OPOSICION CONTRA JESÚS

Jesús no encontró, á lo que parece, gran oposicion durante el primer

período de su carrera. Gracias á la extremada libertad de que se gozaba

en Galilea y al infinito número de maestros que aparecian en todas

partes, su predicacion no fué entónces conocida sino entre un círculo

de personas bastante reducido. Pero la tormenta empezó á rugir tan

pronto como puso la planta en una senda brillante de prodigios y de

éxito público. Más de una vez tuvo que huir y ocultarse por temor á

las persecuciones[840]. Sin embargo, Antipas no le molestó nunca, como

pudiera inferirse por la severidad con que Jesús se expresó algunas

veces respecto á él[841]. Tiberiade, residencia ordinaria del tetrarca,

no distaba sino una ó dos leguas del país que Jesús habia elegido por

centro de su actividad; Antipas oyó desde allí hablar de sus milagros,

que, sin duda, tomaba por rasgos de habilidad, y curioso, como lo

eran entónces todos los incrédulos, de aquella especie de prestigios,

deseó presenciarlos[842]. Pero Jesús, con su tacto ordinario, rehusó

satisfacer la curiosidad del tetrarca, guardándose muy bien de

extraviarse en un mundo irreligioso, que sólo pretendia verle para

disfrutar de un vano pasatiempo. No aspirando á ganar sino al pueblo,

guardó para las gentes sencillas medios que únicamente para ellas

podian ser eficaces.

Hubo un momento en que se esparció el rumor de que Jesús no era otro

sino Juan Bautista, que habia resucitado de _entre_ los muertos. La

noticia inquietó un poco á Antipas[843], el cual empleó la astucia

á fin de alejar de sus dominios al nuevo profeta. So pretexto de

interesarse por Jesús, algunos fariseos fueron á decirle que Antipas

queria hacerle matar. Pero no obstante su gran sencillez, Jesús

conoció el lazo que se le tendia y no abandonó el país[844]. Su

carácter pacífico y su ninguna implicacion en las agitaciones populares

concluyeron por tranquilizar al tetrarca y por alejar el peligro.

La acogida que se dispensó á la nueva doctrina en todas las ciudades

de Galilea no fué igualmente benévola. No sólo la incrédula Nazareth

continuaba rechazando al que debia darle inmarcesible gloria; no sólo

sus hermanos persistian en no creer en él[845], sino que algunas de

las ciudades del lago, que en general no le eran hostiles, se hallaban

muy léjos de estar completamente convertidas. Jesús se queja á menudo

de la incredulidad y de la dureza de corazon que encuentra á cada

paso; y aunque en tales reconvenciones haya gran parte de exageracion,

propia del predicador, y aunque en ellas se eche de ver esa especie de

_convicium seculi_, á que Jesús se mostraba aficionado, á imitacion

de Juan Bautista[846], conócese, no obstante, que no todo el país se

mostraba adicto al reino de Dios.

«¡Ay de tí, Corazin!--exclamaba.--¡Ay de tí, Betsaida! que si en

Tyro y en Sidon se hubiesen hecho los milagros que se han obrado

en vosotras, tiempo há que habrian hecho penitencia, cubiertas de

ceniza y de cilicio. Por tanto os digo que Tyro y Sidon serán ménos

rigorosamente tratados en el dia del juicio que vosotras. Y tú,

Capharnahum, ¿piensas acaso levantarte hasta el cielo? Serás, sí,

abatida hasta el infierno; porque si en Sodoma se hubiesen hecho los

milagros que en tí, Sodoma quizá subsistiera áun hoy dia. Por eso te

digo que el país de Sodoma en el dia del juicio será con ménos rigor

que tú castigado[847].»

«La reina de Saba,--añadia,--hará de acusadora en el dia del juicio

contra esta raza de hombres, y la condenará; por cuanto vino de los

extremos de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomon, y con

todo, aquí teneis quien es más que Salomon. Los naturales de Nínive

se levantarán en el dia del juicio contra esta raza de hombres, y la

condenarán; por cuanto ellos hicieron penitencia á la predicacion de

Jonás. Y con todo, el que está aquí es más que Jonás»[848].

Su vida errante y vagabunda, que en un principio se le presentaba llena

de atractivo, empezaba tambien á fatigarle.

«Las raposas,--decia,--tienen sus madrigueras, y las aves del

cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene sobre qué reclinar

la cabeza»[849].

Su corazon destilaba en grado progresivo la reconvencion y la

amargura:--acusaba á los incrédulos de resistirse á la evidencia, y

decia que habia personas que, áun en el momento en que el Hijo del

hombre apareciese rodeado de gloria celestial, dudarian todavía de

él[850].

Jesús no podia, en efecto, acoger la oposicion con la calma del

filósofo que, comprendiendo la razon de la diversidad de opiniones que

se disputan el mundo, encuentra muy natural el que no todos adopten

sus principios. Uno de los principales defectos de la raza judía

es la acritud en la controversia y el tono injurioso que mezcla en

ella. Nunca hubo en el mundo tan acaloradas disputas como las que los

judíos tenian entre sí. Lo que hace al hombre político y moderado es

el sentimiento de la variedad de opinion. La falta de ese sentimiento

es uno de los rasgos que caracterizan el espíritu semítico. Las

obras delicadas, como, por ejemplo, los diálogos de Platon, son

completamente extrañas á esos pueblos. Jesús, no obstante hallarse

exento de casi todos los defectos de su raza, y sin embargo de ser

su cualidad predominante una delicadeza infinita, se vió obligado,

á pesar suyo, á usar en la polémica del estilo general[851]. De

igual manera que Juan Bautista[852], empleaba contra sus adversarios

términos durísimos. Su carácter, de exquisita mansedumbre para con los

humildes, se exasperaba ante la incredulidad ménos agresiva[853]. Ya

no era aquel apacible maestro del «Discurso sobre la montaña», que aún

no habia encontrado ni resistencia ni dificultades. La pasion, que

formaba el fondo de su naturaleza, le arrastraba al terreno de las más

violentas invectivas. Esa mezcla original de encontrados afectos no

debe causarnos sorpresa. Un hombre de nuestra época, M. de Lamennais,

ha ofrecido, con raro vigor, el mismo contraste. En su hermoso libro

«Palabras de un creyente», la cólera más desenfrenada y los giros

más suaves y delicados alternan á cada paso. Y ese hombre, que en el

trato comun de la vida era amable y bondadoso para con todo el mundo,

se hacia intratable y se exasperaba hasta la locura con aquellos que

disentian de sus opiniones. De igual manera, Jesús se aplicaba, no

sin razon, el pasaje del libro de Isaías[854]: «No contenderá con

nadie, no voceará, ni oirá ninguno su voz en las plazas; no quebrará

la caña cascada, ni acabará de apagar la mecha que aún humea»[855]. Y

sin embargo, várias de las recomendaciones que hace á sus discípulos

encierran el gérmen de un verdadero fanatismo[856], gérmen que la Edad

media debia desarrollar de una manera cruel. Pero ¿debe censurársele

por ello? Ninguna revolucion se ha cumplido sin algo de rudeza. Ni

la Reforma, ni la Revolucion francesa se habrian llevado á cabo si

Lutero y los actores del gran drama de 1789 hubiesen debido observar

los miramientos que exige la buena crianza. Felicitémonos, pues, de

que Jesús no encontrase una ley que castigara el ultraje hecho á una

clase de ciudadanos;--entónces los fariseos habrian sido inviolables.

Todos los grandes casos que registra la historia de la humanidad se

han efectuado en nombre de principios absolutos. Un filósofo crítico

hubiera dicho á sus discípulos: «Respetad la opinion ajena y creed

que, en este mundo, nadie posee completamente el tesoro de la verdad»;

pero la accion de Jesús no tiene nada de comun con las desinteresadas

especulaciones del filósofo. Para un alma ardiente, el pensamiento de

haber tocado por un instante el ideal y de haber sido detenida por la

maldad de los hombres, es de una amargura insoportable. ¿Qué no sería

para el fundador de un mundo nuevo?

El obstáculo invencible que hallaban las ideas de Jesús procedia

del judaismo ortodoxo representado por los fariseos. Éstos eran los

verdaderos judíos, el nervio y la fuerza del judaismo, miéntras que

Jesús se alejaba cada vez más de la antigua Ley. Aunque el centro de

aquel partido se hallaba en Jerusalen, habia, sin embargo, algunos

adeptos en Galilea, establecidos en el país ó permaneciendo en él

accidentalmente[857]. Por regla general, eran hombres de limitado

entendimiento, de grande apego á las vanas exterioridades y de una

devocion desdeñosa, oficial y muy satisfecha de sí misma[858].

Sus modales eran ridículos y hacian sonreir á los mismos que los

respetaban. Pruebas de ello son los satíricos apodos con que los

distinguia el pueblo. Habia el «fariseo patizambo» (_Nikfi_), que

marchaba por las calles arrastrando los piés y tropezando contra los

guijarros; el «fariseo frente-sangrienta» (_Kizai_), que á fuerza de

obstinarse en mirar al suelo por no ver á las mujeres se magullaba

la frente contra las esquinas, teniéndola siempre ensangrentada; el

«fariseo esteva» (_Medukia_), que permanecia plegado constantemente

como el mango de un arado; el «fariseo robusto de hombros» (_Sckimi_),

que andaba con la espalda encorvada como si todo el peso de la Ley

gravitase sobre sus hombros; el «fariseo _¿qué hay que hacer? aquí

estoy yo_», siempre á caza de un precepto que cumplir; y, por último,

el «fariseo barnizado», en el cual no eran las devotas exterioridades

sino un barniz de hipocresía[859]. Y en efecto, ese rigorismo no era

muchas veces sino vana apariencia que en el fondo ocultaba una gran

relajacion moral[860]. Sin embargo, la credulidad pública no sospechaba

todo lo que habia de falaz en aquellas mojigaterías. El pueblo, cuyo

instinto es siempre recto, hasta en aquellos instantes en que padece

mayores extravíos respecto á las cuestiones personales, se deja engañar

fácilmente por los falsos devotos. Lo que en ellos ama es sin duda

bueno y digno de ser amado; pero no tiene bastante penetracion para

discernir la apariencia de la realidad.

No es difícil comprender la antipatía que, en un mundo tan apasionado

como aquél, debió estallar desde un principio entre Jesús y las

personas del carácter farisáico. Jesús no queria sino la religion

del corazon; la de los fariseos consistia, casi únicamente, en meras

fórmulas, en vanas observancias. Jesús atraia hácia su doctrina á los

humildes y abria los brazos á aquellos que la sociedad rechazaba; los

fariseos veian en ello un insulto á su religion de personas decentes.

Un fariseo era un hombre infalible é impecable, un pedante seguro de

tener siempre razon, que en la sinagoga ocupaba siempre el primer

sitio, que oraba en las calles y daba limosna á són de trompeta, y que

miraba si le dirigian un saludo. Jesús, por el contrario, sostenia

que cada uno debe esperar con temor y humildad el juicio de Dios. Sin

embargo, la mala direccion religiosa que el farisaismo representaba

no reinó exclusivamente. Ántes de Jesús, y áun en su misma época,

muchos hombres, tales como Jesús, hijo de Sirach, uno de los verdaderos

antepasados de Jesús de Nazareth, Gamaliel, Antígono de Soco, y sobre

todo, el tierno y noble Hillel, habian enseñado doctrinas mucho más

elevadas y casi evangélicas. Pero aquellas buenas semillas quedaron

sofocadas en gérmen. Las hermosas máximas de Hillel, que resumian toda

la Ley en la equidad[861], y las de Jesús, hijo de Sirach, que hacian

consistir el culto en la práctica del bien[862], fueron olvidadas ó

anatematizadas[863]. El espíritu mezquino y exclusivista de Schammai

habia obtenido sobre ellas el triunfo. Una masa enorme de «tradiciones»

habia llegado á desnaturalizar la Ley[864], so pretexto de protegerla

y de interpretarla. Esas medidas tuvieron sin duda su lado útil; debe

mirarse como un bien el que el pueblo judío haya amado su ley hasta el

frenesí, puesto que ese amor frenético fué el que salvó el mosaismo

bajo Antíoco Epifáneo y bajo Heródes, y el que nos conservó la levadura

de que más tarde debia salir la religion cristiana. Pero todas aquellas

antiguas precauciones, consideradas en sí mismas, no eran sino otras

tantas puerilidades. La sinagoga, entre cuyas manos estaba el sagrado

depósito, se habia convertido en fuente de errores. Su reinado habia

concluido; pero pedirle que abdicase era pedirle un imposible, porque

ningun poder establecido abdica, ni abdicará nunca voluntariamente.

Las luchas de Jesús con la hipocresía oficial eran, pues, contínuas.

La táctica ordinaria de los reformadores que aparecian en el estado

religioso que acabamos de describir, estado que puede llamarse

«formalismo tradicional», consistia en oponer á las tradiciones el

«texto» de los libros sagrados. El celo religioso es siempre innovador,

áun en aquellos mismos momentos en que pretende ser esencialmente

conservador. Y así como los neo-católicos de nuestros dias se alejan

cada vez más del Evangelio, de igual modo se alejaban los fariseos á

cada instante de la Biblia. Hé ahí por qué el reformador puritano,

partiendo del texto inmutable para criticar la teología corriente,

que marcha de generacion en generacion, es casi siempre «bíblico» por

excelencia. Lo mismo hicieron despues los caraítas y los protestantes.

Jesús aplicó el hacha á la raíz con mayor energía. Verdad es que á

veces se le ve invocando los textos contra las falsas _Masoras_ ó

tradiciones de los fariseos[865]; pero, en general, se cuida poco de

exegésis y prefiere dirigir su llamamiento á la conciencia. Bajo su

segur innovadora caen al mismo tiempo texto y comentarios. Demuestra,

sí, á los fariseos que con sus tradiciones alteran gravemente el

mosaismo; pero no pretende de ningun modo volverse hácia Moisés, porque

su objeto se hallaba en el porvenir, y no en el pasado. Más bien que el

reformador de una antigua religion, Jesús era el creador de la religion

eterna de la humanidad.

Las disputas estallaban casi siempre á causa de una infinidad de

prácticas exteriores que la tradicion habia introducido, y que ni

Jesús ni sus discípulos observaban[866]; cosa que escandalizaba á los

fariseos y por la cual le dirigian vivas reconvenciones. Cuando comia

en casa de ellos, hacian grandes aspavientos al ver que no se sujetaba

á las abluciones de costumbre. «Dad limosna,--les decia Jesús,--y todas

las cosas estarán limpias en órden á vosotros»[867]. Lo que lastimaba

en grado superlativo su tacto delicado era, el aire de seguridad que

los fariseos afectaban respecto á las cosas religiosas, y su mezquina

devocion, cuyo móvil consistia siempre en las preeminencias y en los

títulos, y nunca en el mejoramiento de los corazones. Jesús expresaba

esa idea, con gran exactitud y atractivo, en una admirable parábola:

«Dos hombres subieron al templo á orar; el uno era fariseo y el otro

publicano. El fariseo puesto en pié oraba en su interior de esta

manera: «¡Oh Dios! yo te doy gracias de que no soy como los demás

hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como este

publicano; ayuno dos veces á la semana, pago los diezmos de todo lo

que poseo.» El publicano, al contrario, puesto allá léjos, ni áun

los ojos osaba levantar al cielo; sino que daba golpes de pecho,

diciendo: «Dios mio, ten misericordia de mí, que soy un pecador.»

Os declaro, pues, que éste volvió á su casa justificado, mas no el

otro»[868].

La consecuencia de aquellas luchas era un ódio que no podia

satisfacerse sino con la muerte. Juan Bautista habia provocado ya

enemistades del mismo género[869]. Pero la aristocracia de Jerusalen,

que le despreciaba, habia dejado que las personas sencillas le

tomasen por un profeta[870]. Mas esta vez la guerra era á muerte,

porque un espíritu nuevo aparecia en el mundo, marcando con el sello

de la proscripcion cuanto le habia precedido. Juan Bautista era

profundamente judío; Jesús lo era muy poco. Jesús se dirige siempre

á la delicadeza del sentimiento moral. No es ergotista sino cuando

argumenta contra los fariseos, cuando el adversario le obliga, como

sucede siempre, á adoptar su propio tono[871]. Su exquisita ironía, sus

malignas provocaciones iban siempre derechas al corazon. Estigmatos

eternos, ellos han permanecido coagulados en la llaga. Esa túnica

de Neso del ridículo, cuyos girones arrastra en pos de sí el judío

descendiente de los fariseos, desde hace diez y ocho siglos, es obra

de Jesús; él fué quien la tejió con artificio divino. Obra maestra de

elevada ironía, sus rasgos se han inscrito en líneas de fuego sobre la

piel del hipócrita y del falso devoto. ¡Rasgos incomparables, dignos de

un hijo de Dios! Porque sólo un Dios sabe matar de esa manera. Sócrates

y Molière no hacen sino arañar la epidérmis. Jesús introduce el hierro

candente hasta la médula de los huesos.

Natural era que ese gran maestro en ironía pagase con la vida su

triunfo. Ya en Galilea los fariseos habian tratado de perderle

empleando contra él la maniobra que más tarde debia secundar en

Jerusalen sus proyectos siniestros, maniobra que consistia en

interesar en su querella á los partidarios del nuevo órden político

existente[872]. Las facilidades que Jesús tenía en Galilea para

ocultarse, y la debilidad del gobierno de Antipas hicieron abortar

aquellas tentativas. Pero él mismo fué bien pronto á ofrecerse al

peligro. Jesús conocia que permaneciendo confinado en Galilea, su

accion tendria que ser necesariamente muy limitada. La Judea era para

él un iman de irresistible atraccion; así, pues, quiso tentar un último

esfuerzo á fin de convertir la ciudad rebelde; no parece sino que se

empeñó en justificar el proverbio de «ningun profeta debe morir fuera

de Jerusalen»[873].

Vida de Jesús · 第 44 / 114 题