Tal era el grupo que rodeaba á Jesús en las márgenes del lago de
Tiberiade. La aristocracia estaba representada por un aduanero ó
cobrador y por la mujer de un intendente;--el resto se componia de
pescadores y de gentes sencillas. Todos eran ignorantes en extremo,
débiles de espíritu y todos creian en los espectros y en las
apariciones[431]. En aquel primer cenáculo no habia penetrado ni un
solo elemento de cultura helénica, y áun la instruccion judáica era
en él bastante escasa; pero en cambio abundaban el sentimiento y la
buena voluntad. El hermoso clima de Galilea convertia la existencia
de aquellos honrados pescadores en delicioso y perpétuo encanto.
Sencillos, buenos, dichosos, blandamente mecidos por las cristalinas
olas de un mar en miniatura, ó bien arrullados por su oleaje miéntras
dormian sobre el césped de sus risueños bordes, aquellas familias
de pescadores preludiaban á no dudarlo el reino de Dios. Difícil es
figurarse la embriaguez de una vida que de ese modo se desliza á la
faz del cielo, el robusto y dulce entusiasmo que infunde en el alma el
contínuo contacto con la naturaleza, y los sueños de aquellas noches
pasadas bajo la inmensidad de la azulada bóveda al trémulo fulgor
de las estrellas. En una noche semejante fué cuando Jacob, apoyada
la cabeza sobre una piedra, leyó en los astros la promesa de una
posteridad innumerable y vió la escala misteriosa por la cual iban y
venian los _Elohim_ del cielo á la tierra. En la época de Jesús, el
cielo continuaba abierto y la tierra no se habia enfriado. Las nubes
se entreabrian aún sobre el hijo del hombre, y los ángeles subian y
bajaban, sirviéndole de mensajeros[432]; las visiones del reino de Dios
se hallaban en todas partes, puesto que el hombre las abrigaba en su
propio corazon. La mirada tranquila y dulce de aquellas almas sencillas
contemplaba al universo en su orígen ideal; quizás el mundo descubria
sus misterios á la conciencia divinamente lúcida de aquellos seres
dichosos, cuya pureza de corazon les mereció un dia ver á Dios.
Jesús vivia casi siempre al aire libre rodeado de sus discípulos.
Unas veces subia á una barca y desde allí predicaba á la muchedumbre
estacionada en la orilla del lago[433]; otras, tomaba asiento sobre las
montañas de la ribera, allí donde el aire es tan puro y tan luminoso
el horizonte. El grupo de fieles adeptos iba de este modo, alegre y
vagabundo, recogiendo en sus primeros gérmenes las inspiraciones del
maestro. Si por casualidad surgia alguna ingenua duda, alguna pregunta
inocentemente escéptica, una sonrisa ó una mirada de Jesús bastaban
para desvanecer la objecion. Á cada momento creian notar las señales
del reino de Dios; en el paso de una nube, en la germinacion de un
grano, en la madurez de una espiga, en la cosa más insignificante:
imaginábanse que se hallaban en vísperas de ver á Dios, de ser los
dueños del mundo, y las lágrimas se cambiaban en gozo. Aquello era el
advenimiento á la tierra del consuelo universal:
«Bienaventurados,--decia el maestro,--los pobres de espíritu, porque
de ellos es el reino de los cielos.
»Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
»Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
»Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque
ellos serán saciados.
»Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.
»Bienaventurados los que tienen puro su corazon, porque ellos verán á
Dios.
»Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de
Dios.
»Bienaventurados los que padecen persecucion por la justicia, porque
de ellos es el reino de los cielos»[434].
Su predicacion era dulce y suave, como las armonías de la naturaleza
y el perfume de los campos. Gustábanle las flores y servíanle de punto
de comparacion en sus más deliciosas lecciones. El mar, las montañas,
las aves del cielo, los bulliciosos é inocentes juegos de los niños,
todo entraba sucesivamente en las metáforas de su enseñanza. Su estilo
se separaba de la forma del período griego, y tenía mucha semejanza
con los giros de los parabolistas hebreos, y en particular con las
sentencias de los doctores judíos, contemporáneos suyos, tales como
las vemos en el _Pirké Aboth_. Sus disertaciones no formaban una
peroracion continuada y homogénea; eran sentencias cortas, parecidas á
las del Coran, las cuales compusieron despues, unidas entre sí, esos
largos discursos escritos por Matheo[435]. Ninguna transicion enlazaba
aquellas diferentes sentencias; sin embargo, una misma inspiracion
hace de ellas frecuentemente un todo compacto. Donde más sobresalia
el maestro era en la parábola:--en este género delicioso nada habia
en el judaismo que pudiera servirle de modelo[436]; por consiguiente,
él fué quien le inventó. Verdad es que en los libros búdicos se
encuentran parábolas cuyo tono y forma son exactamente iguales á los
de las evangélicas; pero no es admisible que una influencia búdica
llegase hasta Jesús. Estas analogías pueden explicarse por el espíritu
de mansedumbre y la profundidad del sentimiento que fueron comunes al
budismo y al cristianismo naciente.
La consecuencia inmediata de la vida apacible y sencilla que se hacia
en Galilea era una indiferencia completa por el vano aparato del lujo y
de la comodidad, tristes é imperiosas necesidades en nuestros países.
Los climas frios, obligando al hombre á una lucha contínua contra las
intemperies, hacen que se dé grande importancia al lujo y al bienestar
material. Por el contrario, las comarcas favorecidas del cielo, donde
apénas hay necesidades que satisfacer, son el país del idealismo y
de la poesía. Los accesorios de la vida son allí insignificantes en
comparacion del placer de vivir. Permaneciendo casi siempre en el
campo, en las calles, el ornato interior de las habitaciones se hace
superfluo. El alimento fuerte y regular de los climas ménos favorecidos
pareceria pesado y desagradable. Y en cuanto al lujo en el vestir,
¿cómo rivalizar con el que Dios presta á la tierra y á las aves del
cielo? En esos climas, hasta el trabajo parece inútil:--su producto no
vale la molestia que ocasiona. Los animales de los campos, que nada
hacen, están mejor vestidos que el hombre más opulento. Ese desprecio
de los goces materiales, desprecio que da mucha elevacion á las almas
cuando no tiene su orígen en la pereza, inspiraba á Jesús lindísimos
apólogos:
«No querais,--decia,--amontonar tesoros para vosotros en la tierra,
donde el orin y la polilla los consumen, y donde los ladrones los
desentierran y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el
cielo, donde no hay orin, ni polilla, ni ladrones. Donde está tu
tesoro, allí está tambien tu corazon. Ninguno puede servir á dos
señores, porque ó tendrá aversion al uno y amor al otro, ó si se
sujeta al primero, mirará con desden al segundo. No podeis servir
á Dios y á Mammon. En razon de esto os digo, no os acongojeis por
el cuidado de hallar que comer para sustentar vuestra vida, de
dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¡Qué! ¿no vale
más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad las
aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y
vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Pues no valeis vosotros mucho
más que ellas? Y ¿quién de vosotros á fuerza de discursos puede
añadir un codo á su estatura? Y acerca del vestido, ¿á qué propósito
inquietaros? Contemplad los lirios del campo; ellos no labran, ni
tampoco hilan. Sin embargo, yo os digo, Salomon en toda su gloria
no se vistió como uno de estos lirios. Pues si una yerba del campo,
que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto
más á vosotros, hombres de poca fe? Así que no vayais diciendo
acongojados: ¿Dónde hallarémos qué comer y beber? ¿Dónde hallarémos
con qué vestirnos? Como hacen los paganos, los cuales andan tras
todas estas cosas, que bien sabe vuestro Padre la necesidad que
de ellas teneis. Así pues, buscad primero el reino de Dios, y su
justicia[437]; y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No
andeis, pues, acongojados por el dia de mañana; que el dia de mañana
harto cuidado traerá por sí: bástale ya á cada dia su propio afan ó
tarea»[438].
Ese sentimiento, esencialmente galileo, tuvo sobre el destino de la
secta naciente una influencia decisiva. Confiando para la satisfaccion
de sus necesidades en el Padre celestial, el grupo feliz tenía por
regla de conducta considerar los cuidados de la vida como un mal que
sofoca en el hombre el gérmen de todo bien[439]. Cada dia pedian á
Dios el pan del dia siguiente[440]. ¿Á qué fin atesorar? ¿No iba á
venir el reino de Dios? «Vended lo que poseeis, y dad limosna,--decia
el maestro.--Haceos unas bolsas que no se echen á perder: un tesoro
en el cielo que jamás se agota, adonde no llegan los ladrones, ni roe
la polilla»[441]. ¿Qué cosa más insensata que acumular economías para
herederos que jamás se conocerán?[442]. Jesús se complacia en citar,
como ejemplo de la locura humana, el caso de un hombre que despues de
haber agrandado sus graneros y acumulado bienes terrenales para mucho
tiempo, murió ántes que pudiera disfrutarlos[443]. El bandolerismo, que
en aquella época se hallaba muy extendido en Galilea[444], contribuia
no poco á semejante manera de ver las cosas. El pobre, á quien ningunas
vejaciones ocasionaban aquellos latrocinios, debia considerarse como
favorecido de Dios, miéntras que el rico era el verdadero desheredado,
gracias á lo contingente é inseguro de aquello que poseia. En nuestras
sociedades, basadas sobre una idea rigurosísima de la propiedad, la
posicion del pobre es horrible; el infeliz no tiene bajo el sol ni
un palmo de tierra donde sentar la planta. Las flores, la sombra, el
banco de césped, hasta el aire que agita las ramas de los árboles, todo
pertenece al dueño de la tierra. En Oriente, esos dones de Dios no
pertenecen á nadie. El propietario no tiene sino un mínimo privilegio;
la naturaleza es el patrimonio de todos.
Bien mirado, el cristianismo naciente no hacia en esto sino seguir las
huellas de los Esenios ó Terapeutas y de las sectas judías fundadas
en el sistema de vida cenobítica. Todas aquellas sectas entrañaban un
elemento de comunismo que ni los fariseos ni los saduceos miraban de
buen ojo. El mesianismo, idea completamente política entre los judíos
ortodoxos, se consideraba en ellas bajo un punto de vista del todo
social. Aquellas pequeñas iglesias creian inaugurar sobre la tierra
el reino de Dios por medio de una existencia tranquila, arreglada
y contemplativa, que dejaba al individuo su parte de libertad. Las
utopias de vida venturosa, que se cimentaban en la fraternidad de los
hombres y el culto puro del verdadero Dios, preocupaban á las almas
elevadas y producian por doquiera ensayos atrevidos, sinceros, pero de
escaso porvenir.
Jesús, cuyas relaciones con los Esenios son muy difíciles de establecer
(porque en historia no siempre las semejanzas suponen hechos), era
en esto su verdadero hermano. La regla de la nueva sociedad fué
durante algun tiempo la comunidad de bienes[445]. La avaricia era el
pecado capital[446]; segun esto, menester es recordar que el pecado
de «avaricia», contra el cual se ha mostrado tan severa la moral
cristiana, consistia entónces en el simple apego á la propiedad. Para
ser discípulo de Jesús, la primera condicion era vender los bienes
y repartir su producto entre los pobres. Los que retrocedian ante
la idea de tal sacrificio no ingresaban en la comunidad[447]. Jesús
repetia frecuentemente que aquel que ha encontrado el reino de Dios
debe adquirirle con el precio de todo su caudal, y que áun así hace una
adquisicion ventajosa. «Es semejante el reino de los cielos,--decia,--á
un tesoro escondido en el campo, que si le halla un hombre vende todo
cuanto tiene y compra aquel campo. Es asimismo semejante á un mercader
que trata en perlas finas; y en viniéndole una de gran valor, va, y
vende cuanto tiene y la compra»[448]. Por desgracia, muy pronto habian
de experimentarse los inconvenientes de ese régimen. Necesitábase un
tesorero, y se eligió para este cargo á Júdas de Kerioth, á quien, con
razon ó sin ella, se le acusó de robar la caja comun[449]. Sea como
quiera, lo cierto es que el tal Júdas tuvo malísimo fin.
Más versado en las cosas del cielo que en las de la tierra, el maestro
enseñaba algunas veces una economía política áun más singular. En
una curiosa parábola se alaba á un mayordomo por haberse granjeado
amigos entre los pobres á expensas de su amo, á fin de que los pobres
le introdujesen á su vez en el reino de Dios. Debiendo, en efecto,
ser los pobres los dispensadores de aquel reino, sólo recibirán en
él á los que los hubieren dado limosna. Por consiguiente, un hombre
prudente que piense en el porvenir debe tratar de tenerlos propicios.
«Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran avarientos,--dice el
evangelista,--y se burlaban de él»[450]. ¿Comprendieron, por ventura,
la terrible parábola siguiente?
Hubo cierto hombre rico que se vestia de púrpura y de lino finísimo, y
tenía cada dia espléndidos banquetes; al mismo tiempo vivia un mendigo,
llamado Lázaro, el cual, cubierto de llagas, yacia á la puerta de
éste, deseando saciarse con las migajas que caian de la mesa del rico.
Y los perros venian y lamíanle las llagas. Sucedió, pues, que murió
el mendigo y fué llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió
tambien el rico y fué sepultado[451]. Y cuando estaba en los tormentos,
levantando los ojos, vió á lo léjos á Abraham y á Lázaro en su seno y
exclamó diciendo: «Padre Abraham, compadécete de mí y envíame á Lázaro,
para que mojando la punta de su dedo con agua me refresque la lengua,
pues me abraso en estas llamas.» Respondióle Abraham: «Hijo, acuérdate
que recibistes bienes durante tu vida, y Lázaro, al contrario, males:
así éste ahora es consolado, y tú atormentado»[452].
¿Qué cosa más justa? Á esta parábola se le dió despues el nombre de
parábola del «mal rico.» Pero fué un nombre de convencion: ella es
pura y sencillamente la parábola «del rico.» Está en el infierno sólo
porque es rico, porque no da sus bienes á los pobres, porque se regala
miéntras que hay á sus puertas otros que padecen hambre. Por último, en
un momento en que Jesús, ménos exagerado, no presenta la obligacion de
vender sus bienes y repartirlos á los pobres sino como un consejo de
perfeccionamiento, hace todavía esta declaracion terrible: «Porque más
fácil es á un camello el pasar por el ojo de una aguja, que á un rico
el entrar en el reino de Dios»[453].
En todo esto, un sentimiento de admirable profundidad animó á Jesús,
así como tambien al grupo de alegres pescadores que le acompañaban,
é hizo de él por toda una eternidad el verdadero creador de la paz
del alma, el consolador de la vida. Desprendiendo al hombre de lo que
él llamaba los «afanes de este mundo», Jesús llegó tal vez hasta el
exceso, y socavó las condiciones esenciales de la sociedad humana;
pero al mismo tiempo fundó ese elevado espiritualismo, que durante
muchos siglos llenó las almas de alegría en su peregrinacion por este
valle de lágrimas. Jesús comprendió con perfecta exactitud que la
inadvertencia de los hombres y su falta de filosofía y de moralidad
provienen frecuentemente de las distracciones á que se entregan, de
los cuidados que los asaltan, cuidados que la civilizacion multiplica
al infinito[454]. Bajo este supuesto, el Evangelio ha sido el remedio
supremo de las penalidades de la vida vulgar, un perpétuo _sursum
corda_, una poderosa distraccion de los míseros cuidados terrenales,
un dulce llamamiento semejante al que Jesús hacia al oido de Marta:
«Marta, Marta, tú te inquietas por muchas cosas, siendo así que una
sola es necesaria.» Gracias á Jesús, la existencia más oscura, más
precaria, más agobiada bajo el peso de tristes ó humillantes deberes,
ha podido refugiarse en un rincon del cielo. El recuerdo de la vida
libre de Galilea ha sido para nuestras afanosas civilizaciones como
el perfume de otro mundo, como el fresco «rocío que desciende sobre
el monte Hermon[455],» y ha impedido á lo árido y lo vulgar invadir
completamente el campo de Dios.