EN DONDE PRINCIPALMENTE SE TRATA DE LAS FUENTES DE ESTA HISTORIA

Una historia de los «Orígenes del cristianismo» deberá abarcar todo el

período oscuro, subterráneo, si se me permite la frase, que se extiende

desde los primeros pasos de esta religion hasta el momento en que su

existencia vino á ser un hecho público, notorio, evidente á los ojos

de todo el mundo. Esta historia se compondrá de cuatro libros:--el

primero, que hoy ofrezco al público, trata del hecho mismo que sirvió

al nuevo culto de punto de partida, y le llena completamente la persona

sublime de su fundador. El segundo tratará de los apóstoles y de sus

discípulos inmediatos; mejor dicho, de las revoluciones que sufrió el

pensamiento religioso en las dos primeras generaciones cristianas. Le

cerraré hácia el año 100, época en que habian ya muerto los últimos

amigos de Jesús y en que se habian fijado todos los libros del Nuevo

Testamento en la forma que tienen hoy dia. En el tercer volúmen

expondré el estado del cristianismo bajo los Antoninos: verásele en

él desarrollarse lentamente y sostener una guerra casi constante

contra el imperio, el cual, habiendo llegado entónces al apogeo de la

perfeccion administrativa, y hallándose dirigido por filósofos, combate

en la secta naciente una sociedad secreta y teocrática que le niega

con obstinacion y le mina sin cesar. Este libro contendrá todo el

siglo segundo. En el tomo cuarto demostraré, por último, los progresos

decisivos que hace el cristianismo á partir de los emperadores sirios.

En él se verá el hundimiento de la sábia construccion de los Antoninos,

la decadencia de la civilizacion antigua hacerse irrevocable, el

cristianismo aprovechándose de su ruina, la Siria conquistando todo

el Occidente, y á Jesús, en compañía de los dioses y de los sabios

divinizados del Asia, tomar posesion de una sociedad á la cual no

bastaba ya la filosofía del Estado puramente civil. Entónces es cuando

las ideas religiosas de las razas agrupadas al rededor del Mediterráneo

se modifican profundamente; cuando los cultos orientales extienden

por todas partes su dominio; cuando el cristianismo, olvidando por

completo sus ensueños miliarios, rompe los últimos lazos que le ligaban

al judaismo y pasa entero al mundo greco-latino. Las luchas y el

trabajo literario del siglo tercero, que ya se presentan sin rebozo,

no se expondrán sino á rasgos generales. Más sumariamente referiré

aún las persecuciones del principio del siglo cuarto, último esfuerzo

del imperio por reivindicar sus antiguos principios, aquellos que no

concedian ningun puesto en el Estado á la sociedad religiosa. Por

último, me limitaré á presentir el cambio de política que invirtió los

papeles bajo el cetro de Constantino é hizo del más libre y espontáneo

movimiento religioso un culto oficial sujeto al Estado y perseguidor á

su vez.

Ignoro si tendré vida y fuerzas suficientes para llenar un plan tan

vasto. Me daria por satisfecho si, despues de haber escrito la vida

de Jesús, pudiese referir, segun yo la comprendo, la historia de los

apóstoles, el estado de la conciencia cristiana durante las semanas que

siguieron á la muerte de Jesús, la formacion del ciclo legendario de la

resurreccion, los primeros actos de la iglesia de Jerusalen, la vida de

San Pablo, la crísis del tiempo de Neron, la aparicion del Apocalípsis,

la ruina de Jerusalen, la fundacion de las cristiandades hebráicas de

la Batanea, la redaccion de los evangelios y el orígen de las grandes

escuelas del Asia Menor derivadas de Juan. Todo palidece junto á ese

maravilloso primer siglo. Y por una singularidad rara en la historia,

vemos mucho más claramente lo que pasó en el mundo cristiano desde el

año 50 al 75 que desde el 100 al 150.

El plan que he adoptado en esta historia me ha impedido introducir

en el texto largas disertaciones críticas sobre los puntos

controvertidos. Un sistema contínuo de notas permite al lector

comprobar por sí mismo en las fuentes que se citan, las proposiciones

de la obra[*]. En esas notas me he limitado estrictamente á las citas

de primera mano, esto es, á la indicacion de los pasajes originales,

sobre los cuales se apoya cada aserto ó cada conjetura. Comprendo

que para las personas poco iniciadas en esta clase de estudios,

serían indispensables explicaciones mucho más extensas. Pero no tengo

costumbre de retocar lo que está hecho y bien hecho. Para no citar sino

libros escritos en frances, aquellos que deseen profundizar la materia

pueden proporcionarse las obras siguientes:

[*] Para no fatigar la atencion del lector con repetidas llamadas

bajo el texto, hemos creido oportuno trasladar las notas al fin

del volúmen.

_Études critiques sur l’évangile de saint Matthieu_, par M. Albert

RÉVILLE, pasteur de l’Église wallonne de Rotterdam.

_Histoire de la théologie chrétienne au siècle apostolique_, par M.

REUSS, professeur à la Faculté de théologie et au séminaire protestant

de Strasbourg.

_Des doctrines religieuses des Juifs pendant les deux siècles

antérieurs à l’ère chrétienne_, par M. Michel NICOLAS, professeur à la

Faculté de théologie protestante de Montauban.

_Vie de Jésus_, par le Dr. STRAUSS, traduite par M. LITTRÉ, membre de

l’Institut.

_Revue de théologie et de philosophie chrétienne_, publiée sous la

direction de M. COLANI, de 1850 à 1857.--_Nouvelle Revue de théologie_,

faisant suite à la précedente, depuis 1858.

_Les Évangiles_, par M. Gustave d’EICHTHAL. Première partie: _Examen

critique et comparatif des trois premiers évangiles_.

Los que quieran tomarse el trabajo de consultar estos excelentes

escritos, encontrarán en ellos la explicacion de multitud de

puntos sobre los cuales he tenido que ser muy conciso. En lo que

particularmente se refiere á los textos evangélicos, su crítica

detallada ha sido hecha por Strauss de un modo que deja muy poco

que desear. Y aunque Strauss se haya engañado en su teoría sobre la

redaccion de los evangelios[1], y aunque su libro tenga, en mi opinion,

el defecto de afirmarse en gran manera sobre el terreno teológico y muy

poco sobre el de la historia[2], preciso es, para apreciar los motivos

que me han guiado en una infinidad de detalles, seguir la discusion,

siempre juiciosa, aunque algo sutil en ocasiones, de la obra que tan

bien ha traducido mi sabio cofrade M. Littré.

En materia de testimonios antiguos creo no haber descuidado ninguna

fuente de informaciones. Sin contar un sinnúmero de datos esparcidos

acá y allá, cinco grandes colecciones de escritos nos quedan respecto

á Jesús y al tiempo en que vivió:--1.ª los evangelios y en general los

escritos del Nuevo Testamento; 2.ª las composiciones llamadas apócrifas

del «Antiguo Testamento»; 3.ª las obras de Filon; 4.ª las de Josefo;

5.ª el Talmud. Los escritos de Filon tienen la inapreciable ventaja de

mostrarnos las ideas que, en tiempo de Jesús, fermentaban en las almas

ocupadas en las grandes cuestiones religiosas. Verdad es que Filon

vivia en otra provincia del judaismo, diferente de la en que habitaba

Jesús; pero tambien lo es que su carácter, como el del fundador del

cristianismo, estaba muy por encima de las pequeñeces que reinaban

en Jerusalen:--Filon es en este concepto el hermano mayor de Jesús.

Sesenta y dos años tenía cuando el profeta de Nazareth se hallaba en

el apogeo de su actividad, y le sobrevivió diez años, por lo ménos.

¡Lástima es que los azares de la vida no le llevasen á Galilea! ¡Cuánto

no nos habria enseñado!

El estilo de Josefo, que particularmente escribia para los paganos,

no tiene la misma sinceridad. Sus escasas noticias sobre Jesús, Juan

Bautista y Júdas el Gaulonita, son áridas y sin color. Se conoce

á primera vista que trata de presentar aquellos movimientos, cuyo

carácter era tan profundamente judáico, bajo una forma inteligible

para los griegos y romanos. Sin embargo, tengo por auténtico el pasaje

que se refiere á Jesús, porque se halla en perfecta armonía con la

índole de Josefo; al mencionar este historiador á Jesús no debió

hacerlo de otro modo. No obstante, se conoce que una mano cristiana

ha retocado el pasaje añadiéndole algunas palabras, sin las cuales

habria sido casi blasfematorio[3], y suprimiéndole ó modificándole

algunas expresiones[4]. Preciso es tener presente que Josefo debe su

fama literaria á los cristianos, quienes adoptaron sus escritos como

documentos esenciales á su historia sagrada. Probablemente se hizo

de ellos en el siglo segundo una edicion corregida segun las ideas

cristianas[5]. De todos modos, lo que constituye el inmenso interes

de Josefo con relacion á nuestro asunto, es la viva luz que arroja

sobre los personajes de aquel tiempo. Gracias á él, Heródes, Herodías,

Antipas, Felipe, Anás, Caifás y Pilátos, son figuras históricas que

aparecen de relieve á nuestra vista con maravillosa exactitud.

Los apócrifos del Antiguo Testamento, y en particular la parte judía

de los versos sibilinos y el Libro de Henoch, tienen, unidos al Libro

de Daniel, que tambien es un verdadero apócrifo, inmensa y capital

importancia para la historia del desarrollo de las teorías mesiánicas

y para la inteligencia de las concepciones de Jesús sobre el reino de

Dios. El Libro de Henoch, muy conocido de las personas que rodeaban

á Jesús[6], nos da, sobre todo, la clave de la expresion de «Hijo

del Hombre» y de las ideas que á ella se refieren. Gracias á los

trabajos de MM. Alexandre, Ewald, Dillmann y Reuss, la edad de estos

diferentes libros está ya fuera de duda. Todo el mundo conviene en

que la redaccion del más importante de entre ellos data de los siglos

segundo y primero ántes de Jesucristo. La fecha del Libro de Daniel

es más incierta. El carácter de las lenguas en que está escrito, el

uso de palabras griegas, el anuncio claro, determinado, preciso de

los acontecimientos que alcanzan hasta la época de Antíoco Epifáneo,

las falsas imágenes que en él se trazan de la antigua Babilonia, el

colorido general del libro, que en nada se parece á los escritos del

cautiverio, y que, al contrario, se armoniza por una infinidad de

analogías con las creencias, las costumbres y los giros de imaginacion

de la época de los Seléucidas, el sabor apocalíptico de las visiones,

el sitio del libro en el cánon hebreo fuera de la serie de los

profetas, la omision de Daniel en los panegíricos del capítulo XLIX del

_Eclesiástico_, donde se hallaba su rango como indicado, multitud de

otras pruebas que han sido cien veces deducidas, todo, en fin, induce á

creer que el Libro de Daniel fué producto de la grande exaltacion que

la persecucion de Antíoco ocasionó entre los judíos. Así, pues, no debe

clasificarse este libro entre la antigua literatura profética, sino más

bien al frente de la literatura apocalíptica, como primer modelo de un

género de composiciones entre las cuales debian figurar despues de él

los diversos poemas sibilinos, el Libro de Henoch, el Apocalípsis de

Juan, la Ascension de Isaías y el cuarto libro de Esdras.

Mucho se ha descuidado hasta hoy el Talmud al tratarse de la historia

de los orígenes del cristianismo. Pero yo creo, con M. Geiger, que la

verdadera nocion de las circunstancias en que se produjo su fundador,

debe buscarse en esta rara compilacion, tan abundante de preciosas

noticias, que se mezclan y confunden con la más trivial escolástica.

Habiendo seguido la teología cristiana y la judáica dos caminos

paralelos en el fondo, no puede comprenderse bien la historia de la una

sin la de la otra. Por otra parte, innumerables detalles materiales de

los evangelios tienen su comentario en el Talmud. Ya las compilaciones

latinas de Lightfoot, de Schœttgen, de Buxtorf y de Otho contenian

á este respecto multitud de noticias. Por mi parte, me he impuesto

el deber de comprobar en el original cuantas citas he admitido, sin

exceptuar una sola. Y la colaboracion que en esta parte de mi trabajo

debo á M. Neubauer, sabio israelita muy versado en la literatura

talmúdica, me ha permitido ir más léjos y aclarar las partes más

delicadas de mi asunto con algunas nuevas comparaciones. Extendiéndose

la redaccion del Talmud desde el año 200 hasta el 500, próximamente,

la distincion de las épocas es aquí muy importante. Nosotros las hemos

examinado con todo el discernimiento que permite el estado actual

de esta clase de estudios. Entre algunas personas acostumbradas á

no conceder valor á un documento sino por la época misma en que fué

escrito, excitarán acaso algunos temores tan recientes fechas. Pero

semejantes escrúpulos estarian aquí fuera de lugar. La enseñanza de

los judíos desde la época asmonea hasta el siglo segundo fué oral

principalmente, y no debe juzgarse de aquella especie de estado

intelectual por las costumbres de un tiempo en que tanto se escribe.

Los Vedas y las antiguas poesías árabes se conservaron en la memoria

del pueblo durante siglos, y sin embargo, esas composiciones presentan

una forma decisiva y muy delicada. Por el contrario, la forma no tiene

en el Talmud ningun valor. Añadamos que ántes de la _Mischna_ de Júdas

el Santo, que hizo olvidar todas las otras, hubo ensayos de redaccion

cuyos principios se remontan acaso mucho más allá de lo que comunmente

se supone. El estilo del Talmud es el de los resúmenes compilativos:

probablemente los redactores no hicieron sino clasificar, bajo ciertos

títulos, el enorme fárrago de escrituras que por espacio de muchas

generaciones se habian acumulado en las diferentes escuelas.

Réstanos hablar de los documentos que, presentándose como biografías

del fundador del cristianismo, deben ocupar naturalmente el primer

rango en una vida de Jesús. Un tratado completo sobre la redaccion

de los evangelios tendria que formar una obra aparte. Merced á los

hermosos trabajos de que ha sido objeto esta cuestion desde hace

treinta años, el problema que otras veces parecia inabordable, ha

llegado á una solucion que, si bien deja todavía paso á muchas

incertidumbres, satisface al ménos plenamente las necesidades de la

historia. Siendo la composicion de los evangelios uno de los hechos

más importantes para el porvenir del cristianismo, de cuantos en la

postrera mitad del primer siglo ocurrieron, ocasion tendrémos de volver

á examinarla en nuestro segundo libro. Aquí no tratarémos esta especie

sino bajo el punto de vista indispensable á la solidez de nuestro

relato. Sólo buscarémos, dejando aparte cuanto pertenece al cuadro de

los tiempos apostólicos, la medida en que deben emplearse los datos

que los evangelios nos ofrecen en una historia trazada con arreglo á

principios racionales[7].

Que los evangelios son en parte legendarios, es cosa evidente, puesto

que en ellos abundan los milagros y lo sobrenatural; pero hay leyenda

y leyenda. Nadie pone en duda, por ejemplo, los rasgos principales

de la vida de Francisco de Asís, sin embargo de hallarse en ella lo

sobrenatural muy frecuentemente. Por el contrario, ninguno da crédito

á la «Vida de Apolonio de Tiana.» ¿Por qué?--Porque fué escrita mucho

tiempo despues del héroe, y bajo las condiciones de pura novela. ¿En

qué época, por qué manos y en qué circunstancias fueron escritos los

evangelios? Hé aquí la cuestion capital de que depende el juicio que de

su autenticidad debemos formarnos.

Sabido es que cada uno de los cuatro evangelios lleva al frente el

nombre de un personaje conocido, bien en la historia apostólica, bien

en la misma historia evangélica. Pero esos cuatro personajes no se nos

han presentado rigurosamente como sus autores. Segun la más antigua

opinion, las fórmulas «segun Matheo», «segun Márcos», «segun Lúcas»,

«segun Juan», no implican que estos relatos fuesen escritos de extremo

á extremo por Juan, Lúcas, Márcos y Matheo[8]; esas fórmulas significan

únicamente que se apoyan en las tradiciones que provienen de cada

uno de aquellos apóstoles y que se escudan con su autoridad. Si esos

títulos son exactos, claro es que los evangelios, sin que dejen de ser

legendarios en parte, tienen sumo valor, puesto que nos llevan al medio

siglo que siguió á la muerte de Jesús, y en dos de ellos, hasta á los

testigos oculares de sus acciones.

Por lo que á Lúcas respecta, la duda no es posible. El evangelio de

Lúcas es una composicion regular, fundada en documentos anteriores[9];

es la obra de un hombre que elige, entresaca y combina. Indudablemente

el autor de este evangelio es el mismo que el de los «Hechos de los

Apóstoles»[10], el cual fué un compañero de San Pablo[11], título que

conviene perfectamente á Lúcas[12]. Sé que á este razonamiento puede

oponerse más de una objecion, pero al ménos una cosa está fuera de

duda, y es, que el autor del tercer evangelio y de los «Hechos» fué un

hombre de la segunda generacion apostólica, y esto basta á mi objeto.

Por otra parte, la fecha de este evangelio puede determinarse con mucha

precision por medio de consideraciones sacadas del libro mismo. El

capítulo XXI de Lúcas, inseparable del resto de la obra, se escribió, á

no dudarlo, despues del sitio de Jerusalen, pero poco despues[13]. Aquí

nos hallamos, pues, en un terreno sólido, porque se trata de una obra

escrita de un extremo á otro por la misma mano y en la cual resalta la

más perfecta unidad.

Los evangelios de Matheo y Márcos no tienen, ni con mucho, el mismo

sello individual.--Son composiciones impersonales, en las cuales

desaparece totalmente el autor. Un nombre propio escrito al frente de

este género de obras dice muy poco. Pero si el evangelio de Lúcas se

halla fechado, tambien lo están el de Matheo y el de Márcos, puesto que

es indudable que el tercer evangelio es posterior á los dos primeros,

y que ofrece el carácter de una redaccion mucho más avanzada. Tenemos

sobre este punto, á mayor abundamiento, un testimonio capital que data

de la primera mitad del siglo segundo, cual es el de Papias, obispo

de Hierápolis, hombre grave, de tradicion, que empleó toda su vida en

recoger con particular esmero cuantas noticias se referian á la persona

de Jesús[14]. Papias, despues de haber declarado que en semejantes

materias prefiere la tradicion oral á los libros, menciona dos escritos

sobre los actos y las palabras de Cristo: 1.º, un escrito de Márcos,

intérprete del apóstol Pedro; escrito corto, incompleto, no clasificado

por órden cronológico, el cual comprende relatos y discursos (λεχθέντα

ἢ πραχθέντα), y fué compuesto en vista de los recuerdos y noticias

del apóstol Pedro; 2.º, una compilacion de sentencias (λόγια) escrita

por Matheo en lengua hebrea[15], «y que ha traducido cada uno como

ha podido.» Es indudable que estas dos descripciones se armonizan

bastante bien con la fisonomía general de los dos libros llamados ahora

«Evangelio segun Matheo» y «Evangelio segun Márcos», los cuales se

distinguen, uno por sus largos discursos, y otro por sus anécdotas,

en particular, por ser mucho más exacto que el primero en relatar los

acontecimientos de secundaria importancia, pobre en discursos, breve

hasta la aridez y por estar bastante mal pergeñado. Que sean estas dos

obras, tales como nosotros las leemos, absolutamente parecidas á las

que leia Papias, no es sostenible en buena lógica; primero, porque el

escrito de Matheo, segun Papias, se componia tan sólo de discursos en

hebreo, de los cuales circulaban traducciones bastante diferentes;

y segundo, porque la obra de Márcos y la de Matheo eran, para él,

profundamente distintas, no tenian en su redaccion ningun punto de

contacto, y á lo que parece, estaban escritas en diferente idioma. Esto

supuesto, y ofreciendo el «Evangelio segun Márcos» y el «Evangelio

segun Matheo», en el estado actual de sus textos, larguísimos trozos

paralelos perfectamente idénticos, preciso es suponer ó que el redactor

definitivo del primero tenía el segundo á la vista, ó que el del

segundo consultaba el primero, ó que ambos redactores copiaron el mismo

prototipo. Lo más verosímil es, que ni respecto á Márcos ni respecto

á Matheo, tenemos las redacciones del todo originales, y que nuestros

dos primeros evangelios son arreglos, en los cuales se trató de llenar,

con un texto, los vacíos del otro. Cada uno quiso, en efecto, poseer un

ejemplar completo: aquel que en el suyo no tenía sino discursos, deseó

tener relatos, y recíprocamente. Sólo así se explica que el «Evangelio

segun Matheo» comprenda casi todas las anécdotas de Márcos, y que el

«Evangelio segun Márcos» encierre hoy un sinnúmero de rasgos que emanan

de las _Logia_ de Matheo. Además, cada uno bebia abundantemente en el

manantial de la tradicion evangélica que continuaba manando en torno

suyo. Y tan léjos estuvo aquella tradicion de haber sido agotada por

los evangelios, que los «Hechos de los Apóstoles» y los Padres más

antiguos citan várias palabras de Jesús que parecen auténticas y que no

se hallan en los evangelios que poseemos.

No cumple á nuestro objeto actual el delicado análisis de reconstruir,

hasta cierto punto, las _Logia_ originales de Matheo, por una parte, y,

por la otra, el relato primitivo tal como salió de la pluma de Márcos.

Sin duda las _Logia_ se nos representan como los grandes discursos

de Jesús, que llenan una parte considerable del primer evangelio. Y

efectivamente, estos discursos forman, cuando se separan del resto,

un todo bastante completo. En cuanto á los relatos del primero y del

segundo evangelio, parece que tienen una base comun, cuyo texto se

halla tan pronto en uno como en otro, y del cual no es el segundo

evangelio, tal cual le leemos hoy dia, sino una reproduccion poco

modificada. En otros términos, el sistema de la vida de Jesús reposa

entre los sinópticos en dos documentos originales: 1.º, los discursos

de Jesús, recogidos por el apóstol Matheo; 2.º, la compilacion de

anécdotas y de noticias originales que Márcos escribió en vista de los

recuerdos de Pedro. Y todavía puede decirse que en los dos evangelios

que, no sin razon, llevan el nombre de «Evangelio segun Matheo» y

de «Evangelio segun Márcos», tenemos esos documentos mezclados con

noticias de otra procedencia.

De todos modos, es indudable que los discursos de Jesús se escribieron

en lengua aramea, así como tambien sus acciones notables. Pero aquéllos

no fueron los textos definitivos y dogmáticamente fijados. Además de

los evangelios que han llegado hasta nosotros, hay multitud de escritos

que pretenden representar la tradicion de testigos oculares[16]. Mas se

les da poca importancia, y los conservadores, como Papias, prefieren á

ellos la tradicion oral[17]. Como quiera que todavía se creia próximo

el fin del mundo, eran muy pocos los que se tomaban el trabajo de

componer libros para el porvenir, y sólo se trataba de grabar en el

corazon la imágen viva del que muy pronto habian de volver á ver en las

nubes. De ahí la poca autoridad de que gozaron los textos evangélicos

durante ciento cincuenta años. Nadie tenía escrúpulo en adicionarlos,

combinarlos diversamente y completar unos con otros. El pobre que no

poseia más que un libro, deseaba que contuviese todo cuanto interesaba

á su corazon. Prestábanse aquellos libretos, y cada uno trascribia al

márgen de su ejemplar las palabras y las parábolas que encontraba en

otra parte y que conmovian su ánimo[18]. Así es como la cosa más bella

del mundo salió de una elaboracion oscura y completamente popular.

Ninguna redaccion tenía valor absoluto. Justino, que recurrió con

frecuencia á lo que él llama «Memorias de los apóstoles»[19], tenía

á la vista un estado de los documentos evangélicos muy diferente del

que nosotros poseemos; de todos modos, no se tomó el trabajo de

entresacarlos textualmente. El mismo carácter presentan las citas en

los escritos seudo-clementinos, de orígen ebionita. La letra no se

tenía en nada, el espíritu lo era todo. Los textos que llevan el nombre

de los apóstoles no tuvieron autoridad decisiva ni fuerza de ley, sino

cuando la tradicion se debilitó en la postrera mitad del siglo segundo.

¿Quién no conoce el valor de documentos que así se compusieron de

los tiernos recuerdos y de los cándidos relatos de las dos primeras

generaciones cristianas; de esos documentos llenos todavía de la fuerte

impresion que habia producido su ilustre fundador y que parece haberle

sobrevivido largo tiempo? Añadamos que los evangelios en cuestion

provienen, á lo que parece, de aquella rama de la familia cristiana

que estuvo más en contacto con Jesús. El último trabajo de redaccion,

al ménos del texto que lleva el nombre de Matheo, parece haberse hecho

en uno de los países situados al nordeste de Palestina, tales como

la Gaulonítida, el Hauran ó la Batanea, adonde se refugiaron muchos

cristianos en la época de la guerra con Roma, donde en el siglo segundo

existian aún parientes de Jesús[20], y en donde se conservó más tiempo

que en ninguna otra parte la primera direccion galilea.

Hasta ahora no hemos hablado sino de los tres evangelios llamados

sinópticos:--réstanos hablar del cuarto, del que lleva el nombre de

Juan. Las dudas son aquí mucho más fundadas, y la cuestion se halla

más léjos de resolverse. Papias, que procede de la escuela de Juan,

y que si no fué su auditor, como pretende Ireneo, frecuentó mucho á

sus discípulos inmediatos, entre otros á Aristion y al que llamaban

_Presbyteros Joannes_; Papias, que compilaba con pasion los relatos

orales de aquel Aristion y de _Presbyteros Joannes_, no dice ni una

sola palabra de una «Vida de Jesús» escrita por Juan. Si tal mencion se

hubiese encontrado en su obra, la habria, sin duda, notado Eusebio, el

cual recoge todo cuanto sirve á formar la historia literaria del siglo

apostólico. No son ménos fuertes las dificultades intrínsecas deducidas

de la lectura del cuarto evangelio mismo. ¿Cómo se hallan, junto á

las noticias que tambien revelan al testigo ocular, esos discursos

completamente diferentes de los de Matheo? ¿Cómo existen, junto á un

plan de la vida de Jesús, que parece mucho más satisfactorio y completo

que el de los sinópticos, esos pasajes singulares en los cuales se

nota un interes dogmático, propio del redactor, esas ideas extrañas

del todo á Jesús, y á veces esos indicios que nos previenen contra la

buena fe del narrador? ¿Cómo, en fin, se ven, junto á las tendencias

más puras, más justas, más verdaderamente evangélicas, esas manchas que

parecen interpolaciones de un ardiente sectario? ¿Fué Juan, el hijo del

Zebedeo, el hermano de Santiago (á quien ni una sola vez se menciona

en el cuarto evangelio), el que escribió en griego esas lecciones de

metafísica abstracta, de la cual no ofrecen ejemplo ni los sinópticos

ni el Talmud? Todo esto es grave, y no seré yo quien se atreva á

asegurar que el cuarto evangelio fué escrito completamente por la

pluma de un antiguo pescador galileo. En suma, que el cuarto evangelio

haya ó no salido hácia fines del primer siglo de la grande escuela del

Asia Menor, que se derivaba de Juan; lo que se halla demostrado por

testimonios exteriores y por el exámen del documento mismo es, que él

nos representa una version de la vida del maestro muy digna de tenerse

en cuenta y de ser preferida frecuentemente.

Desde luégo nadie pone en duda que hácia el año 150 existia ya

el cuarto evangelio y era atribuido á Juan. Textos formales de

San Justino[21], de Atenágoras[22], de Taziano[23], de Teófilo de

Antioquía[24], de Ireneo[25], señalan este evangelio, mezclado desde

entónces á todas las controversias y sirviendo de piedra angular al

desarrollo del dogma. Ireneo es hombre grave, Ireneo procedia de la

escuela de Juan, y entre él y el apóstol no habia sino Policarpo.

No es ménos decisivo el papel que desempeña nuestro evangelio en

el gnosticismo, en el sistema de Valentin[26] particularmente, en

el montanismo[27] y en la querella de los cuartodecimanos[28]. La

escuela de Juan es aquella cuya continuacion durante el siglo segundo

se distingue mejor, y esa escuela no puede explicarse á ménos de no

colocar el cuarto evangelio en su misma cuna. Añadamos que la primera

epístola atribuida á San Juan es, á no dudarlo, del mismo autor que

el cuarto evangelio[29], y que Policarpo[30], Papias[31] é Ireneo[32]

reconocen esa epístola como de Juan.

Pero lo que por su naturaleza causa más impresion es, sobre todo, la

lectura de la obra. El autor habla siempre como testigo ocular y se

presenta como el apóstol Juan. Si esta obra no es verdaderamente del

apóstol, menester es admitir una superchería que el autor se confesaba

á sí mismo. Pues bien, aunque las ideas de aquel tiempo en materia de

buena fe literaria se diferenciasen mucho de las nuestras, el mundo

apostólico no ofrece ningun ejemplo de una falsedad de esa especie,

y el autor, no sólo pretende pasar por el apóstol Juan, sino que se

ve claramente que escribe en el interes de este apóstol. En cada

página traspira la intencion de fortificar su autoridad, de poner de

manifiesto que fué el preferido de Jesús[33], y que en la Cena, en el

Calvario, en el sepulcro, en todas las circunstancias solemnes tuvo

el primer rango entre los discípulos. Sus relaciones fraternales con

Pedro, si bien no exentas de cierta rivalidad[34], y su ódio contra

Júdas[35], ódio tal vez anterior á la traicion, parecen traslucirse

de cuando en cuando. Casi está uno tentado por creer que habiendo

Juan, ya anciano, leido los relatos evangélicos que circulaban, y

notado en ellos diferentes inexactitudes[36], se resintió de ver el

puesto secundario que se le concedia en la historia del Cristo, y que

entónces, con la intencion de manifestar que en muchos casos en que

no se habla sino de Pedro, habia figurado con él y ántes que él[37],

empezó á dictar multitud de cosas que sabía mejor que los demás.

Esos ligeros sentimientos de celos entre los hijos del Zebedeo y los

otros discípulos se habian manifestado ya en vida de Jesús. Al morir

su hermano Santiago, Juan quedó como único heredero de los recuerdos

íntimos de que estos dos apóstoles eran depositarios, segun la

confesion de todos. De ahí su perpétuo y especial cuidado en recordar

que él es el último sobreviviente de los testigos oculares[38], y su

placer en referir circunstancias que sólo él podia conocer. De ahí

tambien esa infinita minuciosidad de pequeños detalles que parecen

como escolios de un anotador: «Eran las seis», «era de noche»; «este

hombre se llamaba Malchus»; «habian encendido un brasero porque hacia

frio»; «esta túnica no tenía costura.» De ahí, en fin, el desórden

de la redaccion, la irregularidad de la marcha, la falta de trabazon

en los primeros capítulos; defectos que son otros tantos rasgos

inexplicables en la suposicion de que nuestro evangelio no fuese sino

una tésis teológica sin valor histórico, pero que, por el contrario,

se comprenden perfectamente si, conforme á la tradicion, se toman por

los recuerdos del anciano, de prodigiosa frescura algunas veces, otras

desfigurados por extrañas alteraciones.

En efecto, en el evangelio de Juan debe hacerse una distincion

capital. Este evangelio presenta por un lado una trama de la vida de

Jesús que difiere esencialmente de la de los sinópticos. Por otro, pone

en boca de Jesús discursos cuyas doctrinas, tono, corte y estilo, no

tienen nada de comun con las _Logia_ de los sinópticos. La diferencia

es tal, bajo este segundo punto de vista, que no hay término medio y

es preciso elegir de una manera absoluta. Si Jesús hablaba como dice

Matheo, no pudo hablar como pretende Juan. Ningun crítico ha vacilado

ni vacilará entre las dos autoridades. El evangelio de Juan, á mil

leguas del tono sencillo, desinteresado, impersonal de los sinópticos,

manifiesta sin cesar las preocupaciones del apologista, la segunda

intencion del sectario, el propósito de probar una tésis y de convencer

á sus contradictores[39]. No fué, por cierto, con tiradas pretenciosas,

pesadas, mal escritas con lo que Jesús fundó su obra divina. Aunque

Papias no nos dijese que Matheo escribió en su lengua original las

sentencias de Jesús, la naturalidad, la inefable verdad, el encanto

sin igual de los discursos sinópticos, el corte profundamente hebráico

de esos discursos, las analogías que ofrecen con las sentencias de

los doctores judíos de la misma época, su perfecta armonía con la

naturaleza de Galilea; todos estos caractéres, comparados con la gnósis

oscura y con la perfilada metafísica en que abundan los discursos de

Juan, hablarian muy alto en favor de esta creencia. No quiere decir

esto que en los discursos de Juan no haya admirables destellos y rasgos

que verdaderamente emanan de Jesús[40]. Pero el tono místico de esos

discursos en nada corresponde al carácter de elocuencia del profeta

nazareno, tal como nos la figuramos al leer los sinópticos. Un nuevo

espíritu se introduce, ya la gnósis ha principiado, la era galilea del

reino de Dios ha concluido, aléjase la esperanza de la próxima venida

del Cristo, y se entra ya en las arideces de la metafísica, en las

tinieblas del dogma abstracto. El espíritu de Jesús no está ya aquí, y

si verdaderamente fué el hijo del Zebedeo el que trazó esas páginas,

¡mucho habia olvidado, al escribirlas, el lago de Genesareth y las

deliciosas pláticas que en sus márgenes escuchara!

Hay además una circunstancia que prueba perfectamente que los discursos

trasmitidos por el cuarto evangelio no son piezas históricas, sino

composiciones destinadas á escudar, con la autoridad de Jesús, ciertas

doctrinas á las cuales se hallaba muy apegado el redactor; consiste

esa circunstancia en la perfecta armonía de los tales discursos con

el estado intelectual del Asia Menor en el momento en que fueron

escritos. El Asia Menor era entónces el teatro de un extraño movimiento

de filosofía sincrética, y ya existian allí todos los gérmenes del

gnosticismo. Juan, parece haber bebido en aquel manantial extranjero.

¿Quién sabe si, despues de la crísis del año 68 (fecha del Apocalípsis)

y del 70 (ruina de Jerusalen), habiendo perdido el alma ardiente y

móvil del viejo apóstol la esperanza de una próxima aparicion en las

nubes del Hijo del hombre, se inclinó hácia las ideas que surgian al

rededor suyo, algunas de las cuales se amalgamaban bastante bien con

ciertas doctrinas cristianas? Al prestar aquellas ideas á Jesús no

hizo sino obedecer á una propension bien natural. Nuestros recuerdos

se trasforman como todo lo demás;--el ideal de una persona que hemos

conocido, cambia con nosotros[41]. Considerando Juan á Jesús como la

encarnacion de la verdad, no podia ménos de atribuirle cuanto él mismo

habia llegado á tener por verdadero.

Si hemos de decirlo todo, añadirémos que probablemente Juan tuvo

poquísima parte en ese cambio, y que, más bien que por él, se operó en

torno suyo. En ocasiones se inclina uno á creer que algunas preciosas

notas, procedentes del apóstol, fueron empleadas por sus discípulos en

un sentido muy diverso del primitivo espíritu evangélico. Y en efecto,

ciertas partes del cuarto evangelio, tales como todo el capítulo

XXI[42], en el cual parece haberse propuesto el autor rendir homenaje

al apóstol Pedro, despues de su muerte, y responder á las objeciones

que iban á deducirse ó que ya se deducian de la muerte del mismo Juan,

fueron añadidas más tarde. En otros varios sitios se distingue la

huella de raspaduras y correcciones[43].

Imposible es, á semejante distancia, encontrar la clave de todos esos

problemas singulares, y si nos fuera permitido penetrar los secretos

de aquella misteriosa escuela de Éfeso que se complugo en marchar por

vias oscuras, muchas sorpresas habriamos de tener á no dudarlo. Pero

puede hacerse una experiencia capital, y es la siguiente. Cualquiera

persona que se ponga á escribir la vida de Jesús sin teoría determinada

sobre el valor de los evangelios, y dejándose guiar únicamente por el

sentimiento del asunto, propenderá, en una porcion de casos, á preferir

la narracion de Juan á la de los sinópticos. Los últimos meses de

la vida de Jesús no se explican sino por Juan, y una infinidad de

rasgos de la pasion, ininteligibles en los sinópticos[44], adquieren

verosimilitud y posibilidad en el relato del cuarto evangelio. Por

el contrario, desafío á cualquiera á que componga una vida de Jesús

que tenga sentido comun, basándola en los discursos que Juan atribuye

al maestro. Esa manera de predicar de sí mismo y de evidenciarse

incesantemente, esa perpétua argumentacion, esa exornacion sin ninguna

sencillez, esos largos razonamientos con motivo de cada milagro, y

esos discursos áridos y tortuosos, cuyo tono es tan á menudo falso y

desigual[45], no pueden aceptarse por ningun hombre de mediano gusto y

discernimiento, junto á las sentencias deliciosas de los sinópticos.

Evidentemente son piezas artificiales[46] que nos representan las

predicaciones de Jesús como los diálogos de Platon nos representan

las pláticas de Sócrates: son en cierto modo las variaciones de un

músico que improvisa por su propia cuenta sobre un tema determinado. El

tema podrá no carecer de alguna autenticidad, pero en la ejecucion se

desborda el capricho del artista. El proceder facticio, la retórica, el

estudio, se distinguen á la legua. Añádase á esto que, en los trozos

de que hablamos, no aparece el vocabulario de Jesús. La expresion de

«reino de Dios», que tan familiar era al maestro[47], se encuentra en

ellos una vez solamente[48]. En cambio, el estilo de los discursos

que el cuarto evangelio atribuye á Jesús, ofrece completa semejanza

con el de las epístolas de San Juan; échase de ver que el autor, al

escribir los discursos, no seguia el hilo de sus recuerdos, sino el

movimiento bastante monótono de sus propias ideas. Desplégase en ellos

toda una lengua mística, de la que no tuvieron los sinópticos la menor

nocion («mundo», «verdad», «vida», «luz», «tinieblas», etc.). Si Jesús

se hubiese expresado en ese estilo, que nada tiene de hebreo, ni de

judáico, ni de talmúdico, si así puede decirse, ¿cómo habria guardado

tan bien el secreto solo uno de sus oyentes?

La historia literaria ofrece, además, otro ejemplo que tiene grande

analogía con el fenómeno histórico que acabamos de exponer y que

servirá para explicarle. Sócrates, de igual modo que Jesús, nada

escribió; lo que de él conocemos nos lo trasmitieron dos de sus

discípulos, Xenofonte y Platon.--El primero se asemeja á los sinópticos

por su redaccion limpia, trasparente, impersonal; el segundo recuerda,

por su vigorosa individualidad, al autor del cuarto evangelio. ¿Deben

seguirse los «Diálogos» de Platon ó las «Pláticas» de Xenofonte,

para exponer la enseñanza socrática? La duda no es posible en tal

alternativa.--Todo el mundo se atiene á las «Pláticas» y no á los

«Diálogos.» Pero, ¿nada nos enseña Platon respecto á Sócrates? Al

escribir la biografía de este último, ¿sería juicioso, en buena

crítica, desdeñar los «Diálogos»? ¿Quién se atreveria á sostenerlo? Por

otra parte, la semejanza no es completa y la diferencia queda en favor

del cuarto evangelio, cuyo autor es, en efecto, el mejor biógrafo, de

igual modo que Platon, no obstante atribuir á su maestro ficticios

discursos, conocia respecto á su vida muchas cosas capitales que

Xenofonte ignoraba completamente.

Nosotros, sin pronunciarnos sobre la cuestion material de saber qué

mano trazó el cuarto evangelio, é inclinándonos á creer que los

discursos, cuando ménos, no son del hijo del Zebedeo, admitimos que

ese escrito es el «Evangelio segun Juan» de igual manera y en el mismo

sentido que el primero y segundo son los evangelios «segun Matheo» y

«segun Márcos.» La trama histórica del cuarto evangelio es la vida de

Jesús, tal como en la escuela de Juan se conocia; es el relato que

Aristion y _Presbyteros Joannes_ hicieron á Papias sin decirle que

se hallaba escrito, particularidad á la que tal vez no daban ninguna

importancia. Añadiré que, á mi juicio, aquella escuela sabía las

circunstancias exteriores de la vida del fundador, mejor que el grupo

de cuyos recuerdos se formaron los evangelios sinópticos. Ella tenía

datos que los demás no poseyeron, sobre todo respecto á la permanencia

de Jesús en Jerusalen. Los afiliados de la escuela trataban á Márcos

de mediano biógrafo y habian imaginado un sistema para explicar las

lagunas de sus escritos. Ciertos pasajes de Lúcas, en los cuales hay

como un eco de las tradiciones joánicas[49], prueban además que esas

tradiciones no eran completamente desconocidas del resto de la familia

cristiana.

Paréceme que bastarán estas explicaciones para que el lector conozca,

al seguir el relato, los motivos que me hayan impulsado á dar la

preferencia á tal ó cual cronista de los cuatro que tenemos para

la vida de Jesús. En resúmen, yo admito como auténticos los cuatro

evangelios canónicos. En mi opinion todos alcanzan al primer siglo

y son, próximamente, de los autores á quienes se les atribuye; pero

su valor histórico es muy diverso. Matheo merece, en cuanto á los

discursos, que se le conceda ilimitada confianza; ellos son las

_Logia_, las notas tomadas bajo la impresion del recuerdo claro y

palpitante de la enseñanza de Jesús. Una especie de destello, dulce

y terrible á la vez, y una fuerza divina, si se me permite la frase,

marcan esas palabras, y destacándolas del texto, permiten al crítico

reconocerlas fácilmente. Aquel que se haya tomado el trabajo de hacer

una composicion regular sobre la historia evangélica, posee, bajo

este supuesto, una excelente piedra de toque. Las verdaderas palabras

de Jesús se manifiestan por sí mismas, y no bien se las toca, vibran

en medio de ese cáos de tradiciones de autenticidad desigual; ellas

se traducen como espontáneamente y surgen del relato, conservando en

él extraordinario relieve. Las partes narrativas que en el primer

evangelio se agrupan al rededor de ese núcleo primitivo, no tienen

la misma autoridad. Hállanse en ellas muchas leyendas bastante

mal redondeadas, producto de la piedad de la segunda generacion

cristiana[50]. El evangelio de Márcos es mucho más firme, más preciso,

ménos sobrecargado de extemporáneos é interesados detalles. De los

tres sinópticos, él es el que ha conservado un sabor más antiguo, más

original, y el que ménos mezcla ofrece de elementos posteriores. En

Márcos, los detalles materiales son de una claridad que en vano se

buscaria en los otros evangelistas. Gústale recordar ciertas palabras

de Jesús en siro-caldeo[51], y las observaciones minuciosas en que

abunda, no pueden venir sino de un testigo ocular. Nada se opone á que

ese testigo ocular, que evidentemente siguió á Jesús, que le amó y le

vió de cerca, conservando de él viva imágen, fuese el apóstol Pedro,

segun lo pretende Papias.

En cuanto á la obra de Lúcas, su valor histórico es mucho más

débil:--esa obra es un documento de segunda mano. La narracion tiene en

ella mayor madurez, y las palabras de Jesús son más redundantes, más

concertadas. Algunas sentencias se llevan hasta el exceso y adolecen

de falsedad[52]. Escribiendo fuera de Palestina y sin duda alguna

despues del sitio de Jerusalen[53], el autor no indica los lugares

con la misma exactitud que los otros dos sinópticos; tiene una falsa

idea del templo, figurándosele como un oratorio adonde va cada uno á

rezar sus devociones[54], trunca los detalles á fin de establecer una

concordancia entre los diferentes relatos, modera ciertos pasajes que

habian llegado á ser embarazosos bajo el punto de vista de una idea

más exaltada de la divinidad de Jesús[55], exagera lo maravilloso[56],

comete errores de cronología[57], omite las glosas hebráicas[58],

no cita ninguna palabra de Jesús en esta lengua, y nombra, en fin,

todas las localidades por sus nombres griegos. Adivínase fácilmente

el escritor que compila, que no vió por sí mismo los testigos y que

trabaja sobre los textos, permitiéndose violentarlos á fin de ponerlos

de acuerdo. Es muy probable que Lúcas tuviese á la vista la compilacion

biográfica de Márcos y las _Logia_ de Matheo. Pero no tiene escrúpulo

en tratar esos escritos con entera libertad:--unas veces reune dos

anécdotas ó dos parábolas para formar de ellas una sola; otras,

descompone una para hacer dos[59]. Lúcas interpreta los documentos con

arreglo á su particular juicio, y carece de la impasibilidad absoluta

de Matheo y de Márcos. Puede decirse que sus escritos reflejan algo

de sus gustos y de sus tendencias particulares:--Lúcas es un devoto

sumamente exacto; muestra singular empeño en presentarnos á Jesús como

estricto observador de los ritos judáicos[60], es demócrata y ebionita

exaltado, esto es, muy opuesto á la propiedad, y se halla persuadido

de que llegará el dia en que los pobres tengan su desquite[61]; es

aficionadísimo á las anécdotas, y se complace en poner de manifiesto

la conversion de los pecadores y la exaltacion de los humildes[62],

modificando las antiguas tradiciones á fin de darles este giro[63].

En sus primeras páginas admite sobre la infancia de Jesús leyendas

que refiere con esas largas exageraciones, esos cánticos y esos

procedimientos de convencion que forman el carácter esencial de los

evangelios apócrifos. Por último, en el relato de los postreros años

de Jesús hay algunas circunstancias llenas de sentimiento y de ternura

y algunas bellísimas palabras[64], atribuidas al maestro, que no se

encuentran en los relatos de mayor autenticidad, en las cuales se deja

conocer el trabajo de la leyenda. Probablemente Lúcas las tomaba de una

compilacion más reciente, en la que se trataba, con preferencia, de

excitar los sentimientos piadosos.

Á la vista de un documento de semejante naturaleza, la razon aconseja

hacer uso de él con la mayor mesura. Desdeñarle completamente sería

tan poco juicioso como emplearle sin discernimiento. Lúcas tuvo

á su disposicion originales que ya no existen, y más bien que un

evangelista, es un biógrafo de Jesús, un _armonista_, un corrector á

la manera de Marcion y de Taziano. Pero tambien es un biógrafo del

primer siglo, un artista divino que, además de las noticias que

recogió en los más antiguos manantiales, nos presenta el carácter del

fundador con una exactitud de parecido, una inspiracion de conjunto y

un relieve que no se encuentran en los otros dos sinópticos. La lectura

de su Evangelio es la que nos ofrece mayor atractivo, porque á la

incomparable belleza del fondo comun se une cierta parte de artificio

y de composicion que aumenta singularmente el efecto del retrato, sin

perjudicar de un modo grave á la verdad.

En resúmen, puede decirse que la redaccion sinóptica ha tenido

tres gradaciones: 1.ª el estado documentario original (λόγια de

Matheo, λεχθέντα ἢ πραχθέντα de Márcos), redacciones primitivas

que ya no existen; 2.ª el estado de simple mezcla, en la que se

hallan amalgamados los documentos originales sin ningun esfuerzo de

composicion y sin que se eche de ver ninguna mira personal de parte de

sus autores (evangelios actuales de Matheo y de Márcos); 3.ª el estado

de combinacion ó de redaccion intencional, discurrida, en que se deja

conocer el esfuerzo que se ha hecho á fin de conciliar las diferentes

versiones (evangelio de Lúcas). En cuanto al evangelio de Juan, forma,

segun hemos dicho, una composicion de otro género y completamente

distinta.

El lector notará que no hago uso ninguno de los evangelios apócrifos.

Estas composiciones no deben en manera alguna confundirse con los

evangelios canónicos, puesto que no son sino triviales y pueriles

amplificaciones basadas en aquellos, y nada añaden que sea digno de

aprecio. Por el contrario, he puesto suma atencion en recoger los

trozos que los Padres de la Iglesia nos han conservado de los antiguos

evangelios que otras veces existieron paralelamente á los canónicos, y

cuyo texto se ha perdido, tales como el Evangelio segun los hebreos,

el Evangelio segun los egipcios, y los Evangelios llamados de Justino,

de Marcion, de Taziano. Los dos primeros son de mucha importancia, por

cuanto á que se hallaban redactados en lengua aramea como las _Logia_

de Matheo, constituian, segun parece, una variedad del evangelio de

este apóstol, y fueron el evangelio de los _ebionim_, esto es, de

aquellas reducidas cristiandades de Batanea que conservaron el uso del

siro-caldeo, y que, hasta cierto punto, siguieron la línea trazada por

Jesús. Pero menester es convenir en que esos evangelios, en el estado

en que han llegado hasta nosotros, son inferiores, por lo que hace á la

autoridad crítica, á la redaccion del evangelio que de Matheo poseemos.

Paréceme que ya se comprenderá el género de valor histórico que

atribuyo á los evangelios. No son, á mi entender, ni biografías

como las de Suetonio, ni leyendas ficticias semejantes á las de

Filóstrato; son biografías legendarias. Yo las comparo á las leyendas

de santos, á las Vidas de Plotino, de Proclo, de Isidoro y á otros

escritos del mismo género, en que se combinan en diferentes grados

la verdad histórica y la intencion de presentar modelos de virtud.

En esos escritos se echa de ver la inexactitud de que adolecen todas

las composiciones populares. Supongamos que tres ó cuatro veteranos

del primer imperio se hubiesen puesto, hace diez ó doce años, á

escribir cada uno en particular una vida de Napoleon con arreglo á

sus propios recuerdos. Puede apostarse á que sus relatos ofrecerian

infinitos errores y graves discordancias. Uno colocaria á Wagram

ántes de Marengo; otro no vacilaria en escribir que Napoleon arrojó

de las Tullerías al gobierno de Robespierre; otro, en fin, omitiria

las expediciones de más importancia. Pero dos cosas claras, palmarias,

llenas de verdad saldrian de esos ingénuos relatos:--el carácter

del héroe y la impresion que produjo en torno suyo. Bajo este punto

de vista, semejantes historias populares tendrian más valor que una

historia solemne y oficial. Otro tanto puede decirse de los evangelios.

Los evangelistas, cuidándose únicamente de ensalzar la excelencia del

maestro, sus milagros, su enseñanza, se muestran indiferentes hácia

todo lo que no es el espíritu de Jesús. Las contradicciones sobre el

tiempo, los sitios y las personas se miraban como insignificantes;

porque cuanto más alto era el grado de inspiracion que se prestaba á la

palabra de Jesús, tanto menor era el que se concedia á los redactores.

Estos no se consideraban sino como discípulos escribas, y á una sola

cosa consagraban su atencion: á no omitir nada de cuanto sabian.

Es incuestionable que á esos recuerdos debió mezclarse una parte

de ideas preconcebidas. Varios trozos, en parte de Lúcas, fueron

inventados para dar mayor realce á ciertos rasgos de la fisonomía

de Jesús. Áun esta misma fisonomía experimentaba á cada paso nuevas

alteraciones. Jesús sería un fenómeno único en la historia si, teniendo

en cuenta el papel que desempeñó, no hubiese sido transfigurado

inmediatamente. La leyenda de Alejandro estaba ya terminada ántes que

se extinguiese la generacion de sus compañeros de armas; la de San

Francisco de Asís principió en vida del santo. De igual manera se

operó durante los veinte ó treinta años que siguieron á la muerte de

Jesús, un rápido trabajo de metamórfosis que prestó á su biografía esos

giros absolutos de leyenda ideal. La muerte perfecciona áun al hombre

más perfecto y le mejora á los ojos de los que le amaron. Por otra

parte, al mismo tiempo que se queria retratar al maestro, se queria

tambien demostrarle. Muchas anécdotas fueron concebidas para probar

que las profecías consideradas como mesiánicas habian tenido en él su

cumplimiento. Pero este proceder, cuya importancia no debe negarse,

no basta á explicarlo todo. Ninguna obra judáica de la época nos

ofrece una serie de profecías, exactamente redactadas, que el Mesías

debió cumplir. Várias de las alusiones mesiánicas contenidas en los

evangelios son tan sutiles, tan indirectas, que no puede suponerse que

respondieran á una doctrina admitida generalmente. Unas veces se razona

de este modo:--«El Mesías debe hacer tal cosa; Jesús la ha hecho;

luego Jesús es el Mesías.» Otras se raciocina á la inversa:--«Tal cosa

ha sucedido á Jesús; esa misma cosa debia sucederle al Mesías; luego

Jesús es el Mesías»[65]. Cuando se trata de analizar el tejido de

esas profundas creaciones del sentimiento popular que, por su riqueza

y por su variedad infinita, echan por tierra todos los sistemas, las

explicaciones demasiado sencillas son siempre falsas.

Compréndese fácilmente que para no ofrecer, con el auxilio de tales

documentos, sino aquello que no admita contradiccion, es menester

limitarse á las líneas generales. En casi todas las historias antiguas,

áun en aquellas que son ménos legendarias que los evangelios, los

detalles dan lugar á infinitas dudas. Áun poseyendo dos relatos sobre

un mismo hecho, es cosa extremadamente rara que los dos se hallen en

perfecta armonía. Siendo esto así, ¿no hay motivo para dudar cuando no

se tiene sino uno solo, y en él se notan las mismas contradicciones?

Puede asegurarse que entre los discursos, las anécdotas y las palabras

célebres referidas por los historiadores, no hay ni una siquiera de

rigurosa autenticidad. ¿Habia taquígrafos que fijaran aquellas rápidas

palabras? ¿Se hallaba siempre presente un analista que anotase los

gestos, los ademanes y los movimientos de los actores? Que se intente

depurar lo que hay de verdadero en el modo como se realizó tal ó

cual hecho contemporáneo, de seguro no se conseguirá. Dos relatos

de un mismo acontecimiento hechos por testigos oculares difieren

esencialmente. Mas ¿debe uno renunciar por eso al colorido de los

relatos y limitarse á lo que enuncia el conjunto? Esto sería suprimir

la historia. De buena gana concedo que, á excepcion de ciertos axiomas

cortos y casi mnemónicos, ninguno de los discursos referidos por Matheo

es textual; pero ¿lo son acaso nuestros resúmenes estenográficos?

Tambien admito que ese admirable relato de la pasion contiene multitud

de inexactitudes. Mas ¿podria escribirse la historia de Jesús haciendo

caso omiso de esas predicaciones que de tan viva manera nos pintan

el carácter de sus discursos, y limitándose á decir con Josefo y

Tácito, «que fué condenado á muerte por Pilátos á instigacion de los

sacerdotes?» Semejante proceder sería, en mi opinion, un género de

inexactitud peor que aquel á que uno se expone admitiendo los detalles

que los textos nos proporcionan. Esos detalles no son verdaderos al

pié de la letra, pero son de una verdad superior, más verídicos que

la misma verdad desnuda, por cuanto á que ellos constituyen la verdad

expresiva y parlante, elevada á la altura de una idea.

Ruego á las personas que me tachen de conceder exagerada confianza

á relatos legendarios en gran parte, que se dignen tener en cuenta

la observacion que acabo de hacer. ¿Á qué se reduciria la vida de

Alejandro si nos limitásemos á lo que materialmente hay en ella de

cierto? Hasta las tradiciones, en parte erróneas, contienen una porcion

de verdad que la historia no debe mirar con indiferencia. Nadie ha

echado en cara á M. Sprenger el haber tenido en cuenta los _hadith_

ó tradiciones orales sobre el profeta Mahoma, al escribir su vida, y

atribuido frecuentemente á su héroe palabras, á veces textuales, que no

se conocen sino en el citado escrito. Y sin embargo, las tradiciones

sobre Mahoma no tienen un carácter histórico superior al de los

discursos y relatos que componen los evangelios. Aquellas tradiciones

fueron escritas desde el año 50 al 140 de la hégira. Cuando se escriba

la historia de las escuelas judáicas pertenecientes á los siglos

que precedieron y siguieron inmediatamente el cristianismo, ningun

escrúpulo se tendrá en atribuir á Hillel, á Schammai y á Gamaliel las

máximas que les atribuyen la _Mischna_ y la _Gemara_, no obstante no

haberse redactado estas grandes compilaciones sino varios centenares de

años despues de los doctores en cuestion.

Respecto á las personas que, por el contrario, crean que la historia

debe limitarse á reproducir sin comentarios los textos que han llegado

hasta nosotros, les haré observar que semejante sistema no es lícito

en el asunto de que se trata. Los cuatro principales documentos se

hallan en flagrante contradiccion unos con otros, y además Josefo

los rectifica algunas veces. Forzoso es elegir. Pretender que un

acontecimiento no pudo efectuarse á la vez de dos maneras diversas

ni de un modo imposible, no es imponer á la historia una filosofía

_à priori_. Porque existan várias versiones diferentes de un mismo

hecho, y porque á todas esas versiones haya mezclado la credulidad

circunstancias fabulosas, no debe el historiador rechazar el hecho

como falso; lo que debe hacer es, obrar con prudencia, discutir y

proceder por induccion. Hay particularmente una clase de relatos

respecto á los cuales se hace precisa la aplicacion de ese principio;

tales son los relatos sobrenaturales. Querer explicar esos relatos ó

reducirlos á leyendas no es mutilar los hechos en nombre de la teoría,

sino partir de su misma observacion. De cuantos milagros hormiguean

en las antiguas historias, ninguno pasó bajo condiciones científicas.

Pruébase por una experiencia constante, jamás desmentida, que los

milagros no suceden sino en los tiempos y en los países que creen

en ellos y ante personas dispuestas á darles fe. No hay milagro que

se haya producido ante una reunion de hombres capaces de comprobar

el carácter milagroso del hecho. En tal materia no son competentes

ni las personas del pueblo ni las de una clase más elevada: para

ello se necesitan grandes precauciones y estar muy acostumbrado á

las investigaciones científicas. ¿No se han visto en nuestros dias á

muchas personas inteligentes siendo víctimas de groseros prestigios

y pueriles ilusiones? Hechos maravillosos, que afirmaban ciudades

enteras, se convirtieron en hechos reprobados[66], gracias á una

informacion más severa y minuciosa. Pues bien, si se halla fuera de

duda que ningun milagro contemporáneo puede resistir al exámen, ¿no es

mucho más verosímil que los milagros de la antigüedad, ocurridos todos

en reuniones populares, tuviesen tambien su parte de ilusion, la cual

veriamos en ellos si nos fuese posible criticarlos detalladamente?

Si nosotros desterramos de la historia los milagros, no es á nombre

de tal ó cual filosofía, sino á nombre de una constante experiencia.

Nosotros no decimos: «Los milagros son imposibles»; afirmamos: «Que

hasta hoy no ha habido un milagro comprobado.» Supongamos que se

presentase mañana un taumaturgo, ofreciendo garantías bastante formales

para ser discutibles, y que anunciase, por ejemplo, resucitar á un

muerto; ¿qué se haria entónces? Se nombraria una comision compuesta de

fisiólogos, físicos, químicos, de personas acostumbradas á la crítica

histórica. Esta comision elegiria el cadáver, se aseguraria de que

la muerte era real y verdadera, designaria el local en que debiera

hacerse la experiencia, y tomaria todas las precauciones necesarias á

fin de no dejar pretexto á ninguna duda. Si la resurreccion se operase

en tales condiciones, se habria adquirido una probabilidad casi igual

á la certidumbre. Sin embargo, como quiera que un experimento debe

ser siempre susceptible de repetirse; que lo que se hace una vez

puede hacerse dos ó veinte, y que en materia de milagros no puede ser

cuestion de fácil ó difícil, el taumaturgo sería invitado á reproducir,

en otras circunstancias, sobre otros cadáveres y en diferente medio,

su acto maravilloso. Pues bien, si á cada nueva prueba se repitiese el

milagro, dos cosas quedarian fuera de duda:--Primera, que en el mundo

suceden hechos sobrenaturales; segunda, que la facultad de producirlos

pertenece ó ha sido conferida á ciertas personas. Pero ¿quién no

conoce que los milagros no han sucedido nunca en tales condiciones;

que hasta hoy el taumaturgo ha elegido siempre el medio, el público y

el asunto de sus milagros; que frecuentemente es el pueblo mismo el

que, por esa invencible necesidad de ver en los grandes acontecimientos

y en los grandes hombres algo de divino, crea, mucho despues, las

leyendas maravillosas? Miéntras no se nos pruebe lo contrario, nosotros

mantendrémos estos principios de crítica histórica:--que un relato

sobrenatural no puede admitirse en tal concepto, porque implica siempre

credulidad ó impostura, y que el deber del historiador consiste en

desmenuzarle y en separar con esmero la parte verídica que en él se

halle mezclada con el error.

Tales son las reglas que he seguido en la composicion de este escrito.

Á la lectura de los textos he podido añadir un gran manantial de

luz, consistente en la vista de los lugares donde pasaron los

acontecimientos. Teniendo por objeto la mision científica que dirigí

en 1860 y 1861 explorar la antigua Fenicia, tuve que residir en las

fronteras de Galilea y que viajar por ella frecuentemente. Entónces

atravesé en todos sentidos la provincia evangélica, visité á Jerusalen,

á Hebron y la Samaria, y no escapó á mi exámen casi ninguna localidad

importante de la historia de Jesús. Al recorrerlas, toda esa historia,

que á distancia parece flotar en las nubes de un mundo imaginario,

adquirió tal cuerpo y solidez, que no pudieron ménos de admirarme. La

sorprendente concordancia de los textos con los lugares, y la armonía

maravillosa del ideal evangélico con el país que le sirve de cuadro,

fueron para mí como una revelacion. Un quinto evangelio, lacerado, pero

todavía legible, apareció á mis ojos, y vi, á traves de los relatos

de Matheo y de Márcos, no ya un sér abstracto, cuya existencia parece

dudosa, sino una admirable figura humana llena de vida y de movimiento.

Durante el verano, habiéndome sido preciso, á fin de reposar un poco,

subir hasta Ghazir, en el Líbano, tracé á grandes rasgos la imágen

que se me habia aparecido, y de aquel bosquejo resultó esta historia.

Apénas me faltaban algunas páginas cuando una prueba cruel vino á

precipitar mi partida. De manera que el libro fué compuesto por entero

muy cerca de los mismos lugares en que nació y vivió Jesús. Despues

de mi regreso he trabajado incesantemente en verificar y comprobar,

detalle por detalle, el embrion que, sin más auxilio que cinco ó seis

volúmenes, escribí de prisa bajo el techo de una cabaña maronita.

Quizás deploren algunos el giro biográfico de mi obra. Cuando por

la primera vez concebí el pensamiento de escribir una historia de

los orígenes del cristianismo, confieso que, en efecto, trataba de

hacer una historia de doctrinas, en la cual no hubiesen tenido los

hombres casi ningun lugar. Jesús mismo habria sido apénas mencionado,

consagrándome, como pensaba, á demostrar de qué modo germinaron y

cubrieron el mundo las ideas que se produjeron bajo su nombre. Pero

despues comprendí que la historia no es un simple juego de abstraccion

y que los hombres entran en ella por mucho más que las doctrinas. No

fué por cierto la teoría sobre la justificacion y la redencion la que

operó la Reforma, sino Lutero y Calvino. El parsismo, el helenismo, el

judaismo habrian podido combinarse bajo todas las formas; las doctrinas

de la resurreccion y del Verbo habrian podido desarrollarse por espacio

de siglos sin producir ese hecho fecundo, único, grandioso, que se

llama cristianismo. Ese hecho es la obra de Jesús, de San Pablo, de

San Juan. Escribir la historia de Jesús, de San Pablo, de San Juan,

es escribir la historia de los orígenes del cristianismo. En cuanto

á los movimientos anteriores, ellos pertenecen á nuestro asunto, por

cuanto á que sirven para explicar la existencia de aquellos hombres

extraordinarios, los cuales tuvieron necesariamente su lazo de union

con las cosas que los habian precedido.

Al hacer semejante esfuerzo para reanimar las grandes almas del

pasado, debe permitirse una parte de adivinacion y de conjetura.

Una gran vida es un todo orgánico que no puede representarse por la

simple aglomeracion de hechos pequeños. Es menester que un sentimiento

profundo abarque el conjunto y haga la unidad. En semejante asunto

es un buen guía la razon del arte; el tacto exquisito de un Gœthe

encontraria en él motivo para ejercitarse. La condicion esencial

de las creaciones del arte estriba en formar un sistema viviente

cuyas partes se armonicen unas con otras. La señal infalible de

que, en las historias del género de ésta, se ha llegado á poseer

lo verdadero, consiste en haber conseguido combinar los textos de

manera que de su combinacion resulte un relato lógico, verosímil,

sin ninguna discordancia. Las leyes íntimas de la vida, de la marcha

de los productos orgánicos, de la gradacion de los matices, deben

consultarse á cada paso; porque no se trata aquí de volver á encontrar

la circunstancia material cuya prueba no es posible, sino el alma misma

de la historia; no es la insignificante certidumbre de las bagatelas

lo que se necesita buscar, sino la precision del sentimiento general,

la verdad del colorido. Cada rasgo que se aleje de las reglas de la

narracion clásica debe ser una advertencia de estar sobre aviso, porque

el hecho que se trata de referir fué palpitante, natural, armonioso.

Si no se consigue presentarle de esa manera, es porque de seguro no

se llegó á conocerle bien. Supongamos que al restaurar la Minerva de

Fidias con arreglo á los textos, se produjese un conjunto seco, duro,

artificial. ¿Qué deberia deducirse? Una sola cosa: que los textos

necesitan la interpretacion del buen gusto, siendo indispensable

examinarlos y cotejarlos minuciosamente hasta conseguir de ellos un

conjunto cuyos datos se armonicen y confundan sin ningun esfuerzo. ¿Se

tendria entónces la seguridad de poseer, línea por línea, la estatua

griega? No; pero, al ménos, no se poseeria la caricatura: se tendria el

espíritu general de la obra, uno de los modos como pudo existir.

Nosotros no hemos vacilado en adoptar por guía en el arreglo general

del relato ese sentimiento de un organismo viviente. La lectura de

los evangelios basta para probar que sus redactores, sin embargo de

tener en la mente un plan exacto de la vida de Jesús, no se guiaron

por datos cronológicos bien rigurosos; Papias nos lo dice además

expresamente. Las frases: «En aquel tiempo... despues de lo cual...

entónces... sucedió que...», etc., no son sino simples transiciones

destinadas á enlazar entre sí los diferentes relatos. Escribir la

historia de Jesús dejando todas las noticias que nos suministran los

evangelios en el desórden en que la tradicion nos las presenta, sería

lo mismo que escribir la historia de un hombre célebre, ofreciendo en

confusa mescolanza las cartas y las anécdotas de su juventud, de su

vejez y de su edad viril. En el Coran, que tambien nos presenta en el

más completo desórden las piezas de las diferentes épocas de la vida de

Mahoma, una crítica ingeniosa ha concluido por hallar el secreto de su

confeccion; conócese ya de una manera casi cierta el órden cronológico

en que fueron compuestos aquellos escritos. Semejante sistema de

reconstitucion es mucho más difícil respecto á los evangelios, porque

la vida pública de Jesús fué más corta y ménos sobrecargada de

acontecimientos que la del fundador del Islam. Esto no obstante, creo

que no se calificará de sutileza gratuita la tentativa de encontrar

un hilo que sirva de guía en este dédalo. Suponer que un fundador

religioso empiece por adherirse á los aforismos morales que circulaban

ya en su tiempo, y á las prácticas más admitidas; que entrando despues

en plena posesion de su idea se complazca en un género de elocuencia

tranquila, poética, ajena á toda controversia, suave y libre como

el sentimiento puro; que poco á poco se anime y exalte al hallar

oposicion, y concluya por las polémicas y las fuertes invectivas;

suponer todo esto, no es ciertamente abusar de la hipótesis. Tales

son los períodos que en el Coran se distinguen de un modo claro. Una

marcha análoga supone el órden que los sinópticos adoptaron con tacto

exquisito. Léase atentamente á Matheo, y se hallará en la distribucion

de sus discursos una gradacion muy semejante á la que acabamos de

indicar. Por otra parte, se observará la reserva de los giros de frase

que empleamos cuando se trata de exponer el progreso de las ideas

de Jesús. En las divisiones adoptadas á este propósito puede no ver

el lector, si así lo prefiere, sino los córtes indispensables á la

exposicion metódica de un pensamiento profundo y complicado.

Si el amor á un asunto puede servir á facilitarnos su inteligencia,

se me concederá que no me ha faltado esta condicion. Para escribir

la historia de una religion es indispensable, en primer lugar, haber

creido en ella (sin esto no podria comprenderse cómo ha podido

subyugar y satisfacer la conciencia humana); en segundo, no creer ya

de una manera absoluta; porque la fe absoluta es incompatible con la

sinceridad de la historia. Pero el amor existe sin la fe. Puede uno muy

bien no adherirse á ninguna de las formas que cautivan la adoracion

de los hombres, sin renunciar por eso á deleitarse con lo que ellas

contienen de bueno y de hermoso. Ninguna manifestacion pasajera agota

el manantial divino; Dios se habia revelado ántes de Jesús, Dios se

revelará despues de él. Profundamente desiguales y tanto más divinas

cuanto más grandes y espontáneas, las manifestaciones del Dios oculto

en el fondo de la conciencia humana son todas del mismo órden. Jesús

no pertenece únicamente á los que se dicen sus discípulos: él es la

honra comun de todo el que siente latir en su pecho un corazon de

hombre. No se le glorifica excluyéndole de la historia; ríndesele un

culto más verdadero demostrando que sin él la historia entera sería

incomprensible.

VIDA

DE JESÚS

Vida de Jesús · 第 8 / 114 题