ARRESTO Y CAUSA DE JESÚS

La noche habia cerrado ya completamente[1024] cuando salieron de la

sala[1025]. Segun su costumbre, Jesús atravesó el valle del Cedron,

y acompañado de sus discípulos se dirigió al huerto de Gethsemaní,

situado al pié del monte de los Olivos[1026]. Sentóse allí, y dominando

á sus discípulos con su inmensa superioridad, permanecia en vela y

en oracion miéntras ellos dormian. De pronto una patrulla armada y

provista de antorchas invade el huerto. Eran los agentes del templo,

especie de brigada de policía que se habia dejado á los sacerdotes:

iban armados de palos y escoltados de un destacamento de soldados

romanos con espadas. La órden del arresto emanaba del gran sacerdote y

del sanedrin[1027]. Conociendo Júdas las costumbres de Jesús, les habia

indicado que en aquel sitio podrian sorprenderle más fácilmente. Júdas,

segun la tradicion unánime de los primeros tiempos, acompañaba á la

patrulla[1028], y si hemos de creer lo que algunos afirman[1029], llevó

la infamia hasta el extremo de designar con un beso á la víctima de su

negra traicion. Sea como quiera, lo cierto es que hubo un principio

de resistencia de parte de los discípulos[1030]. Uno de ellos (Pedro,

segun testigos oculares)[1031] desenvainó la espada é hirió en una

oreja á uno de los servidores del gran sacerdote, llamado Malek. Jesús

detuvo aquel primer movimiento y se entregó voluntariamente á los

soldados. Los discípulos, débiles, é incapaces de obrar de concierto

contra autoridades que gozaban de tanto prestigio, huyeron cada cual

por su lado. Sólo Juan y Pedro siguieron desde léjos al maestro sin

perderle de vista. Otro jóven desconocido, cubierto de una ligera

túnica, le seguia tambien: los soldados quisieron prenderle, pero el

jóven huyó, dejando la túnica entre sus manos[1032].

La conducta que los sacerdotes habian resuelto observar contra

Jesús se hallaba en un todo conforme con el derecho establecido. El

procedimiento contra el «seductor» (_mesith_) que trata de atentar á

la pureza de la religion se explica en el Talmud con detalles cuya

ingenua impudencia hace sonreir. La asechanza, la alevosía, están en

él erigidas en parte esencial de la instrucción criminal. Cuando hay un

hombre acusado de «seduccion» se colocan dos testigos ocultos detrás

de un tabique, y se arreglan las cosas de un modo que el prevenido

éntre en una habitacion contigua, á fin de que los dos testigos en

cuestion puedan oirle sin que él lo sospeche. Á mayor abundamiento se

encienden dos luces junto á él para que los testigos ocultos puedan

declarar que «le han visto»[1033]. Preparadas las cosas de este modo,

se hace que repita su blasfemia, induciéndole á que se retracte. Si

persiste en ella, los testigos le conducen al tribunal y es apedreado.

El Talmud añade que de esta manera fué como se procedió con Jesús, que

fué condenado por las declaraciones de los consabidos testigos, y que,

además, el crímen de «seduccion» es el único para el cual se preparan

tan originales testimonios[1034].

En efecto, los discípulos de Jesús nos dicen que la «seduccion» era

el crímen de que acusaban á su maestro[1035], y, á excepcion de

algunas anotaciones, fruto de la imaginacion rabínica, el relato de

los evangelios concuerda rasgo por rasgo con el procedimiento que

describe el Talmud. El plan de los enemigos de Jesús era convencerle,

por informe testimonial y por su propia confesion, de blasfemia y

de atentado contra la religion mosáica, condenarle á muerte con

arreglo á la Ley y remitir despues la sentencia á Pilato para que

éste la confirmase. Como ya hemos visto, la autoridad sacerdotal

residia de hecho en manos de Annás. La órden de arresto procedia de

él probablemente, y á casa de aquel poderoso personaje fué adonde, en

un principio, condujeron á Jesús[1036]. Annás le interrogó acerca de

su doctrina y de sus discípulos; pero Jesús rehusó con noble altivez

entrar en largas explicaciones. Remitiéndose á su enseñanza, que habia

sido pública, declaró que jamás habia tenido doctrina secreta, y dijo

al gran sacerdote que interrogase á aquellos que le habian escuchado.

Nada más natural que esa respuesta; pero el exagerado respeto que

inspiraba el antiguo pontífice la hizo aparecer osada é irreverente, y

uno de los circunstantes replicó á ella--segun dicen--dando á Jesús un

bofeton.

Pedro y Juan habian seguido al maestro hasta la morada de Annás: Juan,

que no era desconocido en la casa, penetró sin dificultad, mas su

compañero fué detenido á la entrada, y el hijo del Zebedeo tuvo que

suplicar á la portera que le dejase paso.

La noche era fria.

Pedro permaneció en la antecámara y se acercó á un brasero al rededor

del cual se calentaban algunos sirvientes, quienes no tardaron en

reconocerle como discípulo del preso. Denunciado por su acento galileo

y apremiado por las preguntas que le dirigian los lacayos, entre

los cuales se hallaba un pariente de Malek que le habia visto en

Gethsemaní, el desventurado aseguró por tres veces que jamás habia

tenido relacion alguna con Jesús. Pedro creia que el maestro no

podia oirle y estaba léjos de imaginar cuán digno de reprobacion era

aquel acto de disimulada cobardía. Pero su excelente naturaleza le

reveló bien pronto la falta que acababa de cometer. Una circunstancia

fortuita, el canto del gallo, vino á recordarle las palabras que le

habia dicho el maestro. Entónces se enterneció su corazon, salió afuera

y se echó á llorar amargamente[1037].

Aunque verdadero autor del homicidio jurídico que iba á consumarse,

Annás no tenía poderes para pronunciar la sentencia de Jesús; por eso

le remitió á su yerno Caifás, que era el posesor del título oficial.

Ciego instrumento de su suegro, Caifás debia naturalmente ratificar

en todo y por todo las insinuaciones de aquél. El sanedrin se hallaba

reunido en su casa[1038]. Empezóse la vista, y varios testigos,

preparados de antemano con arreglo al procedimiento inquisitorial

expuesto en el Talmud, comparecieron ante los jueces. La frase fatal

que Jesús habia realmente pronunciado: «Yo destruiré el templo de Dios

y le reconstruiré en tres dias», fué citada por dos testigos. Blasfemar

del templo de Dios era, segun la ley judáica, blasfemar de la misma

Divinidad[1039]. Jesús guardó silencio, rehusando explicar las palabras

que se le acriminaban. Si hemos de creer lo que dice un relato, el

gran sacerdote le conminó entónces que dijera si él era el Mesías.

Jesús respondió afirmativamente y proclamó ante los jueces el próximo

advenimiento de su reino celestial[1040]. Sin embargo, parécenos que el

valor de Jesús, decidido ya á morir, no exige semejante confesion: es

muy probable que en casa de Caifás, como en la de Annás, guardase ese

mismo silencio que fué su regla de conducta en los últimos instantes

de su vida. La sentencia estaba resuelta de antemano, y sólo se

buscaban pretextos para justificarla: conociéndolo Jesús, no trató

de emprender una defensa inútil. Bajo el punto de vista del judaismo

ortodoxo, Jesús era real y verdaderamente un blasfemo, un destructor

del culto establecido; esto supuesto, la ley castigaba con pena de

muerte semejantes crímenes[1041]. La asamblea le declaró por voto

unánime culpable de crímen capital. Los miembros del consejo que tenian

por él secretas simpatías, se hallaban ausentes ó no votaron[1042].

La frivolidad propia de las aristocracias de antigua data no permitió

á los jueces reflexionar mucho tiempo sobre los resultados de la

sentencia que acababan de firmar. La vida de un hombre se sacrificaba

entónces con suma ligereza; de seguro no pensaron los miembros del

sanedrin en la terrible cuenta que de aquel decreto, pronunciado con

tan indolente desden, tendrian sus hijos que dar á la posteridad

irritada.

El sanedrin no tenía derecho para hacer ejecutar una sentencia de

muerte[1043]. Pero, gracias á la confusion de poderes que entónces

reinaba en Judea, no por eso dejaba Jesús de hallarse condenado desde

aquel momento. Así es que permaneció el resto de la noche expuesto á

los insultos y malos tratamientos de la más ínfima chusma, la cual no

le escaseó ninguna afrenta[1044].

Á la siguiente mañana se reunieron de nuevo los ancianos y los jefes

de los sacerdotes[1045], para tratar de que Pilato aprobase la condena

pronunciada por el sanedrin, condena que no podia tener cumplido

efecto sin tal requisito, indispensable desde la ocupacion romana.

El procurador no se hallaba investido, como el legado imperial, del

derecho de vida y muerte; pero como Jesús no era ciudadano romano,

bastaba la autorizacion del gobierno para que se diera curso al decreto

pronunciado contra él. Los romanos, como sucede siempre que un pueblo

político somete á una nacion en la que se confunden la ley civil y la

religiosa, habian llegado á prestar una especie de apoyo oficial á

la ley judáica. El derecho romano no se aplicaba á los judíos; éstos

permanecian sometidos al derecho canónico que vemos consignado en el

Talmud, de igual manera que los árabes de Argelia se hallan todavía

regidos por el código del Islam. Aunque neutros en religion, los

romanos sancionaban con mucha frecuencia las penas que se imponian por

delitos religiosos. La situacion era, pues, muy semejante á la de las

ciudades santas de la India bajo la dominacion inglesa, ó más bien á la

en que se encontraria Damasco el dia en que la Siria fuese conquistada

por una potencia europea. Josefo pretende (aunque en ello cabe mucha

duda) que si un romano traspasaba las estelas en que se hallaban las

inscripciones que prohibian avanzar á los gentiles, los procuradores le

entregaban á los judíos para que le diesen muerte[1046].

Los agentes de los sacerdotes ataron á Jesús y le condujeron al

pretorio, antiguo palacio de Heródes[1047], inmediato á la torre

Antonia[1048]. Era la mañana del dia en que debia comerse el cordero

pascual (viérnes, 14 de nisan,--3 de Abril). Los judíos se habrian

mancillado entrando en el pretorio y no habrian podido celebrar el

festin sagrado; por esta razon permanecieron fuera[1049]. Noticioso

Pilato de su presencia, subió al _bima_[1050], ó tribunal, que se

hallaba situado al aire libre[1051], en el sitio que tenía por nombre

_Gabbatha_, en griego _Lithostrotos_, á causa del embaldosado que

recubria el suelo.

Tan pronto como se le informó de la acusacion, Pilato manifestó el

disgusto que le causaba el tener que mezclarse en aquel asunto[1052].

En seguida se encerró con Jesús en el pretorio. Los detalles precisos

de la entrevista que allí tuvo lugar, no habiendo podido ningun testigo

revelárselos á los discípulos, quedaron envueltos en el misterio; sin

embargo, Juan parece haberlos adivinado con bastante exactitud. Su

relato se halla en perfecta consonancia con lo que la historia nos

refiere respecto á la situacion recíproca de los dos interlocutores.

El procurador Pontius, apellidado Pilatus, sin duda á causa del _pilum_

ó dardo de honor con que fué condecorado[1053] él ó alguno de sus

progenitores, no habia tenido hasta entónces ninguna relacion con la

secta naciente. Indiferente á las querellas intestinas de los judíos,

no veia en todos aquellos movimientos de sectarios sino el efecto de

imaginaciones acaloradas y de cerebros extraviados. En general, los

judíos le inspiraban poquísimo cariño. Pero si el procurador detestaba

á los nietos de Moisés, éstos le pagaban con usura; encontrábanle duro,

violento, despreciativo, y le acusaban de crímenes increibles[1054].

Jerusalen, como centro de una gran fermentacion popular, era una

poblacion sumamente sediciosa y un punto de residencia insoportable

para un extranjero. Los exaltados pretendian que el nuevo procurador

habia hecho propósito firme de abolir la ley[1055]. Su mezquino

fanatismo y sus odios religiosos no podian ménos de sublevar ese

ámplio sentimiento de justicia y de gobierno civil que el más incapaz

de los súbditos romanos llevaba consigo adonde quiera que iba. Todos

los actos que de Pilato conocemos nos le presentan como un buen

administrador[1056]. En el primer período del ejercicio de su cargo

habia tenido con sus administrados sérias dificultades, que zanjó de

una manera bastante brutal; pero áun entónces parece que la razon se

hallaba de su parte. Los judíos debian parecer al procurador Pontius,

gentes atrasadísimas, y sin duda le merecian el mismo juicio que á un

prefecto liberal merecieron en otro tiempo los Bajos-Bretones, los

cuales se insurreccionaban contra la apertura de un nuevo camino ó el

establecimiento de una nueva escuela. En sus mejores proyectos por el

bien del país, y con particularidad en todo cuanto se relacionaba con

las obras públicas, Pilato habia encontrado siempre la Ley como un

obstáculo insuperable. La Ley, en su espíritu absurdamente conservador,

restringia la vida hasta el extremo de oponerse á todo cambio y á toda

mejora. Las más útiles construcciones romanas eran para los judíos

celosos objeto de particular ojeriza[1057]. Dos escudos votivos con

inscripciones, que el procurador Pontius habia hecho colocar en su

palacio, el cual se hallaba contiguo al sagrado recinto, provocaron una

borrasca aún más violenta[1058]. Pilato hizo en un principio muy poco

caso de aquellas susceptibilidades; pero ellas le obligaron despues

á hacer uso de sangrientas represiones[1059], cuya severidad debia

más tarde ocasionar su destitucion[1060]. La experiencia de tantos

conflictos le habia, pues, hecho prudente en sus relaciones con aquel

pueblo intratable, que se vengaba de sus dominadores obligándolos

á usar con él de odiosas crueldades. El procurador experimentaba

supremo disgusto al verse obligado á desempeñar, por una ley que

detestaba[1061], un papel activo y abominable en aquel nuevo asunto.

Pilato sabía que el fanatismo religioso, así que ha obtenido alguna

violencia de los gobiernos civiles, es despues el primero en arrojar

sobre ellos la responsabilidad, y áun casi se permite dirigirles

amargas acusaciones. ¡Suprema injusticia, puesto que, en semejante

caso, el verdadero culpable es el instigador!

Pilato, á quien acaso impresionó la actitud digna y tranquila del

acusado, deseaba, pues, salvar á Jesús, el cual, si hemos de dar

crédito á una tradicion[1062], encontró tambien apoyo en la propia

mujer del procurador. Quizás ésta habia visto al dulce galileo desde

alguna de las ventanas del pretorio que dominaban el pórtico del

templo, y ¡quién sabe si el espectáculo de la sangre de aquel hermoso

jóven, sangre inocente que iba á derramarse, le produjo alguna terrible

pesadilla! Sea como quiera, lo cierto es que Jesús encontró á Pilato

prevenido en su favor. El gobernador le interrogó bondadosamente,

demostrando el deseo de recurrir á cuantos medios le fuesen posibles á

fin de absolverle.

El título de «rey de los judíos», que Jesús nunca se habia dado, pero

que sus enemigos dedujeron de su papel y de sus pretensiones, era

naturalmente el que más inquietudes debia causar á la autoridad romana.

Así, pues, se tuvo especial cuidado de acusarle en este sentido,

presentándole á los ojos del procurador como sedicioso y culpable de

crímen de estado. Y no obstante, nada era más injusto, puesto que Jesús

habia siempre reconocido la autoridad civil del imperio romano. Pero

sabido es que los partidos religiosos conservadores no tienen costumbre

de retroceder ante ninguna calumnia. Deducian á pesar suyo todas las

consecuencias de su doctrina, trasformábanle en discípulo de Júdas el

Gaulonita, y pretendian que vedaba pagar el tributo á César[1063].

Pilato le preguntó si era efectivamente rey de los judíos[1064], y

Jesús respondió sin ocultarle su pensamiento. Pero el gran equívoco

que habia sido el orígen de su fuerza, y que debia constituir su

reino despues de su muerte, le perdió entónces. Jesús, el idealista

que no distinguia el espíritu de la materia, y cuya palabra, segun la

imágen del Apocalípsis, era una espada de dos filos, no supo nunca

tranquilizar completamente á las potencias de la tierra. Juan afirma

que Jesús confesó ante Pilato su dignidad real, pero que al mismo

tiempo añadió esta profunda frase: «Mi reino no es de este mundo.»

Y que despues explicó la naturaleza de su reino, el cual se resumia

completamente en la posesion y en la proclamacion de la verdad. Pilato

no comprendió una palabra de ese idealismo sublime[1065], y sin duda

Jesús le produjo el efecto de un soñador inofensivo. Los romanos de

aquella época, merced á su carencia de filosofía y de proselitismo

religioso, consideraban como una quimera el sacrificio por la verdad.

Semejantes debates les parecian fastidiosos y vacíos de sentido, y no

viendo el peligro que de esas nuevas especulaciones pudiera resultar al

imperio, natural era que no hallasen motivo ninguno para emplear contra

ellas la violencia. Todo su descontento recaia, pues, sobre los que,

por vanas sutilezas, iban á pedirles el suplicio de algun innovador.

Veinte años más tarde, Gallion se conducia todavía con los judíos de

la misma manera[1066]. La regla de conducta que siguieron los romanos

hasta la ruina de Jerusalen fué siempre la más absoluta indiferencia

respecto á esas querellas de sectarios[1067].

Para conciliar sus propios sentimientos con las exigencias de aquel

pueblo fanático, cuya presion habia sufrido tantas veces, un medio

plausible se presentó á la mente del gobernador. Con motivo de la

fiesta de la Pascua, era costumbre dar libertad á un criminal.

Conociendo Pilato que la prision de Jesús era debida al ódio y á

la envidia de los sacerdotes[1068], intentó hacerle participar del

beneficio de aquella costumbre. Al efecto, subió de nuevo al _bima_

y propuso á la muchedumbre libertar «al rey de los judíos.» Hecha en

tales términos, la proposicion tenía cierto carácter de amplitud y

de ironía, propio á favorecer su intento. Los sacerdotes conocieron

el peligro. En consecuencia obraron prontamente[1069], y á fin de

combatirla, sugirieron á la muchedumbre el nombre de un preso que

gozaba en Jerusalen de gran popularidad. Por una singular coincidencia

se llamaba tambien Jesús[1070] y tenía por sobrenombre Bar-Abba ó

Bar-Rabbas[1071]. Este personaje era muy conocido[1072], y segun parece

habia sido preso por delito de homicidio y por haber tomado parte en

un motin[1073]. Al repetirles Pilato su propuesta, se elevó un clamor

general diciendo: «No á ése, sino á Jesús Bar-Rabbas.» Entónces Pilato

se vió en la precision de indultar el preso que le pedian.

Sus apuros se aumentaban, y temia que le comprometiese la demasiada

indulgencia para con un acusado á quien daban el título de «rey de

los judíos.» Además, todos los poderes se ven siempre obligados á

transigir con el fanatismo. Pilato creyó que debia hacer algunas

concesiones; pero, vacilando todavía en derramar sangre para satisfacer

el deseo de personas que detestaba, trató de imprimir al negocio un

giro risible y mandó azotar á Jesús, aparentando burlarse del título

pomposo que le daban[1074]. La flagelacion era el preliminar ordinario

del suplicio de la cruz[1075]. Quizás Pilato quiso hacer creer que esa

condena estaba ya pronunciada, confiando en que el preliminar sería

suficiente. Entónces tuvo lugar, segun afirman todos los relatos,

una escena odiosa y repugnante. Los soldados cogieron á Jesús, le

desnudaron y le cubrieron con un manto de grana; luégo, tejiendo una

corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, y una caña en la mano

derecha. Así adornado, le hicieron subir á la tribuna del pretorio, y

abofeteándole y escarneciéndole, se arrodillaban delante de él y le

decian: «Dios te salve, rey de los judíos»[1076]. Otros le escupian,

tomaban la caña y le herian en la cabeza. Difícil es comprender cómo

la gravedad romana pudo prestarse á tan vergonzosos actos. Verdad es

que, en su calidad de procurador, Pilato no tenía bajo sus órdenes sino

tropas auxiliares; los ciudadanos romanos que componian las legiones no

habrian descendido á semejante indignidad.

¿Creyó Pilato poner á cubierto su responsabilidad con aquel infame

simulacro? ¿Esperaba separar el golpe que amenazaba á Jesús concediendo

alguna cosa al ódio de los judíos?[1077] ¿Se prometia evitar un

trágico desenlace con aquel entremes grotesco, haciendo ver en cierto

modo que el asunto no merecia otra solucion? Si tales fueron sus

intenciones, ningun éxito tuvieron. El tumulto crecia, amenazando

convertirse en verdadera sedicion: por todas partes resonaba el grito:

«¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Adoptando un tono cada vez más exigente,

los sacerdotes declararon que peligraba la Ley si el seductor no era

condenado á muerte[1078]. Pilato conoció que para salvar á Jesús sería

indispensable sofocar un motin sangriento. Sin embargo trató de ganar

tiempo, y al entrar en el pretorio se informó de qué país era Jesús, á

fin de buscar un pretexto para declinar su propia competencia[1079].

Y segun una tradicion, remitió el acusado á Antipas, quien, segun

parece, se hallaba accidentalmente en Jerusalen[1080]. Jesús se prestó

poco á secundar esos benévolos esfuerzos; como habia hecho en casa de

Caifás, se encerró en un silencio digno y grave, que llamó sobremanera

la atencion de Pilato. Los gritos del populacho se hacian cada vez más

amenazadores, y hasta se murmuraba ya del poco celo del funcionario,

acusándole de proteger á un enemigo de César. Los mayores adversarios

de la dominacion romana se trasformaron entónces en súbditos leales de

Tiberio, para tener derecho de acusar de lesa-majestad al demasiado

tolerante procurador. «Aquí no hay más rey que el emperador,--le

decian:--Si sueltas á ése no eres amigo de César; puesto que cualquiera

que se hace rey se declara contra César»[1081]. El débil Pilato,

temeroso del informe que sus enemigos enviarian á Roma, informe en

que se le acusaria de haber apoyado á un rival de Tiberio, dejó de

insistir. Ya en el asunto de los escudos votivos los judíos habian

escrito al Emperador y conseguido el objeto de su solicitud. El

procurador vió amenazado su destino, y por una condescendencia que

debia entregar su nombre á la execracion universal, cedió al fin,

dejando á los judíos,--segun dicen,--toda la responsabilidad de lo

que pudiera suceder. Los judíos la aceptaron plenamente, y á creer la

tradicion cristiana, respondieron: «Recaiga su sangre sobre nosotros y

sobre nuestros hijos»[1082].

¿Fueron pronunciadas, en efecto, esas palabras? Dudoso nos parece.

Pero, de todos modos, ellas son la expresion de una profunda verdad

histórica. Si se tiene en cuenta la actitud de los romanos en Judea,

se comprenderá que Pilato no pudo hacer sino lo que hizo. ¡Cuántas

sentencias de muerte no han sido dictadas y arrancadas al poder civil

por la intolerancia religiosa! El rey de España, que por complacer á un

clero fanático, entregaba á la hoguera centenares de súbditos, era mil

veces más censurable que Pilato, porque en él residia un poder mucho

más completo que el que los romanos tenian entónces establecido en

Jerusalen. Siempre que el poder civil, á instigacion del sacerdocio, se

convierte en perseguidor ó en quisquilloso, prueba con ello su falta de

energía. Pero si hay algun gobierno que sobre este punto se halle sin

pecado, que arroje á Pilato la primera piedra. El «brazo secular», tras

el cual se esconde la crueldad del clero, no es el culpable. ¿Podrá

alguno decir con justicia que tiene horror á la sangre, porque la hace

derramar por sus lacayos?

Esto supuesto, ni Tiberio, ni Pilato, fueron los que condenaron á

Jesús; fué el antiguo partido judío, la ley mosáica. Segun nuestras

ideas modernas, el demérito moral no se trasmite de padre á hijo: ante

la justicia humana y divina, nadie es responsable sino de sus propias

faltas. Por consiguiente, el judío que sufre todavía por la muerte de

Jesús tiene derecho á quejarse, porque, si hubiese vivido entónces,

quizás habria sido un Simon Cirineo; quizás no se habria hallado

entre los que gritaron: «¡Crucifícale!» Pero las naciones, como los

individuos, tienen su responsabilidad, y segun esto, si en el mundo

hubo crímen cometido por una nacion entera, fué sin duda la muerte de

Jesús. La Ley mosáica, en su forma moderna, es verdad, pero aceptada,

pronunciaba pena de muerte contra toda tentativa hecha para cambiar el

culto establecido. Jesús atacaba el culto, á no dudarlo, y aspiraba á

destruirle. Los judíos dijeron á Pilato con una franqueza cuya verdad

y sencillez no pueden negarse: «Nosotros tenemos una Ley, y segun esta

Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios»[1083]. La Ley era

detestable; pero ella era la Ley de la ferocidad antigua, y el héroe

llamado á abrogarla debia ante todo sufrir sus terribles decisiones.

Para que la sangre que Jesús va á derramar produzca sus frutos serán

menester mil ochocientos años. Pensadores tan nobles como aquel mártir

sublime sufrirán en su nombre, durante muchos siglos, la tortura y

la muerte. Áun hoy dia, en países que se tienen por cristianos, se

castigan con penas severas los delitos religiosos[*]. Pero Jesús no es

responsable de esos extravíos: el mártir del Gólgota no podia prever

que el fanatismo de algunos pueblos habia de llegar á convertirle en

una especie de horrible Moloch, ávido de carne quemada. El cristianismo

ha sido intolerante; pero la intolerancia no es un hecho esencialmente

cristiano: es un hecho judío, por cuanto á que el judaismo fué el

primero que erigió la teoría de lo absoluto en materia religiosa; el

primero que asentó el principio de que todo innovador, aunque haya

milagros en apoyo de su doctrina, debe ser apedreado sin misericordia

y sin juicio prévio[1084]. Tambien el mundo pagano tuvo sus violencias

religiosas; pero, si hubiese estado regido por una ley semejante, ¿se

habria convertido á la religion cristiana? El Pentateuco fué, pues,

en el mundo, el primer código del terror religioso, y el judaismo el

primer ejemplo de un dogma inmutable, armado de la cuchilla. Si el

cristianismo, en vez de perseguir con ódio ciego á los judíos, hubiese

abolido el régimen que mató á su fundador, habria sido más consecuente

y sería mucho más acreedor á la gratitud del género humano.

[*] No hace mucho tiempo que fueron condenados á presidio, por la

administracion O’Donnell, algunos propagandistas protestantes de

Granada. (N. del T.)

Vida de Jesús · 第 52 / 114 题