MUERTE DE JESÚS

Aunque el verdadero motivo de la muerte de Jesús fué completamente

religioso, sus enemigos habian conseguido presentarle en el pretorio

como culpable de crímen de Estado; de otro modo, esto es, por crímen

de heterodoxia, no hubieran obtenido del escéptico Pilato la sancion

de la condena. Consecuentes con esta idea, los sacerdotes, valiéndose

de la muchedumbre, pidieron que se aplicase á Jesús el suplicio de

la cruz. Este suplicio no era de orígen judío.--Si la condenacion

de Jesús hubiera sido puramente mosáica, se le habria aplicado la

lapidacion[1085]. La cruz era un suplicio romano que se reservaba

para los esclavos y del cual se hacia uso cuando se pretendia agravar

la pena de muerte añadiéndole la ignominia. Al aplicarla á Jesús, se

le trataba, ni más ni ménos, como á un salteador de caminos, como á

un facineroso, ó como á esos enemigos de baja estofa á quienes no

concedian los romanos el honor de morir bajo la cuchilla[1086]. Así,

pues, se castigaba, no el dogma heterodoxo, sino la quimera de «rey

de los judíos.» Sabido es que, entre los romanos, los soldados, cuyo

oficio era matar, hacian las veces de verdugos. Jesús fué entregado á

una cohorte de soldados auxiliares, y se desplegó para su ejecucion

todo el odioso aparato de las crueles costumbres introducidas por los

nuevos conquistadores.

Eran las doce del dia, aproximadamente[1087]. Volvieron á ponerle

los vestidos que le habian quitado para el simulacro de la tribuna,

y teniendo la cohorte dispuestos á dos ladrones que tambien debia

ejecutar, reunieron los tres condenados, y la comitiva se puso en

marcha hácia el lugar del suplicio.

Aquel lugar era un sitio llamado _Gólgotha_, situado fuera de

Jerusalen, aunque no muy léjos de sus muros[1088]. El nombre de

_Gólgotha_ significa _cráneo_; corresponde, al parecer, á nuestra

palabra _Chaumont_[*] y probablemente designaba una colina escueta que

tenía la forma de un cráneo calvo. No se sabe con exactitud el sitio

donde se hallaba aquella colina; pero es indudable que estaba al Norte

ó al Nordeste de la ciudad en la elevada y desigual meseta que se

extiende entre los muros y los valles de Cedron y de Hinnom[1089], zona

bastante vulgar y que áun hoy dia conserva un aspecto triste á causa

de los repugnantes detalles que le presta su vecindad con una gran

poblacion. Difícil es colocar el Gólgotha en el sitio preciso en que, á

partir de Constantino, le ha venerado la cristiandad entera[1090]. Ese

sitio ocupa un punto demasiado céntrico en la ciudad, y es de suponer

que en la época de Jesús se hallase comprendido en el recinto de la

muralla[1091].

[*] La palabra francesa _chaumont_ es una contraccion de

_chauvemont_, esto es, monte-calvo. (N. del T.)

El condenado á muerte debia llevar sobre sus hombros el instrumento de

su suplicio[1092]. Pero Jesús, teniendo una constitucion física más

débil que sus dos compañeros, no pudo soportar el peso del suyo. La

tropa encontró en el camino á un tal Simon de Cirene, que volvia del

campo, y los soldados, con esos brutales procederes de las guarniciones

extranjeras, le obligaron á llevar el árbol fatal. Al obrar de ese

modo, quizás usaban de un derecho reconocido, puesto que estaba

prohibido á los romanos cargar ellos mismos con el madero infame. Simon

perteneció despues, segun parece, á la comunidad cristiana, en la

cual eran muy conocidos sus dos hijos Alejandro y Rufo[1093]. Tal vez

refirió luégo, como testigo ocular, más de una circunstancia relativa

á aquellos últimos instantes. Ninguno de los discípulos se hallaba en

aquel momento cerca de Jesús[1094].

El lúgubre cortejo llegó, en fin, al sitio de las ejecuciones. Con

arreglo á la costumbre judía, inspirada por un sentimiento de piedad,

se daba á beber á los pacientes, á fin de aturdirlos, una bebida

embriagadora compuesta de cierto vino fuertemente aromatizado[1095].

Parece ser que las mismas señoras de Jerusalen llevaban á los infelices

que conducian al suplicio aquel vino de gracia; cuando ninguna de

ellas le ofrecia, se compraba con los fondos del erario público[1096].

Jesús, despues de haber acercado el vaso á los labios, rehusó beber

aquel brebaje[1097]. Ese triste alivio de los condenados vulgares no

se avenia con su elevada naturaleza:--prefirió abandonar la vida en

toda la plenitud de su razon y esperar con la conciencia lúcida y

serena la muerte que con tanto heroismo habia provocado. Entónces le

despojaron de sus vestidos[1098] y le ataron á la cruz, la cual se

componia de dos maderos enlazados en forma de T[1099]. La cruz tenía

de ordinario tan poca elevacion, que á veces los piés del condenado

tocaban al suelo. Empezábase por izar y fijar en tierra el madero[1100]

y en seguida se procedia á suspender al paciente, atravesándole las

manos con clavos;--los piés se enclavaban tambien algunas veces; otras,

se contentaban con atarlos[1101]. Una especie de tajo de madera, ó

más bien de pequeña antena fija hácia el medio del mástil de la cruz,

pasaba por entre las piernas del condenado, sirviéndole de punto de

apoyo[1102]. Sin esto las manos se habrian desgarrado y venido el

cuerpo á tierra. Otras veces, el punto de apoyo consistia en una

tableta que se fijaba á la altura de los piés.

Jesús saboreó uno por uno todos los horrores de tan atroz suplicio.

Sentíase devorado por una sed abrasadora, que no es el menor de los

tormentos de la crucifixion[1103], y pidió de beber. Estaba cerca

de allí una vasija llena de la bebida ordinaria de los soldados

romanos, la cual consistia en una mezcla de vinagre y agua llamada

_posca_, bebida que los soldados debian llevar consigo en todas las

expediciones[1104], en cuyo número entraban tambien las ejecuciones

capitales. Un soldado tomó una esponja, la empapó en aquel brebaje, y,

poniéndola en la punta de una caña, se la dió á chupar á Jesús[1105].

Á derecha é izquierda del profeta de Nazareth estaban crucificados los

dos ladrones. Los ejecutores, entre cuyas manos se abandonaban los

despojos (_pannicularia_) de los ajusticiados[1106], «repartieron entre

sí sus vestidos, echando suerte, y sentándose al pié de la cruz, le

guardaban»[1107]. Segun una tradicion, Jesús pronunció las siguientes

palabras, que, si no salieron de sus labios, estuvieron al ménos en su

corazon: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»[1108].

Con arreglo á la costumbre romana, se colocó un rótulo en lo alto de la

cruz, con esta frase escrita en tres idiomas, hebreo, griego y latino:

EL REY DE LOS JUDÍOS. Semejante redaccion constituia una angustiosa

injuria dirigida al pueblo. Muchas personas de las que por allí pasaban

se resintieron al leerla, y los sacerdotes hicieron observar á Pilato

que debia escribirse el letrero de modo que explicase que Jesús habia

pretendido ser rey de los judíos. Pero el procurador, aburrido ya de

aquel asunto, se negó á complacerlos, contestando que lo escrito,

escrito se quedaba[1109].

Los discípulos de Jesús habian huido. Sin embargo, Juan declara

haber permanecido constantemente al pié de la cruz[1110]. Con mayor

certidumbre puede afirmarse que las que le acompañaron al Calvario sin

abandonarle fueron las fieles amigas de Galilea que le habian seguido

á Jerusalen. María Cleophás, María de Magdala, Juana, mujer de Kuza,

Salomé y algunas otras mujeres permanecian á cierta distancia[1111]

sin perderle de vista[1112]. De creer á Juan, María, madre de Jesús,

estaba tambien al pié de la cruz, y al ver el moribundo á su madre y á

su discípulo querido, dijo á éste: «Hé ahí á tu madre»; y á aquélla:

«Hé ahí á tu hijo»[1113]. Pero no se comprende cómo los sinópticos, que

en su relato mencionan á las otras mujeres, hubiesen hecho caso omiso

de María, cuya presencia era un rasgo tan interesante. Hasta la suprema

elevacion del carácter de Jesús hace tambien inverosímil semejante

enternecimiento personal en el momento en que, preocupado únicamente de

su obra, no existia ya sino para la humanidad[1114].

Á excepcion de aquel reducido grupo de mujeres que desde léjos le

consolaban con sus miradas, Jesús no veia en torno suyo sino el

espectáculo de la bajeza ó de la estupidez humana. Insultábanle los que

por allí pasaban, y oia á su alrededor necios sarcasmos que convertian

sus gritos de supremo dolor en odiosos juegos de palabras:--«Ahí está

el que se llamaba Hijo de Dios--decian,--¡que su padre venga ahora á

librarle!--Á otros ha salvado y no puede salvarse á sí mismo. Si es

el rey de Israel, baje ahora de la cruz y creerémos en él.--¡Hola!

añadian, tú que derribas el templo de Dios y en tres dias le

reedificas, sálvate á tí mismo:--¡si eres Hijo de Dios, desciende de la

cruz!»[1115].--Algunos, poco al corriente de sus ideas apocalípticas,

creyeron oirle llamar á Elías, y dijeron: «Veamos si viene Elías á

librarle.» Parece que los dos ladrones crucificados en su compañía le

insultaban tambien[1116].

El cielo estaba sombrío[1117], y la tierra tenía, como todos los

alrededores de Jerusalen, un aspecto árido y triste. Segun lo que

ciertos relatos refieren, el corazon de Jesús desfalleció por un

momento, ocultóle una nube la faz de su Padre, y entónces tuvo una

agonía de desesperacion mil veces más acerba que todos los tormentos.

No vió sino la ingratitud de los hombres, y, arrepintiéndose quizás

de sufrir por una raza abyecta, exclamó:--«Dios mio, Dios mio, ¿por

qué me has desamparado?» Pero su instinto divino volvió aún á recobrar

su imperio. Á medida que el hálito vital se extinguia, su alma se

serenaba y volvia otra vez á su celeste orígen. Experimentó de nuevo

el sentimiento de su mision, vió en su muerte la salvacion del mundo,

desapareció de su vista el repugnante espectáculo que se desarrollaba á

sus piés, y, profundamente unido á su Padre, empezó en el patíbulo la

vida divina que por siglos iba á gozar en el corazon de la humanidad.

En el suplicio de la cruz, la particularidad más horrible era, que

la víctima podia vivir tres ó cuatro dias en aquel estado espantoso,

enclavado sobre aquel escabel de dolor[1118]. La hemorragia de las

manos cesaba pronto y no era mortal. La verdadera causa de la muerte

consistia en la posicion violenta del cuerpo, la cual ocasionaba un

completo desarreglo en la circulacion de la sangre, terribles dolores

de cabeza y de corazon, y, por último, la rigidez de los miembros. Los

crucificados de complexion robusta no morian sino de hambre[1119].

La idea capital de aquel suplicio cruel no era matar directamente al

condenado por medio de lesiones determinadas; sino exponer al esclavo

enclavándole por las manos, de que no supo hacer buen uso, y dejarle

abandonado hasta que se pudriera sobre el madero. La organizacion

delicada de Jesús le preservó de esa lenta agonía. Todo induce á creer

que la ruptura de un vaso del corazon le produjo al cabo de tres horas

una muerte repentina. Algunos momentos ántes de espirar su voz era

todavía vigorosa[1120]. De pronto, lanzó un terrible grito[1121],

en el que algunos oyeron oir:--«¡Oh Padre, en tus manos encomiendo

mi espíritu!»; y otros, más preocupados por el cumplimiento de las

profecías, supusieron que dijo: «¡Todo está consumado!» Su cabeza se

inclinó sobre el pecho, y exhaló el último suspiro.

Reposa en tu gloria, noble iniciador de la más sublime doctrina. Tu

obra se halla concluida; tu divinidad queda fundada. No temas ya que

una falta venga á echar por tierra el edificio debido á tus esfuerzos.

Léjos del alcance de la fragilidad humana, en adelante asistirás desde

el seno de la paz divina á las infinitas consecuencias de tus actos. Á

costa de algunas horas de sufrimientos, que ni siquiera pudieron abatir

la grandeza de tu alma, has conseguido la más completa inmortalidad.

¡Tu nombre, gloria y orgullo del mundo, va á exaltarte durante millares

de años! Lábaro de nuestras contradicciones, tú serás la bandera á

cuyo alrededor se librará la más ardiente de todas las batallas. Y mil

veces más vivo, más amado despues de tu muerte que miéntras cruzaste

por este valle de lágrimas, llegarás á ser de tal modo la piedra

angular de la humanidad, que borrar tu nombre de los anales del mundo

sería conmoverle hasta en sus cimientos. Entre Dios y tú ya no habrá

distincion ninguna. ¡Toma, pues, posesion de tu reino, sublime vencedor

de la muerte, de ese reino adonde te seguirán, por la ancha via que

trazaste, siglos de adoradores!

Vida de Jesús · 第 54 / 114 题