Suponemos que esa última fase de la actividad de Jesús duró
aproximadamente diez y ocho meses, desde su vuelta de la peregrinacion
de la Pascua del año 31, hasta su viaje á la fiesta de los Tabernáculos
en el año 32[707].
Durante ese espacio de tiempo el pensamiento de Jesús no parece
haberse enriquecido de ningun nuevo elemento; pero todas sus ideas se
desarrollaron y produjeron en un grado siempre creciente de poder y de
audacia.
La idea fundamental de Jesús fué, desde un principio, el
establecimiento del reino de Dios, el cual, segun ya hemos dicho,
parece haberle entendido de diferentes modos. En ocasiones se le
podria tomar por un jefe democrático, queriendo simplemente el reino
de los pobres y de los desheredados. Otras veces el reino de Dios es
el cumplimiento literal de las visiones apocalípticas de Daniel y de
Henoch, y frecuentemente, por último, ese reino es el de las almas,
y el rescate próximo, es el rescate por el espíritu. La revolucion
deseada por Jesús es, en tal caso, la que en realidad tuvo lugar; el
establecimiento de un culto nuevo, más puro que el de Moisés.--Todos
esos pensamientos parecian haber existido á la vez en la conciencia de
Jesús. El primero, es decir, el de una revolucion temporal, no parece
haberle detenido demasiado. Jesús no reparó nunca ni en el mundo, ni
en los ricos, ni en el poder material como cosas dignas de llamar su
atencion. No tuvo ninguna ambicion exterior; algunas veces, por una
consecuencia natural, su grande importancia religiosa estaba á punto
de cambiarse en importancia social. Diferentes personas iban á pedirle
que se constituyese en juez y árbitro en cuestiones de intereses;
Jesús rechazaba esas proposiciones con orgullo, casi como si hubieran
sido injurias[708]. Poseido de su celeste ideal, no salia nunca de su
desdeñosa pobreza. Con respecto á las otras dos concepciones del reino
de Dios, Jesús parece haberlas conservado simultáneamente. Si él no
hubiese sido nada más que un entusiasta, alucinado por los apocalípsis
que servian de alimento á la imaginacion popular, habria permanecido
siendo un sectario oscuro, inferior á aquellos cuyas ideas imitaba. Si
sólo hubiera sido un puritano, una especie de Channing ó de «Vicario
saboyano», es indudable que no habria obtenido ningun triunfo. Las dos
partes de su sistema, ó por mejor decir, sus dos concepciones del reino
de Dios, están basadas la una en la otra, y este apoyo recíproco fué la
causa de su incomparable resultado.
Los primeros cristianos son visionarios, viviendo en un círculo de
ideas que nosotros calificamos de sueños, pero al mismo tiempo ellos
son los héroes de la guerra social que produjo la franquicia de la
conciencia y el establecimiento de una religion, cuyo culto puro,
anunciado por el fundador, acabará, á la larga, por efectuarse.
Las ideas apocalípticas de Jesús, en su forma más completa, pueden
resumirse de la manera siguiente:
El órden actual de la humanidad toca á su término; este término será
una revolucion inmensa, «una agonía», semejante á los dolores del
parto; una _palingenesia_ ó «renacimiento» (segun la misma frase de
Jesús)[709], precedido de negras calamidades y anunciado por fenómenos
extraños[710]. En pleno dia, brillará en el cielo la señal del Hijo
del hombre; y será una vision ruidosa y luminosa como la del Sinaí, un
gran huracan rasgando la nube, un dardo de fuego cruzando en un abrir
y cerrar de ojos, de Oriente á Occidente. El Mesías aparecerá en las
nubes, revestido de gloria y de majestad, al sonido de las trompetas y
rodeado de ángeles. Sus discípulos se sentarán á su lado en los tronos.
Los muertos resucitarán entónces y el Mesías procederá al juicio[711].
En ese juicio, los hombres serán clasificados en dos categorías,
segun sus obras[712]. Los ángeles serán los ejecutores de las
sentencias[713]. Los elegidos entrarán en una mansion deliciosa
que les fué preparada desde el principio del mundo[714]; allí se
sentarán radiantes de luz, á un festin presidido por Abraham[715],
los patriarcas y los profetas. Este número de elegidos será el
menor[716]. Los otros irán á la _Gehenna_. La Gehenna era el valle
occidental de Jerusalen. Allí se habia ejercido en diversas épocas
el culto del fuego, y aquel lugar habia llegado á ser una especie de
cloaca. La Gehenna es, pues, en la imaginacion de Jesús, un valle
tenebroso, impuro, lleno de fuego. Los excluidos del reino serán
quemados allí y roidos de gusanos en compañía de Satanás y de los
ángeles rebeldes[717]; habrá tambien allí lágrimas y rechinamientos de
dientes[718]. El reino de Dios será como una sala cerrada, luminosa en
su interior, en medio de ese mundo de tinieblas y de tormentos[719].
Ese nuevo órden de cosas será eterno. El paraíso y la Gehenna no
tendrán fin. Un abismo inaccesible los separará uno del otro[720]. El
Hijo del hombre, sentado á la diestra de Dios, presidirá ese estado
definitivo del mundo y de la humanidad[721].
Que todo esto fué tomado al pié de la letra por los discípulos y hasta
por el mismo maestro, en ciertos momentos, es lo que salta á la vista
en los escritos de la época de una manera absoluta. Si la primera
generacion cristiana tiene una creencia profunda y constante, es sin
duda la de que el mundo está á punto de acabar[722], y que la gran
«revelacion»[723] de Cristo se va á cumplir bien pronto. Esa viva
proclamacion: «¡El tiempo está cerca!»[724], que comienza y acaba el
Apocalípsis; ese llamamiento repetido sin cesar: «¡Que todo aquel que
tenga oidos escuche!»[725], son gritos de esperanza y de reunion de
toda la edad apostólica. Una expresion siria, _Maran atha_, «¡Nuestro
Señor llega!»[726], se convirtió en una especie de santo y seña que los
creyentes se decian entre ellos para fortalecerse en su fe y en sus
esperanzas. El Apocalípsis escrito el año 68 de nuestra era[727], fija
el término á tres años y medio[728], y la «Ascension de Isaías»[729]
admite un cálculo muy aproximado á éste.
Jesús nunca llegó á tal precision. Cuando se le preguntaba acerca del
tiempo de su advenimiento, siempre rehusaba responder; y una vez hasta
declara que la fecha de ese gran dia sólo es conocida del Padre, que
no se la ha confiado ni á los ángeles, ni al Hijo[730]. Jesús decia
que el momento en que se espiaria el reino de Dios con una curiosidad
impertinente, no sería precisamente en el que llegase[731]; y repetia
sin cesar, que sería una sorpresa como en los tiempos de Noé y de Lot;
que era preciso estar siempre prevenido á partir; que cada uno debia
tener encendida su lámpara como para un cortejo de bodas que llega
desprevenidamente[732]; que el Hijo del hombre vendria de la misma
manera que un ladron, esto es, á la hora en que no se le esperase[733],
y que apareceria como un rayo que recorre el horizonte de uno á otro
extremo[734]. Pero sus declaraciones acerca de la proximidad de la
catástrofe no daban lugar á equivocacion alguna[735]. «La generacion
presente, decia, no pasará sin que se realice todo esto. Muchos de
los que están aquí presentes no morirán sin haber visto al Hijo del
hombre venir á tomar posesion de su reinado»[736]. Vitupera á los que
creen que él no sabe leer los pronósticos del reino futuro. «Cuando
va llegando la noche decís: Hará buen tiempo, porque está el cielo
arrebolado. Y por la mañana: Tempestad habrá hoy, porque el cielo está
cubierto y encendido. ¿Cómo sabeis adivinar por el aspecto del cielo, y
no podeis conocer las señales de estos tiempos?»[737].
Gracias á una ilusion comun á todos los grandes reformadores, Jesús se
figuraba el fin mucho más próximo de lo que era en realidad; no tenía
en cuenta la lentitud de los movimientos de la humanidad: imaginábase
realizar en un dia lo que mil ochocientos años más tarde no debia estar
aún acabado.
Esas declaraciones tan precisas preocuparon á la familia cristiana
casi por espacio de setenta años. Estaba admitido que algunos de sus
discípulos verian el dia de la revelacion final ántes de morir. Juan
en particular era considerado en este número[738], y muchos creian
que no moriria nunca. Quizás era esto una tardía opinion producida
hácia el fin del siglo primero, por la avanzada edad á que Juan parece
haber llegado, y que daba ocasion á creer que Dios queria conservarle
indefinidamente hasta el gran dia, á fin de realizar la palabra de
Jesús. Sea de ello lo que quiera, á su muerte la fe de muchos vaciló,
y sus discípulos dieron á la predicacion del Cristo un sentido más
moderado[739].
Al mismo tiempo que Jesús admitia plenamente las creencias
apocalípticas tales como se encuentran en los libros apócrifos de los
judíos, admitia el dogma, que es el complemento de ellas, ó más bien la
condicion de la resurreccion de los muertos. Tal doctrina, como ya lo
hemos dicho, era aún nueva en Israel; muchas personas no la conocian
ó no creian en ella[740]. Sin embargo, era de fe para los fariseos y
para los fervientes adeptos de las creencias mesiánicas[741]. Jesús
la aceptó sin reserva, pero siempre en el sentido más idealista.
Muchos se figuraban que en el mundo de los resucitados se comeria,
se beberia y se casarian. Jesús admite en su reino una nueva Pascua,
un festin y un vino nuevo[742]; pero excluye de él formalmente el
casamiento. Los saduceos tenian, respecto á esto, un argumento
grosero en la apariencia, pero bastante conforme en el fondo con la
antigua teología. Se acordaban de que, segun los sabios antiguos,
el hombre no sobrevivia sino en sus hijos. El código mosáico habia
consagrado esa teoría patriarcal por una institucion extravagante, el
_Levirat_, y los saduceos deducian de ahí sutiles consecuencias en
contra de la resurreccion. Jesús las evadia declarando formalmente
que en la vida eterna no existiria ya la diferencia de sexo y que el
hombre sería semejante á los ángeles[743]. Algunas veces parece que
no promete la resurreccion sino á los justos[744]; el castigo de los
impíos consistiria en morir enteramente y permanecer en la nada[745].
Más frecuentemente, sin embargo, Jesús quiere que la resurreccion
se aplique á los malos para su eterna confusion[746]. Como se ve,
nada era completamente nuevo en esas teorías. Los evangelios y los
escritos de los apóstoles no contienen absolutamente, en punto á
doctrinas apocalípticas, sino lo que se encuentra ya en «Daniel»[747],
«Henoch»[748], y los «oráculos sibilinos»[749] de orígen judío. Jesús
aceptó esas ideas extendidas generalmente entre sus contemporáneos,
convirtiéndolas en base de su accion, ó por mejor decir, en uno de
sus puntos de apoyo; porque tenía un sentimiento demasiado profundo
de su verdadera obra para establecerla únicamente sobre principios
tan frágiles, tan expuestos á recibir de los hechos una fulminante
refutacion.
Cierto es, en verdad, que una doctrina semejante, tomada por sí misma
de una manera literal, no tenía porvenir alguno. El mundo, obstinándose
en vivir, la hacia hundirse, y la edad que vive un hombre le estaba
reservada á lo sumo. La fe de la primera generacion cristiana se
explica, pero no así la de la segunda. Despues de la muerte de Juan, ó
del último superviviente, cualquiera que fuese, del grupo que vió al
maestro, la palabra de éste quedaba desmentida[750]. Si la doctrina
de Jesús sólo hubiese sido la creencia en un próximo fin del mundo,
ciertamente que hoy dormiria en el olvido. ¿Qué es, pues, lo que la
ha salvado? La gran latitud de las concepciones evangélicas, que ha
permitido encontrar en el mismo símbolo doctrinas apropiadas á estados
intelectuales muy diversos. El mundo no ha acabado, como Jesús lo
anunció y como sus discípulos lo creyeron, pero está renovado del modo
que Jesús deseaba. Si su pensamiento ha sido fecundo, débelo á su
doble fase. Su quimera no ha corrido la suerte de otras muchas que han
cruzado por el espíritu humano, gracias á que abrigaba un gérmen de
vida que, introducido, merced á una apariencia fabulosa, en el seno de
la humanidad, ha producido en él frutos eternos.
Y no se diga que ésa es una benévola interpretacion, imaginada para
lavar el honor de nuestro gran maestro del cruel mentís dado á sus
sueños por la realidad. No, no; ese verdadero reino de Dios, ese reino
del espíritu que hace á cada uno rey y sacerdote; ese reino que, como
el grano de la simiente de mostaza, ha llegado á ser un árbol que
presta sombra al mundo, y bajo cuyas ramas los pájaros tienen sus
nidos, Jesús le comprendió, le quiso, le fundó. Al lado de la idea
falsa, fria, imposible, de un advenimiento de ostentacion, concibió
la verdadera ciudad de Dios, la «palingenesia» exacta, el sermon en
la montaña, la apoteósis del débil, el amor del pueblo, el gusto
del pobre, la rehabilitacion de todo lo que es humilde, verdadero é
inocente. Esa rehabilitacion la hizo, como artífice incomparable, por
rasgos que durarán eternamente. Cada uno de nosotros le debe lo que en
sí tiene de mejor. Perdonémosle su esperanza de un vano apocalípsis,
de una venida en gran triunfo sobre las nubes del cielo. Quizás ése
era el error de los demás más bien que el suyo; y si es cierto que él
participó de las ilusiones de los otros, ¿qué importa, una vez que su
sueño le hizo esforzado contra la muerte y le sostuvo en una lucha, en
la que sin eso tal vez habria sucumbido?
Preciso es, pues, conservar diversos sentidos á la divina ciudad
concebida por Jesús. Si su único pensamiento hubiese sido que el fin
de los tiempos estaba cercano y que era necesario prepararse á él, no
habria ido más allá que Juan Bautista. Renunciar á un mundo próximo
á hundirse, desprenderse poco á poco de la vida presente, aspirar á
un reino que iba á llegar, tal hubiera sido la última frase de su
predicacion. La enseñanza de Jesús tuvo siempre por objeto miras más
elevadas. Se propuso crear un nuevo estado de la humanidad, y no
preparar sólo el fin del que existe. Elías ó Jeremías, volviendo á
aparecer para preparar á los hombres á las supremas crísis, no hubieran
predicado como él. Tan cierto es esto, que esa moral pretendida de los
últimos dias ha resultado ser la moral eterna, la que ha salvado á la
humanidad. El mismo Jesús, en muchas ocasiones, emplea modos de hablar
que no entran absolutamente en la teoría apocalíptica. Frecuentemente
declara que el reino de Dios ha comenzado; que todo hombre le lleva
consigo mismo, y puede, si de ello es digno, disfrutar de él; que
cada uno crea tácitamente ese reino por la verdera conversion del
corazon[751].
El reino de Dios no es entónces sino el bien[752], es un órden de cosas
mejor que el que existe, es el reino de la justicia, que el fiel, segun
sus fuerzas, debe contribuir á fundar, ó es áun la libertad del alma,
ó bien algo de análogo al «rescate» búdico, fruto de la desaficion.
Esas verdades, que para nosotros son puramente abstractas, para Jesús
eran vivas realidades. Todo en su pensamiento es concreto y sustancial:
Jesús es el hombre que más enérgicamente creyó en la realidad de lo
ideal.
Al aceptar las utopias de su tiempo y de su raza, Jesús supo hacer de
ellas tambien grandes verdades, gracias á fecundos errores. Su reino
de Dios era, sin duda, el próximo apocalípsis que iba á desarrollarse
en el cielo. Pero, además de todo esto, probablemente era, sobre todo,
el reino del alma, creado por la libertad y por el sentimiento filial,
el que el hombre virtuoso experimenta en el seno de su padre. Aquélla
era la religion pura, sin prácticas, sin templo, sin sacerdotes; era
el juicio moral del mundo decretado á la conciencia del hombre justo y
al poder del pueblo. Hé ahí lo que estaba hecho para vivir, y hé ahí
lo que ha vivido. Cuando, al cabo de un siglo de aguardar en vano,
se apura la esperanza materialista de un próximo fin del mundo, el
verdadero reino de Dios aparece á ella. Lisonjeras explicaciones
echan un velo sobre el reino real que no acaba de llegar. Estando
el Apocalípsis de Juan, primer libro canónico del Nuevo Testamento,
demasiado sériamente plagado de la idea de una catástrofe inmediata,
queda pospuesto á segundo lugar y es tenido por ininteligible,
torturado de mil modos y casi rechazado. Al ménos, se aplaza el
dia de su cumplimiento para un porvenir indefinido. Algunos pobres
obstinados que guardan aún, en plena época de reflexion, las esperanzas
de los primeros discípulos, se convierten en heréticos (Ebionitas,
Milenarios), perdidos en las clases inferiores del cristianismo. La
humanidad creia en otro reino de Dios. La parte de verdad contenida en
la idea de Jesús habia triunfado de la quimera que la ofuscaba.
No despreciemos, sin embargo, esa quimera, que ha sido la tosca corteza
del sagrado bulbo de que nosotros vivimos.
Ese fantástico reino del cielo, ese perseguimiento sin fin de una
ciudad de Dios, que siempre ha preocupado al cristianismo en su
larga carrera, ha sido el principio del gran instinto de porvenir
que ha animado á todos los reformadores, discípulos obstinados del
Apocalípsis, desde Joaquin de Flora hasta el sectario protestante de
nuestros dias. Ese impotente esfuerzo por fundar una sociedad perfecta
ha sido la fuente de la tension extraordinaria que ha hecho del
verdadero cristiano un atleta en lucha contra el presente. La idea del
«reino de Dios» y el Apocalípsis, que en esto es la imágen completa,
son pues, en cierto modo, la expresion más grande y más poética del
progreso humano. Ciertamente que de ella debian salir grandes errores.
Suspendido sobre la humanidad como una constante amenaza, el fin del
mundo, por los horrores periódicos que causó durante muchos siglos,
perjudicó no poco á todo desarrollo profano. La sociedad, no estando
segura de su existencia, contrajo una especie de temor y aquellas
costumbres de baja humildad que presentan á la Edad media tan inferior
á los tiempos antiguos y á los modernos[753]. Por otra parte, se habia
producido un cambio radical en el modo de considerar la venida de
Cristo. La primera vez que se anunció á la humanidad que su planeta
iba á acabar, de la misma manera que el niño que acoge la muerte con
una sonrisa, experimentó el más vivo acceso de alegría que jamás pudo
sentir. Al envejecer, el mundo se habia apegado á la vida. El dia de
gracia, esperado tan largo tiempo por las almas puras de Galilea,
habia llegado á ser para aquellos siglos de hierro un dia de cólera:
_Dies iræ, dies illa!_ Pero áun en el mismo seno de la barbarie, la
idea del reino de Dios permaneció fecunda. Á pesar de la Iglesia
feudal, de las sectas, de las órdenes religiosas, santos personajes
continuaron protestando en nombre del Evangelio contra la iniquidad del
mundo. En nuestros mismos dias, dias confusos en que Jesús no tiene
continuadores más auténticos que aquellos que parecen repudiarle,
los sueños de organizacion ideal de la sociedad, que tanta analogía
tienen con las aspiraciones de las sectas cristianas primitivas, sólo
son, en cierto modo, el ensanche de la misma idea, una de las ramas
de ese árbol inmenso, donde germina toda idea de porvenir, y del cual
el «reino de Dios» será eternamente el tronco y la raíz. Todas las
revoluciones sociales de la humanidad serán ingertas en esa palabra,
pero infectadas de un tosco materialismo, aspirando á lo imposible,
es decir, á fundar la dicha universal sobre medidas políticas y
económicas, las tentativas «socialistas» de nuestra época permanecerán
infecundas, hasta que tomen por norma el verdadero espíritu de Jesús,
es decir, el idealismo absoluto, ese principio que consiste en que,
para poseer la tierra, es preciso renunciar á ella.
La frase de «reino de Dios» expresa, por otro lado, muy felizmente,
la necesidad que siente el alma de un suplemento de destino, de una
compensacion de la vida actual. Aquellos que no se avienen á concebir
el hombre como un compuesto de dos sustancias y que hallan el dogma
deista de la inmortalidad del alma en contradiccion con la fisiología,
desean mantenerse en la esperanza de una reparacion final, que bajo una
forma desconocida, satisfará á las necesidades del corazon del hombre.
¡Quién sabe si el último término del progreso, dentro de millones de
siglos, traerá consigo la conciencia absoluta del universo, y en esa
conciencia el despertar de todo lo que ha vivido! Un sueño de un millon
de años no es más largo que el sueño de una hora. San Pablo en esta
hipótesis hubiera podido decir aún con razon: _In ictu oculi!_[754].
Es indudable que la humanidad moral y virtuosa tendrá su desquite; que
un dia el sentimiento del pobre honrado juzgará el mundo, y que en ese
dia la figura ideal de Jesús será la confusion del hombre frívolo que
no creyó en la virtud, del hombre egoista que no supo alcanzarla. La
palabra favorita de Jesús permanece, pues, llena de un encanto perenne.
Una especie de adivinacion grandiosa parece haberla tenido en una
sublime vaguedad, abrazando á la vez diferentes órdenes de verdades.