloquemos, pues, la personalidad de Jesús en la cima de la grandeza

humana, sin dejarnos extraviar por exagerada desconfianza, hija de

una leyenda que nos tiene siempre en un mundo sobrehumano. Tambien

la vida de San Francisco de Asís es un tejido de milagros, y sin

embargo, ni su existencia ni el papel que desempeñó se han puesto

nunca en duda. Tampoco se diga que la gloria de la fundacion del

cristianismo pertenece á la primera generacion cristiana, y no á aquel

á quien deificó la leyenda. En Oriente, la desigualdad de los hombres

es mucho más notable que entre nosotros; con frecuencia descuellan

allí, en medio de una atmósfera general de malicia, caractéres cuya

grandeza nos causa admiracion. Jesús, léjos de haber sido creacion de

sus discípulos, aparece siempre superior á todos ellos. Exceptuando

á San Pablo y á San Juan, los otros apóstoles eran hombres vulgares,

sin genio y sin invencion. El mismo San Pablo no puede de ninguna

manera compararse con Jesús; y en cuanto á San Juan, en otro lugar

demostraré que su mision, aunque elevada en cierto modo, estuvo muy

léjos de ser irreprochable. De ahí la inmensa superioridad que tienen

los Evangelios sobre los demás escritos del Nuevo Testamento. De ahí el

penoso descenso que se experimenta al pasar de la historia de Jesús á

la de los apóstoles. Los mismos evangelistas que nos legaron la imágen

de Jesús son tan inferiores al maestro, que, no pudiendo comprender su

grandeza, le desfiguran á cada paso y le rebajan á su propio nivel. Sus

escritos están plagados de errores y de contrasentidos:--á cada línea

se echa de ver que los redactores, no pudiendo comprender la belleza

divina de ciertos discursos, los trasforman con arreglo á sus propias

ideas. En suma, el carácter de Jesús, léjos de haber sido embellecido

por sus biógrafos, aparece en ellos más inferior. Para volver á

encontrarle tal como fué, la crítica necesita prescindir de ciertos

errores originados de la medianía de los discípulos. Éstos le pintaron

tal como le concebian; pero, muchas veces, creyendo engrandecerle, no

hicieron sino rebajarle extraordinariamente.

No se me oculta que esa leyenda, concebida para otra raza, bajo otro

cielo y en medio de otras necesidades sociales, tiene cosas que

lastiman á veces nuestras ideas modernas. Hay virtudes que, en cierto

modo, se hallan más en armonía con nuestros gustos. El honrado y suave

Marco-Aurelio y el humilde y dulce Spinosa, no habiendo creido en

los milagros, estuvieron exentos de algunos errores de que participó

Jesús. En su profunda oscuridad, el segundo de esos personajes tuvo

una ventaja que Jesús no solicitó. Por nuestra delicadeza extremada

en el empleo de los medios de conviccion, y por nuestra sinceridad

absoluta y nuestro amor desinteresado de la idea pura, todos los

que consagramos nuestra vida á la ciencia hemos fundado un nuevo

ideal de moralidad. Pero las apreciaciones de la historia no deben

encerrarse en consideraciones de mérito personal. Marco-Aurelio y sus

nobles maestros no ejercieron sobre el mundo una accion durable.

Marco-Aurelio dejó en pos de sí libros lindísimos, un hijo execrable,

un mundo que desaparecia:--Jesús continúa siendo para la humanidad un

principio inagotable de morales renacimientos. Para la gran mayoría

de las personas no basta la filosofía, es preciso que la acompañe la

santidad. Un Apolonio de Tiana debia alcanzar más éxito con su leyenda

milagrosa que un Sócrates con su fria razon. «Sócrates--decian--deja á

los hombres en la tierra, miéntras que Apolonio los trasporta al cielo;

Sócrates no es más que un sabio, Apolonio es un dios»[1165]. Hasta

hoy, la religion no ha podido existir sin una parte de ascetismo, de

piedad, de maravilloso. Cuando, despues de los Antoninos, se pretendió

establecer la religion de la filosofía, necesario fué trasformar á los

filósofos en santos, escribir la «Vida edificante» de Pitágoras y de

Plotino, arreglarles una leyenda, y concederles virtudes de abstinencia

y de contemplacion y poderes sobrenaturales, sin cuyos requisitos no

hubieran tenido ni crédito ni autoridad.

¡Guardémonos, pues, de mutilar la historia para satisfacer nuestras

mezquinas susceptibilidades! ¿Quién de nosotros, miserables pigmeos,

podrá realizar lo que realizó el extravagante Francisco de Asís ó la

histérica Santa Teresa? ¿Qué importa que la medicina posea nombres para

explicar esos grandes extravíos de la naturaleza humana? ¿Qué importa

que sostenga que el genio es una enfermedad del cerebro, que no vea

en cierta delicadeza de moralidad sino un principio de tísis, y que

clasifique el entusiasmo y el amor entre los accidentes nerviosos? Las

palabras sano y enfermo son hasta cierto punto relativas. ¿Quién no

prefiere hallarse enfermo como Pascal á estar saludable como el vulgo?

Las mezquinas ideas que acerca de la locura se han propagado en nuestra

época extravian de una manera gravísima, en las cuestiones de este

género, nuestros juicios históricos. Hoy, el hombre que dijese cosas de

las cuales no tuviera conciencia, ó expusiera pensamientos sin que los

reglase la voluntad, se expondria á que le encerraran por alucinado en

alguna casa de orates. Pues bien, ese estado se llamaba en otro tiempo

inspiracion profética. Las más grandes cosas del mundo se han hecho

bajo el imperio de la fiebre; toda la creacion eminente implica en el

sér que la produce un estado violento, una ruptura de equilibrio.

Tambien hay que tener presente, y nosotros lo reconocemos sin

dificultad, que el cristianismo es una obra demasiado compleja para

ser el hecho de un solo hombre. Puede decirse que, en cierto modo, la

humanidad entera ha colaborado en él. No hay en el mundo comarca, por

aislada que sea, que no reciba algunas impresiones del exterior. La

historia del espíritu humano está llena de extraños _sincronismos_,

los cuales patentizan que, muchas veces, diferentes fracciones de la

especie humana, situadas léjos una de otra y sin haber comunicado entre

sí, producen ideas casi idénticas y llegan á resultados semejantes. En

el siglo décimo tercero, y desde York á Samarkand, los Latinos, los

Griegos, los Siriacos, los Musulmanes y los Judíos se entregan con

pasion á disputas escolásticas, casi del mismo género; en el siglo

décimo cuarto, Italia, Persia, la India, todo el mundo se siente

acometido por la fiebre de la alegoría mística; en el décimo sexto se

desarrolla el arte de una manera análoga en Italia, en el Monte-Athos,

en la córte de los grandes Mogoles, y esto sin que entre Santo Tomás,

Barhebræus, los rabinos de Narbona y los _motecallemin_ de Bagdad

hubiese ninguna relacion, sin que Dante y Petrarca hubiesen visto

á ningun sofí, sin que ningun discípulo de las escuelas de Perusa

ó de Florencia hubiese pasado á Delhi. Diríase que, á la manera de

las epidemias, hay grandes influencias morales que recorren el mundo

de polo á polo, sin reparar en razas ni en fronteras. En la especie

humana, el comercio de las ideas no se opera únicamente por medio

de los libros y de la enseñanza directa. Jesús hasta ignoraba los

nombres de Budha, de Zoroastro y de Platon; no habia leido ningun libro

griego, ningun _sutra_ búdhico, y sin embargo, se hallan en él muchos

elementos que, sin que Jesús lo sospechase, procedian del budismo,

del parsismo y de la sabiduría griega. Esas corrientes se operan por

conductos misteriosos, por esa especie de simpatía que existe entre

las diferentes porciones de la humanidad. Los grandes hombres, si bien

dominan la época en que viven, tambien reflejan hasta cierto punto

las ideas que en ella circulan. Demostrar que la religion fundada por

Jesús fué la consecuencia natural de lo que ántes habia existido, no es

disminuir su excelencia, sino probar que tuvo su razon de ser, que fué

legítima, esto es, conforme con los instintos y con las necesidades del

corazon en un siglo determinado.

¿Sería justo decir por eso que Jesús lo debe todo al judaismo y que

su grandeza no es sino la grandeza del pueblo judío? Yo soy el primero

en reconocer la grande elevacion de ese pueblo, único en la tierra,

cuyo dón particular parece haber sido contener en su seno los opuestos

gérmenes del bien y del mal. Jesús salió, sin duda, del judaismo;

pero salió de él como Sócrates salió de las escuelas de sofistas,

como Lutero de la Edad media, como Lamennais del catolicismo, como

Rousseau del siglo diez y ocho. El hombre pertenece á su siglo y á su

raza, aunque su accion se dirija contra su raza y contra su siglo.

Jesús, léjos de continuar el judaismo, representa, por el contrario,

la ruptura con el espíritu judío. Áun suponiendo que sobre este punto

pudiera su pensamiento prestarse á algun equívoco, la direccion general

del cristianismo no dejaria ninguna duda, puesto que le vemos desde

su cuna, alejándose más y más del judaismo. Su perfeccionamiento

consistirá en volver á Jesús, pero no al espíritu judáico. La grande

originalidad del fundador permanece, pues, entera, sin que su gloria

admita ningun participante legítimo.

Es indudable que las circunstancias contribuyeron mucho al éxito de

esta maravillosa revolucion; pero tambien lo es que las circunstancias

no secundan sino lo que es justo y verdadero. Cada ramo del desarrollo

de la humanidad tiene una época determinada, en la cual, por una

especie de instinto espontáneo, llega sin violencia á adquirir su

mayor perfeccionamiento. Ningun trabajo de reflexion consigue producir

inmediatamente las obras maestras que en esos momentos de fiebre crea

la naturaleza por medio de genios inspirados. El siglo de Jesús fué

á la religion lo que fueron á las artes y á las letras profanas los

hermosos siglos de la Grecia. La sociedad judáica ofrecia entónces el

más extraordinario estado moral é intelectual que haya conocido jamás

la especie humana. Aquélla fué verdaderamente una de esas horas divinas

en que mil fuerzas ocultas conspiran á la produccion de lo grande y lo

sublime, en que brotan por doquiera raudales de admiracion y simpatía

para servir de apoyo á las almas elevadas. El mundo rescatado de la

menguada tiranía de las repúblicas municipales, gozaba entónces de

gran libertad. El despotismo romano no se dejó sentir de una manera

fatal sino mucho despues, y además, en aquellas lejanas provincias

fué siempre ménos abrumador que en el centro del imperio. Nuestras

mezquinas y suspicaces medidas preventivas (mucho más perjudiciales

para las cosas del espíritu que la misma muerte) no existian en aquella

época. La vida que Jesús hizo por espacio de tres años le habria

conducido veinte veces, en nuestra sociedad, ante los tribunales de

justicia. Sólo nuestras leyes sobre el ejercicio ilegal de la medicina

habrian bastado para detenerle al principio de su carrera. Por otra

parte, la incrédula dinastía de los Heródes miraba con indiferencia

los movimientos religiosos; bajo los Asmoneos es muy probable que

Jesús no hubiese ido más allá de sus primeras tentativas. En semejante

estado social, un innovador no arriesgaba sino la vida; mas ¿no es la

muerte la que facilita el camino á los que trabajan para el porvenir?

¡Que cualquiera se imagine á Jesús reducido á soportar hasta sesenta ó

setenta años el peso de su divinidad, perdiendo la celeste llama que

en él ardia y gastándose poco á poco bajo las necesidades de un papel

inaudito! Aquellos que nacen marcados con un sello de grandeza van á

la gloria por una especie de atraccion irresistible, de órden fatal, y

todo conspira á facilitarles el camino.

Permitido es, pues, llamar divina á esa personalidad sublime que

todavía preside los destinos del mundo; mas no porque Jesús haya

absorbido en sí todo lo divino, ó (para emplear los términos de la

escolástica) porque le haya sido adecuado; sino porque él es el

individuo que ha hecho dar á su especie el paso más avanzado hácia

la divinal region. La humanidad, considerada en globo, ofrece un

conjunto de seres abyectos, egoistas, que son superiores al animal,

por cuanto á que su egoismo es más reflexionado. Pero en medio de esa

uniforme vulgaridad se elevan hácia el cielo columnas cuya celsitud

da testimonio de un destino más noble. De todas esas columnas que

enseñan al hombre de donde procede y á dónde debe dirigirse, Jesús es

la más elevada, la más grandiosa. En él se reconcentró cuanto de noble

y bueno se contiene en nuestra naturaleza. Jesús no fué impecable,

y tuvo que vencer las mismas pasiones que nosotros combatimos; si

algun ángel le confortó, fué el de su buena conciencia; si algun

Satanás se llegó á tentarle, fué el que cada uno abriga en su propio

corazon. Posible es que muchas de sus faltas hayan quedado ocultas,

así como ha desaparecido una parte de su grandeza á causa de la pobre

interpretacion de sus discípulos. Pero nadie como él supo durante

su vida someter las pequeñeces del amor propio al interes de la

humanidad. Consagrado sin reserva á su idea, se lo subordinó todo á

tal extremo, que, hácia el fin de su vida, el universo no existia ya

para él. Ese acceso de voluntad heróica fué el que le conquistó el

cielo. No ha habido ningun hombre (exceptuando quizás á Sakia-Muni) que

haya despreciado hasta ese punto los lazos de la familia, los goces del

mundo, todas las preocupaciones terrenales. Jesús no vivia sino para su

Padre y para la mision divina, cuyo íntimo convencimiento abrigaba.

En cuanto á nosotros, niños sempiternos condenados á la impotencia;

nosotros, que trabajamos sin cosechar, y que no verémos nunca el fruto

de nuestra siembra, ¡inclinémonos con respeto ante la grandiosa figura

de esos semidioses! Ellos supieron lo que nosotros ignoramos, esto

es:--crear, afirmar, obrar. ¿Renacerá otra vez la grande originalidad,

ó se contentará el mundo en adelante con seguir marchando por las

vias que trazaron los audaces creadores de las antiguas edades? Lo

ignoramos; pero cualesquiera que sean los fenómenos que se produzcan

en el porvenir, nadie sobrepujará á Jesús. Su culto se rejuvenecerá

incesantemente; su leyenda provocará lágrimas sin cuento; su martirio

enternecerá los mejores corazones, y todos los siglos proclamarán

que entre los hijos de los hombres no ha nacido ninguno que pueda

comparársele.

Vida de Jesús · 第 60 / 114 题