PRIMERAS TENTATIVAS SOBRE JERUSALEN

Jesús, casi todos los años iba á Jerusalen á la fiesta de la Pascua.

Los pormenores de cada uno de aquellos viajes son poco conocidos,

porque los sinópticos no hablan de ellos[530], y las notas del cuarto

evangelio son muy oscuras respecto á este particular[531]. Lo cierto

es, segun parece, que el año 35, y seguramente despues de la muerte

de Juan, fué cuando tuvo lugar la más importante de las residencias

de Jesús en la capital. Muchos discípulos le siguieron. Aunque

entónces Jesús daba poca importancia á la peregrinacion, se sometió á

ella por no lastimar la opinion judía, con la que no habia roto aún

abiertamente. Por otra parte, esos viajes entraban en sus proyectos;

porque comprendia ya que para representar un papel de primer órden era

preciso salir de Galilea y atacar el judaismo en su plaza fuerte, que

era Jerusalen.

La pequeña comunidad de Galilea estaba bastante fuera de su centro en

la capital. Jerusalen, poco más ó ménos, era entónces lo mismo que es

hoy dia, una ciudad de pedantismo, de acrimonia, de disputas, de odios

y de nimiedades de ingenio. El fanatismo era allí extremado, y muy

frecuentes las sediciones religiosas. Los fariseos imperaban en ella;

el estudio de la Ley, llevado á las más insignificantes pequeñeces y

reducido á cuestiones de casuística, era la única enseñanza. Aquella

cultura exclusivamente teológica y canónica no contribuia en nada á

ilustrar los entendimientos. Tenía algo de semejante á la estéril

doctrina del faquir musulman, á esa ciencia fútil que se agita al

rededor de una mezquita, disipacion considerable de tiempo y de

dialéctica del todo vana, sin que la buena disciplina del entendimiento

se aproveche de ella. La educacion teológica del clero moderno, aunque

árida, no puede dar idea alguna de aquélla; porque el Renacimiento ha

introducido en todas nuestras enseñanzas, áun en las más rebeldes,

una parte de bellas letras y de buen método, que ha hecho que la

escolástica tome más ó ménos una tintura de humanidades. La ciencia

del doctor judío, del _sofer_ ó escriba, era puramente bárbara,

absurda sin compensacion, desprovista de todo elemento moral[532].

Para colmo de desgracia, llenaba de un ridículo orgullo á todo el que

se empeñaba en abrazarla. Orgulloso del pretendido saber que tanto

trabajo le costára, el escriba judío sentia por la cultura griega el

mismo desprecio que el sabio musulman de nuestros dias experimenta por

la civilizacion europea, y que el antiguo teólogo católico tenía por el

saber de las gentes del mundo. Es propio de esas culturas escolásticas

el alejar el espíritu de todo lo delicado, el no apreciar sino las

difíciles nimiedades en cuya adquisicion se ha gastado la existencia,

considerándolas como la obligacion de las personas que hicieron

profesion de gravedad.

Aquel mundo odioso no podia ménos de oprimir gravemente las almas

sensibles y delicadas del Norte. El desprecio de los Hierosolimitanos

hácia los Galileos hacia la separacion aún más inaccesible. En aquel

magnífico templo, objeto de todos sus deseos, no encontraban sino

afrenta. Un versículo del salmo de los peregrinos[533]: «He preferido

quedarme á la puerta de la casa de mi Dios» parece hecho exprofesamente

para ellos. Un sacerdote desdeñoso sonreia de su inocente devocion,

casi como en otro tiempo en Italia el clero, familiarizado con los

santuarios, presenciaba indiferente y burlon quizás, el fervor

del peregrino que de léjos habia venido. Los Galileos hablaban un

dialecto bastante corrompido: su pronunciacion viciosa, confundiendo

las diversas aspiraciones, hacia que resaltasen _quid pro quos_ que

excitaban no poco la hilaridad[534].

En religion se los tenía por ignorantes y poco ortodoxos: la frase

«simple Galileo» se habia hecho proverbial. Se creia (y no sin razon)

que la sangre judáica estaba entre ellos muy mezclada, y se tenía por

axioma que la Galilea no podia producir un profeta[535]. Llevados así

al último extremo del judaismo, y casi fuera de él, los pobres Galileos

no contaban con otra cosa para reanimar sus esperanzas, sino con un

pasaje de Isaías bastante mal interpretado[536]:

«¡Tierra de Zabulon y tierra de Nefthalí, camino del mar, Galilea de

los gentiles! El pueblo que marchaba en la oscuridad ha visto una gran

luz; el sol se ha levantado para los que se hallaban sumidos en las

tinieblas.»

La reputacion que gozaba la ciudad natalicia de Jesús era

particularmente detestable. Hubo un proverbio popular que decia:

«¿Acaso de Nazareth puede salir cosa buena?»[537].

La completa aridez de la naturaleza en los alrededores de Jerusalen

debia acabar de disgustar á Jesús. Sus valles no tienen agua; el suelo

es árido y pedregoso. Cuando se clava la vista en la depresion del mar

Muerto se experimenta algo de embriagador: fuera de ese lugar, todo es

monótono. Sólo la colina de Mizpa, con sus recuerdos de la más antigua

historia de Israel, atrae las miradas. La ciudad presentaba en tiempo

de Jesús casi el mismo aspecto que hoy dia. No poseia ni el más pequeño

monumento antiguo, porque hasta los Asmoneos, los judíos permanecieron

extraños á todas las artes: Juan Hircano comenzó á embellecerla, y

Heródes el Grande hizo de ella una de las más suntuosas ciudades de

Oriente. Las construcciones herodianas rivalizaban con las mejores de

la antigüedad por su carácter grandioso, lo perfecto de la ejecucion

y la belleza de los materiales. Un crecido número de sepulcros, de un

gusto original, se elevaba hácia el mismo tiempo en los alrededores

de Jerusalen[538]. El estilo de aquellos monumentos era el griego,

pero amoldado al uso de los judíos y notablemente modificado segun

sus principios. Los ornamentos de escultura viva, que los Heródes se

permitieron, con gran disgusto de los rigoristas, fueron desterrados,

reemplazándolos por una decoracion vegetal. El gusto de los antiguos

moradores de la Fenicia y de la Palestina por los monumentos monolitos

tallados en piedra viva parecia renacer en aquellos singulares

sepulcros abiertos en las rocas y en los que los órdenes griegos

están caprichosamente aplicados á una arquitectura de trogloditas.

Jesús, que consideraba las obras de arte como una pompa fútil de la

vanidad, vió todos aquellos monumentos con disgusto[539]. Su absurdo

espiritualismo y su opinion inmutable de que la figura del viejo mundo

debia desaparecer, le quitaron el gusto para todo lo que no tocaba al

corazon.

El templo, en la época de Jesús, era todo nuevo, y sus obras exteriores

aún no se habian concluido. Heródes habia hecho que su reconstruccion

empezase el año 20 ó 21 ántes de la era cristiana, para ponerle al

nivel de sus otros edificios. La nave del templo se acabó en diez

y ocho meses, y los pórticos en ocho años[540]; pero las partes

accesorias continuaron poco á poco, no terminándose sino poco tiempo

ántes de la toma de Jerusalen[541]. Jesús vió trabajar probablemente

en él, no sin cierto disgusto interior. Aquellas esperanzas de un

porvenir durable eran una especie de insulto á su próximo advenimiento.

Más perspicaz que los incrédulos y fanáticos, comprendia que aquellas

magníficas construcciones estaban llamadas á gozar una corta

duracion[542].

Por lo demás, el templo formaba un conjunto maravillosamente

conmovedor, y cuyo _haram_ actual[543], á pesar de su belleza, puede

apénas dar una idea. Las galerías y pórticos que le cercaban servian

ordinariamente de punto de reunion á una muchedumbre considerable, y

aquel vasto sitio era á la vez el templo, el foro, el tribunal y la

universidad. Todas las discusiones religiosas de las escuelas judías,

todas las enseñanzas canónicas, hasta las mismas causas civiles

y criminales, en una palabra, toda la actividad de la nacion se

concentraba allí[544]. Aquél era un choque contínuo de argumentos, un

palenque de disputas, oyéndose por todas partes sofismas y cuestiones

sutiles. El templo tenía, pues, mucha semejanza con una mezquita

musulmana. Llenos de miramiento en aquella época hácia las religiones

extranjeras, cuando éstas permanecian en su propio territorio[545], los

romanos se prohibian la entrada en el santuario; inscripciones griegas

y latinas marcaban el punto hasta dónde era permitido llegar á los

no judíos[546]. Pero la torre Antonia, cuartel general de la fuerza

romana, dominaba todo el recinto, permitiendo observar lo que pasaba

allí[547].

El cuidado material del templo estaba á cargo de los judíos; un capitan

del templo tenía su mayordomía, haciendo abrir y cerrar las puertas é

impidiendo que se atravesara su circuito llevando baston en la mano,

con el calzado sucio ó con paquetes, ó pasar por él para acortar el

camino[548]. Se vigilaba sobre todo escrupulosamente para que nadie

entrase en los pórticos interiores en estado de impureza legal. Las

mujeres tenian una tribuna completamente separada.

Allí fué donde Jesús pasaba sus dias durante el tiempo que permanecia

en Jerusalen. La época de las fiestas hacia concurrir á aquella

ciudad un inmenso gentío. Reunidos en una misma habitacion diez ó

veinte personas, los peregrinos lo invadian todo, viviendo en ese

hacinamiento desordenado, que tanto agrada en Oriente[549]. Jesús se

confundia entre la muchedumbre, y sus pobres galileos agrupados en su

derredor hacian poco efecto. Presentia, sin duda, que aquél era un

mundo hostil para él, que no lo acogeria sino con desprecio. Todo lo

que veia le disgustaba. El templo, como en general todos los parajes

de devocion demasiado frecuentados, ofrecia un aspecto poco edificante.

El servicio del culto llevaba consigo un número de detalles, sobre todo

operaciones mercantiles, á consecuencia de las cuales se establecieron

verdaderas tiendas en el sagrado circuito. Allí se vendian reses para

los sacrificios, y se encontraban mesas para facilitar el cambio de la

moneda: á veces se hubiera tomado aquello por un bazar. Los ínfimos

empleados del templo llenaban sin duda su mision con la vulgaridad

irreligiosa de los sacristanes de todas las edades. Aquel aire profano

é indiferente en el manejo de las cosas santas heria el sentimiento

religioso de Jesús, llevado, á veces, hasta el escrúpulo[550]. Decia

que de la casa del Señor habian hecho una cueva de ladrones. Un dia,

cuentan que se dejó llevar de la cólera, y que dió de latigazos á

aquellos mercaderes innobles, tirando por tierra sus mesas[551]. En

general, gustaba poco del templo: el culto que concibió por su Padre,

nada tenía que ver con las sangrientas escenas de los sacrificios.

Todas aquellas rancias instituciones judías le disgustaban, y sufria

al verse obligado á consentirlas. Así pues, el templo y su local

no inspiraron sentimientos piadosos, en el seno del cristianismo,

sino á los cristianos judaizantes. Los verdaderos hombres nuevos

sintieron aversion por aquel antiguo lugar sagrado. Constantino y los

primeros emperadores cristianos dejaron subsistir donde estaban las

construcciones paganas de Adriano[552]. Sólo fueron los enemigos del

cristianismo, como Juliano, los que pensaron en aquel paraje[553].

Cuando Omar entró en Jerusalen, el lugar del templo fué profanado de

intento en ódio á los judíos[554].

El Islam, es decir, una especie de resurreccion del judaismo, en toda

su forma exclusivamente semítica, fué el que le devolvió sus honores.

Aquel lugar fué siempre anti-cristiano.

El orgullo de los judíos acababa de descontentar á Jesús y de hacerle

penosa la permanencia en Jerusalen. Á medida que las grandes ideas

de Israel se fortalecian, el sacerdocio se humillaba. La institucion

de las sinagogas dió al intérprete de la Ley, al doctor, una grande

superioridad sobre el sacerdote. No existian sacerdotes sino en

Jerusalen, y áun allí mismo, limitados á las funciones simplemente

rituales, casi como nuestros sacerdotes de parroquia, excluidos de

la predicacion, estaban pospuestos al orador de la sinagoga, al

casuista, al _sofer_ ó escriba, por más lego que fuese este último.

Los hombres célebres del Talmud no son sacerdotes; son sabios segun

las ideas del tiempo. El alto sacerdocio de Jerusalen gozaba, en

verdad, de un rango muy elevado en la nacion, pero no estaba en manera

alguna á la cabeza del movimiento religioso. El sumo pontífice, cuya

autoridad habia sido ya deshonrada por Heródes[555], se convertia cada

vez más en un funcionario romano[556], que se mudaba frecuentemente

para que muchos se aprovechasen del empleo. En contraposicion de los

fariseos, celosos seglares muy exaltados, casi todos los sacerdotes

eran saduceos, es decir, miembros de aquella aristocracia incrédula que

se formó al rededor del templo, viviendo del altar y teniendo en él su

vanidad[557]. La casta sacerdotal se habia separado hasta tal punto

del sentimiento nacional y de la gran direccion religiosa que conducia

al pueblo, que el nombre de «saduceo» (_sadoki_), que designaba de

antemano solamente á un miembro de la familia sacerdotal de Sadok, vino

á ser sinónimo de «materialista» y de «epicúreo».

Pero aún vino un elemento peor, despues del reinado de Heródes el

Grande, á corromper el alto sacerdocio. Habiéndose Heródes enamorado

de Mariana, hija de un tal Simon, hijo éste de Boethus de Alejandría,

y habiendo querido casarse con ella (hácia el año 28 ántes de J.

C.), no encontró otro medio para ennoblecer al padre de su futura y

elevarle hasta él, que hacerle gran sacerdote. Aquella intrigante

familia permaneció dueña del soberano pontificado durante treinta y

cinco años, casi sin interrupcion[558]. Estrechamente ligada á la

familia reinante, no se separó de él sino despues que fué depuesto

Arquelao, volviéndose á apoderar del pontificado (el año 42 de nuestra

era) despues que Heródes Agrippa rehizo por algun tiempo la obra de

Heródes el Grande. Bajo el nombre de _Boethusim_[559], se formó así

una nueva nobleza sacerdotal, muy mundana, muy poco devota, que casi

se confundió con los Sadokitas. Los _Boethusim_, en el Talmud y en los

escritos rabínicos, están presentados como dos especies de incrédulos,

y siempre cerca de los saduceos[560]. De todo esto resultó al rededor

del templo una especie de córte de Roma, viviendo de la política, poco

dada á los excesos de celo, áun esquivándolos, no queriendo oir hablar

de personajes santos, de innovadores, porque se aprovechaba de la

rutina establecida. Estos sacerdotes epicúreos no tenian la violencia

de los fariseos; sólo querian el reposo: su frivolidad moral y su fria

irreligion hacian sublevarse á Jesús; y aunque diferentes en sí, le

eran de igual modo antipáticos. Pero extranjero y sin crédito, debia

guardar para sí, durante bastante tiempo, su disgusto y no comunicar

sus sentimientos sino á la sociedad íntima que le acompañaba. Ántes de

la última residencia, más larga con mucho que todas las que permaneció

en Jerusalen, y que terminó por su muerte, Jesús ensayó, no obstante,

hacerse escuchar. Predicó; se habló de él; se ocuparon de ciertos

actos que consideraban como milagrosos. Pero de todo esto no resultó

ni el establecimiento de una iglesia en Jerusalen, ni un número de

discípulos hierosolimitanos. El elocuente doctor que perdonaba á todos

con tal que le amasen, no debia encontrar eco en un santuario de

disputas vanas y de sacrificios arraigados. Sólo consiguió con esto

algunas buenas relaciones, de las que más tarde recogió el fruto. No

es de suponer que entónces trabase conocimiento con la familia de

Bethania que le prodigó, en medio de las pruebas de sus últimos meses,

tantos consuelos. Pero desde el principio llamó la atencion de un

tal Nicodemo, rico fariseo, miembro del sanedrin, y muy considerado

en Jerusalen[561]. Ese hombre, que parecia honrado y de buena fe, se

sintió arrastrado hácia el jóven galileo. No queriendo comprometerse,

fué á verle de noche y tuvo con él una larga conferencia[562]. De ella

guardó, sin duda, una favorable impresion, porque más tarde defendió á

Jesús contra las prevenciones de sus cofrades[563], y, á la muerte de

Jesús, volvemos á hallarle prodigando piadosos cuidados al cadáver del

maestro[564]. Nicodemo no se hizo cristiano; creyó que su posicion se

lo impedia en un momento revolucionario, en que la religion no contaba

aún prosélitos ilustres. Pero evidentemente prodigó gran amistad á

Jesús dispensándole servicios, aunque sin poder arrancarle á una muerte

cuyo decreto, á la época en que llegamos, estaba como escrito.

En cuanto á los doctores célebres de su tiempo, no parece que Jesús

tuviera relaciones con ellos. Hillel y Schammai habian muerto: la mayor

autoridad de la época era Gamaliel, nieto de Hillel, inteligencia clara

y hombre de mundo, dedicado á los estudios profanos, y acostumbrado

á la tolerancia por su comercio con la alta sociedad[565]. Al reves

de los fariseos, muy severos, que caminaban envueltos en un velo ó

con los ojos cerrados, él miraba á las mujeres, sin exceptuar á las

paganas[566]. La tradicion le excusó, así como haber sabido el griego,

porque le acercaba á la córte. Despues de la muerte de Jesús manifestó

sobre la nueva secta miras muy templadas[567]. San Pablo salió de su

escuela[568]. Pero es muy probable que Jesús jamás entró en ella.

Un pensamiento al ménos que Jesús sacó de Jerusalen, y que desde

entónces parecia arraigarse en él, fué que no habia pacto posible

con el antiguo culto judío; la abolicion de los sacrificios, que

le causaron tanto disgusto; la supresion de un sacerdocio impío y

altanero, y hasta cierto punto la abrogacion de la ley, le parecieron

de absoluta necesidad.

Á partir de ese momento, se coloca, no como reformador judío, sino como

destructor del judaismo. Algunos partidarios de las ideas mesiánicas

habian admitido ya que el Mesías sería el portador de una nueva Ley,

comun á toda la tierra[569]. Los Esenios, que apénas eran judíos,

parecian ser tambien indiferentes al templo y á las observancias

mosáicas. Pero sólo eran atrevimientos aislados y no consentidos. Jesús

fué el primero que se atrevió á decir que á partir de él, ó mejor á

partir de Juan[570], la Ley no existia ya. Si alguna vez empleaba

términos más discretos[571], era por no chocar abiertamente con las

preocupaciones admitidas. Cuando le ponian en el disparador, descorria

todos los velos y declaraba que la Ley no tenía ninguna fuerza. Á

propósito de esto, se valia de enérgicas comparaciones: «Nadie á un

vestido viejo echa un remiendo de paño nuevo; tampoco echa nadie vino

nuevo en cueros viejos»[572].

Hé ahí en la práctica, su acto de maestro y de creador. Aquel templo

excluyó de su seno los no judíos por medio de carteles afrentosos.

Jesús rechaza el templo. Aquella Ley estrecha, dura, sin caridad,

no se hizo sino para los hijos de Abraham. Jesús pretende que todo

hombre de buena voluntad, todo hombre que le acoja y le ame es hijo de

Abraham[573]. El orgullo de la sangre le parecia el enemigo capital

que debia combatir. Jesús, en otros términos, no es ya un judío. Es

revolucionario al más alto grado; llama á todos los hombres á un

culto fundado sobre su sola cualidad de hijos de Dios. Proclama los

derechos del hombre, no los derechos del judío; la religion del hombre,

no la religion del judío; la salvacion del hombre, no la salvacion

del judío[574]. ¡Ah, cuán léjos estamos de un Júdas Gaulonita, de un

Matías Margaloth, predicando la revolucion en nombre de la Ley! La

religion de la humanidad, establecida, no sobre la sangre, sino sobre

el corazon, queda fundada. Se ha ido más allá que Moisés; el templo no

tiene ya razon de ser, y es irrevocablemente condenado.

Vida de Jesús · 第 31 / 114 题