¿Te acuerdas, desde el seno de Dios, donde reposas, de aquellos largos
dias de Ghazir en que, solo contigo, escribia yo estas páginas,
inspiradas por los lugares que acabábamos de recorrer? Silenciosa á mi
lado, tú releias cada página y la copiabas apénas escrita, miéntras
que á nuestros piés se extendian el mar, las aldeas, los barrancos
y las montañas. Cuando á la sofocante luz de la tarde sucedia el
innumerable ejército de estrellas, tus preguntas finas y delicadas y
tus discretas dudas me hacian pensar en el objeto de nuestras comunes
investigaciones. Un dia me dijiste que tú amarias este libro, por
haber sido escrito en tu compañía, y porque te gustaba su espíritu. Y
si algunas veces temias que le fuese contrario el juicio del hombre
frívolo, siempre estuviste persuadida que al fin agradaria á las almas
verdaderamente religiosas. El ala de la muerte nos hirió á entrambos
en medio de aquellas dulces meditaciones; á la misma hora caimos en
febril letargo... ¡Yo me desperté solo!... Tú duermes ahora en la
tierra de Adónis, cerca de la santa Biblos y de las aguas sagradas,
donde iban á mezclar sus lágrimas las mujeres de los misterios
antiguos. Revélame ¡oh buen genio! á mí, á quien tanto amabas, esas
verdades que dominan la muerte, que impiden temerla y casi nos la hacen
amar.