XXVII

Al cabo de un buen rato me pidió Mari Pepa muchas cosas que, a su

juicio, iban a ser necesarias allí muy pronto. Yo, delegando en ella y

en su hija cuantas atribuciones tenía en la casa, las entregué las pocas

llaves que guardaba, y mandé a Facia que se pusiera a sus órdenes con

las restantes. Para despachar bien y pronto lo que proyectaban, era

indispensable que se volvieran a la cocina los tertulianos que,

dispersos por aquí o en rebaños por allá, todo lo obstruían... y

apestaban, y no había manera de revolverse entre ellos. Hízose así al

punto por mi mandato, y empezaron las dos mujeres a saquear alacenas,

armarios y cajones. Facia guiaba, y yo seguía como un autómata a las

tres.

Mientras desvalijaban el último cajón de la cómoda de mi cuarto, se

abrió la puerta de mi tío, y apareció don Sabas en el hueco. Noté que

salía lloriqueando, y corrí hacia él temiendo que ya hubiera concluido

todo allí; pero desde medio camino oí toser al enfermo, y esto me

tranquilizó. Salióme al encuentro el Cura, y me dijo, mientras se secaba

los ojos con un pañuelo de yerbas:

--No se puede remediar, ¡qué jinojo!... por más avezado que uno esté a

contemplar miserias y acabaciones humanas... Porque hay casos y casos,

señor don Marcelo, y éste es uno de los más duros de pelar para el pobre

Cura. Sesenta años de vivir, más que como amigos, como hermanos, y cada

cual en su ministerio... ¡y cuidado si ha sido de altura el suyo!...

algo rejunde en la entraña... me parece a mí... De pronto diz el otro al

uno de ellos: «vaya, pues yo me marcho... y para no volver: conque

ajústame tú estas cuentas que tengo que dar a Dios, por tu mediación

mesma de lo mucho que le debo y de lo poco y mal que le he pagado... y

ahí te quedas, viejo y solo, hasta que te llegue la tuya, que no puede

tardar porque de viejo nadie pasa; y ya verás lo que es jallarte un día

y otro sin el amigo de siempre, que parecía ya carne de tus carnes y

llenaba todo el lugar, aunque en él no se le viera...» Y vaya usté, por

otra parte, a saber si al llegar la de uno, le cogerá así o le cogerá

asao, porque la carne es flaca y Satanás no duerme, y si, por tomas o

por dacas, tampoco volvemos a encontrarnos en el otro mundo. Porque él

va bien de equipajes... ¡eso sí, jinojo! y derecha como un juso ha de

subir la su alma. En lo humano no puede presumirse otra cosa, con la

preparación que él ha hecho, después de una vida de caridad, que yo me

sé de memoria... En fin, que de ésta se va, y que no hay que dormirse

para disponerle todo lo que le falta en el trance en que se ve... Hay

que viaticarle enseguida, y para ello me voy a la iglesia ahora mismo.

Adviértase aquí para que se espere a Dios con la pompa que se le debe.

Se habían llevado sus talares a la cocina para secarlos a la lumbre; y

al ir el Cura a recogerlos, hizo a la gente congregada en ella la misma

advertencia que a mí, y la arrastró luego consigo, menos a Chisco y a

Pito Salces, a quienes ordené yo que se quedaran «vigilando la casa, por

lo que pudiera ocurrir». Ocioso lujo de precauciones a aquellas horas

(cerca de las siete), con una noche oscura como boca de lobo, cayendo la

nieve a puñados, y con unos rugidos del vendaval hacia la montaña, que

daban miedo.

Sin preocuparme gran cosa del pobre Marmitón, que se quedaba solo otra

vez, repantigado, mudo y atónito en el sillón de madera y muy arrimado

al fuego, volvíme al cuarto de mi tío para ver lo que pasaba en él

después de la salida de don Sabas. Ya estaba desconocido todo aquel

interior, y aún continuaban transformándole por momentos las dos hadas

de la casona. En la cama del enfermo, la colcha de damasco rojo de los

grandes días, y vuelto sobre ella, el amplio y bordado embozo de una

sábana de lujo; las almohadas, con fundas de grandes guarniciones muy

tiesas y escaroladas, y el enfermo mismo, con camisola limpia, calentada

poco antes al brasero y sahumada con tomillo, sobre el espeso chaquetón

elástico que le abrigaba el tronco; junto a la cama, una alfombra en

lugar del felpudo de siempre; encima de la cómoda, cayendo en airosos

pabellones por los lados, otra colcha de las buenas de la casa, y sobre

ella, esperando mejor destino, el crucifijo de marfil, seis candeleros

de plata, un vaso con agua bendita y un ramito de laurel.

Cuando yo llegué, se ocupaban las dos mujeres, que parecían tener

diablillos en las manos, en sustituir, ayudadas de Facia, el trasto

viejo que siempre estuvo a la cabecera de la cama, con una mesita

cuadrangular sacada de mi gabinete, donde la usaba yo para leer y

despachar mi correspondencia. Ofrecíles mi ayuda para aquella faena;

pero la desdeñó Lita con un gestecillo muy intencionado y dos frases de

cortesía para templarle. Mientras Facia se llevaba el achacoso

artefacto, tendieron ellas sobre la mesa otra colcha de damasco rojo, y

sobre la colcha una muy blanca sabanilla con randas de muchos calados;

luego trasladaron de la cómoda a la mesa el crucifijo de marfil, cuatro

candeleros y el vaso con agua bendita y el ramito de laurel; enseguida

otra alfombra delante de la mesita; después todas las tiras y ruedos que

se encontraron para formar una senda tan larga como se pudo; cuatro

vapuleos a las sillas antes de ponerlas en orden; unos toquecitos más a

las ropas de la cama; una mirada desde lejos al conjunto de tantas y tan

diversas cosas... y ya estaba aquello despachado.

Mi tío, entre tanto, jadeando y tosiendo y pasando entre los dedos

sarmentosos de su diestra cuentas y más cuentas del rosario, y reza que

reza entre dientes, sin darse por enterado de lo que ocurría en su

derredor, ni contestar más que con un gesto avinagrado a la menor

pregunta que se le hiciera. Antes de morir con el cuerpo, estaba ya en

el otro mundo con el espíritu. De Dios era, a Dios iba y sólo de Dios

esperaba.

Terminado lo del cuarto, se emprendió afuera otra labor más peliaguda,

para la que no bastaron las mujeres solas. Mari Pepa esparcía en el

suelo las colchas y pañolones que habían acopiado en el saqueo y andaban

en confuso montón sobre las sillas; Lita escogía y combinaba colores y

tamaños, y Pito Salces y yo, encaramados en muebles de la necesaria

altura, clavábamos en las paredes, y tan arriba como nos era posible,

con tachuelas, con puntas... hasta con clavos «trabaderos» y cuanto

habíamos podido haber a las manos en una mechinal de la bodega en que

acumulaba Chisco las reservas de esta especie, lo que la diligente y

afanada nieta del gigantón de la Castañalera nos iba alargando con sus

manitas primorosas, de lo desparramado por el suelo.

Al andar rayando con la media tarea, el tañido de una campana, desigual

e intermitente, ora remoto, ora cercano; como débil quejido de agonía,

unas veces; vibrante y clamoroso otras, según los caprichos del viento

encajonado y revuelto en las estrecheces y encrucijadas del valle. Era

el primer toque «a administrar», la señal que se hacía en la iglesia al

vecindario para los fines que sabía él. Un ratito después, calló la

campana y llegaron dos hombres con sendos brazados de velas y de cirios

que mandaba el Cura, por delante. Venían enjutos de tobillos arriba,

pero muy espelurciados y «ardiéndoles» las narices y las orejas; porque,

según declararon, aunque había cesado de nevar, continuaba soplando el

cierzo, más frío que la misma nieve. Si mal no nos parecía, quedaríanse

allí ya, pues sobre estar seguros «de jallar al Señor» en el camino, si

volvían a tomar el de la iglesia, no estaba el pedregal, con la capa de

nieve que tenía encima, para muchas subidas y bajadas por él sin una

urgencia. Asentimos de buena gana a tan cuerdo parecer, y quedáronse los

hombres... hasta pasmados del «visual pomposu» que iban tomando los

pasadizos y la escalera de la casona con la faena que nos hacía sudar.

Continuámosla, sin embargo, con nuevos bríos, pero a puntada larga, es

decir, enrareciendo los colgajos, porque ya se oía otra vez el toque de

antes, señal de que se había puesto en camino lo que esperábamos, amén

de que no andábamos sobrados de telas ni de «herrajes» para cubrir

tantas paredes.

Para vestir los desnudos suelos del tránsito, discurrió Lituca

sembrarlos, y los sembró ella misma, de penquitas olorosas de laurel que

abundaba en las grietas de los peñascos de enfrente. Y aún la quedó

tiempo para sahumar toda la casa con romero y mejorana, quemado por ella

en las ascuas del brasero, llevándole Chisco y Pito Salces entre manos

por salas, pasillos y escaleras. Después, velones, candeleros,

palmatorias y candiles, iluminando hasta lo más obscuro y remoto; el

cuarto de mi tío, con las seis velas encendidas ya, rechispeando la luz,

y el brazado de cirios traídos de la iglesia, ardiendo también al

cuidado de los dos hombres encargados de darles a tiempo el destino que

tenían; Marmitón encuadrado en la puerta de la cocina y mirando al

crucero iluminado, sin atreverse a dar un paso hacia él; Mari Pepa yendo

y viniendo por todas partes; su hija dando los últimos toques al cuadro

general; Tona sin chistar y pasmadota, cerca de don Pedro Nolasco; Pito

Salces y Chisco, en el estragal, con sendos cirios ardiendo, en la mano;

mi tío, con los ojos entreabiertos, recostado contra las almohadas y

rezando sin cesar; Facia, con su mejor vestido negro y atenta a lo que

pudiera necesitar el enfermo, junto a la puerta de su cuarto, de pie,

inmóvil y melancólica; la campana de la iglesia tañendo acompasadamente;

el silencio casi absoluto en los ámbitos de la casona, y yo, clavado

como una estatua en el salón dominando con la vista el aposento de mi

tío y hasta el crucero del fondo del pasadizo, observándolo todo,

oyéndolo todo, y presa de una emoción que, por lo compleja y extraña, no

me podía explicar.

De pronto, una voz, la de Tona que se asomaba a menudo a la puerta del

balcón de la cocina, gritó desde el fondo del último carrejo:

--¡Ya vienin!

Cubriéronse entonces apresuradamente la cabeza las mujeres; tomamos cada

cual un cirio de los que cuidaban los dos hombres, y dímosle otro a don

Pedro Nolasco que se había movido hacia el grupo; y siendo yo parte

principalísima de él, con él llegué bien pronto, a todo andar y casi

arrollando al aturdido gigante, al balcón de la cocina.

No solamente había cesado de nevar, sino que también se hallaba el

viento encalmado; y, por una venturosa casualidad, por un rasgón abierto

en la espesura de los negros celajes asomaba la luna llena, derramando

su luz pálida sobre el blanco tapiz del valle y los más altos picos del

brocal de montes que le aprisionan. En otras circunstancias mejores,

acaso me hubiera detenido a considerar lo que más me admiraba y

sorprendía en aquel extraño panorama, y hasta qué punto se parecía

aquella fantástica realidad a los numerosos «efectos de luna» que yo

había visto pintados en lienzos y cartulinas; pero ¡bueno estaba

entonces el horno de mi cabeza para pastelillos de aquel arte! Y aunque

lo hubiera estado: necesitaba la atención para otro espectáculo que me

la solicitaba con fuerza irresistible. Y fue que apenas abocado a la

puerta del balcón detrás de las mujeres, vi que, surgiendo de las

tinieblas, iban apareciendo como fantasmas y coronando la altura del

pedregal, dos filas de bultos negros, junto a muchos de los cuales

titilaba oscilando una lucecilla triste y acobardada, como si ardiera

detrás de los cristalejos de un faroluco roñoso. Cuanto más se alargaban

las filas hacia la casona, más bultos surgían de la oscuridad del agrio

declive. Se les veía moverse; pero no se oían sus pasos sobre el áspero

suelo nevado, ni alteraban el silencio de la Naturaleza, que parecía

haber enmudecido de repente por respeto a lo que estaba pasando allí,

otros ruidos que algún murmurio de tarde en tarde, como de rezo coreado,

y el tañido constante de la campana de la iglesia, repetido ya por el

débil tintineo de una campanilla de monago que aún no había surgido de

la oscuridad. De pronto apareció en la altura un bulto menor que los

otros, con un farol de dos luces: éste era el monago de la campanilla, y

hasta se le distinguía en la mano cuando la sacudía para que sonara.

Detrás del monago, otros dos bultos con sendos faroles también; y en

medio de los dos, el párroco don Sabas, de capa pluvial y debajo de un

paraguas muy grande (regalo, por cierto, hecho por mi padre, siendo yo

mozuelo aún, a la iglesia de Tablanca); y, por último, detrás del Cura,

todavía más bultos con luces surgiendo de la vertiente sombría. Entonces

cayó de rodillas Mari Pepa que estaba delante de todos, y exclamó con

voz entera, mientras se llenaban de lágrimas sus ojos:

--En gracia te reciba el alma que te desea.

Yo me hinqué también, y con la cabeza humillada, repetí en el fondo de

mi corazón la plegaria de aquella noble mujer.

Poco después volvíamos todos, conservando aún las hachas encendidas, y

más corriendo que andando, hacia el crucero. Allí estaba ya Neluco, que

se había disgregado de la procesión con algunos hombres de los más

apegados a la casa, proveyéndolos de cirios y señalándoles puestos en el

pasillo y a lo largo de la escalera; a Lita y a su madre se los dio a la

puerta de la salona; «y usted, conmigo, allá dentro» me dijo,

conduciéndome al mismo cuarto del enfermo, del que no se había apartado

Facia un instante. Preguntámosle si se encontraba bien; respondió que

«como nunca jamás», aunque no hallaba en sus pulmones ingurgitados

alientos para decirlo; arrimámonos a la puerta, y allí esperamos, como

dos centinelas inmóviles, lo que empezaba ya a llegar y se sentía hacia

el estragal por el ruido de las almadreñas o alguna palabra que otra a

media voz, y en la escalera y en el pasillo, por el sordo golpeteo de

las pisadas con escarpines en los inseguros tablones del tillado, y el

resoplar inconsciente de tantas respiraciones contenidas a la fuerza.

Igual que cuando se va llenando de agua una vasija puesta debajo del

caño de una fuente, por el matiz de los sonidos se conocía por instantes

cómo se colmaban de gente los carrejos y el salón y el gabinete y todos

los rincones y escondrijos franqueables de la casa. Al fin se oyó en el

estragal la campanilla del monago, y casi al mismo tiempo la voz potente

de don Sabas rezando algo que no se entendía bien; después enmudecieron

uno y otra, y se percibieron claramente las recias pisadas del Cura y de

los que le escoltaban, sobre los peldaños de la escalera; al abocar al

crucero, los pasos más distintos y otro rezo de don Sabas; los que aún

no estábamos de rodillas, nos hincamos, y los pechos, oprimidos ya por

el peso de aquel cuadro imponente... desahogáronse en suspiros o en

sollozos entrecortados, que fueron recorriendo, como nota fúnebre

llevada por el aire, todos los ámbitos de la casona. Hasta la puerta del

salón no volvió a oírse la voz del Cura: allí resonó otra vez,

declamando, reposada y patética, este versículo del _Miserere_:

_Ecce enim in inquitatibus conceptus sum: et in pecatis concepit me

mater mea_.

A los rumores de antes sucedió el silencio más profundo; y avanzando don

Sabas con mesurado andar, la mirada puesta en el bordado relicario que

contenía las dos Hostias consagradas, rodeado de luces que resplandecían

en el oro de sus vestiduras y precedido de Mari-Pepa, de Lita y del

monago, llegó a la puerta donde nosotros esperábamos, y allí,

deteniéndose unos instantes como para dar mayor solemnidad a sus

palabras, rezó este otro salmo:

_Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et oculta sapientiae tuae

manifestati mihi_.

Entonces el enfermo, tembloroso y lívido, cruzó las descarnadas manos,

humilló la cabeza sobre el agitado pecho, y con una voz que parecía

salir del fondo de una sepultura, respondió a las palabras del

sacerdote:

_Averte faciem tuam a pecatis meis: et omnes iniquitates meas dele_.

Aquí dio fin y término otra vez mi ya vacilante serenidad, y el «nudo»

que me estaba oprimiendo la garganta rato hacía, trocóse en humor

benéfico que me empañaba los ojos y crecía por el contagio del llorar de

las mujeres que me acompañaban en el cuarto, y que, al fin, llegaron a

contaminar a Neluco, médico y todo, mientras volvía a oírse afuera la

nota triste de antes recorriendo los grupos y las masas de aquellas

compungidas y humilladas gentes... Hasta que vibró de nuevo la voz del

Cura, y todo calló, como si hasta con el respirar se profanara la

augusta solemnidad de lo que iba a suceder allí... como creería yo

profanarlo si me atreviera a extraer su recuerdo del sagrado de la

memoria, donde lo guardo indeleble, para describirlo con mi pluma torpe

y grosera en este miserable papel.

No ha de merecerme igual respeto algo de lo humano que allí pasó por

complemento del cuadro que tanto tenía de divino. Esto puede y debe ser,

ya que no pintado, que no dan para empresa tan alta los colores de mi

paleta, mencionado, por los menos; y vaya como ejemplo aquella

exhortación final de don Sabas a la paciencia, al recogimiento, a la

gratitud a Dios, del enfermo; cómo empezó encarrilado en las fórmulas

trilladas del ritual, y se fue descarrilando poco a poco y entrándose

por las sendas de su propio estilo y particulares sentimientos; cómo de

esta manera se confundían y enredaban en la exhortación, el lenguaje

solemne del sacerdote con el familiar de la pasión desbordada del amigo

cariñoso; cómo llegó a responderle mi tío, ya para protestar nuevamente

de su fe acendrada, de su resignación sin límites y de su conformidad

absoluta con los decretos de Dios, ya para quejarse mansamente de que

pudiera ser puesto en tela de duda por nadie el cumplimiento de éstos

sus deberes de cristiano; cómo le replicó don Sabas para tranquilizarle

sobre tan delicado particular, al que en modo alguno había intentado

referirse él, cómo, enredados en este singularísimo diálogo, ya no

hablaba el Cura en impersonal, y llegaron a tutearse los dos; cómo en la

llaneza de este estilo tocaron puntos de sumo alcance piadoso, y se

declaró don Sabas envidioso de la suerte de mi tío, a quien tantos, muy

erradamente, compadecían entonces, y se dieron mutuas paces, poniendo

por testigo de la cordialidad del impulso a «aquel Dios sacramentado que

allí estaba presente en cuerpo y sangre»; cómo, al fin, bajándose mucho

el Cura y alzándose un poco mi tío, se confundieron los dos en un

abrazo, llorando don Sabas y ahogándose de fatiga el pobre enfermo

conmovido; cómo con estos actos y aquellos dichos, el torrente de

sollozos, mal contenido afuera, se desbordó por toda la casa, y trató

Neluco de cerrar la puerta del cuarto en que nos encontrábamos para que

mi tío no lo oyera, y cómo éste se lo impidió con sorprendente energía,

y mandó que se franqueara la puerta a cuantos cupieran adentro para

darles el último adiós; cómo hubo que complacerle, aunque ya no podíamos

respirar ni los sanos en aquella estancia, y cómo se despidió sin

retóricas sentimentales, pero en cristiano puro, sin dejar de ser

aldeano neto, acabando por decirles: «Si lloráis porque perdéis lo que

he sido, Dios vos lo pague en la medida del consuelo que me dais con

ello; pero si vos duele mi muerte por la falta que he de haceros, mal

llorado, porque aunque me voy, aquí vos dejo quien hará mis veces, y

hasta con ventaja para vosotros. Ven acá, Marcelo. (Acerquéme a la cama,

hecho un doctrino, torpe y desconcertado. Luego añadió él, mostrándome

al montón de tablanqueses que habían invadido la habitación): Éste es;

de la mi sangre neta, y amo ya y señor de esta casa. De vosotros depende

desde hoy que sea, no lo que yo he sido, que bien poco fue ello, sino

todo lo que debí de ser. Para él todo vuestro respeto y vuestra lealtad

de hombres honrados y agradecidos, y para mí... que pidáis a Dios de vez

en cuando por el buen paradero de esta alma, a punto ya de subir a

juicio en su divina presencia. Y con esto, hijos míos, y la bendición de

un padre viejo y moribundo... ¡hasta la eternidad!»

Es también de mencionarse cómo le respondieron con gemidos y lágrimas

aquellas rudas y buenas gentes, por no hallar en sus lenguas palabras

con que expresar lo que sentían; y cómo, finalmente, puso término a esta

escena don Sabas acercándose a adorar y recoger la Forma consagrada, y

sonó otra vez la campanilla... y salió del cuarto y de la casa el Señor

de los señores y Rey de los reyes con la misma solemnidad y reverencia

con que en ella había penetrado.

Peñas arriba · 第 28 / 35 题