En aquel paraíso terrenal, que hasta entónces no habia probado apénas
los efectos de las grandes revoluciones de la historia, vivia una
poblacion en perfecta armonía con el país, esto es, activa, honrada,
alegre y afectuosa. El lago de Tiberiade es acaso el más abundante
en peces de cuantos existen en el mundo[374]; en aquella época habia
establecidas pesquerías muy productivas, particularmente en Bethsaide y
en Capharnahum, las cuales permitian á los naturales vivir con cierta
comodidad. Aquellas familias de pescadores formaban una sociedad
dulce y apacible, que se extendia por toda la comarca del lago que
hemos descrito, gracias á numerosos lazos de parentesco. Sus escasas
ocupaciones les dejaban tiempo y libertad suficientes para ejercitar su
imaginacion: en aquellas reuniones de hombres sencillos y bondadosos,
las ideas sobre el reino de Dios encontraron más crédito y mejor
acogida que en ninguna otra parte. Nada de cuanto en sentido griego y
mundano se llamaba civilizacion, habia penetrado hasta ellos. Aunque
la bondad de aquellas poblaciones se hallase muchas veces más bien en
la superficie que en el fondo, sus costumbres eran tranquilas, y no
carecian de finura ni de inteligencia. Puede uno figurárselas como
semejantes hasta cierto punto á los mejores pueblos del Líbano, pero
con la ventaja de producir grandes hombres, la cual no tienen éstos.
Jesús encontró allí su verdadera familia. Instalóse en medio de ellos,
como si Capharnahum fuera su «ciudad natal»[375], y en aquel reducido
círculo que le adoraba, olvidó á sus escépticos hermanos, á la ingrata
Nazareth y su burlona incredulidad.
Una familia de Capharnahum le ofreció, entre todas, un asilo agradable
y discípulos adictos. Componíanla dos hermanos, hijos de un tal Jonás,
que probablemente murió en la época en que Jesús fué á establecerse
á las márgenes del lago:--aquellos dos hermanos eran Simon, llamado
_Cephas_ ó _Pedro_, y Andrés. Nacidos ambos en Bethsaide[376], habian
ya trasladado su domicilio á Capharnahum cuando Jesús comenzó su
vida pública. Pedro estaba casado y tenía hijos; su suegra vivia
con él[377]. Jesús amaba á aquella familia y hacia de su morada su
residencia habitual[378]. Andrés parece haber sido discípulo de Juan
Bautista: quizás le conoció Jesús en las orillas del Jordan[379]. Los
dos hermanos continuaron siempre ejerciendo su oficio de pescadores
áun en la época en que se hallaban más unidos al maestro[380]. Jesús,
á quien no disgustaban los retruécanos, decia algunas veces que los
convertiria en pescadores de hombres[381]. Y efectivamente, no tuvo
discípulos más adictos ni más fieles que los dos hermanos.
Tambien la familia de Zabdia ó de Zebedeo, pescador acomodado y patron
de várias barcas[382], dispensó á Jesús afectuosa acogida. Zebedeo
tenía dos hijos; Santiago, que era el mayor, y Juan, cuyo papel debia
ser tan importante y decisivo en la historia del cristianismo naciente.
Ambos eran discípulos celosos. La mujer del Zebedeo, María Salomé,
tuvo tambien gran afeccion á Jesús, y le acompañó hasta la hora de su
muerte[383].
En general, las mujeres le acogian con solicitud. Jesús poseia
esas maneras reservadas que permiten una dulcísima union de ideas
entre ambos sexos. Sin duda entónces, como hoy, la separacion de
hombres y mujeres que ha impedido en los pueblos semíticos todo
perfeccionamiento delicado, era ménos rigurosa en las campiñas y en
las aldeas que en las grandes poblaciones. Tres ó cuatro galileas de
las más adictas acompañaban siempre al jóven maestro, disputándose el
placer de cuidarle y de escuchar su palabra[384]. Aquellas mujeres
llevaban á la nueva secta un elemento de entusiasmo y de maravilloso,
cuya importancia se deja ya comprender. Una de ellas, María de Magdala,
que tan célebre debia hacer en el mundo el nombre de su pobre villorio,
fué á lo que parece persona muy exaltada. Segun el lenguaje del
tiempo, habia estado poseida de siete demonios[385], ó lo que es lo
mismo, habia padecido enfermedades nerviosas, cuya causa era entónces
inexplicable. La belleza, la bondad y la dulzura de Jesús, calmaron
aquella imaginacion desarreglada. La Magdalena le permaneció fiel hasta
en el Gólgota, y al dia siguiente al de su muerte desempeñó un papel
de primer órden; porque, segun verémos despues, su testimonio fué la
base principal sobre la que se estableció la fe en la resurreccion.
Juana, mujer de Kuza, uno de los intendentes de Antipas, Susana y otras
mujeres, cuyos nombres permanecen en el olvido, seguian sus pasos,
prestándole incesantes servicios[386]. Algunas de entre ellas eran
ricas, y los recursos que proporcionaban al jóven profeta, le permitian
vivir sin ejercer el oficio que hasta entónces habia profesado[387].
Otros muchos discípulos le seguian y le aclamaban por maestro, como
por ejemplo, un tal Felipe de Bethsaide, Nathanael, hijo de Talmai ó
Ptolomeo, natural de Caná, el cual perteneció tal vez á la primera
época[388], y Matheo, que probablemente era el mismo que habria de
convertirse despues en Xenofonte del cristianismo naciente. Matheo
habia sido publicano, y como tal, manejaba sin duda el _kalam_ con
más facilidad que sus compañeros. Quizás pensaba desde entónces en
escribir sus _Logia_[389]; las cuales sirven de base á todo cuanto
sabemos respecto á la enseñanza de Jesús. Cítanse tambien entre los
discípulos á Tomás ó Didymo[390], el cual fué, segun parece, hombre de
corazon y de generosos arranques[391], si bien algo incrédulo, á Lebeo
ó Tadeo, á Simon el Zelador ó el Cananeo[392], discípulo tal vez de
Júdas el Gaulonita, y perteneciente á aquel partido de los _Kenaim_,
que ya entónces existia, y que tan importante papel debia muy pronto
desempeñar en los movimientos del pueblo judío, y por último, á Júdas,
hijo de Simon, natural de Kerioth, que fué el único desleal entre
aquel grupo de fieles adeptos, y cuya traicion debia granjearle tan
triste renombre. Ménos Júdas, todos eran galileos. La ciudad de Kerioth
se hallaba situada en la extremidad Sur de la tribu de Judá[393], á
cosa de una jornada más allá de Hebron.
Hemos dicho ántes que la familia de Jesús no le era, en general, muy
adicta[394]. Sin embargo, sus primos carnales, Santiago y Júdas, hijos
de María Cleophás, figuraban desde entónces entre sus discípulos, y
la misma María Cleophás se halló en el número de las personas que le
acompañaron y le siguieron al Calvario[395]. Su madre no aparece en
aquella época cerca de él: sólo despues de la muerte de Jesús fué
cuando María adquirió gran consideracion[396] y cuando los discípulos
trataron de atraerla hácia ellos[397]. Entónces fué tambien cuando,
bajo el título de «hermanos del Señor», formaron los miembros de la
familia del fundador un grupo influyente que por espacio de mucho
tiempo estuvo al frente de la Iglesia de Jerusalen, y que se refugió
despues en la Batanea, cuando la ciudad fué entrada á saco. Así como
las mujeres y las hijas de Mahoma, que ninguna importancia tuvieron en
vida del profeta, adquirieron despues de su muerte grande autoridad, de
igual manera el solo hecho de ser pariente de Jesús fué entónces una
recomendacion decisiva.
Entre aquella muchedumbre amiga, Jesús tenía indudablemente sus
preferencias, y hasta cierto punto, su círculo de elegidos. Los dos
hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, parecen haber formado parte de
los últimos. Ambos eran vehementes y apasionados en extremo. Á causa
de su impetuosidad y de su celo excesivo, Jesús les aplicaba con
mucho ingenio el sobrenombre de «hijos del trueno», significándoles
que harian uso de los rayos si los tuvieran á su disposicion[398].
Al parecer, Juan tenía con Jesús cierta familiaridad que los otros
no alcanzaron. Pero muy posible es que este discípulo, que escribió
despues sus recuerdos de una manera que deja conocer demasiado el
interes personal, exagerase el cariño que el maestro le profesaba[399].
De todos modos, se comprende por la lectura de los evangelios
sinópticos, que Simon Barjona ó Pedro, Santiago, hijo del Zebedeo, y
su hermano Juan, formaban una especie de comité ó círculo íntimo, al
cual se dirigia Jesús en ciertas ocasiones en que dudaba de la fe y
de la inteligencia de los demás[400]. Por otra parte, se ve que los
tres se hallaban asociados en sus pesquerías[401]. La afeccion que
Pedro inspiraba á Jesús era profunda: su carácter sincero, recto,
decidido, franco y leal, gustaba mucho al maestro, á quien hacian
sonreir á veces sus movimientos irreflexivos. Pedro, poco místico de
suyo, le comunicaba sus dudas y sus debilidades humanas[402] con una
ingenuidad y una honrada franqueza que recuerdan las de Joinville
respecto á San Luis. Jesús le reprendia amistosamente, probándole con
aquellas afectuosas reprensiones su aprecio y su confianza. En cuanto
á Juan, su juventud[403], la ternura exquisita de su corazon[404]
y lo vivo de su inteligencia[405] debian tener mucho atractivo. La
personalidad de aquel hombre extraordinario, que tan vigoroso giro
imprimió al cristianismo naciente, no se desarrolló sino en edad más
avanzada. Era ya viejo cuando escribió respecto á su maestro ese
evangelio rarísimo[406] que tan preciosas noticias contiene, pero en
el cual, á nuestro juicio, se halla falseado el carácter de Jesús con
harta frecuencia. La naturaleza de Juan era demasiado impetuosa y
profunda para que pudiera amoldarse al tono impersonal de los primeros
evangelistas. De ahí el que hiciese una biografía de Jesús como la que
Platon hizo de Sócrates. Acostumbrado á remover sus recuerdos con la
agitacion febril de un alma exaltada, trasformó á su maestro al querer
pintarle, y su relato (á ménos que no le hayan alterado manos extrañas)
permite á veces sospechar que en la composicion de tan singular escrito
no siempre sirvió de norma al cronista una completa buena fe.
En la secta naciente no habia ningun grado jerárquico propiamente
dicho: todos debian llamarse «hermanos», y Jesús prohibia de un modo
absoluto los títulos de superioridad, tales como _rabbí_, «maestro»,
«padre», en razon á que él era el único maestro, y Dios el único
padre. El mayor debia ser el más humilde y servir á los demás[407].
Sin embargo, Simon Barjona se distingue entre sus iguales por un grado
de particular importancia. Jesús habitaba en su domicilio, enseñaba en
su barca[408], y la casa de Simon era el centro de las predicaciones
evangélicas. El público le consideraba como el jefe del grupo, y á él
era á quien se dirigian los recaudadores del tributo en reclamacion
de los derechos que debia la comunidad[409]. Simon fué el primero
que reconoció á Jesús como al Mesías[410]. Preguntando Jesús á sus
discípulos en un momento de impopularidad: «¿Quereis tambien vosotros
retiraros?» Simon le respondió: «Señor, ¿á quién iriamos? tú tienes
palabras de vida eterna»[411]. En diferentes ocasiones Jesús le
confirió cierta supremacía[412] en su iglesia, y le dió el sobrenombre
siriaco de Kepha (piedra), como significándole que de él hacia la
piedra angular del edificio[413]. Tambien parece prometerle «las llaves
del reino de los cielos» y concederle el derecho de pronunciar sobre la
tierra decisiones que serían ratificadas en la eternidad[414].
La supremacía de Pedro excitó sin duda algunos celos entre sus
compañeros, celos que se aumentaban con la perspectiva de aquel reino
de Dios en que los discípulos habrian de sentarse en los tronos, á
derecha ó á izquierda del maestro, para juzgar á las doce tribus de
Israel[415]. Preguntábanse quién de entre ellos se hallaria entónces
más cerca del Hijo del hombre, siendo hasta cierto punto como su
primer ministro ó su asesor. Los dos hijos del Zebedeo aspiraban á
ese rango, y preocupados por tal pensamiento, recurrieron al influjo
de su madre Salomé, la cual llamó un dia aparte á Jesús y solicitó
de él que otorgase á sus hijos los dos puestos de honor[416]. Jesús
esquivó la demanda repitiendo su principio habitual de que el que se
exalta será humillado y que el reino de los cielos pertenecerá á los
pequeños. La noticia de semejante peticion ocasionó algunos rumores en
la comunidad y produjo gran descontento contra Juan y Santiago[417].
La misma rivalidad se trasluce en el evangelio de Juan;--el cronista
declara á cada paso que él fué el «discípulo querido», á quien el
maestro confió su madre al morir, y trata sistemáticamente de colocarse
al nivel de Simon Pedro (y con frecuencia ántes que él) á propósito
de circunstancias importantes en que los evangelistas más antiguos ni
siquiera citan su nombre[418].
Todos los personajes que acabamos de enumerar, ó al ménos aquellos
de cuya vida se sabe algo, habian principiado por ser pescadores.
Ninguno de ellos pertenecia á una clase elevada de la sociedad.
Únicamente Matheo, ó Leví, hijo de Alpheo[419], habia sido publicano.
Pero aquellos á quienes en Judea se designaba con ese nombre, no eran
los recaudadores generales, personas de rango elevado (y siempre
caballeros romanos) que á orillas del Tíber llamaban _publicani_[420];
sino agentes de esos arrendadores generales, empleados de baja
estofa, simples cobradores subalternos. En el gran camino de Acre á
Damasco, uno de los más antiguos del mundo, que atravesaba la Galilea
costeando el lago[421], habia considerable número de esa especie
de cobradores. Capharnahum, que quizás se hallaba situada sobre la
via, contaba tambien un numeroso personal[422]. Semejante profesion
no encontró nunca grandes simpatías en ningun país del mundo; pero
los judíos la miraban con particular ojeriza y tenian por criminales
á los que la ejercian. El impuesto, cosa nueva para ellos, era el
signo de su vasallaje; la escuela de Júdas el Gaulonita sostenia que
abonarle era cometer un acto de paganismo. Así es que todos los celosos
conservadores de la ley aborrecian de muerte á los aduaneros. Su nombre
iba siempre asociado al de los asesinos, ladrones y gentes de mala
vida[423]. Los judíos que tales funciones aceptaban eran excomulgados
y quedaban inhábiles para testar; considerábase su caja como maldita
de Dios, y los casuistas prohibian al público el que fuese á ella á
cambiar dinero[424]. Desterrados aquellos infelices del seno de la
sociedad, tenian que formar una sociedad aparte reuniéndose entre sí.
Jesús aceptó una comida que le ofreció Leví, en la cual habia, segun el
lenguaje de la época, «muchos aduaneros y pecadores»; el hecho produjo
gran escándalo[425]. La reputacion de aquellas casas era malísima, y
el que á ellas iba se arriesgaba á no encontrar muy buena compañía.
Pero frecuentemente verémos á Jesús cuidándose muy poco de las
preocupaciones que abrigaban las personas que se tenian por juiciosas,
tratando de ensalzar las clases humilladas por los ortodoxos, y
exponiéndose por ello á las amargas reconvenciones de los devotos.
Jesús debia aquellas numerosas conquistas al atractivo irresistible de
su persona y de su palabra. Una frase conmovedora, una mirada dirigida
al fondo de alguna sencilla conciencia, dispuesta á entreabrirse al
soplo de la verdad, le bastaban para captarse un ardiente discípulo.
Jesús se valia en ocasiones de un artificio inocente que tambien
empleó Juana de Arco:--aparentaba saber algun secreto íntimo respecto
á la persona que deseaba atraer hácia sí, ó bien le recordaba
alguna circunstancia querida, propia á conmover su corazon. Así fué
como enterneció y se atrajo á Nathanael[426], á Pedro[427], á la
Samaritana[428]. Disimulando la verdadera causa de su fuerza, esto es,
su gigantesca superioridad sobre los demás, y á fin de satisfacer las
ideas de la época, ideas que por otra parte eran tambien las suyas,
dejaba creer que una revelacion de lo alto le descubria los secretos
y le permitia leer en los corazones. Nadie dudaba que viviese en una
esfera superior á la de la humanidad. Decíase que en la cumbre de las
montañas conversaba con Moisés y con Elías[429], y se creia que en
sus momentos de soledad bajaban los ángeles á rendirle homenaje y á
establecer un comercio sobrenatural entre el cielo y él[430].