ÚLTIMO VIAJE DE JESÚS Á JERUSALEN

Hacia ya mucho tiempo que Jesús tenía conciencia de los peligros que le

rodeaban[874]. Durante un período que puede calcularse de diez y ocho

meses evitó ir en peregrinacion á Jerusalen[875]. Por la fiesta de los

Tabernáculos del año 32 (segun la hipótesis que hemos adoptado), sus

parientes, siempre incrédulos y nada bien dispuestos á su favor[876],

le excitaron á que emprendiese el viaje á la capital. El evangelista

Juan parece indicar que semejante excitacion ocultaba algun proyecto

malévolo. «Date á conocer al mundo--le decian--nadie hace las cosas

en secreto si quiere ser conocido. Véte á Judea para que vean allí

las obras que haces.» Sospechando alguna traicion, Jesús rehusó en un

principio; mas así que partió la caravana de peregrinos, se dirigió

tambien á Jerusalen, casi solo y como ocultándose de los demás[877].

Aquel fué su último adios á Galilea. La fiesta de los Tabernáculos se

celebraba en el equinoccio de otoño; por consiguiente, aún faltaban

seis meses para el fatal desenlace. Pero durante ese intervalo, Jesús

no volvió á ver sus queridas provincias del norte. Ha pasado, pues, el

tiempo de las dulzuras, y menester es recorrer ahora paso á paso la

dolorosa via que terminará en las angustias de la muerte.

Sus discípulos y las piadosas mujeres que le servian volvieron á

encontrarle en Judea[878]; pero ¡cuán trocadas estaban allí las cosas

para él! En Jerusalen, Jesús era un extranjero y conocia que una

muralla inexpugnable se alzaba en aquella ciudad ante sus pasos. La

malevolencia de los fariseos le perseguia constantemente, rodeándole

de asechanzas y de objeciones[879]. En vez de la credulidad ilimitada,

patrimonio feliz de las naturalezas vírgenes, que encontraba en

Galilea; en vez de esos pueblos buenos, afectuosos é incapaces de

objeciones (porque la objecion es siempre, en cierto modo, hija de

la perversidad y del orgullo), Jesús no hallaba en Jerusalen sino

una incredulidad obstinada, contra la cual iban á estrellarse los

medios de accion que tan buen éxito le habian ofrecido en el norte.

Sus discípulos eran allí despreciados por la sola cualidad de ser

galileos. Nicodemo, que habia tenido con él en uno de sus precedentes

viajes una entrevista nocturna, estuvo á pique de comprometerse por

haber querido defenderle en el sanedrin.--«¿Eres acaso tú, como él,

galileo?--le preguntaron.--Examina las escrituras y verás que un

profeta no puede venir de Galilea»[880].

Como ya hemos dicho, Jesús no gustaba de las grandes ciudades. Hasta

entónces habia evitado siempre los centros populosos, prefiriendo

desplegar su accion en las campiñas y en los burgos de mediana

importancia. Muchos de los preceptos que daba á sus apóstoles eran

absolutamente inaplicables á una sociedad ménos sencilla que la de una

aldea[881]. Acostumbrado á su amable comunismo galileo y no teniendo

ninguna idea de lo que era el mundo, aventuraba á cada instante

candideces que en Jerusalen debian parecer muy singulares[882]. Entre

aquellas murallas, su risueña imaginacion y su amor á la naturaleza

estaban fuera de su centro. La verdadera religion no debia salir del

tumulto de las ciudades, sino de la tranquila serenidad de los campos.

Érale desagradable el átrio del templo á causa de la arrogancia de

los sacerdotes. Algunos de sus discípulos, que conocian mejor que

él á Jerusalen, quisieron un dia hacerle notar la belleza de las

construcciones del templo, la buena calidad de los materiales y las

riquezas de las ofrendas votivas que cubrian las paredes. «¿Veis

todos esos edificios?--les respondió--pues yo os digo de cierto que

no quedará de ellos piedra sobre piedra»[883]. Nada de todo aquello

excitó, pues, su admiracion; más que el templo se la excitó una pobre

viuda que pasaba en aquel instante y que depositó un óbolo en el arca

ó cepillo de las ofrendas: «En verdad os digo--exclamó--que esta

pobre viuda ha echado más en el arca que todos los otros. Por cuanto

los demás han echado algo de lo que les sobraba; pero ésta ha dado

de su misma pobreza todo lo que tenía»[884]. Esa manera de criticar

todo lo que se hacia en Jerusalen, de realzar al pobre que daba poco,

rebajando al rico que daba mucho[885]; de censurar al clero opulento

que nada hacia por el bien del pueblo, exasperó naturalmente la casta

sacerdotal. El templo, como el _haram_ musulman que le ha sucedido,

era el asiento de una aristocracia conservadora; y por consiguiente

el sitio ménos á propósito del mundo para proclamar con éxito ideas

revolucionarias. ¡Intentar semejante cosa era lo mismo que si un

innovador de nuestros dias predicase al rededor de la mezquita de Omar

la abrogacion del islamismo! Y sin embargo, allí se hallaba el centro

de la vida judáica, y en aquel punto era preciso vencer ó morir. En ese

calvario, donde seguramente sufrió Jesús mucho más que en el Gólgotha,

sus dias se deslizaban en medio de amargas disputas, de enojosas

controversias de derecho canónico y de exegésis, para las cuales, no

sólo no le daba ninguna ventaja su grande elevacion moral, sino que,

por el contrario, le hacia aparecer como inferior á sus contrincantes.

El corazon sensible y bondadoso de Jesús halló, sin embargo, en medio

de aquella vida agitada, un apacible asilo en el cual él olvidaba sus

habituales amarguras. Despues de haber pasado el dia cuestionando en

el templo, Jesús descendia por la tarde al valle de Cedron, descansaba

un rato bajo la arboleda de un establecimiento agrícola (probablemente

algun molino de aceite), llamado _Gethsemaní_[886], el cual servia

de punto de recreo á los habitantes, é iba á pasar la noche sobre

el monte de los Olivos que termina al Oriente el horizonte de la

ciudad[887]. Aquél es el único sitio de los alrededores de Jerusalen

que ofrece un aspecto algo umbroso y risueño. Las plantaciones de

olivos, higueras y palmas, eran allí numerosas, y de ellas tomaban

nombre las aldeas, granjas ó cercados de Bethphage, Gethsemaní y

Bethania[888]. Sobre el monte de los Olivos habia dos grandes cedros,

cuyos recuerdos conservaron por espacio de mucho tiempo los judíos

dispersos; nubes de palomas iban á buscar asilo entre sus ramas, y bajo

su espléndido follaje habia establecidas algunas tiendas[889]. Aquellos

arrabales fueron, en cierto modo, el barrio favorito de Jesús y de sus

discípulos, y se echa de ver que le conocian palmo á palmo.

Pero la aldea de Bethania[890], situada en la cumbre de la colina,

sobre la vertiente que mira hácia el Jordan y el mar Muerto, y distante

una hora de Jerusalen, era particularmente el lugar predilecto de

Jesús[891]. Allí entabló conocimiento con una familia compuesta de

tres personas, dos hermanas y un hermano, cuya amistad tuvo para él

mucho atractivo[892]. La una de las dos hermanas, llamada Martha, era

complaciente, buena, obsequiosa y solícita[893]; por el contrario, la

otra, llamada María, gustaba á Jesús por su languidez de carácter[894]

y por lo desarrollado de sus instintos especulativos. Muchas veces,

sentada á los piés de Jesús, olvidaba, escuchándole, los deberes

de la vida real. Entónces su hermana, sobre la cual recaia todo el

peso de las labores domésticas, se quejaba dulcemente: «Martha,

Martha--la decia Jesús--tú te afanas y acongojas por muchísimas cosas,

y á la verdad que una sola cosa es necesaria. María ha escogido la

mejor suerte, de que jamás será privada»[895]. Jesús amaba tambien

entrañablemente al hermano Eleazar ó Lázaro[896]. Por último, un tal

Simon el Leproso, propietario de la casa en que vivia la familia,

formaba, á lo que parece, parte de ésta[897]. Allí era donde Jesús

olvidaba en el seno de una piadosa amistad los disgustos de la vida

pública, y en aquel interior tranquilo se consolaba de los enredos que

los fariseos le suscitaban á cada paso. Jesús se sentaba con frecuencia

sobre el monte de los Olivos, frente al monte Moria[898], teniendo

á sus piés la espléndida perspectiva que ofrecian los terrados del

templo y sus techumbres cubiertas de láminas resplandecientes. Aquella

vista llenaba de admiracion á los extranjeros; sobre todo, al salir el

sol, la montaña sagrada deslumbraba los ojos como si fuese una masa

de oro y nieve. Pero aquel espectáculo, que tanto orgullo y alegría

causaba á los demás israelitas, inspiraba á Jesús un sentimiento de

profunda tristeza. «Jerusalen, Jerusalen, que matas á los profetas, y

apedreas á los que á tí son enviados,--exclamaba en sus momentos de

amargura--¡cuántas veces quise recoger á tus hijos, á la manera que el

ave cubre su nidada debajo de sus alas, y tú no has querido!»[899].

Y no porque allí, como en Galilea, no hubiese algunas almas

predispuestas á recibir el gérmen de la nueva doctrina; pero tal

era el influjo de la ortodoxia dominante, que muy pocos se atrevian

á abrazarla abiertamente. Confesar que seguian la escuela de un

galileo, hubiera sido, en su concepto, desacreditarse á los ojos de

los hierosolimitanos y exponerse á que los echaran de la sinagoga,

lo cual, en una sociedad mojigata y mezquina como aquélla, era el

baldon más afrentoso[900]. Además, la excomunion llevaba consigo la

pérdida de todos los bienes en provecho del fisco[901]. El que dejaba

de ser judío, no por eso se convertia en romano; sino que permanecia

sin defensa bajo la férula de una legislacion teocrática de la más

terrible severidad. Un dia, los ministros subalternos del templo

asistieron á uno de los discursos de Jesús, y quedaron maravillados de

escucharle; en seguida fueron á confiar sus dudas á los sacerdotes:

«¿Acaso alguno de los príncipes ó de los fariseos ha creido en

él?--les respondieron.--Sólo ese populacho, que no entiende la Ley, es

el maldito»[902]. Jesús continuaba siendo en Jerusalen un provinciano,

á quien admiraban los provincianos como él, pero rechazado por toda

la aristocracia de la nacion. Los jefes de escuela y de secta eran

demasiado numerosos para que nadie se conmoviera por la aparicion de

uno más. Su palabra tuvo, pues, muy escaso eco en Jerusalen, donde se

hallaban demasiado arraigadas las preocupaciones de raza y de secta,

esos enemigos capitales del espíritu evangélico.

En aquel nuevo mundo, su enseñanza tuvo necesariamente que modificarse

no poco. Sus hermosas predicaciones, cuyo efecto se calculaba de

antemano cuando se dirigian á oyentes de cándida imaginacion y

de conciencia pura, se perdian allí como el rocío que cae sobre

calcinada arena. Y él, que tan dueño de sí mismo y tan desembarazado

se encontraba en las márgenes del risueño lago de Tiberiade, se

sentia incómodo y como fuera de su centro junto á aquellos pedantes.

Sus perpétuas afirmaciones de sí mismo llegaron á tener algo de

fastidioso[903], y, á su pesar, tuvo que hacerse controversista,

jurista, exegeta y teólogo. Su conversacion, tan llena de gracia

ordinariamente, llega á ser un fuego graneado de disputas[904], una

sucesion interminable de luchas escolásticas. Su armonioso genio se

gasta en insípidas argumentaciones sobre la Ley y los profetas[905],

en las cuales deseariamos no verle hacer algunas veces el papel de

agresor[906]. Con una condescendencia que nos disgusta, préstase á los

exámenes capciosos que le hacen sufrir ergotistas sin tacto[907]. Pero,

en general, su ingenio le sacaba en bien de aquellos apuros. Verdad

es que sus razonamientos eran con frecuencia sutiles; pero tambien lo

es que la sencillez de ingenio y la sutileza se dan la mano:--siempre

que las personas sencillas quieren razonar son un poco sofistas.

Algunas veces parecia buscar equívocos y empeñarse en prolongarlos á

propósito[908]. En resúmen, su argumentacion, juzgada segun las reglas

de la lógica aristotélica, es bastante débil. Pero cuando el atractivo

sin igual de su ingenio conseguia tomar vuelo, entónces el triunfo

era suyo. Un dia creyeron ponerle en grave apuro presentándole una

mujer adúltera y preguntándole cómo era preciso tratarla. Conocida es

la admirable respuesta de Jesús[909]. La fina ironía del hombre de

mundo, modificada por una bondad divina, no podia expresarse en un

rasgo más exquisito. Pero lo que más difícilmente perdonan los necios

es el ingenio unido á la grandeza moral. Con esta frase tan llena de

un sentimiento de pureza y justicia: «¡El que de vosotros se halle sin

pecado tire contra ella la primera piedra!», hirió Jesús en el corazon

á la hipocresía y firmó al mismo tiempo su sentencia de muerte.

En efecto, sin la exasperacion causada por tantas amargas

reconvenciones, es muy posible que Jesús hubiese pasado desapercibido,

yendo á perderse en la espantosa tormenta que bien pronto habia

de arrastrar á toda la nacion judáica. El alto sacerdocio y los

saduceos sentian por él más bien desprecio que ódio. Las grandes

familias sacerdotales, los _Boethusim_, la familia de Annás, si de

algo se mostraban fanáticas, era de reposo. En cuanto á los saduceos,

rechazaban, como Jesús, las «tradiciones» farisáicas[910]. Por una rara

originalidad, aquellos incrédulos, que negaban la resurreccion, la

ley oral y la existencia de los ángeles, eran los verdaderos judíos;

en otros términos, no satisfaciendo ya la sencillez de la antigua Ley

las necesidades religiosas de la época, los que á ella se atenian

estrictamente rechazaban las invenciones modernas, pasaban á los

ojos de los devotos por impíos, ni más ni ménos que un protestante

evangélico pasa hoy por incrédulo en los países ortodoxos. De todos

modos, no era de aquel partido de donde podia venir una reaccion séria

contra Jesús. El sacerdocio oficial, con la vista fija en el poder

político, é íntimamente ligado á él, no comprendia tampoco gran cosa

de aquellos movimientos entusiastas. La doctrina del nuevo maestro

amenazaba particularmente las preocupaciones y los intereses de los

fariseos, de aquella innumerable clase de los _soferim_ ó escribas,

que vivian de la ciencia de las «tradiciones», y esa clase era la que

experimentaba graves inquietudes.

Los fariseos hacian constantes esfuerzos por atraer á Jesús al terreno

de las cuestiones políticas, á fin de comprometerle en el partido de

Júdas el Gaulonita. La táctica era hábil, porque se necesitaba toda la

profunda ingenuidad de Jesús para no haber tenido todavía desavenencias

con la autoridad romana, sin perjuicio de su proclamacion del reino

de Dios. Queriendo rasgar el velo de ese equívoco y obligarle á

explicarse, cierto dia se acercó á él un grupo de fariseos y políticos,

llamados «herodianos» (probablemente de los _Boethusim_), y so pretexto

de celo piadoso: «Maestro,--le dijeron,--sabemos que eres veraz y que

enseñas el camino de Dios sin respeto á nadie. Dínos qué te parece de

esto:--¿es ó no lícito pagar el tributo á César?» Sin duda esperaban

una respuesta que les diese pretexto para entregarle á Pilato. Pero la

de Jesús fué admirable. Hizo que le enseñáran la efigie de la moneda,

y les dijo: «Dad á César lo que es de César y á Dios lo que es de

Dios»[911]. ¡Frase profunda que decidió el porvenir del cristianismo!

¡Frase espiritualista por excelencia y de maravillosa exactitud, que

fundó la separacion de lo espiritual y de lo temporal y asentó los

cimientos del verdadero liberalismo y de la verdadera civilizacion!

Cuando Jesús se hallaba á solas con sus discípulos, su genio dulce

y penetrante le inspiraba acentos llenos de atractivo: «En verdad,

en verdad os digo, que quien no entra por la puerta en el aprisco de

las ovejas, sino que sube por otra parte, el tal es un ladron y un

salteador. Mas el que entra por la puerta, pastor es de las ovejas. Las

ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre á las ovejas propias

y las saca fuera. Va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque

conocen su voz. El ladron no viene sino para robar y matar, y hacer

estrago. El mercenario de quien no son propias las ovejas, en viendo

venir al lobo, desampara las ovejas y huye. Yo soy el buen pastor y

conozco mis ovejas, y las ovejas mias me conocen á mí, y doy mi vida

para ellas»[912]. La idea de una próxima solucion de la crísis de la

humanidad volvia á asaltarle frecuentemente: «Cuando las ramas de la

higuera,--decia,--retoñecen y brotan hojas, conoceis que está cerca el

verano. Alzad vuestros ojos y ved el mundo;--la miés está ya blanca y á

punto de segarse»[913].

Su robusta elocuencia reaparecia cada vez que se trataba de combatir

á los hipócritas.

«Los escribas y los fariseos están sentados en la cátedra de Moisés.

Practicad, pues, y haced todo lo que os dijeren; pero no arregleis

vuestra conducta por la suya, porque ellos dicen y no hacen. El hecho

es que van liando cargas pesadas é insoportables, y las ponen en los

hombros de los demás, cuando ellos no quieren ni aplicar la punta del

dedo para moverlas.

»Todas sus obras las hacen con el fin de ser vistos de los hombres;

por lo mismo llevan las filacterias[914] más anchas, y más largas las

franjas del vestido[915]. Aman tambien los primeros asientos en los

banquetes y las primeras sillas en las sinagogas y el ser saludados

en la plaza, y que los hombres les den el título de «Maestro». Pero

¡ay de ellos!...

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que cerrais el

reino de los cielos[916] á los hombres; porque ni vosotros entrais,

ni dejais entrar á los que entrarian.

»¡Ay de vosotros! que devorais las casas de las viudas con el

pretexto de hacer largas oraciones: por eso recibiréis sentencia

mucho más rigurosa. ¡Ay de vosotros! porque andais girando por mar y

tierra á trueque de convertir un gentil, y despues le haceis digno

del infierno. ¡Ay de vosotros! que sois como los sepulcros que están

cubiertos, y que son desconocidos á los hombres que pasan por encima

de ellos[917].

»¡Insensatos y ciegos! que pagais diezmo de la yerbabuena y del

eneldo y del comino, y habeis abandonado las cosas más esenciales de

la Ley, la justicia, la misericordia y la buena fe. Éstas debiérais

observar, sin omitir aquéllas.

»¡Oh guías ciegos! que colais un mosquito y os tragais un camello.

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que limpiais

por fuera la copa y el plato[918] que por dentro están llenos

de rapacidad é inmundicia. ¡Fariseo ciego![919], limpia primero

por dentro la copa y el plato, si quieres que lo de afuera sea

limpio[920].

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque sois

semejantes á los sepulcros blanqueados[921], los cuales por afuera

aparecen hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos,

de todo género de podredumbre.

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que fabricais

los sepulcros de los profetas, y adornais los monumentos de los

justos, y decís: si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres,

no hubiéramos sido sus cómplices en la muerte de los profetas. Con

lo que dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de

los que mataron á los profetas. Acabad, pues, de llenar la medida

de vuestros padres. Por eso dijo la sabiduría de Dios: yo voy á

enviaros profetas y sabios y escribas, y de ellos degollareis á unos,

crucificareis á otros, á otros azotareis en vuestras sinagogas, y

los andareis persiguiendo de ciudad en ciudad, para que recaiga

sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra,

desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo

de Baraquías[922], á quien matasteis entre el templo y el altar.

En verdad os digo que todas estas cosas vendrán á caer sobre la

generacion presente»[923].

Su dogma terrible de la sustitucion de los gentiles, esto es, la idea

de que el reino de Dios iba á ser transferido á otros, no habiéndole

querido aquéllos para quienes estaba destinado[924], era como una

amenaza sangrienta dirigida á la aristocracia; y su título de Hijo

de Dios, que Jesús confesaba abiertamente en fogosas parábolas[925],

en las cuales presentaba á sus enemigos desempeñando el papel de

verdugos de los enviados celestiales, era un reto al judaismo legal. El

audaz llamamiento dirigido á los humildes era todavía más sedicioso.

Declaraba que habia venido á dar vista á los ciegos y á cegar á los

que creian ver[926]. Su mal humor contra el templo le inspiró un dia

esta imprudente frase: «Yo destruiré este templo hecho de mano de los

hombres, y en tres dias fabricaré otro sin obra de mano alguna»[927].

Se ignora, ó por lo ménos, no se sabe á punto fijo lo que Jesús quiso

decir con esas palabras, en las cuales buscaron sus discípulos forzadas

alegorías. Pero como sus enemigos no deseaban sino un pretexto para

perderle, tomaron inmediatamente acta de ellas. La frase debia figurar

luégo entre los considerandos de la sentencia de muerte y llegar hasta

los oidos de Jesús en medio de las últimas agonías del Gólgotha. Esas

irritantes discusiones concluian siempre por provocar alguna tormenta.

Los fariseos le arrojaban piedras[928], en lo cual no hacian sino

ejecutar un artículo de la Ley, que ordenaba apedrear, sin oirle, á

todo profeta, siquiera fuese taumaturgo, que intentara separar al

pueblo del antiguo culto[929]. Otras veces le llamaban loco, poseido

y samaritano[930], y trataban hasta de matarle[931]. Y por último,

tomaban acta de todas sus palabras, á fin de invocar contra él las

leyes de una teocracia intolerante, no abrogadas aún por la dominacion

romana[932].

Vida de Jesús · 第 46 / 114 题