INSTITUCIONES DE JESÚS

Lo que prueba, además, que esas ideas apocalípticas no absorbieron

nunca por completo á Jesús es que, al mismo tiempo en que más se

preocupaba de ellas, establecia con extraordinaria seguridad de miras

las bases de una iglesia destinada á larga duracion. Que entre sus

discípulos eligió los que por excelencia se llaman los «apóstoles» ó

los «doce», cosa es que está fuera de duda, puesto que poco despues

de su muerte se los encuentra formando un cuerpo y llenando por

eleccion las vacantes que se operaban en su seno[755]. Los doce eran

los dos hijos de Jonás, los dos hijos del Zebedeo, Santiago, hijo de

Cleofás, Felipe, Nathanael-bar-Talmai, Tomás, Leví, hijo de Alfeo ó

Matheo, Simon el Zelador, Tadeo ó Lebeo, y Júdas de Kerioth[756]. Es

muy posible que el pensamiento de las doce tribus de Israel no fuese

extraño á la eleccion de este número. De todos modos, los «doce»

formaban un grupo de discípulos privilegiados, entre los cuales

conservaba Pedro, á quien Jesús confió el cuidado de propagar su obra,

una supremacía completamente fraternal[757]. Nada habia entre ellos

que se pareciese á colegio sacerdotal organizado en regla[758]; las

listas de los «doce» que han llegado hasta nosotros ofrecen muchas

inexactitudes y contradicciones. Dos ó tres de los discípulos que en

ellas figuran permanecieron oscuros. Algunos, por lo ménos Pedro y

Felipe[759], estaban casados y tenian familia.

Es evidente que Jesús confiaba á los doce secretos que prohibia

comunicasen á los demás[760]. En ocasiones parece que su plan era

rodear su persona de algun misterio, aplazar las grandes pruebas

para despues de su muerte, y no revelarse por completo sino á sus

discípulos, confiándoles el cuidado de demostrarle al mundo[761].

«Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del dia; y lo que os

digo al oido, predicadlo desde los terrados.» Así se evitaba las

declaraciones demasiado precisas y concluyentes, y creaba una especie

de intermediarios entre él y la opinion. Lo que está fuera de duda

es, que tenía para sus discípulos enseñanzas particulares y que les

explicaba el sentido de algunas parábolas, indeciso y oscuro para el

vulgo[762]. La enseñanza de los doctores de aquel tiempo, como se ve

por las sentencias del _Pirké Aboth_, adolecia de un giro enigmático

y algo raro en la trabazon de las ideas. Jesús explicaba á sus amigos

íntimos lo que en sus apotegmas ó en sus apólogos habia de singular,

presentándoles su enseñanza desnuda del lujo de las comparaciones que

algunas veces la oscurecian[763]. Muchas de aquellas explicaciones se

conservaron, al parecer, cuidadosamente[764].

Los apóstoles predicaron ya en vida de Jesús[765], pero sin separarse

mucho de la doctrina del maestro. Verdad es que su predicacion se

limitaba á anunciar la venida del reino de Dios[766]. Iban de pueblo

en pueblo recibiendo la hospitalidad, ó, mejor dicho, tomándola ellos

mismos, segun era uso y costumbre. El huésped tiene en Oriente grande

autoridad y es superior al dueño de la casa, al cual inspira la

confianza más absoluta. Esa predicacion á domicilio, en el seno del

hogar doméstico, es excelente para la propaganda de nuevas doctrinas.

Ella sirve de pago al beneficio que se recibe y, provocada por la

política y las buenas relaciones, facilita la emision de las ideas

y la conversion de las familias. Sin la hospitalidad de Oriente, la

rápida propaganda del cristianismo sería un hecho incomprensible.

Jesús, que tenía gran apego á las viejas costumbres, con tal de que

fuesen buenas, aconsejaba á sus discípulos que no tuviesen escrúpulo en

aprovecharse de aquel antiguo derecho público, que probablemente estaba

ya abolido en las grandes ciudades, á causa del establecimiento de las

hosterías[767]. Cuando los apóstoles se instalaban en casa de alguno,

debian permanecer allí, comiendo y bebiendo lo que les dieran, hasta

que no terminasen su mision.

Jesús deseaba que los mensajeros de la buena nueva, tomando de él

ejemplo, hiciesen agradable su predicacion por medio de la amabilidad

y de la benevolencia. Queria que cuando entrasen en una casa diesen

al dueño el _selam_ ó salutacion de paz. Siendo el selam entónces en

Oriente lo que todavía es hoy, esto es, un signo de comunion religiosa

que no se cambia con las personas cuyas creencias no se conocen,

algunos vacilaban en seguir el mandato. «No temais nada, les decia

Jesús; si el amo de la casa no la merece, vuestra paz se volverá con

vosotros»[768]. Y en efecto, los apóstoles del reino de Dios eran á

veces mal recibidos y se quejaban de ello á Jesús, el cual trataba

siempre de calmarlos. Persuadidos como se hallaban de la omnipotencia

del maestro, algunos se mostraban disgustados de tamaña longanimidad:

los hijos del Zebedeo querian que hiciese llover el fuego del cielo

sobre las ciudades inhospitalarias[769]. Jesús acogia aquellos

trasportes de celo con fina ironía, y los calmaba diciéndoles: «No he

venido á perder las almas, sino á salvarlas.»

El maestro trataba siempre de establecer el principio que sus apóstoles

eran él mismo[770] ó semejantes á él, y todos creian que les habia

comunicado sus maravillosas virtudes. Y en efecto, los discípulos

ahuyentaban los demonios, profetizaban y formaban una escuela de

renombrados exorcistas[771], si bien es verdad que muchas cosas eran

superiores á sus fuerzas[772]. Tambien curaban las enfermedades,

bien por la imposicion de las manos, ó bien por la uncion del

aceite[773]; éste es uno de los procedimientos fundamentales de la

medicina oriental. Por último, podian manosear las serpientes y beber

impunemente licores venenosos[774]. Á medida que uno se aleja de

Jesús, esa teurgia llega á ser cada vez más chocante. Pero no cabe

duda que ella fué de derecho comun en la Iglesia primitiva, y que los

contemporáneos le consagraron particular atencion[775]. Como sucede

casi siempre, no faltaron charlatanes que explotasen aquel movimiento

de credulidad. Ya en vida de Jesús, algunos, sin ser discípulos

suyos, lanzaban los demonios en su nombre; los verdaderos discípulos

se resentian de tal audacia y trataban de impedirla; pero Jesús, que

veia en la conducta de los intrusos un homenaje tributado á su fama,

no se mostraba muy severo con ellos[776]. Por otra parte, el poder ó

la facultad de exorcizar habia llegado en cierto modo á convertirse

en oficio. Ciertas personas, llevando hasta el extremo la lógica de

lo absurdo, lanzaban los demonios en nombre de Belzebú[777], príncipe

de los diablos. Figurábanse que, debiendo tener aquel soberano de

las legiones infernales autoridad absoluta sobre sus subordinados,

no podrian ménos de huir los espíritus intrusos, obrando en nombre

suyo[778]. Algunos hasta pretendian comprar á los discípulos de

Jesús el secreto de los poderes milagrosos que el maestro les habia

conferido[779].

Un gérmen de Iglesia empezaba ya á columbrarse. Esa idea fecunda del

poder de los hombres reunidos (_ecclesia_) parece haber pertenecido

á Jesús. Rebosando su corazon la doctrina idealista de que la union

por el amor es lo que constituye la presencia de las almas, declaraba

que siempre que algunos se reuniesen en nombre suyo, él estaria entre

ellos. Jesús confia á la Iglesia el derecho de atar y desatar (esto

es, de hacer que ciertas cosas sean lícitas ó ilícitas), de perdonar

los pecados, de reprender y amonestar con autoridad, y de rogar con

la certidumbre de que las preces sean atendidas favorablemente[780].

Posible es que muchas de esas palabras hayan sido atribuidas al

maestro, á fin de que sirvieran de apoyo á la autoridad colectiva por

la cual se pretendió despues reemplazar la suya. De todos modos, las

iglesias particulares no se constituyeron sino despues de su muerte, y

áun aquella primera constitucion se hizo con arreglo al modelo de las

sinagogas. Varios de los personajes que habian amado entrañablemente

á Jesús y fundado en él grandes esperanzas, como José de Arimathea,

Lázaro, María de Magdala y Nicodemo, no formaron, á lo que parece,

parte de aquellas iglesias, y se atuvieron al tierno y respetuoso

recuerdo que de él habian conservado.

Por lo demás, en la enseñanza de Jesús no hay ningun indicio de una

moral aplicada ni de un derecho canónico, siquiera sea poco definido.

Una sola vez se pronuncia de una manera clara respecto al casamiento,

prohibiendo el divorcio[781]. Tampoco se echa de ver ninguna teología

ni símbolo alguno. Sólo hace algunas vagas indicaciones referentes

al Padre, al Hijo y al Espíritu[782], de las que habrian de deducir

la Trinidad y la Encarnacion, pero que entónces permanecian aún en

estado de imágenes indeterminadas. Los últimos libros del cánon judáico

admitian ya al Espíritu Santo, especie de hipóstasis divina que algunas

veces se identificaba con la Sabiduría ó el Verbo[783]. Jesús insistió

sobre ese punto[784] y anunció á sus discípulos un bautismo por el

fuego y el espíritu[785] preferible al de Juan; bautismo que, despues

de la muerte del profeta de Nazareth, creyeron recibir bajo la forma

de un gran viento acompañado de lenguas de fuego[786]. El Espíritu

Santo enviado por el Padre les enseñará así la verdad, y al mismo

tiempo les dará testimonio de las que el mismo Jesús promulgara[787].

Para designar ese Espíritu, Jesús empleaba el nombre de _Paráclito_,

nombre que el siro-caldeo habia tomado del griego (παράκλητος), y que

parece haber tenido en su mente la significacion de «abogado»[788],

«consejero»[789], y algunas veces la de «intérprete de las celestes

verdades», ó bien la de «doctor encargado de revelar á los hombres los

misterios todavía ocultos»[790]. Jesús mismo se consideraba respecto

á sus discípulos como un _paráclito_[791], y el Espíritu que vendrá

despues de su muerte no hará sino reemplazarle. Esta era una aplicacion

del procedimiento que la teología judáica y la teología cristiana

habrian de seguir por espacio de siglos, y que debia producir toda

una serie de asesores divinos, como el _Metatrono_, el _Sinadelfo_

ó _Sandalfon_ y demás personificaciones de la Cábala. Pero con la

diferencia de que esas creaciones debian permanecer en el judaismo

siendo especulaciones particulares y libres, miéntras que en el

cristianismo constituyeron, á partir del siglo cuarto, la esencia de la

ortodoxia y del dogma universal.

Paréceme inútil hacer observar que la idea de un libro religioso

que encerrase un código y artículos de fe estaba muy léjos del

pensamiento de Jesús. No sólo no escribió nunca el maestro, sino que

la produccion de libros sagrados era contraria al espíritu de la

secta naciente. Estaban persuadidos de que se hallaban en vísperas de

la gran catástrofe final, y de que el Mesías venía, no á promulgar

nuevos textos, sino á poner el sello á la Ley y á las palabras de los

profetas. Así, pues, á excepcion del Apocalípsis, único libro revelado

del cristianismo naciente, los demás escritos de la edad apostólica

son obras de circunstancia que de ningun modo tienen la pretension de

proporcionar un conjunto dogmático completo. Los evangelios no tuvieron

en un principio sino un carácter puramente privado y una autoridad bien

inferior á la tradicion[792].

Sin embargo, ¿no tenía la secta algun sacramento, algun rito, algun

signo de union y de mútuo reconocimiento? Sí, tenía uno que todas las

tradiciones hacen remontar hasta Jesús. Una de las ideas favoritas del

maestro, consistia en que él era el nuevo pan, superior al maná, de que

la humanidad viviria en adelante. Esa idea, gérmen de la Eucaristía,

adquiria á veces en boca de Jesús formas singularmente concretas. En

una ocasion obedeció en la sinagoga de Capharnahum á un movimiento

atrevido que le costó la pérdida de varios de sus discípulos. «En

verdad, en verdad os digo: Moisés no os dió pan del cielo; mi Padre

es quien os le da verdaderamente»[793]. Y añadió: «Yo soy el pan de

vida; el que viene á mí, no tendrá hambre; y el que cree en mí, no

tendrá sed jamás»[794]. Estas palabras excitaron un vivo murmullo.

«¿Qué entiende por esas palabras «yo soy el pan de vida?»--decian.--¿No

es éste aquel Jesús, hijo de José, cuyo padre y cuya madre conocemos?

¿Cómo dice entónces que ha descendido del cielo?» Y Jesús, insistiendo

con mayor energía, les replicaba: «Yo soy el pan de vida; vuestros

padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que

desciende del cielo, á fin de que quien comiere de él no muera. Yo soy

el pan vivo: quien comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que

yo daré es mi misma carne, para la vida del mundo»[795]. El escándalo

llegó á su colmo. «¿Cómo puede éste darnos á comer su carne?»--decian.

Y Jesús insistia aún: «En verdad, en verdad os digo que si no comiéreis

la carne del Hijo del hombre y no bebiéreis su sangre, no tendreis vida

en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

y yo le resucitaré en el último dia. Porque mi carne verdaderamente

es comida, y mi sangre es verdaderamente bebida. Quien come mi carne

y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Así como el Padre que me ha

enviado vive, y yo vivo por el Padre; así quien me come, tambien vivirá

por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, y no es como el maná

que vuestros padres comieron y que no les impidió morir; quien come

este pan vivirá eternamente.» Semejante obstinacion en la paradoja

sublevó la conciencia de varios de sus discípulos, que desde entónces

dejaron de seguirle. Jesús no se retractó; únicamente añadia: «El

espíritu es quien da la vida: la carne de nada sirve. Las palabras que

os he dicho, espíritu y vida son.» Á pesar de esa rara predicacion,

los doce permanecieron fieles, y ella dió motivo á Cephas ó Pedro para

demostrarle un afecto sin límites y para repetirle: «Tú eres el Cristo,

el Hijo de Dios.»

Probablemente desde entónces se introdujo en las comidas de la

secta algun uso que se relacionaba con la predicacion que halló tan

mala acogida en la sinagoga de Capharnahum. Pero las tradiciones

apostólicas son respecto á esto muy divergentes y, quizás adrede, muy

incompletas. Los evangelios sinópticos suponen que un acto sacramental

único sirvió de base al rito misterioso, y señalan ese acto en la

última Cena. Juan, que es precisamente quien nos ha conservado el

incidente de la sinagoga de Capharnahum, no dice ni una palabra de

semejante hecho, sin embargo de referir muy al pormenor cuanto en

la última Cena tuvo lugar. Por otra parte, vemos que se reconocia

á Jesús en la manera de partir el pan[796], como si para aquellos

que le habian tratado hubiese sido esa accion la más característica

de su persona. Así que murió, la forma bajo la cual aparecia á los

piadosos recuerdos de sus discípulos era la de presidente de un místico

banquete, bendiciendo el pan y repartiéndole á los circunstantes[797].

Es muy posible que ésta fuese una de sus costumbres, y esos momentos

aquellos en que más particularmente se mostraba amable y afectuoso. Una

circunstancia material, la presencia del pescado sobre la mesa (indicio

que prueba que el rito indicado tuvo orígen en las márgenes del lago de

Tiberiade)[798], fué tambien casi sacramental, y formó parte integrante

de las imágenes que los discípulos hicieron del sagrado festin[799].

En la naciente comunidad, los instantes consagrados á la comida

habian llegado á ser los más agradables. En aquellos momentos en que

todos se reunian al rededor de la misma mesa, el maestro hablaba

á cada uno y mantenia siempre una conversacion jovial y llena de

atractivo. Jesús amaba aquellos instantes y se complacia en ver en

torno suyo á su familia espiritual[800]. La participacion del mismo

pan era considerada como una especie de comunion, de lazo recíproco.

Los términos extremadamente enérgicos que el maestro usaba respecto

á este punto, se tomaron despues al pié de la letra de una manera

absoluta y lastimosa. Jesús era, al mismo tiempo, muy espiritualista

en las concepciones y muy materialista en la expresion. Queriendo

hacer palpable el pensamiento de que el creyente no vive sino de él, y

que él todo entero (cuerpo, sangre y alma) era la vida del verdadero

fiel, decia á sus discípulos:--«Yo soy vuestro alimento»; frase que

cambiada en estilo figurado, se convertia en esta otra: «Mi carne es

vuestro pan, mi sangre es vuestra bebida.» La costumbre de hacer uso

de un lenguaje sustancial en extremo le llevaba más léjos aún. En la

mesa decia á los discípulos, señalándoles el alimento: «Héme ahí»; y

repartiéndoles el pan: «Tomad, éste es mi cuerpo»; y alargándoles el

cáliz con vino: «Tomad, ésta es mi sangre»; maneras de hablar que eran

todas el equivalente de: «Yo soy vuestro alimento.»

Ese rito misterioso alcanzó en vida de Jesús grande importancia;

probablemente se hallaba establecido mucho tiempo ántes del último

viaje á Jerusalen, siendo tambien posible que fuese el resultado

de una doctrina general más bien que de hecho determinado. Despues

de la muerte de Jesús, llegó á ser el gran símbolo de la comunion

cristiana[801], y se relacionó su orígen con el momento más solemne de

la vida del Salvador. Pretendíase entónces ver en la consagracion del

pan y del vino una memoria del adios que Jesús dió á sus discípulos

ántes de abandonar la vida[802], y se volvió á encontrar al mismo

Jesús en ese sacramento. La idea completamente espiritualista de la

presencia de las almas, idea que tan familiar era al maestro y que

le obligaba, por ejemplo, á decir á sus discípulos que cuando se

reunieran en su nombre estaria en persona en medio de ellos[803], hacia

la hipótesis admisible. Como ya hemos dicho, Jesús no tuvo nunca una

nocion fija de lo que constituye la individualidad. La idea, en el

grado de exaltacion á que habia llegado, tenía en él tal supremacía y

tan absoluto imperio, que el cuerpo no figuraba para nada. Dos seres

que se aman no forman sino uno, viven uno en otro;--¿cómo no habian de

ser uno él y sus discípulos?[804] Éstos adoptaron el mismo lenguaje. Y

los que por espacio de algunos años habian vivido de él, continuaron

viéndole siempre con el pan y el cáliz «entre sus manos santas y

venerables»[805] ofreciéndose á ellos. Á él fué, pues, á quien comieron

y bebieron, y él llegó á ser la verdadera Pascua, puesto que la antigua

quedó abolida por su sangre. Imposible es traducir á nuestro idioma

determinado, que tan profunda distincion exige entre el sentido propio

y el metafórico, esas costumbres de estilo cuyo carácter esencial

consiste en prestar á la metáfora, ó mejor dicho, á la idea, una forma

palpable y de exuberante realidad.

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