PROGRESION CRECIENTE DE ENTUSIASMO Y DE EXALTACION

Es evidente que semejante sociedad religiosa, fundada sólo en la

esperanza del reino de Dios, debia ser muy incompleta por sí misma.

La primera generacion cristiana vivió toda ella de expectacion y de

ensueños. Creyéndose en vísperas del fin del mundo, se consideraba

como cosa inútil cuanto contribuye á continuarle. Prohibíase la

propiedad[806], y debian esquivarse todos los lazos que sujetan al

hombre á la tierra, todo cuanto le separa del cielo. Aunque algunos

discípulos estaban casados, se renunciaba, segun parece, al matrimonio

desde el momento en que se ingresaba en la secta[807]. Preferíase

abiertamente el celibato, y en el matrimonio mismo se recomendaba

la continencia[808]. Hay un momento en que el maestro parece dar su

aprobacion á los que se mutilasen con la esperanza de ser más dignos

del reino de Dios[809]. En lo cual era consecuente con su principio;

«Si tu mano ó tu pié te dan ocasion de escándalo ó pecado, córtalos

y arrójalos léjos de tí; pues más te vale entrar en la vida eterna

manco ó cojo, que con dos manos ó dos piés ser precipitado en el fuego

eterno. Y si tu ojo es para tí ocasion de pecado, sácale y tírale léjos

de tí:--mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo, que tener

dos y ser arrojado al fuego del infierno»[810]. La falta de generacion

fué considerada frecuentemente como la señal y la condicion del reino

de Dios[811].

Segun se ve, aquella Iglesia primitiva no hubiera formado nunca una

sociedad durable, sin la gran variedad de gérmenes que Jesús depositó

en su enseñanza. Para que la verdadera Iglesia cristiana, la Iglesia

que convirtió al mundo, se desprenda de aquella pequeña secta de santos

y llegue á ser un cuadro aplicable á la sociedad entera, necesitará

todavía más de un siglo. Lo mismo sucedió con el budismo, cuya doctrina

fué en un principio fundada por frailes. Lo mismo habria tambien

sucedido con la órden de San Francisco, si la pretension de aquella

órden, que aspiraba á convertirse en regla de la sociedad humana,

hubiese tenido éxito. Nacidas en estado de utopias, y consiguiendo

abrirse camino á causa de su misma exageracion, las grandes fundaciones

que acabamos de mencionar no llenaron el mundo sino á condicion de

modificarse profundamente y de renunciar á sus excesos. Jesús no

traspasó ese primer período monacal en que el hombre se cree autorizado

á intentar lo imposible. Así es que predicó atrevidamente la guerra á

la naturaleza, la total ruptura de los lazos de la sangre: «En verdad,

en verdad os digo,--exclamaba,--ninguno hay que haya dejado casa, ó

padres, ó hermanos, ó esposa, ó hijos, por amor de Dios, el cual no

reciba mucho más en este siglo, y en el venidero la vida eterna»[812].

La misma exaltacion respiran las instrucciones que se suponen dadas por

Jesús á sus discípulos[813]. En efecto, él, que tan fácil y tolerante

se muestra para con los extraños, que á veces se contenta con débiles

afecciones[814], manifiesta para con los suyos extraordinario rigor.

No le satisfacen los términos medios. Diríase que su escuela era una

«órden» basada en las más austeras reglas. Jesús, fiel á su idea de

que los cuidados de la vida turban y empequeñecen al hombre, exige un

completo desprendimiento de la tierra, una adhesion absoluta por su

obra. Sus discípulos no deben llevar dinero, ni provisiones para el

camino, ni siquiera una alforja, ni una muda de ropa; deben practicar

la pobreza absoluta, vivir de las limosnas y de la hospitalidad

que les ofrezcan. «Dad graciosamente lo que graciosamente habeis

recibido»[815],--les decia en su hermoso lenguaje. Si los prenden, si

los llevan ante los jueces, no deben preparar su defensa; el abogado

celestial, el _Paráclito_, les inspirará lo que han de decir. El Padre

les enviará de lo alto su Espíritu, el cual llegará á ser el principio

de todas sus acciones, el director de sus pensamientos, su guía á

traves del mundo[816]. Cuando los echen de una ciudad, deben sacudir,

al abandonarla, el polvo de sus piés, aunque no sin notificarle la

proximidad del reino de Dios, á fin de que no pueda alegar ignorancia.

Y añadia: «No acabareis de recorrer las ciudades de Israel ántes que

venga el Hijo del hombre.»

Un fuego extraño anima todos esos discursos, que tal vez sean en parte

creacion del entusiasmo de los discípulos[817]; pero áun así, provienen

directamente de Jesús, puesto que obra suya era ese entusiasmo. Jesús

anuncia á los que quieren seguirle grandes persecuciones y que serán

objeto del ódio del género humano. Envíalos como ovejas en medio de

lobos, y les dice que serán azotados en las sinagogas y conducidos á

las prisiones. El hermano será entregado por el hermano y el hijo por

su padre. Aconséjales que cuando los persigan en un país huyan á otro.

«El discípulo no es más que su maestro,--les decia,--ni el siervo

más que su amo. Nada temais á los que matan al cuerpo y no pueden

matar el alma. ¿No es así que dos pájaros se venden por un cuarto,

y no obstante, ninguno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga

vuestro padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados; no

teneis, pues, que temer; valeis vosotros más que muchos pájaros»[818].

Y añadia: «Todo aquel que me reconociere delante de los hombres, yo

tambien le reconoceré delante de mi Padre; mas á quien me negare

delante de los hombres, yo tambien le negaré delante de mi Padre que

está en los cielos»[819].

En esos accesos de rigor, Jesús se exaltaba hasta el extremo de

suprimir la carne. Sus exigencias no tenian ya límites. Desconociendo

la manera de ser de la naturaleza del hombre, quiere que no se viva

sino para él, que no se ame sino á él únicamente. «Si alguno de los que

me siguen,--decia,--no aborrece á su padre y madre, y á la mujer, y á

los hijos, y á los hermanos y hermanas, y áun á su vida misma, no puede

ser mi discípulo»[820].--«Cualquiera de vosotros que no renuncie á todo

lo que posea, no puede ser mi discípulo»[821]. Entónces se mezclaba á

sus palabras algo de extraño y sobrehumano; algo semejante á un fuego

devorador que agostaba las raíces de la vida, que lo convertia todo

en horrible desierto. El áspero y triste sentimiento de disgusto por

el mundo y de abnegacion ilimitada, que caracteriza la perfeccion

cristiana, tuvieron por fundador, no al ingenioso y jovial moralista

de los primeros dias, sino al sombrío gigante á quien una especie de

grandioso presentimiento arrojaba más y más fuera del género humano.

En aquellos momentos de guerra contra las necesidades más legítimas

del corazon, diríase que Jesús habia olvidado el placer de vivir, de

amar, de ser y de sentir. Y llevando su exaltacion hasta el extremo,

exclamaba: «Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie á sí mismo

y me siga. Quien ama al padre ó á la madre más que á mí, no merece ser

mio; y quien ama al hijo ó á la hija más que á mí, tampoco merece ser

mio. Quien conserve su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por

amor mio, la volverá á hallar. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo

el mundo si se pierde á sí mismo?»[822]. Dos anécdotas pertenecientes

al género de aquellas que no deben tomarse por históricas pintan

perfectamente, aunque exagerándole, ese reto lanzado por Jesús á la

naturaleza. «¡Sígueme!»--dijo el maestro á un hombre.--«Señor,--le

respondió--permíteme que ántes vaya á dar sepultura á mi padre.» Mas

Jesús replicó:--«Sígueme tú, y deja que los muertos entierren á sus

muertos; pero tú vé y anuncia el reino de Dios.»--Y otro le dijo:

«Señor, yo te seguiré; pero primero déjame ir á despedirme de mi casa.»

Respondióle Jesús: «Ninguno que despues de haber puesto su mano en

el arado vuelve los ojos atras, es apto para el reino de Dios»[823].

Un extraordinario aplomo, y á veces un acento de singular dulzura,

hacian tolerables esas exageraciones: «Venid á mí--exclamaba--todos los

que andais agobiados de trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad

mi yugo sobre vosotros; aprended de mí, que soy manso y humilde de

corazon, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque suave es mi

yugo y ligero el peso mio»[824].

De esa moral exaltada, que se expresaba en un lenguaje hiperbólico

y espantosamente enérgico, debia resultar un gran peligro para el

porvenir. Á fuerza de desprender al hombre de la tierra, se atacaba

á la vida en sus mismas fuentes. En adelante, el cristiano que sea

mal hijo, mal padre, mal patriota, merecerá por ello elogios, si sus

atentados contra la patria y la familia reconocen por orígen el amor de

Cristo. La ciudad antigua, la república, madre de todos, el Estado, ley

comun de todos, quedan constituidos en hostilidad abierta con el reino

de Dios, sembrando en el mundo un gérmen fatal de teocracia.

Otra consecuencia se deja tambien entrever desde entónces. Esa

moral, hecha para un momento de crísis, parecerá imposible cuando se

trasporte á un medio más tranquilo, al seno de una sociedad segura de

su duracion. El Evangelio queda así destinado á convertirse en una

utopia que muy pocos cristianos intentarian realizar. Para el mayor

número, esas fulminantes máximas deberán dormir en profundo olvido, con

el asentimiento del mismo clero; porque el hombre evangélico será un

hombre peligroso. El más interesado, el más orgulloso, el más déspota,

el más terrenal de todos los humanos, un Luis XIV, por ejemplo, debia

encontrar sacerdotes que le persuadiesen, á despecho del Evangelio,

de que era buen cristiano. Pero tambien debian encontrarse santos

que tomasen al pié de la letra las sublimes paradojas de Jesús. No

pudiendo alcanzarse la perfeccion dentro de las condiciones ordinarias

de la sociedad, ni practicarse completamente la vida evangélica sino

fuera del mundo, quedaba asentado de una manera tácita el principio

del ascetismo y del estado monacal. Las sociedades cristianas tendrán,

pues, dos reglas morales, una medianamente heróica, para la generalidad

de los hombres; otra exaltada hasta el exceso, para el hombre perfecto;

y este será el fraile sujeto á reglas que pretendan realizar el ideal

evangélico. Es indudable que ese ideal no podia ser de derecho comun,

puesto que implicaba la obligacion del celibato y de la pobreza. Bajo

este punto de vista, el fraile es en cierto modo el solo cristiano

verdadero. El sentido comun se revela contra semejantes excesos,

porque para él lo imposible es la señal de la debilidad y del error.

Pero, cuando se trata de grandes cosas, el sentido comun es malísimo

juez. Para obtener algo de la humanidad, necesario es pedirle mucho.

El inmenso progreso moral debido al Evangelio proviene de sus mismas

exageraciones. Bajo este supuesto, él ha sido, así como el estoicismo,

pero con muchísima más amplitud, un vivo argumento de las fuerzas

divinas que el hombre tiene en sí, un monumento elevado al poder de la

voluntad.

Compréndese fácilmente que, en el momento á que hemos llegado de la

vida de Jesús, todo lo que no era el reino de Dios habia desaparecido

para él de un modo absoluto. Jesús se hallaba fuera de la naturaleza,

si así puede decirse; la familia, la amistad, la patria no tienen ya

para él valor alguno. Sin duda habia hecho desde entónces el sacrificio

de su vida. En ocasiones se inclina uno á creer que, viendo en su

propia muerte un medio de fundar su reino, concibió deliberadamente el

propósito de hacerse matar[825]. Otras veces, la muerte se presenta á

él como un sacrificio destinado á apaciguar á su Padre y á salvar á los

hombres[826], idea que despues habia de convertirse en dogma. Domínale

un gusto singular de persecucion y de suplicios[827], considera su

sangre como el agua de un segundo bautismo que debe recibir, y parece

poseido de una extraña precipitacion por salir al encuentro de ese

bautismo, único que puede calmar su sed[828].

Su grandeza de miras respecto al porvenir era á veces sorprendente.

Jesús no desconocia la terrible tempestad que iba á desencadenar sobre

el mundo. «No teneis que pensar--decia enérgica y atrevidamente--que

yo he venido á traer la paz á la tierra; no he venido á traer la paz,

sino la guerra. En una misma casa habrá cinco entre sí desunidos,

tres contra dos y dos contra tres. Pues he venido á separar al hijo

de su padre, á la hija de su madre, y á la nuera de su suegra. Y los

enemigos del hombre serán las personas de su misma casa»[829].--«Yo

he venido á poner fuego á la tierra; y ¿qué he de querer sino que

arda?»[830].--«Os echarán de las sinagogas--añadia--y va á venir tiempo

en que quien os matare se persuada hacer un obsequio á Dios[831]. Si el

mundo os aborrece, sabed que primero que á vosotros me aborreció á mí.

Acordaos de aquélla sentencia mia, que os dije: no es el siervo mayor

que su amo. Si me han perseguido á mí, tambien os han de perseguir á

vosotros»[832].

Arrastrado por esa espantosa progresion de entusiasmo y obedeciendo á

las necesidades de una predicacion cada vez más exaltada, Jesús no era

ya dueño de sí mismo, pertenecia á su papel y á la humanidad, hasta

cierto punto. Hubiérase dicho á veces que su razon se turbaba. Sentia

angustias y agitaciones interiores[833]. La gran vision del reino de

Dios que incesantemente brillaba ante sus ojos le producia vértigos.

Hubo momentos en que sus discípulos le creyeron loco[834], y en que

sus enemigos declararon que estaba poseido[835]. Su apasionadísimo

temperamento le llevaba á cada instante fuera de los límites de la

naturaleza humana. No siendo su obra una obra de razon, sino de

aquellas que burlan todas las clasificaciones del humano entendimiento,

lo que Jesús exigia más imperiosamente era la «fe»[836]. Esta palabra,

base de todos los movimientos populares, era la que más se repetia

en el pequeño cenáculo. Claro es que ninguno de esos movimientos

se realizaria, si fuese condicion indispensable que aquel que los

provoca conquistase uno á uno sus discípulos por medio de pruebas

lógicas y bien deducidas. La reflexion no conduce sino á la duda: si

los autores de la revolucion francesa, por ejemplo, hubiesen exigido

un convencimiento prévio, fruto de largas meditaciones, todos ellos

habrian llegado á la vejez sin haber hecho nada. Jesús de igual manera

aspiraba á seducir más bien que á convencer. Exigente, imperativo,

no sufria ninguna oposicion ni demora, era preciso convertirse.

Hasta su dulzura natural parecia haberle abandonado, y en ocasiones

se manifestaba rudo y extravagante[837]. Habia momentos en que sus

discípulos no le comprendian y en que les inspiraba una especie de

temor[838]. Su mal humor contra los obstáculos le hacia cometer á veces

actos inexplicables y absurdos en apariencia[839].

Y no es porque su virtud menguase, sino porque su lucha en nombre del

ideal contra la realidad llegaba á ser insostenible. La resistencia

le irritaba; el contacto de la tierra le exasperaba y le hacia daño.

Y su nocion de Hijo de Dios se turbaba y exageraba. La ley fatal que

condena á la idea á decaer y empobrecerse desde el momento en que trata

de convertir á los hombres, tenía en él su aplicacion. Al tocar los

hombres á Jesús, le rebajaban á nivel de ellos. La entonacion que habia

adoptado no podia ser mantenida sino por algunos meses; tiempo era ya

de que la muerte pusiese fin á una situacion tan violenta, y de que

viniera á sustraerle á las imposibilidades de un camino sin término, á

libertarle de una prueba demasiado prolongada, á introducirle impecable

y para siempre en su celestial serenidad.

Vida de Jesús · 第 42 / 114 题