MILAGROS

Segun los contemporáneos de Jesús, dos medios de prueba podian

solamente establecer una mision sobrenatural: tales eran los milagros

y el cumplimiento de las profecías. Jesús, y en particular sus

discípulos, emplearon con la mejor buena fe esos dos procedimientos de

demostracion. Jesús se hallaba convencido desde hacia mucho tiempo de

que los profetas habian escrito refiriéndose á él. Veia en sus oráculos

sagrados su propia figura, y se consideraba como el espejo en que todo

el espíritu profético de Israel habia leido el porvenir. Tal vez la

escuela cristiana trató de probar, áun en vida de su fundador, que

Jesús correspondia perfectamente á cuanto los profetas habian predicho

respecto al Mesías[671]. Pero, en muchos casos, las semejanzas eran del

todo exteriores y tan vagas, que nosotros apénas podemos apreciarlas.

Frecuentemente, circunstancias fortuitas ó insignificantes de la vida

del maestro, recordaban á los discípulos ciertos pasajes de los salmos

y de los profetas, en los cuales, gracias á su constante preocupacion,

creian ver imágenes relativas á Jesús[672]. Así, pues, casi toda la

exegésis de la época consistia en juegos de palabras, en citas traidas

por los cabellos, en inducciones artificiales y arbitrarias. La

sinagoga no tenía una lista oficial y segura de los pasajes referentes

al reino futuro. Las aplicaciones mesiánicas eran libres, y más bien

que una argumentacion importante y razonada, constituian artificios de

estilo.

En cuanto á los milagros, ellos eran en aquella época el signo

indispensable de lo divino, el sello de las vocaciones proféticas.

En las leyendas de Elías y de Elíseo, hormigueaban los hechos

maravillosos, y todo el mundo estaba persuadido de que el Mesías

realizaria gran número de ellos[673]. Á algunas leguas del punto en

que vivia Jesús, en Samaria, un mago llamado Simon alcanzaba, merced á

sus prestigios, una reputacion casi divina[674]. Y andando el tiempo,

cuando se pretendió poner en boga al taumaturgo Apolonio de Tiana y

probar que su vida habia sido el viaje de un dios sobre la tierra, nada

se creyó tan á propósito para conseguirlo como inventar respecto á él

un vasto ciclo de milagros[675]. Los mismos filósofos de Alejandría,

Plotino y demás compañeros, tienen fama de haberlos hecho[676]. Jesús

se encontró, pues, en esta alternativa: ó renunciar á su mision, ó

convertirse tambien en taumaturgo. Es preciso tener presente que, á

excepcion de las grandes escuelas científicas de la Grecia y de sus

adeptos romanos, toda la antigüedad admitia los milagros, y que Jesús,

no solamente creia en ellos, sino que no tenía ni la más remota idea de

un órden natural sujeto á leyes invariables. Sus conocimientos sobre

este punto en nada eran superiores á los de sus contemporáneos. Léjos

de ello, puesto que una de las opiniones más profundamente arraigadas

en Jesús era, que la fe y la oracion dan al hombre ilimitado poder

sobre la naturaleza[677], la facultad de hacer milagros nada tenía

entónces de sorprendente, en razon á que se la consideraba como un

permiso en toda regla concedido por Dios á los hombres[678].

La diferencia de los tiempos y la distinta manera de apreciar las

cosas, hacen que nos disguste y ofenda aquello mismo que sirvió de

poderosa palanca al gran fundador; y si el culto de Jesús se debilita

alguna vez en la humanidad, será justamente á causa de los actos

que hicieron creer en él. Ante esa especie de fenómenos históricos,

la crítica no experimenta ninguna perplejidad. En nuestros dias un

taumaturgo, á ménos que no sea de una candidez extrema, como ciertas

estigmatizadas de Alemania, es un ente odioso, porque hace milagros

sin creer en ellos; es lo que se llama un charlatan. Pero la cuestion

cambia de aspecto, si aplicamos nuestro juicio á un Francisco de

Asís;--el ciclo milagroso del orígen de la órden de San Francisco,

léjos de chocarnos, nos causa un verdadero placer. Los fundadores del

cristianismo vivian en un estado de poética ignorancia, tan completo

como aquel en que vivió Santa Clara y los _tres socii_. Parecíales

la cosa más sencilla del mundo que su maestro tuviese entrevistas

con Moisés y Elías, curase los enfermos é hiciese que los elementos

obedecieran á su voz. Por otra parte, es menester no olvidar que todas

las ideas pierden algo de su primitiva pureza tan pronto como aspiran á

realizarse: no se llega á obtener éxito sin que la delicadeza del alma

saque algunas heridas de la lucha. Tal es la flaqueza del entendimiento

humano, que las mejores causas se ganan casi siempre con malas razones.

Las demostraciones de los primeros apologistas del cristianismo se

fundan en pobrísimos argumentos. Moisés, Cristóbal Colon, Mahoma y

tantos otros no triunfaron de los obstáculos, sino teniendo presente

á cada momento la debilidad de los hombres y ocultando con frecuencia

la verdad. Es muy probable que los milagros impresionasen más á las

personas que rodeaban á Jesús que las predicaciones tan profundamente

divinas del maestro. Añádase que ántes y despues de la muerte de Jesús

la fama exageró sin duda extraordinariamente el número de los hechos

sobrenaturales. Los tipos de los milagros evangélicos no ofrecen, en

efecto, mucha variedad; repítense á cada paso los mismos, y parecen

calcados sobre un reducido número de modelos, en armonía con las

exigencias y los gustos del país.

Entre el cúmulo de relatos milagrosos, cuya fatigosa enumeracion

contienen los evangelios, es imposible distinguir los milagros que la

opinion atribuyó á Jesús de aquellos en que él se avino á desempeñar un

papel activo. Y es todavía más imposible el averiguar si esas chocantes

circunstancias de esfuerzos, estremecimientos y demás rasgos que tienen

cierto sabor de juglería[679] son históricas, ó si son fruto de la

creencia de los redactores, cuyas almas vivian en un mundo lleno de

preocupaciones teúrgicas, muy semejante al mundo en que viven nuestros

modernos _espiritistas_[680]. Casi todos los milagros que Jesús creyó

ejecutar parecen haber sido milagros de curacion. En aquella época,

la medicina era en Judea lo que es todavía en Oriente, esto es, nula

bajo el punto de vista científico, un arte rudimentario sometido

completamente á la inspiracion individual. La medicina científica,

fundada por los griegos desde hacia quinientos años, era en tiempo de

Jesús desconocida entre los judíos de la Palestina. En semejante estado

de ignorancia, la presencia de un hombre superior que trate al paciente

con dulzura y le dé, mediante algunos signos sensibles, la seguridad

de su restablecimiento, es con frecuencia un remedio decisivo. Nadie

negará que en muchos casos, exceptuando los de lesiones completamente

caracterizadas, los consuelos de una persona exquisita valen tanto

como los recursos de la farmacia. El placer de verla produce alivio;

y aunque no ofrezca al enfermo sino aquello que puede, esto es, una

sonrisa, una esperanza, sus dones no carecen de precio.

Jesús, de igual manera que sus compatriotas, no tenía idea de una

ciencia médica racional; como todo el mundo, creia que la cura de las

enfermedades debia operarse por medio de las prácticas religiosas:

semejante creencia era en extremo lógica y consecuente. Considerándose

la enfermedad como el castigo de un pecado[681], como obra de los

demonios[682], y de ninguna manera como el resultado de causas físicas,

natural era que el mejor médico fuese el hombre santo, aquel que tenía

poder en el órden maravilloso. La cura de las enfermedades pasaba por

una cosa moral; Jesús, teniendo conciencia de su fuerza moral, debia,

pues, creerse especialmente dotado para practicarla. Convencido de

que el contacto de su túnica[683] y la imposicion de sus manos[684]

eran favorables á los enfermos, habria sido cruel si hubiese negado

á los que sufrian un alivio que tan fácilmente podia concederles.

Mirábase tambien la curacion de los enfermos como una de las señales

del reino de Dios, idea que iba siempre asociada á la emancipacion de

los pobres[685]. Ambas eran los signos de la gran revolucion que debia

conducir al alivio de todas las enfermedades.

El exorcismo ó la expulsion de los demonios es uno de los géneros

de curacion que Jesús opera más frecuentemente. La creencia en los

demonios reinaba entónces en todos los ánimos; y tan general era esa

opinion, que no sólo en Judea, sino en el mundo entero, se creia que

los demonios se amparaban del cuerpo de ciertas personas, obligándolas

á obrar contra su voluntad. Un _div_ persa, _Aeschma-daeva_, «el div

de la concupiscencia», nombrado várias veces en el Avesta[686], y

adoptado por los judíos bajo el nombre de _Asmodeo_[687], llegó á ser

la causa de todas las perturbaciones histéricas de las mujeres[688]. La

misma explicacion se daba respecto á la epilepsia, á las enfermedades

mentales ó nerviosas[689], que ponen fuera de sí al paciente, y á

aquellas cuya causa no se echa de ver, como la sordera y la mudez[690].

El admirable tratado «De la enfermedad sagrada», de Hipócrates, que

estableció sobre este punto, cuatro siglos y medio ántes de Jesús,

los verdaderos principios de la medicina, aún no habia desterrado

del mundo semejantes errores. Suponíase que para lanzar los demonios

habia procedimientos más ó ménos eficaces:--el estado de exorcista era

una profesion regular como la de médico[691]. Es indudable que Jesús

tenía fama de poseer los últimos secretos respecto á ese arte[692].

En aquella época habia muchos locos en Judea, fenómeno producido

sin duda por la grande exaltacion de los ánimos. Aquellos locos se

dejaban en completa libertad, como sucede áun hoy dia en las regiones

de Siria, y habitaban las grutas sepulcrales ya abandonadas, las

cuales eran el retiro ordinario de los vagabundos. Jesús ejercia mucha

influencia sobre aquellos infelices[693]. Á propósito de esas curas se

referian mil singulares historias, en las que se daba rienda suelta

á la credulidad de la época. Pero tampoco en esto se deben exagerar

las dificultades. Los desórdenes que entónces se explicaban por la

posesion de los diablos, eran frecuentemente insignificantes. En Siria

se miran todavía, en pleno siglo décimo nono, como locos ó poseidos

del demonio (estas dos ideas se confunden en una, _medjnum_)[694] á

los que sólo adolecen de alguna extravagancia. En semejante caso, una

palabra dulce y cariñosa basta á veces para lanzar al demonio:--es más

que probable que Jesús no emplease otros medios. ¿No cabe tambien en lo

posible que su fama de exorcista se extendiera sin que él tuviese casi

conocimiento de ello? Las personas que residen en Oriente se quedan á

veces sorprendidas de encontrarse, al cabo de algun tiempo, con una

gran reputacion de médico, de hechicero ó de zahorí; reputacion que el

vulgo les cuelga sin que ellas puedan darse cuenta de los hechos que

hayan podido motivar esas extravagantes suposiciones.

Hay, además, muchas circunstancias que indican que Jesús no

fué taumaturgo sino tarde y á su pesar. Á menudo no ejecuta sus

milagros sino á fuerza de súplicas, y los hace con una especie de

mal humor, y echando en cara á los que se los piden la rudeza de su

entendimiento[695]. Una rareza, en apariencia inexplicable, pero fácil

de comprender, es el cuidado que pone en hacer sus milagros de un modo

oculto, y sus recomendaciones á las personas curadas de que no digan

nada á nadie[696]. Cuando los demonios quieren proclamarle hijo de

Dios, les prohibe que despeguen los labios; si le reconocen, es á pesar

suyo[697]. Estos rasgos son muy característicos en Márcos, que es el

evangelista por excelencia de los milagros y de los exorcismos. No

parece sino que el discípulo que suministró las noticias fundamentales

del segundo evangelio importunaba á Jesús con su admiracion por

los prodigios, y que, aburrido el maestro de una reputacion que le

disgustaba, le recomendaba frecuentemente no hablar de ello. Esa

discordancia produce en una ocasion un destello singular[698], un

acceso de impaciencia que prueba el enojo que causaban á Jesús aquellas

contínuas é importunas peticiones de los espíritus débiles. Diríase

que su papel de taumaturgo le es algunas veces insoportable, y que

trata de dar la menor publicidad posible á las maravillas que en cierto

modo brotan bajo la huella de sus piés. Cuando sus enemigos le piden

un milagro, y en particular un prodigio celeste, un meteoro, rehusa

categórica y obstinadamente[699]. Permitido es, pues, creer que le

impusieron su reputacion de taumaturgo, que si no la rechazó, tampoco

hizo nada por consolidarla, y que de cualquier manera comprendia cuán

infundada y vana era la opinion respecto á esto.

Dejarnos llevar demasiado de nuestras repugnancias, y por sustraernos

á las objeciones que puedan hacérsenos contra el carácter de Jesús,

prescindir de hechos que á los ojos de sus contemporáneos figuraron

en primera fila[700], sería faltar al buen método histórico. Decir

que ellos son adiciones de discípulos muy inferiores al maestro; que,

no pudiendo comprender su verdadera grandeza, trataron de realzarle

con prodigios indignos de él, sería sumamente cómodo. Pero es el caso

que los cuatro narradores de la vida de Jesús se hallan unánimes en

ensalzar sus milagros; uno de ellos, Márcos, intérprete del apóstol

Pedro[701], insiste de tal manera sobre este punto, que si para trazar

el carácter del Cristo no se tuviera presente más que su evangelio,

habria que representarle como un exorcista posesor de encantos y de

filtros de rara eficacia; como un poderoso y temible hechicero que

infunde temor, y del cual desea uno desembarazarse[702]. Nosotros

admitimos, pues, sin vacilar que en la vida de Jesús hubo muchos actos

que ahora se considerarian como otros tantos rasgos de ilusion ó de

locura. Pero ¿debe sacrificarse á esta faz ingrata la faz sublime

de semejante vida? ¡Guardémonos bien de ello! Un simple hechicero,

semejante á Simon el Mago, no habria realizado una revolucion moral

como la que realizó Jesús. Si el taumaturgo hubiera sobrepujado en

Jesús al moralista y al fundador religioso, no habria dejado en pos de

sí el cristianismo, sino una escuela de teurgia.

Por otra parte, el problema se presenta de la misma manera respecto

á todos los santos y fundadores religiosos. Hechos que hoy se

hallan patentizados de morbosos, tales como la epilepsia y las

visiones, fueron otras veces un principio de poder y de grandeza. La

medicina conoce el nombre de la enfermedad que formó la reputacion

de Mahoma[703]. Casi hasta nuestros dias, los hombres que más han

contribuido al bien de la humanidad (sin excluir al excelente Vicente

de Paul), han pasado, con razon ó sin ella, por taumaturgos. Si

se parte del principio de que todo personaje histórico á quien se

atribuyan hechos que en el siglo décimo nono pasan por insensatos ó

charlatanescos fué un loco, la crítica es imposible, porque se falsea

por su base. La escuela de Alejandría fué una noble escuela, y sin

embargo, se entregó á las prácticas de una teurgia extravagante.

Sócrates y Pascal no estuvieron tampoco exentos de alucinaciones. Los

hechos deben, pues, explicarse por causas que les sean proporcionadas.

Las debilidades del espíritu humano no engendran sino debilidad; en la

naturaleza del hombre, las grandes cosas tienen siempre grandes causas,

por más que á menudo se produzcan escoltadas de multitud de pequeñeces

que ofuscan su grandeza á los ojos de los espíritus superficiales.

Puede decirse con verdad que, generalmente hablando, Jesús no fué

taumaturgo y exorcista sino á pesar suyo. El milagro es á menudo obra

del público más bien que de aquel á quien se atribuye. Aunque Jesús se

hubiese obstinado constantemente en no hacer prodigios, la muchedumbre

los habria creado para reputárselos:--el milagro mayor de todos habria

sido el que no hubiese hecho ninguno; eso habria sido la completa

derogacion de las leyes de la historia y de la sicología popular. Los

milagros de Jesús fueron una violencia de su siglo, una concesion que

le arrancó la necesidad pasajera. Por eso el exorcista y el taumaturgo

se han desvanecido, miéntras que el fundador religioso vive y vivirá

eternamente.

Hasta aquellos que no creian en Jesús se hallaban impresionados por

la fama de sus hechos, y trataban de presenciarlos[704]. Los gentiles

y las personas poco iniciadas experimentaban un sentimiento de temor

y hacian lo posible por alejarle de su territorio[705]. Tal vez

algunos pensaban en abusar de su nombre á fin de provocar movimientos

sediciosos[706]. Pero la direccion completamente moral y nada política

del carácter de Jesús, le salvó de aquellas seducciones. Su verdadero

reino consistia en el círculo de niños que una frescura de imaginacion

semejante á la suya y un mismo sentimiento del cielo agrupaban y

retenian á su alrededor.

Vida de Jesús · 第 36 / 114 题