DESARROLLO DE LAS IDEAS DE JESÚS SOBRE EL REINO DE DIOS

Hasta el arresto de Juan, que aproximadamente le hacemos constar en el

verano del año 29, Jesús no se separó de las cercanías del mar Muerto

y del Jordan. La permanencia en el desierto de Judea era generalmente

considerada como el preparativo de grandes acontecimientos, como una

especie de «retiro» que precedia á los actos públicos. Jesús, á ejemplo

de los demás, se sometió á él, pasando cuarenta dias sin otra compañía

que la de las fieras y ayunando rigurosamente. La imaginacion de los

discípulos se ejercitó muchísimo respecto á aquel retiro.

El desierto, segun las creencias vulgares, era considerado como la

residencia de los diablos[306].

Pocos sitios existen en el mundo más desiertos, más abandonados de

Dios, más inaccesibles á la vida que la cascajosa falda que forma la

orilla occidental del mar Muerto. Así pues, créese, que durante el

tiempo que Jesús permaneció en aquel horroroso país sufrió terribles

pruebas; que Satanás le aterrorizó con su falsa apariencia ó que le

acarició con embriagadoras promesas, y que despues los ángeles, para

premiarle por su triunfo, habian venido en su ayuda[307].

Probablemente al abandonar el desierto fué cuando Jesús supo el arresto

de Juan Bautista.

No existian ya motivos para prolongar su permanencia en un país que

le era casi extraño. Quizás temia tambien verse envuelto en las

sospechas que se desplegaban acerca de Juan, y no queria exponerse en

un tiempo en que su muerte no hubiera podido servir de nada al progreso

de sus ideas, en vista de la poca celebridad que gozaba. Volvió á

Galilea[308], su verdadera patria, fortalecido por una importante

experiencia y habiendo adquirido con el contacto de un gran hombre, muy

diferente á él, el sentimiento de su propia originalidad.

En suma, la influencia de Juan más bien habia sido desagradable que

útil á Jesús. Fué un dique para su desarrollo: todo conduce á creer

que tenía, cuando descendió al Jordan, ideas superiores á las de Juan,

y que por una especie de concesion se inclinó por un momento hácia el

bautismo.

Quizás si el Bautista, á cuya autoridad le hubiera sido difícil

sustraerse, hubiese permanecido libre, no rechazara el yugo de los

ritos y de las prácticas exteriores, y entónces sin duda hubiera

permanecido un oscuro sectario judío, porque el mundo no hubiera

abandonado sus prácticas por otras nuevas.

El cristianismo sedujo las almas elevadas por el atractivo de una

religion exenta de toda forma exterior. Una vez preso el Bautista, su

escuela disminuyó bastante, y Jesús cedió á su propio movimiento. Lo

único que debió á Juan fué, en parte, algunas lecciones de predicacion

y de accion popular. En efecto, desde este momento predica con más

ardor, imponiéndose á la muchedumbre con autoridad[309].

Tambien parece que su permanencia al lado de Juan, no tanto por

la accion del Bautista como por la marcha natural de sus propios

pensamientos, corroboró mucho sus ideas sobre «el reino del cielo.»

Su palabra favorita desde entónces es la «buena nueva», el anuncio

que el reino de Dios está cercano[310]. Jesús no será solamente un

moralista ingenioso, aspirando á encerrar en algunos aforismos cortos

y conmovedores lecciones sublimes; es el revolucionario trascendental,

que ensaya regenerar el mundo por sus mismas bases y poner en práctica

sobre la tierra el ideal que ha concebido. «Esperar el reino de Dios»

será sinónimo de ser discípulo de Jesús[311]. Esta frase de «reino de

Dios» ó «reino del cielo», como ya lo hemos dicho, era familiar á los

judíos hacia mucho tiempo. Pero Jesús la dió un sentido moral, una

importancia social que el mismo autor del Libro de Daniel no se atrevió

á entrever en su entusiasmo apocalíptico.

En el mundo, tal como es, el mal impera. Satanás es «el rey de este

mundo»[312], y todo le obedece. Los reyes matan á los profetas. Los

sacerdotes y los doctores no ejecutan siempre lo que mandan hacer á los

otros. Los justos son perseguidos, y el único patrimonio de los buenos

es llorar. El «mundo» es así el enemigo de Dios y de sus santos[313];

pero Dios se despertará y vengará á los suyos. El dia se acerca, porque

la abominacion llega á su término. Al reino del bien le tocará su vez.

El advenimiento de ese reino del bien será una grande y súbita

revolucion. El mundo parecerá trasformado: siendo malo el estado

actual, para representarse el porvenir, basta sólo con idear, poco

más ó ménos, lo contrario de lo que existe. Los primeros serán los

últimos[314]. Un nuevo órden regirá á la humanidad. Al presente el

bien y el mal están mezclados como la miés y la cizaña en un campo. Su

dueño los deja crecer á la vez; pero la hora de la separacion violenta

llegará[315]. El reino de Dios será como una gran redada, que juntos

trae el pescado bueno y malo: el bueno se deposita en los cestos,

desembarazándose del resto[316].

El gérmen de esa gran revolucion será desde luégo desconocido. Será

como la simiente de la mostaza, la más pequeña de las simientes, pero

que una vez arrojada en tierra, se convierte en árbol, á la sombra

de cuyas hojas vienen los pájaros á descansar[317]; ó bien como la

levadura, que unida á la masa, hace que toda fermente[318]. Una serie

de parábolas, muchas veces oscuras, estaba destinada á manifestar la

sorpresa de ese súbito advenimiento, sus injusticias aparentes, su

carácter inevitable y definitivo[319].

¿Quién será el que establezca ese reino de Dios? Recordemos que la

primera idea de Jesús, idea tan profunda en él, que probablemente no

reconoció ningun orígen, fué que él era el hijo de Dios, el íntimo

de su padre, el ejecutor de su voluntad. La respuesta de Jesús á tal

cuestion no podia ser dudosa. La persuasion de que él haria reinar

á Dios se apoderó de su espíritu; se consideró como el reformador

universal de una manera absoluta. El cielo, la tierra, la naturaleza

en todas sus partes, la locura, la enfermedad y la muerte sólo son

instrumentos para él. En su heróico acceso de voluntad, se cree

todopoderoso. Si el mundo no se aviene á esta suprema transformacion,

el mundo será pulverizado, purificado por la llama y el aliento de

Dios. Se creará un nuevo cielo, y el mundo entero será poblado de

ángeles del Señor[320].

Una revolucion radical[321], abarcando hasta la misma naturaleza, tal

fué, pues, el pensamiento fundamental de Jesús. Desde entónces, sin

duda, habia renunciado á la política; el ejemplo de Júdas el Gaulonita

le habia demostrado la inutilidad de las sediciones populares. Jamás

pensó en sublevarse contra los romanos y los tetrarcas. El principio

anárquico y desenfrenado del Gaulonita no era el suyo. Su respeto á los

poderes establecidos, sarcástico en el fondo, era completo en la forma.

Pagaba el tributo al César por no llamar la atencion. La libertad y el

derecho no son de este mundo: ¿por qué, pues, turbar su vida por vanas

susceptibilidades?

Despreciando el mundo y convencido de que el presente no merece que

se tenga zozobra por él, se refugió en su reino ideal: fundó esa gran

doctrina del desprecio trascendente[322], verdadera doctrina de la

libertad de las almas, que es la sola que proporciona la paz. Pero aún

no habia dicho: «Mi reino no es de este mundo.» Numerosas tinieblas se

presentaban á sus más rectas miras. Algunas veces extrañas tentaciones

cruzaban por su mente. En el desierto de Judea, Satanás le habia

brindado con el reino de la tierra. No conociendo el poder del imperio

romano, podia, con el fondo de entusiasmo que existia en Judea y que

poco tiempo despues vino á convertirse en una terrible resistencia

militar; podia, deciamos, abrigar la esperanza de fundar un reino por

la audacia y el número de sus partidarios. Muchas veces, quizás, asaltó

su imaginacion la cuestion suprema: ¿El reino de Dios se realizará por

la fuerza ó por la dulzura, por la rebelion ó por la paciencia? Cuentan

que un dia las sencillas gentes de Galilea quisieron levantarle y

hacerle rey[323].

Jesús huyó á la montaña, donde permaneció algun tiempo solo. Su

privilegiada naturaleza le preservó del error que hubiera hecho de él

un perturbador ó un jefe de rebeldes, un Theudas ó un Barkokebas.

La revolucion que quiso hacer fué siempre una revolucion moral; pero

para ello, no era llegado el caso de emplear en su ejecucion los

ángeles y la trompeta final. Queria proceder sobre los hombres y por

los mismos hombres. Un visionario que no hubiera tenido otra idea

que la proximidad del juicio final, no se habria cuidado de mejorar

al hombre y no habria podido fundar la mejor enseñanza moral que la

humanidad ha recibido. Por su pensamiento cruzaba bastante de vago, y

un sentimiento noble, más bien que un designio determinado, le guiaba

en la obra sublime realizada á causa de él, aunque de otra manera bien

diferente á la que él se imaginaba.

Ciertamente que era el reino de Dios, quiero decir el reino del

espíritu, el que fundaba en efecto; y si Jesús, desde el seno de su

Padre, ve fructificar su obra en la historia, puede decir en verdad:

Hé ahí lo que yo he querido. Lo que Jesús fundó, lo que eternamente

quedará de él, salvo las imperfecciones que lleva consigo toda cosa

realizada por la humanidad, es la doctrina de la libertad de las almas.

Ya la Grecia habia tenido acerca de esto magníficos pensamientos[324].

Diferentes estóicos habian hallado el medio de ser libres bajo la

dominacion de un tirano. Pero, en general, el mundo antiguo se habia

figurado la libertad como sujeta á ciertas formas políticas: los más

libres se llamaban Harmodio y Aristógiton, Bruto y Casio. El verdadero

cristiano está más libre de toda traba: aquí abajo es un desterrado:

¿qué le importa el dueño pasajero de esta tierra, que no es su patria?

La libertad para él es la verdad[325]. Jesús no conocia bastante la

historia para comprender cuán á tiempo llegaba semejante doctrina,

en un momento en que la libertad republicana espiraba y en que las

pequeñas constituciones municipales de la antigüedad fallecian bajo

la unidad del imperio romano. Pero su admirable buen sentido y el

instinto verdaderamente profético que tenía de su mision, le guiaron

en esto con admirable seguridad. Por esta frase: «Dad al César lo

que es del César y á Dios lo que es de Dios», creó una cosa extraña

á la política, un refugio para las almas en medio del imperio de

la fuerza bruta. Seguramente que tal doctrina tenía sus peligros.

Establecer en principio que la señal para reconocer el poder legítimo

es mirar la moneda, proclamar que el hombre perfecto paga el impuesto

por desprecio y sin discutir, era destruir la república á la manera

antigua y favorecer todas las tiranías. El cristianismo, en este

sentido, ha contribuido no poco á debilitar el sentimiento de los

deberes del ciudadano y á exponer al mundo al poder absoluto de los

hechos consumados. Pero al constituir una numerosa asociacion libre,

que durante trescientos años supo vivir sin política, el cristianismo

compensó ámpliamente el perjuicio que ocasionara á las virtudes

cívicas. El poder del Estado quedó reducido á las cosas de la tierra;

libertó el espíritu, ó al ménos la terrible segur de la omnipotencia

romana quedó rota para siempre.

Sobre todo, el hombre que se halla preocupado con los deberes de la

vida pública, no dispensa á los otros que pongan de su parte algo

por cima de las querellas de partido. Condena sobremanera á los que

subordinan á las cuestiones sociales las políticas, y siente por éstas

una especie de indiferencia; y en un sentido tiene razon, porque toda

direccion exclusiva es perjudicial al buen gobierno de las cosas

humanas. Pero los partidos, ¿qué progreso han hecho experimentar á la

moralidad general de nuestra especie? Si Jesús, en lugar de fundar

su reino celeste, hubiera ido á Roma á conspirar contra Tiberio, ó á

echar de ménos á Germánico, ¿en qué hubiera venido á parar el mundo?

Republicano austero, patriota celoso, no hubiera detenido el gran curso

de los negocios de su siglo, miéntras que, declarando insignificante la

política, reveló al mundo esta verdad: que la patria no es el todo, y

que el hombre es anterior y superior al ciudadano.

Nuestros principios de la ciencia positiva se dan por agraviados de

la parte de ensueños que encerraba el programa de Jesús. Nosotros

conocemos la historia del globo; las revoluciones cósmicas como

la que esperaba Jesús no se producen sino por causas geológicas ó

astronómicas, de las que no se ha podido jamás probar el vínculo con

las cosas morales. Pero para ser justo con los grandes seres, no es

preciso examinar minuciosamente las preocupaciones de que han podido

participar. Colon descubrió la América partiendo de ideas sumamente

erróneas; Newton creia su loca explicacion del Apocalípsis tan cierta

como su sistema acerca del mundo. ¿Podrán colocar una mediana capacidad

por cima de un Francisco de Asís, de un San Bernardo, de una Juana

de Arco, de un Lutero, por hallarse exenta de los errores que éstos

profesaron? ¿Se querrá medir á los hombres por la rectitud de sus

ideas en física y por el conocimiento más ó ménos exacto que poseen del

verdadero sistema del mundo? Comprendamos mejor la posicion de Jesús

y lo que fué causa de su poder. El deismo del siglo diez y ocho y un

cierto protestantismo, nos han acostumbrado á considerar al fundador de

la fe cristiana como un gran moralista, un bienhechor de la humanidad.

No vemos en el evangelio sino buenas máximas, y corremos un prudente

velo sobre el extraño estado intelectual donde tuvo orígen. Tambien hay

personas que sienten que la revolucion francesa se separase más de una

vez de los principios y que no fuese realizada por hombres sabios y

prudentes. No impongamos nuestros pequeños programas de hombres comunes

y sensatos á esos extraordinarios movimientos tan elevados que están

muy por cima de nuestra talla. Continuemos admirando «la moral del

evangelio»; suprimamos en nuestras enseñanzas religiosas la quimera

que le dió el sér; pero no creamos que con las simples ideas de dicha

y de moralidad individual se conmueve el mundo. La idea de Jesús fué

más profunda; fué la idea más revolucionaria que jamás pudo concebir

cerebro humano; debe considerarse en general, y no con esas débiles

supresiones que justamente aminoran lo que la ha hecho eficaz para la

regeneracion de la humanidad.

En el fondo, lo ideal es siempre una utopia. Cuando pretendemos hoy dia

representar el Cristo de la nueva conciencia, el consolador, el juez de

los tiempos modernos, ¿qué es lo que hacemos? Lo mismo que hizo Jesús

hace mil ochocientos treinta años. Suponemos las condiciones del mundo

real muy diferentes de las que son; representamos un libertador moral

rompiendo sin armas las cadenas del esclavo, aliviando la condicion del

proletario, librando las naciones oprimidas. No olvidemos que esto es

suponer el mundo trocado, modificados los climas de la Virginia y el

Congo, cambiada la sangre y la raza de millones de hombres, nuestras

complicaciones sociales llevadas á una sencillez quimérica, las

estratificaciones políticas de la Europa separadas del órden natural.

La «reforma de todas las cosas»[326] que Jesús queria no era más

difícil. Ese mundo nuevo, ese cielo nuevo, esa Jerusalen nueva que baja

del cielo; este grito: «¡Hé aquí que renuevo todas las cosas!»[327]

son rasgos comunes á todos los reformadores. Siempre el contraste que

resulta de lo ideal con la triste realidad producirá en la humanidad

esas resistencias contra la fria razon que las inteligencias limitadas

tratan de locura, hasta el dia en que triunfan y en que los mismos que

las han combatido son los primeros en reconocer su poderosa razon de

ser.

No se tratará de negar que existió una contradiccion entre la creencia

de un próximo fin del mundo y la moral habitual de Jesús, concebida en

vista de un estado sólido de la humanidad, bastante análogo al que en

efecto existe[328]. Esa contradiccion fué justamente la que consolidó

la fortuna de su obra. El milenario sólo no hubiera hecho nada durable;

el moralista aislado no hubiera hecho nada robusto. El milenarismo dió

el impulso; la moral aseguró el porvenir. Así, pues, el cristianismo

reunió las dos condiciones de éxito completo en este mundo, un punto

de partida revolucionario y la posibilidad de existir. Todo lo que

se hace para lograr un éxito seguro debe corresponder á esas dos

necesidades; porque el mundo quiere á la vez variar y durar. Jesús, al

mismo tiempo que anunciaba un trastorno sin igual en las cosas humanas,

proclamaba los principios, sobre los cuales reposa la sociedad hace mil

ochocientos años.

Lo que en efecto distingue á Jesús de los agitadores, no sólo de su

tiempo, sino de los de todos los siglos, es su perfecto idealismo.

Jesús, hasta cierto punto, es un anarquista, porque no tiene idea

alguna del gobierno civil. Este gobierno le parece pura y sencillamente

un abuso. Habla de él en términos vagos y como una persona del pueblo

que no tiene ninguna nocion de la política. Todo magistrado le parece

un enemigo de los hombres de Dios; anuncia á sus discípulos que tendrán

altercados con los agentes de la fuerza pública, sin pensar ni por

asomo que por ello habria por qué abochornarse[329]. Pero nunca la

idea de sustituirse á los fuertes y ricos se apodera de él. Quiere

confundir la riqueza y el poder, pero no apoderarse de ellos. Predice á

sus discípulos persecuciones y suplicios[330]; pero ni una vez siquiera

deja entrever el pensamiento de una resistencia violenta. La idea de

ser todopoderoso por el sufrimiento, y de que se triunfa de la fuerza

por la pureza del corazon, es ciertamente una idea propia de Jesús.

Jesús no es un espiritualista, porque todo conduce en él á una palpable

realidad; no tiene ni la más ligera nocion de un alma separada del

cuerpo. Pero es un completo idealista; la materia sólo es para él la

señal de la idea, y lo real la expresion cierta de aquello que no se

ve.

¿Á quién dirigirse, con quién poder contar para fundar el reino de

Dios? El pensamiento de Jesús no vaciló en esto jamás. Lo que para

los hombres es elevado, es abominable á los ojos de Dios[331]. Los

fundadores del reino de Dios serán los cándidos. No los ricos, ni los

doctores, ni los sacerdotes; sí las mujeres, los hombres del pueblo,

los humildes, los niños[332]. La gran señal del Mesías es «la buena

nueva» anunciada á los pobres[333]. La naturaleza idílica y dulce de

Jesús se prestaba á ello maravillosamente. Su ensueño consistia en

una revolucion social en que los rangos serán invertidos, quedando

humillado cuanto en este mundo es oficial y grande. El mundo no

le creerá; el mundo le condenará á muerte. Pero sus discípulos no

pertenecerán al mundo[334]; ellos formarán un pequeño rebaño de

humildes y sencillos; rebaño que por su mansedumbre llegará á conseguir

el triunfo. El sentimiento que ha hecho del «mundano» la antítesis del

«cristiano» tiene en las ideas del maestro plena justificacion[335].

Vida de Jesús · 第 20 / 114 题