Al cabo de un buen rato me pidió Mari Pepa muchas cosas que, a su
juicio, iban a ser necesarias allí muy pronto. Yo, delegando en ella y
en su hija cuantas atribuciones tenía en la casa, las entregué las pocas
llaves que guardaba, y mandé a Facia que se pusiera a sus órdenes con
las restantes. Para despachar bien y pronto lo que proyectaban, era
indispensable que se volvieran a la cocina los tertulianos que,
dispersos por aquí o en rebaños por allá, todo lo obstruían... y
apestaban, y no había manera de revolverse entre ellos. Hízose así al
punto por mi mandato, y empezaron las dos mujeres a saquear alacenas,
armarios y cajones. Facia guiaba, y yo seguía como un autómata a las
tres.
Mientras desvalijaban el último cajón de la cómoda de mi cuarto, se
abrió la puerta de mi tío, y apareció don Sabas en el hueco. Noté que
salía lloriqueando, y corrí hacia él temiendo que ya hubiera concluido
todo allí; pero desde medio camino oí toser al enfermo, y esto me
tranquilizó. Salióme al encuentro el Cura, y me dijo, mientras se secaba
los ojos con un pañuelo de yerbas:
--No se puede remediar, ¡qué jinojo!... por más avezado que uno esté a
contemplar miserias y acabaciones humanas... Porque hay casos y casos,
señor don Marcelo, y éste es uno de los más duros de pelar para el pobre
Cura. Sesenta años de vivir, más que como amigos, como hermanos, y cada
cual en su ministerio... ¡y cuidado si ha sido de altura el suyo!...
algo rejunde en la entraña... me parece a mí... De pronto diz el otro al
uno de ellos: «vaya, pues yo me marcho... y para no volver: conque
ajústame tú estas cuentas que tengo que dar a Dios, por tu mediación
mesma de lo mucho que le debo y de lo poco y mal que le he pagado... y
ahí te quedas, viejo y solo, hasta que te llegue la tuya, que no puede
tardar porque de viejo nadie pasa; y ya verás lo que es jallarte un día
y otro sin el amigo de siempre, que parecía ya carne de tus carnes y
llenaba todo el lugar, aunque en él no se le viera...» Y vaya usté, por
otra parte, a saber si al llegar la de uno, le cogerá así o le cogerá
asao, porque la carne es flaca y Satanás no duerme, y si, por tomas o
por dacas, tampoco volvemos a encontrarnos en el otro mundo. Porque él
va bien de equipajes... ¡eso sí, jinojo! y derecha como un juso ha de
subir la su alma. En lo humano no puede presumirse otra cosa, con la
preparación que él ha hecho, después de una vida de caridad, que yo me
sé de memoria... En fin, que de ésta se va, y que no hay que dormirse
para disponerle todo lo que le falta en el trance en que se ve... Hay
que viaticarle enseguida, y para ello me voy a la iglesia ahora mismo.
Adviértase aquí para que se espere a Dios con la pompa que se le debe.
Se habían llevado sus talares a la cocina para secarlos a la lumbre; y
al ir el Cura a recogerlos, hizo a la gente congregada en ella la misma
advertencia que a mí, y la arrastró luego consigo, menos a Chisco y a
Pito Salces, a quienes ordené yo que se quedaran «vigilando la casa, por
lo que pudiera ocurrir». Ocioso lujo de precauciones a aquellas horas
(cerca de las siete), con una noche oscura como boca de lobo, cayendo la
nieve a puñados, y con unos rugidos del vendaval hacia la montaña, que
daban miedo.
Sin preocuparme gran cosa del pobre Marmitón, que se quedaba solo otra
vez, repantigado, mudo y atónito en el sillón de madera y muy arrimado
al fuego, volvíme al cuarto de mi tío para ver lo que pasaba en él
después de la salida de don Sabas. Ya estaba desconocido todo aquel
interior, y aún continuaban transformándole por momentos las dos hadas
de la casona. En la cama del enfermo, la colcha de damasco rojo de los
grandes días, y vuelto sobre ella, el amplio y bordado embozo de una
sábana de lujo; las almohadas, con fundas de grandes guarniciones muy
tiesas y escaroladas, y el enfermo mismo, con camisola limpia, calentada
poco antes al brasero y sahumada con tomillo, sobre el espeso chaquetón
elástico que le abrigaba el tronco; junto a la cama, una alfombra en
lugar del felpudo de siempre; encima de la cómoda, cayendo en airosos
pabellones por los lados, otra colcha de las buenas de la casa, y sobre
ella, esperando mejor destino, el crucifijo de marfil, seis candeleros
de plata, un vaso con agua bendita y un ramito de laurel.
Cuando yo llegué, se ocupaban las dos mujeres, que parecían tener
diablillos en las manos, en sustituir, ayudadas de Facia, el trasto
viejo que siempre estuvo a la cabecera de la cama, con una mesita
cuadrangular sacada de mi gabinete, donde la usaba yo para leer y
despachar mi correspondencia. Ofrecíles mi ayuda para aquella faena;
pero la desdeñó Lita con un gestecillo muy intencionado y dos frases de
cortesía para templarle. Mientras Facia se llevaba el achacoso
artefacto, tendieron ellas sobre la mesa otra colcha de damasco rojo, y
sobre la colcha una muy blanca sabanilla con randas de muchos calados;
luego trasladaron de la cómoda a la mesa el crucifijo de marfil, cuatro
candeleros y el vaso con agua bendita y el ramito de laurel; enseguida
otra alfombra delante de la mesita; después todas las tiras y ruedos que
se encontraron para formar una senda tan larga como se pudo; cuatro
vapuleos a las sillas antes de ponerlas en orden; unos toquecitos más a
las ropas de la cama; una mirada desde lejos al conjunto de tantas y tan
diversas cosas... y ya estaba aquello despachado.
Mi tío, entre tanto, jadeando y tosiendo y pasando entre los dedos
sarmentosos de su diestra cuentas y más cuentas del rosario, y reza que
reza entre dientes, sin darse por enterado de lo que ocurría en su
derredor, ni contestar más que con un gesto avinagrado a la menor
pregunta que se le hiciera. Antes de morir con el cuerpo, estaba ya en
el otro mundo con el espíritu. De Dios era, a Dios iba y sólo de Dios
esperaba.
Terminado lo del cuarto, se emprendió afuera otra labor más peliaguda,
para la que no bastaron las mujeres solas. Mari Pepa esparcía en el
suelo las colchas y pañolones que habían acopiado en el saqueo y andaban
en confuso montón sobre las sillas; Lita escogía y combinaba colores y
tamaños, y Pito Salces y yo, encaramados en muebles de la necesaria
altura, clavábamos en las paredes, y tan arriba como nos era posible,
con tachuelas, con puntas... hasta con clavos «trabaderos» y cuanto
habíamos podido haber a las manos en una mechinal de la bodega en que
acumulaba Chisco las reservas de esta especie, lo que la diligente y
afanada nieta del gigantón de la Castañalera nos iba alargando con sus
manitas primorosas, de lo desparramado por el suelo.
Al andar rayando con la media tarea, el tañido de una campana, desigual
e intermitente, ora remoto, ora cercano; como débil quejido de agonía,
unas veces; vibrante y clamoroso otras, según los caprichos del viento
encajonado y revuelto en las estrecheces y encrucijadas del valle. Era
el primer toque «a administrar», la señal que se hacía en la iglesia al
vecindario para los fines que sabía él. Un ratito después, calló la
campana y llegaron dos hombres con sendos brazados de velas y de cirios
que mandaba el Cura, por delante. Venían enjutos de tobillos arriba,
pero muy espelurciados y «ardiéndoles» las narices y las orejas; porque,
según declararon, aunque había cesado de nevar, continuaba soplando el
cierzo, más frío que la misma nieve. Si mal no nos parecía, quedaríanse
allí ya, pues sobre estar seguros «de jallar al Señor» en el camino, si
volvían a tomar el de la iglesia, no estaba el pedregal, con la capa de
nieve que tenía encima, para muchas subidas y bajadas por él sin una
urgencia. Asentimos de buena gana a tan cuerdo parecer, y quedáronse los
hombres... hasta pasmados del «visual pomposu» que iban tomando los
pasadizos y la escalera de la casona con la faena que nos hacía sudar.
Continuámosla, sin embargo, con nuevos bríos, pero a puntada larga, es
decir, enrareciendo los colgajos, porque ya se oía otra vez el toque de
antes, señal de que se había puesto en camino lo que esperábamos, amén
de que no andábamos sobrados de telas ni de «herrajes» para cubrir
tantas paredes.
Para vestir los desnudos suelos del tránsito, discurrió Lituca
sembrarlos, y los sembró ella misma, de penquitas olorosas de laurel que
abundaba en las grietas de los peñascos de enfrente. Y aún la quedó
tiempo para sahumar toda la casa con romero y mejorana, quemado por ella
en las ascuas del brasero, llevándole Chisco y Pito Salces entre manos
por salas, pasillos y escaleras. Después, velones, candeleros,
palmatorias y candiles, iluminando hasta lo más obscuro y remoto; el
cuarto de mi tío, con las seis velas encendidas ya, rechispeando la luz,
y el brazado de cirios traídos de la iglesia, ardiendo también al
cuidado de los dos hombres encargados de darles a tiempo el destino que
tenían; Marmitón encuadrado en la puerta de la cocina y mirando al
crucero iluminado, sin atreverse a dar un paso hacia él; Mari Pepa yendo
y viniendo por todas partes; su hija dando los últimos toques al cuadro
general; Tona sin chistar y pasmadota, cerca de don Pedro Nolasco; Pito
Salces y Chisco, en el estragal, con sendos cirios ardiendo, en la mano;
mi tío, con los ojos entreabiertos, recostado contra las almohadas y
rezando sin cesar; Facia, con su mejor vestido negro y atenta a lo que
pudiera necesitar el enfermo, junto a la puerta de su cuarto, de pie,
inmóvil y melancólica; la campana de la iglesia tañendo acompasadamente;
el silencio casi absoluto en los ámbitos de la casona, y yo, clavado
como una estatua en el salón dominando con la vista el aposento de mi
tío y hasta el crucero del fondo del pasadizo, observándolo todo,
oyéndolo todo, y presa de una emoción que, por lo compleja y extraña, no
me podía explicar.
De pronto, una voz, la de Tona que se asomaba a menudo a la puerta del
balcón de la cocina, gritó desde el fondo del último carrejo:
--¡Ya vienin!
Cubriéronse entonces apresuradamente la cabeza las mujeres; tomamos cada
cual un cirio de los que cuidaban los dos hombres, y dímosle otro a don
Pedro Nolasco que se había movido hacia el grupo; y siendo yo parte
principalísima de él, con él llegué bien pronto, a todo andar y casi
arrollando al aturdido gigante, al balcón de la cocina.
No solamente había cesado de nevar, sino que también se hallaba el
viento encalmado; y, por una venturosa casualidad, por un rasgón abierto
en la espesura de los negros celajes asomaba la luna llena, derramando
su luz pálida sobre el blanco tapiz del valle y los más altos picos del
brocal de montes que le aprisionan. En otras circunstancias mejores,
acaso me hubiera detenido a considerar lo que más me admiraba y
sorprendía en aquel extraño panorama, y hasta qué punto se parecía
aquella fantástica realidad a los numerosos «efectos de luna» que yo
había visto pintados en lienzos y cartulinas; pero ¡bueno estaba
entonces el horno de mi cabeza para pastelillos de aquel arte! Y aunque
lo hubiera estado: necesitaba la atención para otro espectáculo que me
la solicitaba con fuerza irresistible. Y fue que apenas abocado a la
puerta del balcón detrás de las mujeres, vi que, surgiendo de las
tinieblas, iban apareciendo como fantasmas y coronando la altura del
pedregal, dos filas de bultos negros, junto a muchos de los cuales
titilaba oscilando una lucecilla triste y acobardada, como si ardiera
detrás de los cristalejos de un faroluco roñoso. Cuanto más se alargaban
las filas hacia la casona, más bultos surgían de la oscuridad del agrio
declive. Se les veía moverse; pero no se oían sus pasos sobre el áspero
suelo nevado, ni alteraban el silencio de la Naturaleza, que parecía
haber enmudecido de repente por respeto a lo que estaba pasando allí,
otros ruidos que algún murmurio de tarde en tarde, como de rezo coreado,
y el tañido constante de la campana de la iglesia, repetido ya por el
débil tintineo de una campanilla de monago que aún no había surgido de
la oscuridad. De pronto apareció en la altura un bulto menor que los
otros, con un farol de dos luces: éste era el monago de la campanilla, y
hasta se le distinguía en la mano cuando la sacudía para que sonara.
Detrás del monago, otros dos bultos con sendos faroles también; y en
medio de los dos, el párroco don Sabas, de capa pluvial y debajo de un
paraguas muy grande (regalo, por cierto, hecho por mi padre, siendo yo
mozuelo aún, a la iglesia de Tablanca); y, por último, detrás del Cura,
todavía más bultos con luces surgiendo de la vertiente sombría. Entonces
cayó de rodillas Mari Pepa que estaba delante de todos, y exclamó con
voz entera, mientras se llenaban de lágrimas sus ojos:
--En gracia te reciba el alma que te desea.
Yo me hinqué también, y con la cabeza humillada, repetí en el fondo de
mi corazón la plegaria de aquella noble mujer.
Poco después volvíamos todos, conservando aún las hachas encendidas, y
más corriendo que andando, hacia el crucero. Allí estaba ya Neluco, que
se había disgregado de la procesión con algunos hombres de los más
apegados a la casa, proveyéndolos de cirios y señalándoles puestos en el
pasillo y a lo largo de la escalera; a Lita y a su madre se los dio a la
puerta de la salona; «y usted, conmigo, allá dentro» me dijo,
conduciéndome al mismo cuarto del enfermo, del que no se había apartado
Facia un instante. Preguntámosle si se encontraba bien; respondió que
«como nunca jamás», aunque no hallaba en sus pulmones ingurgitados
alientos para decirlo; arrimámonos a la puerta, y allí esperamos, como
dos centinelas inmóviles, lo que empezaba ya a llegar y se sentía hacia
el estragal por el ruido de las almadreñas o alguna palabra que otra a
media voz, y en la escalera y en el pasillo, por el sordo golpeteo de
las pisadas con escarpines en los inseguros tablones del tillado, y el
resoplar inconsciente de tantas respiraciones contenidas a la fuerza.
Igual que cuando se va llenando de agua una vasija puesta debajo del
caño de una fuente, por el matiz de los sonidos se conocía por instantes
cómo se colmaban de gente los carrejos y el salón y el gabinete y todos
los rincones y escondrijos franqueables de la casa. Al fin se oyó en el
estragal la campanilla del monago, y casi al mismo tiempo la voz potente
de don Sabas rezando algo que no se entendía bien; después enmudecieron
uno y otra, y se percibieron claramente las recias pisadas del Cura y de
los que le escoltaban, sobre los peldaños de la escalera; al abocar al
crucero, los pasos más distintos y otro rezo de don Sabas; los que aún
no estábamos de rodillas, nos hincamos, y los pechos, oprimidos ya por
el peso de aquel cuadro imponente... desahogáronse en suspiros o en
sollozos entrecortados, que fueron recorriendo, como nota fúnebre
llevada por el aire, todos los ámbitos de la casona. Hasta la puerta del
salón no volvió a oírse la voz del Cura: allí resonó otra vez,
declamando, reposada y patética, este versículo del _Miserere_:
_Ecce enim in inquitatibus conceptus sum: et in pecatis concepit me
mater mea_.
A los rumores de antes sucedió el silencio más profundo; y avanzando don
Sabas con mesurado andar, la mirada puesta en el bordado relicario que
contenía las dos Hostias consagradas, rodeado de luces que resplandecían
en el oro de sus vestiduras y precedido de Mari-Pepa, de Lita y del
monago, llegó a la puerta donde nosotros esperábamos, y allí,
deteniéndose unos instantes como para dar mayor solemnidad a sus
palabras, rezó este otro salmo:
_Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et oculta sapientiae tuae
manifestati mihi_.
Entonces el enfermo, tembloroso y lívido, cruzó las descarnadas manos,
humilló la cabeza sobre el agitado pecho, y con una voz que parecía
salir del fondo de una sepultura, respondió a las palabras del
sacerdote:
_Averte faciem tuam a pecatis meis: et omnes iniquitates meas dele_.
Aquí dio fin y término otra vez mi ya vacilante serenidad, y el «nudo»
que me estaba oprimiendo la garganta rato hacía, trocóse en humor
benéfico que me empañaba los ojos y crecía por el contagio del llorar de
las mujeres que me acompañaban en el cuarto, y que, al fin, llegaron a
contaminar a Neluco, médico y todo, mientras volvía a oírse afuera la
nota triste de antes recorriendo los grupos y las masas de aquellas
compungidas y humilladas gentes... Hasta que vibró de nuevo la voz del
Cura, y todo calló, como si hasta con el respirar se profanara la
augusta solemnidad de lo que iba a suceder allí... como creería yo
profanarlo si me atreviera a extraer su recuerdo del sagrado de la
memoria, donde lo guardo indeleble, para describirlo con mi pluma torpe
y grosera en este miserable papel.
No ha de merecerme igual respeto algo de lo humano que allí pasó por
complemento del cuadro que tanto tenía de divino. Esto puede y debe ser,
ya que no pintado, que no dan para empresa tan alta los colores de mi
paleta, mencionado, por los menos; y vaya como ejemplo aquella
exhortación final de don Sabas a la paciencia, al recogimiento, a la
gratitud a Dios, del enfermo; cómo empezó encarrilado en las fórmulas
trilladas del ritual, y se fue descarrilando poco a poco y entrándose
por las sendas de su propio estilo y particulares sentimientos; cómo de
esta manera se confundían y enredaban en la exhortación, el lenguaje
solemne del sacerdote con el familiar de la pasión desbordada del amigo
cariñoso; cómo llegó a responderle mi tío, ya para protestar nuevamente
de su fe acendrada, de su resignación sin límites y de su conformidad
absoluta con los decretos de Dios, ya para quejarse mansamente de que
pudiera ser puesto en tela de duda por nadie el cumplimiento de éstos
sus deberes de cristiano; cómo le replicó don Sabas para tranquilizarle
sobre tan delicado particular, al que en modo alguno había intentado
referirse él, cómo, enredados en este singularísimo diálogo, ya no
hablaba el Cura en impersonal, y llegaron a tutearse los dos; cómo en la
llaneza de este estilo tocaron puntos de sumo alcance piadoso, y se
declaró don Sabas envidioso de la suerte de mi tío, a quien tantos, muy
erradamente, compadecían entonces, y se dieron mutuas paces, poniendo
por testigo de la cordialidad del impulso a «aquel Dios sacramentado que
allí estaba presente en cuerpo y sangre»; cómo, al fin, bajándose mucho
el Cura y alzándose un poco mi tío, se confundieron los dos en un
abrazo, llorando don Sabas y ahogándose de fatiga el pobre enfermo
conmovido; cómo con estos actos y aquellos dichos, el torrente de
sollozos, mal contenido afuera, se desbordó por toda la casa, y trató
Neluco de cerrar la puerta del cuarto en que nos encontrábamos para que
mi tío no lo oyera, y cómo éste se lo impidió con sorprendente energía,
y mandó que se franqueara la puerta a cuantos cupieran adentro para
darles el último adiós; cómo hubo que complacerle, aunque ya no podíamos
respirar ni los sanos en aquella estancia, y cómo se despidió sin
retóricas sentimentales, pero en cristiano puro, sin dejar de ser
aldeano neto, acabando por decirles: «Si lloráis porque perdéis lo que
he sido, Dios vos lo pague en la medida del consuelo que me dais con
ello; pero si vos duele mi muerte por la falta que he de haceros, mal
llorado, porque aunque me voy, aquí vos dejo quien hará mis veces, y
hasta con ventaja para vosotros. Ven acá, Marcelo. (Acerquéme a la cama,
hecho un doctrino, torpe y desconcertado. Luego añadió él, mostrándome
al montón de tablanqueses que habían invadido la habitación): Éste es;
de la mi sangre neta, y amo ya y señor de esta casa. De vosotros depende
desde hoy que sea, no lo que yo he sido, que bien poco fue ello, sino
todo lo que debí de ser. Para él todo vuestro respeto y vuestra lealtad
de hombres honrados y agradecidos, y para mí... que pidáis a Dios de vez
en cuando por el buen paradero de esta alma, a punto ya de subir a
juicio en su divina presencia. Y con esto, hijos míos, y la bendición de
un padre viejo y moribundo... ¡hasta la eternidad!»
Es también de mencionarse cómo le respondieron con gemidos y lágrimas
aquellas rudas y buenas gentes, por no hallar en sus lenguas palabras
con que expresar lo que sentían; y cómo, finalmente, puso término a esta
escena don Sabas acercándose a adorar y recoger la Forma consagrada, y
sonó otra vez la campanilla... y salió del cuarto y de la casa el Señor
de los señores y Rey de los reyes con la misma solemnidad y reverencia
con que en ella había penetrado.